Posteado por: lenguajesculturales | marzo 11, 2011

Signos de identidad y economía familiar en La Guareña. CICLO VITAL. La Guareña. Guía cultural


Signos de identidad familiar.

Había una gran diversidad de signos específicos de cada familia difíciles de resumir y de considerarlos comunes a todas las familias de un pueblo de la zona oriental de Zamora. Para dificultar más la caracterización se añade el hecho de que la mayor parte de los signos familiares sólo eran aplicables a una generación, de modo que los hijos de esa generación  perdían con facilidad las notas características que habían identificado a sus progenitores. Pese a todo ello, algo quedaba entre los descendientes de una familia que los identificaba, ya fuera desde el punto de vista psicológico o ideológico, desde el punto de vista social, o desde el punto de vista material (prescindiendo del patrimonio económico).

En primer lugar, había ciertos rasgos psicológicos referidos al carácter (ser abierto o cerrado, generoso o tacaño, festivo o apocado, etc…) que definían a algún miembro de la familia, pero si éste era el padre o la madre, la familia quedaba señalada por su carácter. Los convecinos veían en los descendientes ese carácter propio que los identificaba: “Tiene a quién parecerse…” “Mira cómo se le nota que es de los Tal  o de los Cual…” En el ámbito de los conocimientos o de las habilidades prácticas de la vida agropecuaria el signo identificador era sólo para una generación, siendo la siguiente constantemente comparada con sus antepasados. Podía ser buen labrador, arar bien, ser buen podador, buen segador, la mujer buena ama de casa, hacer buen pan, buenos bollos, buen cocido, ser buena escardadora, espigadora, etc… Los descendientes eran juzgados respecto al buen hacer  (o mal hacer) de sus padres o familiares directos. En el ámbito de la religión, los miembros de una familia podían ser piadosos o simplemente cumplidores (en una sociedad que imponía los deberes religiosos). También podían  pertenecer a una cofradía y recibir en “herencia” el derecho a pertenecer a esa cofradía (del Cristo, de la Virgen, de tal santo o de tal otro, de ricos o de obreros…  ). Incluso algunas familias ejercían siempre una función en las manifestaciones religiosas portando una cruz, cantando unas loas o siendo sacristanes.

El signo de identidad familiar más característico era el apodo. Éste podía ser familiar o personal. Era un signo característico con el que los vecinos de estos pueblos se identificaban unos a otros. A todo vecino se le daba el trato de “señor”: el señor Ezequiel, el señor Luis, etc. Con este trato el vecino casado o adulto adquiría un cierto reconocimiento en la comunidad local. Pero cuando un vecino se refería a otro por su apodo, cambiaba el término “señor” por el de “tío”, resultando así el tío Morceña, el tío Dientes, el tío Cagasangre. El origen del apodo era una anécdota de la vida o una peculiaridad física o psicológica que algún vecino observador, crítico o guasón destacaba y repetía con frecuencia. [1]

“ Al tío Barril le llamaban así porque tenía una vaca que se llamaba la Barrila…”

“ El tío Gavilucho era un tío listo, y por eso le llamaban Gavilucho…”

En otros pueblos se daba la circunstancia de que el apodo reflejaba lo contrario de lo que significaba: si le llamaban el tonto es que era listo, si le llamaban el rápido es que era lento, si le llamaban el charlatán es que era muy callado.

