Posteado por: lenguajesculturales | marzo 11, 2011

La muerte y el velatorio en La Guareña (Zamora). El CICLO VITAL. La Guareña. Guía cultural


La muerte y el velatorio en La Guareña (Zamora).

Juan Manuel Rodríguez Iglesias.

Pasaban los años. Nuestro paisano envejecía y se acercaba el final de su vida. La muerte es el último acontecimiento que marca el desarrollo vital de todo ser humano. En La Guareña la cercanía de este inevitable suceso no sólo era anunciado por la edad y el aspecto físico de sus gentes; desde el punto de vista social, la transmisión del patrimonio del padre y la madre a sus hijos o herederos anunciaba el final de la vida. El anciano tasaba su patrimonio y lo distribuía en partes iguales incluyendo en cada lote un poco de la diversidad de sus haberes: tantas fanegas de secano, tantas “alanzadas” de viña, esta casa ( o esta parte de la casa), estos muebles, estos vestidos o ropas, etc… De ese modo, con la ayuda de un experto, “hombre bueno”, conocedor del verdadero valor de lo que se repartía, se iban confeccionando las hijuelas de cada heredero/a. Este hecho se realizaba de un modo privado o ante notario. Si era necesaria la segunda forma se hablaba de “hacer testamento”.

Mi padre puso testamento y entre mi hermano mayor y mi padre, como conocían las tierras, pues ya calcularon que nos tocara un poco de bueno, un poco regular, lo que fuera, compartirlo para que tocara de todo…

El hijo/a o heredero/a que permanecía acompañando hasta el final de la vida a los padres recibía un poco m s que los demás, o se le añadía algo respecto al resto de herederos que lo distinguía. Era “mejorado” en el testamento, el padre “se ladeaba” por ‚l, aunque esto último podría ocurrir sin necesidad de que hubiera estado viviendo con ‚l hasta el último momento.

Había quien se ladeaba por un hijo, y le dejaba la mayoría a aquel hijo… y ahí venían rencillas… porque a lo mejor el padre tenía cegadez por un hijo. El pequeño, porque era el pequeño, se ladeaba el padre por él, y ya venían la etiqueta (rencilla) entre los hermanos. Mi hermana que estaba soltera se quedó en casa con mis padres y la dejaron todo de las puertas pa dentro, porque al estar soltera y quedarse con ellos… además de las tierras que las teníamos a partes iguales la adjudicaron la casa. Era normal, y todos lo vimos bien…

Como en todo lugar y tiempo, el reparto de la herencia provocaba conflictos entre los herederos/as porque casi siempre había alguno insatisfecho con lo que le correspondía, sobre todo si se hacía después de la muerte del padre o la madre.

Se daba el caso de gente que moría sin hacer testamento. Luego andaban los hermanos mal pa partirlo...”

A parte de “la partición” de los bienes, no quedan entre nuestros informantes otras “premoniciones” de la muerte. Las supersticiones en torno a ciertos animales no perviven en la memoria de estos paisanos (aves, ladridos de perros, etc…)

Había una profecía de antes de morirse, era un pájaro que cantaba. Hace unos años había un pájaro como que miaba… pues murió un vecino y no ha vuelto a oírse ese pájaro. Se decía antes que si canta ese mirlo es que iba a morir alguien… Pero yo creo que la gente no ha tenido en cuenta eso…

El signo más explícito de la inminencia de la muerte de un paisano era la administración del sacramento de la extremaunción. La pequeña procesión del sacerdote llevando bajo capa el vi tico acompañado por dos monaguillo o por el sacristán conmovía a los paisanos, seguros ya de la muerte de algún convecino.

Antes le daban la extremaunción, que se tocaban las campanas, y todo el pueblo entero con las velas… aquello te imponía, y el santísimo tocando la esquila, como si fuera el Corpus, pero sin palio. Le daban la extremaunción, nos quedábamos a la puerta todo el mundo de rodillas. Los que pudieran entrar, entraban, pero como iba tol pueblo, en la casa no se cogía. Además, imponía porque te encontrabas con el santísimo por la calle. Si era a las horas que estaba la gente a arar, pues iban los que estaban en casa. Pero si fuera una hora en la mañana, antes de salir, que decían que Tal está muy malo, que le van a dar la extremaunción, la gente esperaba a dar la extremaunción y luego se iba a arar, aunque tardara media hora. Estando la gente en casa, se iba. Cuando los padres de Fulana, al oscurecer le dieron la extremaunción, que fue todo el pueblo. Fíjate si estaría allí todo el pueblo, que cuando fueron al prao, se les habían ahogado dos machos… como nadie estaba en el prao… nadie sintió...”

La campana de la iglesia anunciaba definitivamente la muerte del enfermo. Incluso especificaba si era mujer, hombre o niño/a, según el modo de tañer. En la epidemia de gripe de 1918 se eliminó temporalmente esta costumbre en algunos pueblos porque había días que no paraba de sonar tocando a muerto o a entierro, y provocaba el lógico desasosiego entre los que permanecían en la cama afectados.

