Posteado por: lenguajesculturales | marzo 15, 2011

2. El Chota


2. El Chota.

Un todoterreno rojo y sucio paró en el Cabecero. María y sus amigos todavía dormían. Los cristales empañados no dejaban ver a su conductor. Esperó unos minutos en bajar. El sol, perezoso, comenzaba a iluminar la casa de Adrián.

Por fin,  se abrió la puerta del todoterreno. Con paso seguro el visitante se dirigió a una de las casas. Era de nueva construcción, cuadrada, de granito gris. Pepe, el alcalde pedáneo, abrió la puerta. Parecían conocerse, aunque no se saludaron con simpatía.

–         ¿Traes los permisos de la Diputación?

–         Aquí los tienes.

–         ¿Y la acreditación del Instituto?

–         No me la he olvidado esta vez en casa. ¡Mírala!

Pepe sólo cogió los documentos en la mano, y sin mirarlos se los devolvió diciendo:

–         ¡ Mira!, Yo no quiero líos con la Guardia Civil. Si vas al Castro, llévate los documentos y preséntaselos a ellos.

Rodrigo de Juan Mostaza era un viejo investigador que llevaba años pateando Sabaria. Había sido profesor en la capital, y cogiendo la jubilación anticipada se vino a estas tierras porque, como sus antepasados, creía que en el Castro, o en alguno de los muchos castros de la zona, había un tesoro.

Tenía sobre él varias denuncias de los pueblos vecinos: San Antón del Barroso, Santa Comba de Sabaria, Aviledo, Montalba de la Pradería, Riojeijo… porque estaba empeñado en descubrir algo que todo el mundo sólo consideraba una leyenda:

Terrún cabún,

Castro trazao,

Mirando al agua

Que baja del Dún,

Allí está enterrado

El tesoro de tres reyes moros.

El problema era que cortaba árboles, cavaba, removía tierras en fincas particulares sin permiso de sus amos, incendiaba bosques…

Cuando era más joven y venía al pueblo de vacaciones con su familia, le dejaban hacer porque les admiraba su tesón. Había escrito en el periódico varias veces sobre las costumbres y la historia de la comarca, y los paisanos vieron que a partir de aquellas publicaciones la zona, antes abandonada y sin futuro, estaba recobrado un poco de vida. Aficionados al senderismo y la montaña, turistas ocasionales y curiosos, solían pararse y visitar estos pueblos.

Pero en los últimos años, la sana afición se había convertido en obsesión. No se hablaba con ningún vecino de El Barroso, desconfiaba de todos, y eso que su familia era de allí. Había vendido todo lo que poseía en el pueblo para poder mantener su enfermiza afición. Ahora malvivía en una casucha alquilada de Pobladura gracias a su pensión.

Los niños le tenían miedo. Él, unas veces quería ser amable con ellos, y otras claramente les perseguía para atemorizarlos.

Abrió el coche, sacó dos zachos, uno grande y otro pequeño, una pala mediana y una vieja mochila. Dejó el coche en el Cabecero y se fue por el camino del monte.

El sol le daba de espaldas y subió hasta el Buraco, un bosque de castaños cuyas ramas impresionaban por sus formas amenazantes.

Ascendió el último trecho hasta el antiguo Castro. Ya no había camino y el tramo era muy empinado. El Castro estaba orientado hacia el sureste, y por tanto sólo trabajaba hasta el medio día. Por la tarde empezaba a darle el sol de frente y el trabajo se hacía muy fatigoso.

Este año los carrascos, escobas y piornos invadían todo el lugar, y el espeso monte que formaban dificultaba aún más su tarea.

–         Esto lo arreglo yo en septiembre. Masculló rabioso después de que una rama de roble le sacudiera en la cara. Pensaba provocar un incendio que dejara el Castro libre de maleza.

Por fin encontró un lugar abierto.

Los primeros años trabajaba sistemáticamente, incluso con método científico, haciendo catas en el terreno y estudiándolo con detenimiento. Con  el paso del tiempo, ya iba para doce años, abandonó el método y comenzó a cavar indiscriminadamente, dejando zanjas por todo el espacio castreño.

La Guardia Civil lo había denunciado varias veces por expolio del patrimonio nacional, pero la Administración territorial le había dejado por imposible a la tercera denuncia. Para ellos el Castro no ofrecía un gran valor arqueológico e histórico.

Hundió el zacho grande en el terrón. Enseguida dio en piedra. Poco a poco fue quitando todo el escombro de pizarras y rebollos. Por fin llegó a una línea negra, cenizas y restos carbonizados que testimoniaban el pasado trágico de este lugar.