Si el apodo era de la familia, bastaba con el artículo determinado delante: los Tacholeros, los Tarrurras, los Serranos…

Un hombre se emborrachó y mi abuelo le decía que dijera tarrarrurra… y de tanto repetírselo cada vez que se emborrachaba aquel paisano, pues quedó mi abuelo como tarrurra, y luego todos (sus hijos)…”

“ Mi abuelo era gallego y llegó al pueblo a poner tachuelas, y se casó, y quedamos como los Tacholeros…”

“ Era una familia que había venido de la sierra ( de Salamanca) y los llamaban los Serranos… )

Otros aspectos de la vida social del pueblo también definían a las diversas familias. El trato con los obreros, la atención en las comidas, el sentido de igualdad en el trabajo con ellos o la distancia de estatus que se pretendía mantener, determinaba las preferencias de los que buscaban jornal según la familia que les daba trabajo. La influencia de cada familia en la vida del pueblo, los diversos cargos municipales que habían ejercido sus miembros,  el “nivel caciquil” que esa familia representaba en el pueblo, la adscripción política, de derechas o de izquierdas, etc.

También era signo importante de identidad el oficio que se mantenía en la familia (hornero, tejero, molinero, etc…).

Por último, algunos objetos materiales podían ser signos de identidad familiar. No hemos visto en estas tierras manifestaciones estéticas destacables en las casas, en los aperos de labranza, que llamaran la atención. Podríamos suponer que un vestido, un mantón, una joya (los anillos de boda solían ser siempre los de la misma familia para todos los que se casaban), una capa, etc… o algo tan sencillo como el sello del pan identificaban a la familia , que transmitía este pequeño valor de una generación a otra.

“ En el medio del pan se ponía una señal, que no era por miedo a que te lo quitaran, es que era la ilusión de la gene de tener un sello de madera, que lo solían hacer los carreteros (los carpinteros)… y si no tenías sello, pues le hincabas el tenedor o le hacías un redondel con un vaso.”

Recursos económicos de la familia.

Las posibilidades económicas de cada casa determinaban los medios de vida de la familia. Las grandes casas disponían de muchas tierras y abundante ganado, por lo que necesitaban “ajustar” permanentemente o de modo temporal obreros y jornaleros. El medio de vida de la familia de las grandes casas era su patrimonio y su hacienda, trabajado por personas ajenas a la familia. La actividad fundamental de los agentes principales de la familia (el padre y la madre) era organizar y dirigir con el “mozo mayor” el trabajo de las personas “ajustadas”.

Algunos comerciantes, artesanos y funcionarios, u otros vecinos no agricultores, podrían vivir de sus sueldos o sus negocios. Los pocos artesanos y comerciantes que hubiera completaban sus recursos económicos también en la agricultura.

Había, sin embargo, una gran mayoría de paisanos de esta cultura tradicional, desde los medio labradores a los criados, jornaleros o temporeros, que vivían más apurados y tenían que potenciar al máximo las posibilidades de su casa y su familia.

La familia de los medio labradores procuraba hacer todo el trabajo “evitando dar un solo jornal”. Una familia numerosa era lo ideal para llevar adelante su escaso patrimonio.

“ Mi padre tenía doce hijos, y lo que quería era trabajar pa los doce hijos, porque había una labor muy pequeña, y él nunca dio un jornal, entre todos lo hacíamos…”

“ Había una labor bastante buena, pero éramos muchos (en la familia) y había que procurar no dar un jornal, que todo eso que se cogiera quedara en casa. Así que cuando eras así de chiquitina ya ibas a recoger matas de lentejas…”

Si el labrador medio no tenía familia numerosa o la mayor parte de sus componentes eran mujeres, procuraba tener un criado que ayudara en las labores del campo. Su limitado patrimonio, las tierras arrendadas, un pequeño majuelo, y un “churrico” (un ternero) de alguna vaca cada cierto tiempo, componían su medio de vida. [2] (NOTA 5)

Las familias de los que trabajaban como criados permanentes o mozos de mulas de las casas fuertes dependían de lo acordado con el amo. [3]

Podía ser un dinero anual (de septiembre a septiembre), podía incluir la manutención diaria, podía incluir también bienes en especie (si no había manutención diaria) como trigo, legumbres, patatas, tocino, etc., podía incluir una “senara”, unas tierras que el amo permitía trabajar al criado para su provecho… Incluso hubo una época en la que los vecinos sin tierra podían disponer de un trozo de terreno cedido por el ayuntamiento para hacer los llamados “huertos familiares”.

