Posteado por: lenguajesculturales | febrero 8, 2011

La familia. Mitad del siglo XX. EL CICLO VITAL. La Guareña zamorana. Guía cultural


La familia.

La familia tradicional que hemos podido deducir en los testimonios de los informantes colaboradores de esta investigación, era de tipo nuclear: el matrimonio (padre y madre) y los hijos. La casa donde vivían dos matrimonios de la misma familia de distinta generación, familia extensa, era una situación transitoria, no propia en estas tierras zamoranas.

… es que éramos siete en casa, mi padre, mi madre, mi abuela y cuatro hijos…”

“ En cada casa había un matrimonio y los hijos solteros. También había mucho de esto… un tío, una tía, o la madre de uno. Y eso sigue igual…”

“ Yo, en casa de mi padre, pues nos juntábamos cuatro hermanos, y tenía sólo una habitación… porque vivía mi abuela con nosotros…”

En esta familia nuclear, además del matrimonio y los hijos, podía darse la presencia de algún familiar directo de uno de los cónyuges de la generación anterior, el padre (el abuelo), la madre (la abuela), un tío, una tía, etc.[1]

La tendencia constante, ratificada por nuestros informantes, siempre ha sido la neolocalidad, según la cual los hijos, una vez casados, salían de la casa paterna  y creaban una nueva familia nuclear. Decía el refrán, y hoy también es válido su consejo, que “ el casado, casa quiere”.

Pero ante la dificultad de hacer o disponer de una casa nueva, cada cónyuge del nuevo matrimonio vivía, comía y trabajaba en su casa de origen, durmiendo juntos todas las noches en casa de la esposa. Este hecho podía hacer creer que el nuevo matrimonio se había integrado en la casa de los padres de la esposa (uxorilocalidad). Si en el plazo de los tres o cuatro años que duraba esta situación tenían descendencia, los hijos vivían con la madre.

“ Casi siempre ocurría que aquí te casabas y te tirabas dos o tres años tú con tu madre y él cons su padre y con los suyos”.

Cuando por fin se establecía la nueva familia en su propia casa, ésta contaba con las posibilidades económicas que se derivaban del tipo de familia de origen. No olvidemos que en esta sociedad agrícola no había permeabilidad social, el rico se casaba con el rico y el pobre con el pobre.

“ (si era rico)… para casarse tenía que tener tanto como él, o si no, debía encontrar un igual, un médico, o se quedaba monja o soltera. El la familia normal (en las casas de pegueros o medio labradores), si tenía una pareja mulas y era rentero y trabajaban todos en casa, el que se casa, sale de casa y a vivir a jornales, y se quedaba el soltero… y repartían cuando moría el padre. Al hijo que se casaba se podían dar unas fanegas si tenía algo. La cosa era que… si tenías media collera, había que juntar otra media collera para hacer una yunta… ese era el dicho.”

Desde el punto de vista económico vemos que la nueva familia estaba  marcada por el tipo de casa a la que habían pertenecido sus componentes. Esa identidad (ser casa rica y fuerte con mucha tierra, ser casa de medio labrador,  o ser casa de criado, jornalero o familia pobre) determinaba las posibilidades de sus miembros de encontrar pareja para hacer una nueva familia. Algún informante destacaba el hecho de que cuando rondabas a “una moza guapa”, pero hija de familia pobre, si tenías “media collera”, debías buscar otra chica que tuviera la otra “media collera”, aunque fuera menos agraciada: si tenías unas posibilidades económicas medianas debías buscar otra pareja que tuviera idéntica o mejor posición económica, pero nunca una pareja de inferior categoría. Los matrimonios se formaban, en cierto modo, “de conveniencia”.

La identidad de la familia podía pervivir casi inmutable al haber poca permeabilidad social tanto en el escaso grupo de casas fuertes como en el de las casas de medio labradores. Las casas pobres tenían la posibilidad, con el paso del tiempo y el trabajo de las generaciones, de llegar a ser medio labradores (“más valía ser un amo que lo pase mal, que un buen criao”), logrando unas tierras en renta y un animal de trabajo en “aparcería” con otro vecino, o un par de vacas o bueyes, o, en el peor de los casos, un par de burros.

Pero el traspaso de bienes de una generación a otra ponía cíclicamente en crisis la identidad de cada familia. Llegados a este punto, hacemos hincapié en el hecho de que el concepto “casa” tal como se entiende en el norte y nordeste peninsular (institución que pervive indivisible a lo largo del tiempo y a la que están supeditados los que a ella pertenecen) no debemos aplicarlo a los paisanos de esta zona zamorana y, si es el caso, solamente sería válido entre algunas casas ricas o fuertes. Cuando una generación transmitía los bienes a la otra, la norma general era repartirlos entre los descendientes legítimos a partes iguales.