_____________________

El Pulgui fue el primero en avisar de la presencia del Chota. Así llamaba Adri al viejo investigador.

–         Está como una chota.

Solía repetir cuando hablaban de él. Su mal genio y las travesuras del niño no favorecían una buena relación.

Lucía subía del Barrio de Abajo al Cabecero para encontrarse con sus amigos. El Pulgui había llegado antes.

María se despertó con  los ladridos. Le costó levantarse. Se puso la misma ropa del día anterior. Estaba peinándose cuando llegó su madre.

–         ¿Dónde vas a estar esta mañana?

–         No lo sé. No tenemos nada pensado.

Cuando María salió a la plaza, los amigos ya estaban esperándola para subir al Castro. Querían espiar al Chota sin que él lo supiera. El Pulgui se quedó jugando en la huerta de la familia de Adri. No le llevaban porque con sus ladridos les descubriría.

Llegaron al Buraco y desde allí subieron en silencio entre los helechos. Oían los golpes lejanos que daba el Chota.

Se colocaron estratégicamente para verle trabajar. Cavaba frenético.

De pronto el zacho golpeó el suelo con un ruido especial, hueco y sonoro, levantando mucho polvo. Al mismo tiempo saltaron por los aires trozos de cerámica roja. Uno de ellos le golpeó en la frente, a la altura de una ceja. Entre el impacto y la ceguera que le produjo el polvo levantado tuvo que dejar de trabajar. Tiró el zacho y se acercó a la mochila. Sacó una botella de agua y se la echó por la cara.

–         Maldita sea…

La sangre le brotaba de la ceja sin parar. Rebuscó y no encontró tiritas. Con un pañuelo sucio intentó cortar la hemorragia. Tosió varias veces. El polvo que había levantado con aquel extraño golpe le molestaba. No podía ver bien. Dejó de trabajar.

Los chicos se extrañaron de la situación. Normalmente no se levantaba esa polvareda cuando le veían cavar. Esperaron.

El Chota sólo cogió la mochila. El agua, el zacho, la pala y algunos objetos más quedaron en el suelo. Volvería enseguida. Bajó y se perdió entre los helechos y los roblicos que crecían debajo de los grandes castaños del Buraco.

Víctor y Adri se aproximaron enseguida al hueco que había dejado el investigador. Como siempre en estos casos  María y Lucía se quedaban a una distancia prudente. La nube de polvo ya se estaba deshaciendo y podían ver con claridad.

El zacho del Chota había golpeado una enorme tinaja llena de algo gris o negruzco que estaba esparcido por el suelo.

Escarbaron con la mano en el lugar donde lo había hecho el viejo, y enseguida… ¡ apareció la panza de otra tinaja !. Ellos, emocionados, despejaron con más rapidez el escombro y la tierra que la rodeaba. Poco a poco fue mostrándose completa. Lucía y María ya les ayudaban.

Excavaban rápido porque de un momento a otro subiría de nuevo el Chota. Por fin pudieron sacar la tinaja sin que sufriera rotura alguna. Era una especie de olla panzuda con dos asas laterales y una tapadera también de barro cocido. Estaba todo atado por una cuerda gorda y extraña, hecha de fibras gruesas, en muchos sitios deshilachada y casi cortada.

El hueco que ocupaba quedó visible en el lugar.

Adri la abrazó contra su pecho y escoltado por sus amigos bajó hasta el Buraco. Siguieron luego una dirección contraria a la que solía tomar el viejo investigador. Bajaron al pueblo por el Sixto, unas tierras abandonadas en las que ya se había perdido el camino. Nadie subía al Castro por allí.

No habían hablado apenas nada. La emoción les cortaba la respiración y las palabras. Pero todos tenían la misma pregunta en la cabeza:

–         ¿Qué contenía aquella olla?

La otra que había reventado el Chota no parecía contener nada… sólo el polvo que se levantó. Ésta pesaba, y además algo se movía en su interior.

Escondidos en el escobal del Sixto por fin tomaron una decisión.

–         ¿Qué hacemos con la tinaja? Dijo Adri. ¿Tienes un sitio en casa, María?

–         No, que mi madre siempre está limpiando y la encontraría enseguida.

Víctor, que sólo venía en verano, dijo que él tampoco podía, porque la casa no era suya.

Lucía se excusó:

–         A mí no me la des que yo no puedo cogerla, pesa mucho.

Adri sonrió como si hubiese descubierto algo maravilloso.

–         ¡Ya lo sé!, la llevaremos a la vieja gasolinera. Allí seguro que hay algún lugar donde guardarla.