“ El amo te pagaba anualmente… pero cuando lo necesitabas se lo pedías. Cuando los patronos nos ajustaban por año… pues hoy te hacían falta cinco duros… ibas a buscarlos… mañana te hacía falta un duro… y así todo el año pidiendo. Y el día 8 de septiembre era nuestra Señor La Tramposa, la tramposa porque había muchas veces que creías que ibas a cobrar algo (era la fecha en la que vencían los contratos anuales con los criados) y no alcanzabas nada… y había que llevar dinero al amo si lo habías gastado todo y más. Pero nosotros teníamos el sueldo seguro (los criados) no el jornalero. Yo después al amo le sacaba seis fanegas de trigo y la ración diaria… También nos ayudaron mucho lo de los huertos familiares que dio el ayuntamiento… eso quitó mucha hambre.”

Por último, los jornaleros y temporeros intentaban llevar la familia adelante con los jornales de temporada. Estos eran abundantes en primavera y verano, menos en otoño, y muy escasos en invierno. Había jornales para escardar, segar el cereal, arrancar legumbres, trillar, sembrar… pero en el invierno sólo podían esperar que los llamasen a arreglar una pared, cortar leña o hacer una bodega… [4](NOTA 7)

“ La mayoría de los jornaleros no tenían nada, ni tierra, y deseando que un señor viniera y les dijera… Oye, que si vienes ocho días pa que me lleves las vacas o las mulas… que le diera una peseta o cincuenta céntimos por jornal. El que vivía de jornal pasaba hambre, pasaba mucha necesidad…”

“ Un obrero de entonces (primera mitad del siglo XX) tenía que echar ocho días pa ganar una fanega de trigo, que venía dando cuarenta panes, y normalmente todas las familias tenían cuatro o cinco muchachos… y los chicos tenían que esta trabajando con otros pa que les dieran de comer…”

“ Los jornaleros en verano tenían trabajo… iban a la dehesa a hacer adobe, y los vendían luego en invierno. Cortaban leña pa sacar dinero, manojos para hornos, olivaban una viga… a veces a escondidas del dueño de la viga (chopo), pescaban peces, cogían cangrejos, alumbraban majuelos, cuando era el tiempo de escardaban, vendimiaban…”

Es de suponer que las esposas y los hijos de las familias de jornaleros no se quedaban en casa esperando el jornal del padre. Los niños y niñas dejaban la escuela a los nueve años y empezaban a servir en algunas casas como pastores o criadas [5]. Las madres, si no eran criadas permanentes, buscaban jornal lavando ropa, espigando, escardando, recogiendo legumbres, etc.

En general, el modo de definir la vida que llevaban la mayor parte de los paisanos se resumía en la expresión “pasar necesidad”. Era una vida excesivamente dura, rutinaria, falta de futuro, escasa de beneficios, austera, miserable, poco gratificante. [6](NOTA 9)

“ Era una vida muy mísera la que hemos pasao…”

“ No era pasar hambre, no. Era pasar necesidades. Había lentejas, había garbanzos, pero no había una perra (dinero). Yo no pasé hambre ni en cá mi madre ni en ca’lamo…”

División del trabajo en familia.

Como es lógico, había tres agentes fundamentales en la familia: el padre, la madre y los hijos/as.

Cuando se hace un análisis de la división del trabajo familiar, frecuentemente descubrimos que el hombre realiza las tareas que exigen fuerza, dejando las más delicadas y “caseras” a la mujer. Este tópico nos sirve para la cultura que estamos analizando, aunque sabemos perfectamente que no nos valdría en otras culturas. Los hijos pequeños realizan actividades complementarias o de poco esfuerzo, y los mayores adquieren el rol del padre o la madre.

