Posteado por: lenguajesculturales | marzo 13, 2011

1. Los moteros.


1. Los moteros.

(Publicado en Historias de Sabaria. Juan Manuel Rodríguez Iglesias. Biblioteca de Cultura Tradicional Zamorana. Editorial Semuret. Zamora 2005)

El pueblo es pequeño. Cuando paseas por sus calles no parece que estés en él. Las casas se distribuyen entre el bosque y los campos abandonados. Sólo algunos vecinos trabajan pequeñas huertas.

María viene todos los veranos. Vive en el Barrio de Arriba. Al comenzar el mes de julio son pocos sus amigos: Adrián, el de la casa de enfrente, Víctor que también viene desde el principio del verano, y Lucía, la niña del Barrio de Abajo. Adrián y Lucía van al colegio de Pobladura de Sabaria, donde se juntan con otros niños de pueblos de la comarca. María y Víctor estudian primaria, como los otros dos, en un colegio de la capital.

El pueblo se llama El Barroso. Está situado entre la montaña, de donde bajan muchos riachuelos, y el río, allí abajo, entre los humeros y las salgueras.

María y sus amigos están casi todo el día juntos, y por la noche les gusta ir a la Cruz de la pradera, junto a la carretera, a la salida del pueblo.

Este año se ha atrevido a poner una tienda de campaña detrás de la casa. Dice que alguna noche va a dormir con sus amigos en ella. Su padre se sonríe al escucharla. Sabe que como él no se anime a pasar la noche también en la tienda, no lo harán.

Ayer los cuatro se sentaron al oscurecer en la Cruz de la pradera. Por la noche la cal blanca brilla a la luz de la luna, y la Cruz resplandece misteriosa… Les han contado que allí hubo una ermita… que en ella enterraron a varios vecinos cuando hace un siglo estaban construyendo el cementerio… Como conocen muy bien el lugar no les da miedo.

Los mayores del pueblo les cuentan muchas historias. Algunas son cuentos, otras son leyendas que pudieron haber sucedido. Y otras son tan verdaderas, que ellos mismos han conocido a los protagonistas: Adrián recordó al “Colorao”, aquel señor que vivía solo y en verano subía algunas noches a las pozas de Carroquebrao a buscar el agua para regar su huerto. Una noche no regresó. Encontraron su chaqueta en la Calle Honda detrás del Castro. Le dieron por desaparecido. Su casa sigue cerrada y vacía.

Cuando volvieron al pueblo, la brisa bajaba fresquita de la montaña. Sólo en un instante les atravesó una ráfaga de aire caliente… caliente y misteriosa, precisamente por la entrada de la finca del “Colorao”. Alguna noche, en vida de este anciano, les asustaba su aparición repentina cuando salía al camino después de hacer… no sabían qué hacía muchas noches el “Colorao” en la finca que daba al camino de la Cruz. Al fondo estaba su viejo coche abandonado, y allí pasaba muchas tardes del verano. Solitario. Silencioso.

Ayer noche sintieron la ráfaga caliente que les atravesó. Nadie dijo nada. Todos se acordaron del “Colorao” sin decirlo en alto. Corrieron y llegaron al pueblo. Iban a jugar un rato antes de ir a casa. Se quedaron sin ganas de continuar en la calle.

–         Hasta mañana. Dijo María.

–         Yo también me voy. Dijo Víctor.

–         Mañana nos vemos… Y Lucía corrió hacia el Barrio de Abajo.

Adrián se encogió de hombros y subió lento las escaleras exteriores de su casa. Miró hacia atrás antes de entrar. Sentía alguien a su espalda. Volvió la vista. No había nadie. Entró de un salto en el portal. Todos dormían ya. No se quitó la camisa, sólo las deportivas. Se tapó con la sábana y esperó un rato. Nadie vino a despertarlo.

_________

A la mañana siguiente, ya tarde, eran las once y media, Adrián, Víctor y María se vieron en el Cabecero, así se llamaba la ancha plaza a la que daban sus casas.  Sin decir muchas palabras bajaron a casa de Lucía. Estaba sentada en la escalera. Mordisqueaba una galleta y daba de comer a Pulgui, su perrito.

Lucía tenía ganas de verlos:

–         He visto subir a dos motoristas. ¿No los habéis visto vosotros?

Los amigos se miraron.

–         No.

–         Pues subieron hacia la pradera de la Cruz. ¿Por qué no vamos?

No discutieron mucho y se encaminaron hacia arriba.

Una tienda de campaña en color verde oscuro se estaba levantando en un lado de la pradera, junto a los árboles de la Raposa. Los robles extendían sus ramas fuera del bosque y daban sombra al nuevo campamento. Dos chicos mayores, con pantalones de cuero negro, camiseta blanca y gafas negras miraron a los chavales. Pusieron cara de pocos amigos al verlos llegar.

No se acercaron. Se sentaron junto a la Cruz y dejaron pasar un buen rato sin decir palabra.

–         ¿Qué vais a hacer esta tarde?

–         Yo me voy al Mercado con mi madre. Dijo Víctor.

–         Yo tengo que hacer los deberes, y además mi hermano quiere que le acompañe abajo, a la vieja gasolinera. Adrián dejó zanjada la breve conversación.