–         Pero están  tus hermanos… y si nos ven ¿Qué les decimos?. Atajó Víctor.

–         Pues que es un tesoro nuestro, y que nos lo dejen esconder. Respondió María ingenuamente.

–         ¡Anda!, y si es un tesoro de verdad… Yo no se lo digo a mis hermanos. La escondemos sin que ellos lo sepan. Insistió Adri. Es ya casi medio día. Ángel está de viaje y Santi subirá a comer dentro de poco. Cuando salga, entramos y buscamos un sitio seguro.

Las dos chicas y los dos chicos salieron del Sixto entre los prados y las huertas abandonadas. No querían ir por ningún camino, para no cruzarse con nadie. Cuando entraron en la Calella, la única calle importante del pueblo, esperaron a que no pasara nadie, y sigilosa y rápidamente bajaron a la vieja gasolinera. Entraron sin que Santi se diera cuenta y esperaron que subiera a comer.

Todavía tuvieron que dejar pasar media hora. Por fin, Santiago salió de la oficina donde estaba revisando unas facturas. Le vieron perderse por una esquina de la Calella.

Todos se sentaron a la sombra donde nadie les veía, a no ser que observara escondido entre los árboles de los prados…

–         ¿Qué hacemos?

–         Yo creo que el servicio de señoras es el mejor sitio. Ahí no entra nadie, sólo lo utilizan de almacén.

Adri cogió un saco viejo y metió la olla en su interior.

Se dirigieron a los servicios.

Estaban llegando a la puerta.

El motor de un camión y un claxon familiar les detuvo. Era Ángel que volvía.

–         ¡Eh, chavales! Abridme la entrada grande.

Adri se quedó parado con el saco en la mano.

–         ¡Venga, hombre! Que es para hoy. Insistió Ángel.

Por fin reaccionó:

–         Abrid vosotros que esto se me puede romper.

Víctor corrió a la cerca de alambre, abrió el pestillo y movió las puertas. El camión entró lento y maniobró  hasta quedarse bajo la sombra de la gasolinera.

–         ¿Qué hacéis aquí? ¿No teníais que estar comiendo ya?. Dijo Ángel.

–         Sí, pero es que…

–         ¿Qué tienes ahí, Adri?

–         Nada, nada… Son unos gatitos que ha tenido Carusa… y no sabemos qué hacer con ellos. Santi ha dicho que los matemos, pero a las chicas les da mucha pena.

Ángel cogió los papeles del camión y se encaminó a cerrar la verja.

–         Pues decidid pronto que ya deberíais estar cada uno en vuestra casa.

Salió a la carretera.

–         Te espero en casa dentro de diez minutos. Si no, le diré a papá que estás aquí.

Estaban nerviosos. Tenían que esconder aquello cuanto antes. Adri se encaminó a los servicios. Lucía le paró.

–         Adri, yo creo que ahí no. Tus hermanos entran algunas veces y seguro que la encuentran. ¿Por qué no la metemos en la cabina del Pegaso?

El Pegaso era un camión inservible que tenían al fondo del aparcamiento de la gasolinera donde jugaban algunos días.

Todos asintieron y corrieron al camión. Buscaron un sitio escondido. María propuso que entre los pedales estaría bien guardado. Víctor colocó un trozo grande de papel disimulando el misterioso objeto.

Cerraron la puerta y salieron hacia el pueblo. Lucía se quedó en su casa. Adri, Víctor y María subieron por la Calella hasta las Peñas. Desde allí vieron a varios vecinos que hablaban poco amigablemente con el Chota.

–         ¡Han sido ellos!,  ¡Han sido ellos! . Gritaba desesperado.

Andrés, Pepe, y el padre de Adri no le hacían caso, aunque habían salido a la calle por los gritos que daba.

Los chicos se acercaron hasta el Cabecero. No tenían otro camino para llegar a sus casas.

–         ¡Habéis sido vosotros! Toda la vida buscando esto y vosotros me lo habéis quitado.

María y Víctor pasaron detrás de los vecinos y Adri se refugió junto a su padre. No dijeron nada y corrieron a su casa.

Ángel le gritó:

–         ¡Los niños estaban en la vieja gasolinera! ¡No te han podido quitar nada!

El Chota golpeó el capó de su todoterreno. Todos sonrieron ante la incomprensible rabieta del Chota.

Sabían que su delirio no tenía remedio. Se fueron a comer.

El Chota tenía casi despegada la tirita de la frente. El sudor le caía por la cara dibujando pequeños reguerillos color ceniza.

–         Esta me la pagáis, esta me la pagáis…

Con un fuerte acelerón se alejó camino de Pobladura.

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