En nuestro caso, el hombre y la mujer no estaban equiparados en la actividad agrícola, o sea, no eran sustituibles el uno por el otro. Había tareas específicas que sólo eran del hombre, y otras que sólo eran de la mujer. Esta situación contrastaba con la zona norte peninsular, donde las labores del hombre eran más intercambiables. En estas tierras orientales zamoranas, al sur del Duero, la mujer no solía hacer el trabajo fuerte del campo. La mujer no araba, no ponía el yugo a las mulas, no era segadora habitual, no estaba al pie del carro, etc. Este modo de dividir el trabajo estaba generaba un criterio moral: No estaba bien vista la mujer que sólo dedicaba su tiempo al campo y, sobre todo, “a estar sola fuera de casa”.

“ En mi familia ésta (mi mujer) y yo hemos ido mucho al campo, a trabajar al campo… pero vamos a suponer que en otra familia hay chicos y chicas. Pues los chicos van a recoger, a segar, a gavillar… no las chicas…”

“ Aquí el camino antes era casarse… porque entre los dos, el hombre a trabajar (al campo) y la mujer arreglarle la casa… aunque luego fuera a espigar, a vendimiar, a limpiezas en casas de amos… pero vivían. Pero el hombre solo por su cuenta era un desbarajuste y la mujer igual…”

Sin detenernos en especificar el trabajo de los hombres en el campo, aportamos a continuación algunos testimonios que aluden al trabajo de la mujer en esta vida tradicional. [7](NOTA 10)

“ Suponte un matrimonio y cinco hijas. Las chicas no iban a arar, pero lo mismo las veías cogiendo vides que ir a garbanzos. Podaba el padre, y ellas detrás cogiendo vides… o a sembrar garbanzos, que ahora por marzo las veías con la cestita sembrando garbanzos… y luego a escardar…”

“ De la mujer dependía mucho el trabajo de la casa. Es que no era sólo la manutención, hacerte las comidas, limpiar la ropa, masar el pan… es que en la mayoría de las casas… a mi mujer no le tocó… pero a mi madre… yo la vi muchos años darle a la máquina (de limpiar el grano en las eras) en el verano, ir a tornar lo trillado… Lo que no hacían era arar, pero en la era trabajaban mucho. Y esto en casa de un labrador, que en casa de un medio labrador, esas lo tenían que hacer todo. Los que tenían una labor chiquita y que lo hacían todo ellos, pues la mujer, a las dos de la mañana o las tres, montaba en el carro con el marido, segaban un carro o medio carrito, le daba ella los haces a él, lo traían en el carro, y luego a hacer la comida…”

“ En la escarda se hacían cuadrillas, iban mujeres, aunque yo nunca fui… señal de que en mi familia no hacía falta… y mi hermana tampoco salió nunca al campo. Si salían las mujeres al campo es que había necesidad en la casa. Había cuatro o cinco casas con todo chicas y ningún chico… Pues, oye, iban a escardar, a dar haces, iban a tornar en la era, a lo que fuera. En casa, dentro de casa, los trabajos fuertes los llevaba la madre, pero el trabajo era distinto de hoy. Antes se limpiaba la casa por la fiesta, y eso de fregar todos los días los pisos… de eso nada. Lo que se hacía era ir a por agua, lavar la ropa, regarla… Se cosía muchísimo. Las madres se levantaban temprano, ponían el pucherito, ponían el cocido. Luego había familias con pocas posibilidades económica, pues las mujeres, llegaba el escardo y a escardar, llegaba el verano y a segar… pero esto pocas mujeres, y más bien con su hermano o con su marido, y la que iba. A espigar iban todas las mujeres de los obreros, y así cogían más de un saco. Y luego a la lenteja y a recoger garbanzos la mujer también iba. Contratabas segador para el verano y te sacaba como condición… pues mira, a los garbanzos cogemos obreras, y con hoz iban ellas…”

En las familias con escaso patrimonio, los niños y las niñas no llegaban a terminar la escolaridad a los 12 años. Empezaban a trabajar desde los 8 y 9 años en las tareas de casa o en casas del pueblo que necesitasen pigorros, rapaces o rollas. Bastaba con que les dieran de comer.