Los hijos de las casas fuertes se casaban con parejas de su misma altura económica, o se quedaban solteros porque no encontraban pareja de su estatus: ser mozo viejo era, con frecuencia, propio de vecinos ricos:

“ En esta casa fuerte el hijo mayor no se casaba, y el que se casaba le daban una parte de la tierra y arreando… y otras hermanas, pues se hacían monjas o no se casaban. Todas estas solteronas se lo pasaban unas a otras (el patrimonio). De doce que eran se casaron sólo dos o tres, y al final se lo dejaron todo a un sobrino, o sea, a un hijo de los tres que se casaron, por atender a la última tía. Luego han acabao dividiendo la ahacienda. Entre los que tenían mucho, al que se casaban le daban una parte, pero se casaba con otra de igual altura, de casa fuerte. Ya hace poco, los grandes propietarios lo reparten todo entre los herederos, o si no tienen hijos lo dejan a la iglesia o a unas monjas…”

En las casas ricas había una tendencia a mantener indivisible el patrimonio de la casa, sin llegar a la institución del “mayorazgo”, poco frecuente en estas tierras.

“ Aquí hubo un mayorazgo, que lo recibía el hijo mayor. El señor Lorenzo Sierra fue el que tuvo el mayorazgo, que se quedaba con todo, y los demás hermanos iban a estudiar, o las hermanas se metían monjas…”

En el mayorazgo, institución familiar del norte y nordeste peninsular, el patrimonio de la casa no se repartía. El primogénito heredaba todo. El resto de hermanos podían permanecer solteros viviendo en la casa, también podían salir a estudiar pagados por la casa y adquirir una profesión liberal, entrar en un convento, etc. Si se casaban no podían esperar herencia alguna de su casa de origen. El primogénito tenía la obligación de mantener y aumentar el patrimonio para el primogénito de la siguiente generación, su hijo o heredero legítimo.

En las casas medianas la transición era más ruinosa, ya que un escaso patrimonio dividido en partes iguales entre varios hermanos quedaba muy reducido y era insuficiente para llevar adelante una casa agrícola tradicional. Por ello, cada situación tenía su estrategia de pervivencia o intento de mantener el status. Normalmente el que se casaba no recibía nada de los padres y, si lo recibía, consistía en unas pocas fanegas de tierra para empezar y un animal de trabajo, de modo que completase su economía con tierras en renta o con jornales. En todas las familias, cuando llegaba el momento, los padres ancianos pasaban las tierras en arriendo a sus hijos, de modo que el producto de ellas sirviera tanto al hijo que las trabajaba como al padre que las cedía para poder seguir viviendo[2].

En las casas de criados, jornaleros o pobres sin apenas tierra los descendientes heredaban y dividían muy escrupulosamente lo poquito que les dejaban sus progenitores.

Se daban dos interesantes cuestiones en el asunto del reparto igualitario. Por un lado, la “mejora” que se hacía al hijo/a soltero/a porque se había quedado a vivir con los padres hasta su muerte. Esta costumbre era aceptada favorablemente por los herederos. Los ancianos padres reconocían el mérito de asistirlos en el último tramo de su vida. La valoración moral era negativa si la “mejora” se hacía por capricho de los padres hacía algún hijo/a. Y por otro lado, en oposición a lo anterior, los hijos/as que habían emigrado a trabajar a otros lugares o que habían salido desde jóvenes a estudiar seguían teniendo el mismo derecho a su parte dentro del reparto igualitario, aunque no hubieran contribuido al mantenimiento y desarrollo de los bienes de la casa. En este caso los paisanos manifestaban también una valoración moral negativa hacia esa situación, pero se sometían a la norma tradicional: “repartir el patrimonio en partes iguales entre todos… a pesar de todo”.

“ Mucha gente hacía testamento con pleno sentido. Mi padre lo hizo. Había quien se ladeaba por un hijo y le quedaba una mayoría o lo que fuera. Mi padre repartió a partes iguales, pero hubo quien se ladeaba… y ahí venían las rencillas… que el padre tenía cegadez por un hijo o por otro… y luego venían las rencillas entre hermanos…”

“ Casi todos hacían testamento, y a lo mojor eran cuatro hermanos, y el pequeño, porque era el pequeño… se ladeaba el padre por el pequeño, y ya venía la etiqueta (el conflicto) entre los hermanos…”

“ … partió mi padre las tierras, y los edificios. A mi hermano le tocó la panera, a mí otro cacho de casa que la vendí, y a la pequeña, como estaba soltera la dejaron todo de las puertas para dentro, todo lo de la casa. Porque al estar soltera y quedarse con ellos, además de las tierras que teníamos a partes iguales, la adjudicaron la casa. Era lo normal, y todos lo vimos bien porque estaba soltera.”

“ Los padres dividían todo por igual. Mi suegro dividió entre los tres hijos todo por igual. Mejoró al que se quedó aquí (con él) con la casa. Pero en otro caso, la madre de un amigo, pues eran dos hermanos, uno se quedó en la labor y el otro se fue a estudiar… que no hizo nada… y a la hora de partir y repartir, pues todos iguales… Y en casa de mi mujer, mi mujer y su hermano se quedaron trabajando en casa, y otro hermano se marchó a la capital, estuvo siempre trabajando en un comercio… pues fue igual que todos. (Los padres) No mejoraron. Yo veo muy normal que se mejorara al que estuviera en casa… Pero entre dos hermanos, que uno vive su vida fuera, va haciendo su capital y se lo gasta o lo que sea, y que el otro está haciendo en casa para los dos… yo no veo razonable que se reparta a partes iguales.”