María pensó que iba a pasar otra tarde aburrida en la trasera de su casa. Al final quedó con todos después de cenar.

–         ¿Venimos esta noche a la Cruz?

Lucía contestó enseguida.

–         Yo sí, pero si venís todos. Con María sola no me atrevo.

–         ¿Te asustó algo ayer? Dijo Víctor.

–         No… pero me da un poco de miedo. Y sobre todo hoy que han venido esos dos chicos.

–         Le diré a mi hermano Santiago que nos acompañe. Dijo Adrián. Él no tiene miedo.

–         Vale. Dijeron todos.

–         Pero si queréis que venga, tenemos que bajar a la vieja gasolinera a buscarle. Y sólo subiremos cuando sea de noche. Ya sabéis que se queda trabajando en la oficina.

El pueblo estaba junto a la antigua carretera que iba a Galicia. Se había construido una gasolinera, pero la posterior construcción de una autovía algunos kilómetros más arriba echó a perder el negocio. Ahora la familia de Adrián la utilizaba de aparcamiento para sus camiones, empresa en la que trabajaban su padre y sus hermanos Santiago y Ángel.

Los niños pasaron el resto de la mañana en la pradera, jugando al pilla-pilla y persiguiendo lagartijas entre las viejas paredes de las tierras del Cristo.

Por la tarde hicieron lo previsto. Antes de cenar se vieron en el Cabecero. Jugaron a la pelota.

Los moteros habían encendido una hoguera. Desde la plaza veían subir el humo.

Después de cenar bajaron a la vieja gasolinera. Santi se estaba limpiando las manos llenas de grasa con un trapo igual de sucio que las manos.

–         ¿Qué queréis?

Víctor contestó enseguida.

–         Queremos que nos acompañes. Hay unos moteros en la pradera y van a pasar la noche en tienda de campaña.

–         No, no… a mí no me liéis. Todavía tengo muchas cosas que hacer.

Todos quedaron contrariados. Subieron hasta el Cabecero y allí esperaron un rato.

Al final les pudo más la curiosidad que el miedo. Llegaron a la Cruz y se sentaron mirando hacia el campamento. No había nadie y la hoguera estaba apagada. La brisa golpeaba la lona de la entrada de la tienda contra el doble techo.

Víctor, el más atrevido, fue el primero en acercarse. Junto a la hoguera había dos cucharas y un plato de metal con restos de comida. Pulgui, el perro de Lucía, olisqueó y dio unos cuantos lametones al plato.

Llegaron los otros tres. Adri metió la cabeza en el interior de la tienda.

–         Sólo hay dos mochilas.

María y Lucía se mantenían a distancia.

Fue entonces cuando Pulgui ladró repentinamente en dirección al bosque de la Raposa. En un rápido movimiento saltó a la pared que separaba la pradera de la majada de robles.

Adri se echó para atrás y tropezó en un viento, cayéndose sobre los cacharros.

Víctor y las niñas corrieron hacia la Cruz. No pudieron ver tres luces que emergían de las sombras del bosque a un metro de la pared de piedra. Adrián emitió un grito indefinido cargado de terror al ver los tres focos echarse sobre él.

Lucía y María corrieron en dirección al pueblo. Víctor se paró, solidario con su amigo aunque convencido de que no podría hacer nada por él. Miró de lejos hacia el campamento. Pulgui todavía estaba ladrando, pero no parecía enfadado. Saltaba juguetón alrededor de los tres focos.

Adri gritó.

–         ¡Venid!… ¡Víctor vuelve, que no pasa nada!

Víctor se aproximó y pudo distinguir a alguien conocido. Con los dos moteros estaba Santiago, el hermano de Adrián, que parecía ser amigo de ellos.

Los moteros habían acampado allí aconsejados por Santi. Eran “colegas” de la carretera. Un camionero siempre necesita socios en su trabajo. Hacía tiempo que les había propuesto a sus dos amigos que pasaran unos días en el pueblo. Jorge y Álvaro, así se llamaban, no esperaron mucho tiempo a aparecer por allí. Llegaron a la vieja gasolinera, y desde allí, siguiendo las indicaciones de Santiago, subieron a la pradera de la Cruz.

Pulgui y nuestros cuatro amigos habían ido al campamento cuando Santi y los dos moteros subían por el camino de la Raposa. Le habían invitado a cenar y luego iban a charlar mirando a las estrellas.

Al cabo de un rato llegó el padre de Adrián, acompañado por Lucía y María. Aparentaba estar asustado delante de las dos niñas, pero suponía lo que vieron al llegar.

Los dos chavales  y los tres jóvenes ya estaban riendo alrededor de la hoguera encendida de nuevo. Pulgui saltaba juguetón al lado de Jorge, un chico fuerte y de anchas espaldas, que con un palo obligaba al perro a hacer volteretas en el aire.

El padre de Santi y Adri les dijo serio que mañana había que trabajar, que no alargaran mucho la juerga. Luego se volvió a casa.

Los moteros estuvieron todavía una hora más contando sus últimas aventuras. Ya a las doce y media los pequeños volvieron a sus casas.

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