“ La mayoría antes de los doce años los sacaban de la escuela APRA ir a trabajar, para ir a la era, para ir de rapaz, el rapacillo con ocho o nueve años… le montaban en la burra y le decían… Vete a buscar la comida. Si le había ajustado su madre para esa cuadrilla ya tenía que perder la escuela. Y antes le habían llevado a escardar o a llevar las vacas al prao…”

Los hijos mayores de la familia, mozos y mozas, asumían las ocupaciones de su padre o de su madre. Incluso el padre, paulatinamente, se retiraba de la labor fuerte del campo, llevando los hijos mozos el peso del trabajo de las tierras.

“ Los padres nuestros, la mayoría, en cuanto tenías doce o catorce años, ya eran casi como los ricos… ellos no pisaban el campo más que con el burro a ver lo que andábamos haciendo…”

“ Luego esos mozos no todos iban a arar, otro iba a podar, el otro a alumbrar el majuelo, el otro a hacer la buertas (huertas), el otro de pastor… según el trabajo que tuvieran los padres…”

“ Los hijos mayores criaban a los más pequeños… la (hija) mayor pues ya iba recogiendo a los demás hermanos y los cuidaba, y si no la abuela… porque la madre tenía que estar trabajando.”


[1] (4) Memorias de Luis Torrecilla, Cañizal. ” Cuando el abuelo era ya mayor. Yo iba con ‚l siempre montado en una mula a dar agua al caño. Este señor (un amo rico de Cañizal) tenía la era muy cerca del camino y siempre estaba sentado viendo trabajar a sus obreros. El abuelo pasaba y le saludaba: Adiós, Marino. Este contestaba: Adiós, Barril. Al abuelo lo llamaba Barril de mote. Toda la gente humilde tenía mote, como, por ejemplo, Besugo, Almanegra, El Dientes, El Morceñas… Pero cuidadito con llamárselo en la cara. Ellos s¡… Un día le dije al abuelo: Por qué usted le dice Marino y él le dice, Adiós, Barril… Me quedo con ganas de decir, Adiós, Tío Negro… El abuelo se echó a reír”.

[2] (5) Memorias de Luis Torrecilla, Cañizal. ” Francisco ve que sus hijos son muy jóvenes para poder recoger tanto fruto. La mayor de sus hijas, catorce años, la segunda, doce, y yo, diez años. Son muy jóvenes para poder recoger esta cosecha que se presenta tan buena. Hay que coger un segador. ser  de estos hombres que cuesten poco dinero, por estar ya desgastado, por su edad. Se llama Felipe, el Marzo, es algo pariente de casa. Tiene sesenta años.”

[3] (6) Maya Frades (1994) alude a las condiciones laborales de los obreros o criados en la primera mitad del siglo XX: ” … en este sector productivo la década de los cuarenta, el cincuenta por ciento de la fuerza de trabajo se dedicaba a la agricultura en condiciones de subempleo permanente; circunstancias que impedían que se registrase presión alguna sobre las tasas de salarios y al mismo tiempo actuaban como freno a la introducción de maquinaria y de mejoras tecnológicas.” (Pág. 54)

” La mayoría de las veces la ejecución de las diferentes faenas agrícolas corresponde a la fuerza de trabajo asalariada que recibe a cambio una baja remuneración y soporta largas jornadas laborales, lo cual se traduce en el mantenimiento de m‚todos de explotación extensivos… Los propietarios de los medios de producción, por tanto, se benefician del abundante mercado laboral y de su escasa capacidad reivindicativa, que repercute negativamente en el nivel de los salarios agrícolas…” (Pág. 65)

[4] Estas coplas recogidas por Miguel Manzano (Cancionero… 1982) son de gran valor documental para ilustrar las condiciones de vida del obrero: ” Coplas de Castaña el analfabeto. Fuentelapeña.