Antes morían muchos niños pequeños. Tocaban las campanas… quién será … pues es un niño. Porque había toques diferentes de campanas, como ahora, que se sabe si es hombre o mujer, o si es de niño…

Los vecinos se agolpaban en casa del finado tal vez m s por solidaridad que por curiosidad, porque si la muerte era de un padre de familia joven o de un niño/a, la tragedia que se cernía sobre la casa necesitaba mucho apoyo moral y comprensión por parte de los vecinos.

Tu dime a m¡, a nosotros, que nos fueron a buscar al campo. Tuvimos que venir llorando todo el camino desde m s de cuatro kilómetros, y llorando todos arrapaos, las medias rotas y los pantalones igual, y toda la  gente a la puerta de la casa… S¡, ya vienen los hijos, ya vienen los hijos… Pues toda la gente llorando, no creas que era mi madre sola, lloraba todo el pueblo, porque era un hombre de cuarenta años y dejaba cuatro hijos, con aquellas necesidades que había entonces, y que estaba empezando a vivir, que no era un obrero…

La muerte era un problema social y económico. La familia debía afrontarlo ayudada por sus convecinos y, si existía, la cofradía a la que pertenecía el difunto.

El problema de la muerte lo tenía que resolver la familia. Había sepulturero que lo pagaba el ayuntamiento, y la sepultura, el que podía, la compraba, pero la mayoría no podía comprar sepultura, eso lo hemos visto hasta hace pocos días. Enterraban a uno, luego pasaba el tiempo le quitaban a aquel y ponían a otro, y as¡...”

Aquí¡ moría un familiar y había un carpintero que le decías… Hazme el ataúd… Pero todo por cuenta de los familiares. Traían el ataúd a casa y se velaba al muerto toda la noche, y al día siguiente cogían las andas y se le daba tierra como Dios manda...”

En los estatutos de algunas cofradías se designaban cada año los cofrades encargados de las funciones necesarias para el momento: En la Cofradía de San Antonio de Vallesa se puede leer anualmente desde 1918 la existencia de 2 enterradores y cuatro llevadores entre los cofrades, aparte de los dos mayordomos y los seis componentes del “ayuntamiento” de la cofradía. En la Cofradía del Santo Cristo de la Salud de Castrillo hay también cuatro llevadores (del ataúd del cofrade difunto), aparte del hermano mayor, dos mayordomos dos “muñidores”, un secretario y un depositario de la Cofradía.

Cuando uno moría tenían los cofrades obligación develarlo por la noche y luego hacerle una misa por ser, por ejemplo, de la cofradía del Santísimo. Y cuando se moría una aguedera, pues las aguederas íbamos a velarla.”

La familia disponía la casa para que el muerto fuese visitado por los vecinos. El velatorio era el modo tradicional y solidario de pasar los últimos momentos de presencia física del fallecido entre sus convecinos.

Si había un espejo donde se ponía el muerto, se tapaba, si había una armario, se tapaba, o si había una cortina a la puerta, se ponía un trazo negro, todo se tapaba.”

En el velatorio se rezaba el rosario, se estaba la noche entera. En una caja el muerto y toda la gente alrededor. En el invierno la caja estaba en una habitación y la gente al calor...”

Al velatorio va el que quiere. Luego se va a rezar, ya hablar… Antes no se daba nada. Ahora se ha seguido la costumbre de dar un café…

El velatorio era una reunión para rezar por el difunto y acompañar a la familia antes de enterrarlo. Era de noche, ya que el entierro se realizaba al día siguiente de la muerte. La familia atendía (y hoy también se hace as¡) a los vecinos llegados al velatorio son café y galletas, o lo que en ese momento tenga.

Las largas horas de la noche de un velatorio, además de rezar, suelen llenarse charlando sobre el difunto y sobre ” otras cosas de los que no son todavía difuntos”.

Aquí se daba una cosa que era lo de la vela. Antes, cuando estaba el difunto, que ibas a velar, pues se rezaba el rosario… y luego cogías una vela y se rezaba un padrenuestro, un avemaría y un gloria, y se la pasabas la vela a otro, y el otro rezaba… Eran los velatorios de la vela, se la iban pasando todos, hombres y mujeres. As¡ es que si alguno estaba cansado o dormido, con esto de la vela se les notaba… no pasaban la vela.”

Cuando la familia era pobre, no podía dar nada en el velatorio para atender a los vecinos e, incluso, su casa no podía acogerlos cómodamente.

Y no hace tantos años, cuando murió el señor Fulano y estábamos allí acompañándoles, y nos dijeron… Salíos un momento que todavía no ha bebido el burro. Y de los que estábamos allí en el portal nos salimos, porque a ver cómo pasaba el burro con los que ‚ramos en la casa...”

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