Este es el año abatido

para el pobre jornalero

muerto de hambre, sin un cuarto,

desnudo, roto y en cueros.

Ni tiene chaqueta, ­ ay madre, qué risa!

no tiene chaleco, tampoco camisa.

Si estrenan un pantalón

no tienen para zapatos;

con seis hijos de familia,

componte con treinta cuartos.

Reparte el caudal: eso es una broma;

ver s a qué tocan las ocho personas.

Levántate en la mañana,

cómprate pimiento y sal

y una panilla de aceite

y lo demás para pan.

Echas de merienda patatas cocidas;

vuelves en la noche: la misma comida.

Y el día que las tenemos,

chicos, bailad a este son:

seis días trae la semana,

tres estáis mirando al sol,

Cobras los domingo, como es de costumbre;

¡pobre panadero!, la tarja en la lumbre.

¨ ¿Quién se atrever  a pasar

por su puerta de vergüenza?

Ya tendrán que arrodear

por no verse en una afrenta.

Pasa por su puerta sin que te eche el ojo:

este es el del pan: el ladrón tramposo.

Ya pronto viene el verano,

que es cuando se gana algo

para pagar nuestras deudas

y para ahorrar algún cuarto.

Has de estar tres meses cortando las pajas;

ganas doce duros: la renta la casa.

¨Cómo pagar boticario

y al médico que receta?

Si no te ha quedado un cuarto,

pagar s con la puñeta.

Y si no le pagas se enfada del todo,

te hace una receta para Carreteros (lugar

del cementerio)

Pronto vienen los consumos,

lo que se paga primero,

y a una que no pagó

le embargaron el manteo.

Y era el que tenía ella pa salir.

Ya se lo llevaron: quieta en el redil.”

( Cancionero de Folklore Zamorano, Pág. 508)

” Amante, amante, amor, amor. Fuentesaúco.

Fuentesaúco famoso,

qué bonito vas a estar

con tres corridas de toros

y los obreros sin pan.”

(Cancionero de Folklore Zamorano, Pág. 135)

[5] En el libro de Caja de Enrique Gómez, Villamor de Escuderos, 1844, aparecen con cierta frecuencia anotaciones como esta: ” Gana el hijo de Atilano González en mi casa desde el Viernes Santo a San Pedro…” Y a continuación las partidas de dinero que va adelantando al padre por el trabajo de su hijo en casa de Enrique Gómez.

[6] Luis Torrecilla, Cañizal, expresa estas mismas ideas en versos del siguiente poema:

La hija del zapatero.

Cañizal, camino hondo.

Mi calle: la del Regato,

mi madre con sus labores,

mi padre con sus zapatos.

Mis juegos en la calleja

compartí con siete hermanos.

En un pueblo de Castilla

pasé mis primeros años.

­ ¡Cómo recuerdo a mis padres

discutiendo sus miserias,

implorando algún trabajo!

pero llegando la noche

se olvidaban… y me daban m s hermanos.

Recordaba al zapatero

arreglando los zapatos,

y a mi madre, con fatigas,

atendiendo a mis hermanos.

Y a pesar de la opulencia

que he vivido en Alemania,

recordaba aquella mesa

de manjares despoblada.

Recordaba aquella sopa

de pimentón y de ajo,

y las nueve cucharadas

que salían temblorosas

de la cazuela de barro.

[7] Elogio a la mujer trabajadora de Guarrate.

” Relación de Fasio. 1948.

Autor: Wenefrido de Dios.

Ya sabéis que es labradora

que en el trabajo se afana,

que es buena, honrada cristiana,

que es tranquila y soñadora,

que igual sufre, pena o llora,

como le gusta reír,

que se sabe divertir,

y al pobre limosna dar,

y si le llega a faltar,

también la sabe pedir.”

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