La norma del reparto igualitario de todos los bienes de la familia no sólo afectaba a irracionales y poco prácticas divisiones de las casas y sus enseres, sino también a las tierras, originando el característico minifundismo que ha existido hasta la aplicación de la Concentración Parcelaria. La excesiva partición de las tierras era antieconómica si se mira desde la agricultura de mercado actual, pero tenía su lógica si tenemos en cuenta la situación económica de la casa tradicional: el autoabastecimiento. La diversidad de productos para mantener una casa necesitaba variedad de tierras. De todos modos, los mismos informantes eran conscientes de la excesiva parcelación que provocaba la división de bienes.

“ Lo normal era dividir el patrimonio entre todos los hijos… entre todos, y cuanto más pobres, más se repartían… Se repartían hasta el último cerro (el último surco de una tierra)”

Cada familia precisaba un determinado número de tierras para sembrar las variedades de cereales tradicionales necesarios (trigo, cebada, centeno, avena…), legumbres (garbanzos, lentejas, algarrobas…), además de alguna “alanzada” de viña para apoyar la economía familiar[3] (NOTA 3).

“ Mi padre puso testamento, y entre mi hermano mayor y mi padre, como conocían las tierras, calcularon que nos tocara un poco bueno, un poco regular… compartirlo para que tocara un poco de todo…”

El medio oficial para hacer la transmisión de bienes era el testamento. También se hacían “hijuelas” a modo de documentos privados para detallar lo que correspondía a cada heredero. Primero se dividía todo el patrimonio en partes, en “hijuelas”, sin saber cual iba a corresponder a cada heredero, y luego se sorteaban las “hijuelas” entre los beneficiados.

“ Se daba el caso de gente que se moría sin hacer testamento, luego andaban los hermanos mal para repartirlo…”

Además de todo esto, cuando un paisano compraba una tierra para aumentar el patrimonio de la casa. Con frecuencia, no se hacía escritura de compraventa ante notario. Bastaba un documento privado para evidenciar la propiedad. De ese modo iba haciendo su propio patrimonio que se repartiría más tarde entre sus descendientes.

“ La escritura la hacías ante notario, cuando vendías una finca lo tenías que hacer ante notario… con sus linderos, etc… El notario estaba en Fuentesaúco, o se llamaba y venía aquí. Cuando no había escrituras hacíamos un documento privao, que no se pasaba por registro. Por ejemplo, que yo te quería vender mi finca y no tenía una escritura porque mi padre se había muerto y no tenía título de ella… Pues una persona inteligente, un secretario, pues escribía… el día de la fecha de tal, don Tal vendió la finca de tal y tal en valor de tantas pesetas. Esta finca linda con Fulano y con Zitano. Y para hacerlo bueno pues cogías unos testigos… Y si alguno no sabía escribir (su nombre) pues ponía el dedo o una cruz…”

No cabe duda que el patrimonio agropecuario era el elemento fundamental para identificar a cada casa o familia, pero este apartado del lenguaje social (la identidad del vecino o de la familia en el grupo) no se agotaba en lo económico. Había otros detalles que de un modo más anecdótico configuraban la identidad familiar.


[1] Memorias de Luis Torrecilla, Cañizal. “  El abuelo era muy joven cuando quedó viudo. Le quedaron cuatro hijos muy pequeños. El no volvió a casar. Quién se podía casar con un hombre sin dinero y cuatro hijos. El abuelo tenía una hermana llamada Cipriana que por sus defectos físicos ya se encontraba en la familia. Ella fue una madre para sus hijos (sobrinos). Cipriana era coja, tuerta, había tenido un paralís infantil de muy pequeña. Yo la recuerdo que siendo niño la quería como abuela. Me pasé algunos años comiendo y durmiendo en la casa (del abuelo)”.

[2] Inventario de José Díez y García  y de María Hernández y Tejedor. Año de 1868. San Miguel de la Ribera. “ Memoria de lo que aportaron al matrimonio José Díez y García y María Hernández y Tejedor… Aportó José Díez y García al matrimonio: Catorce fanegas de trigo… Id. Tres fanegas de algarrobas… Id. Cinco fanegas de centeno… Id. Dos fanegas de garbanzos… Id. Tres caballerías menores Id. Cuatro carros de paja… Aportó María Hernández al matrimonio: Tres fanegas de trigo… Fanega y media de tierra al Monte de Toro… Un biche de una año… Cien reales que le dio su padre.”

[3] Ejemplos de senaras de algunos libros de cuenta utilizados como fuentes originales en esta investigación. Inventario de Jos‚ Diez y García. 1868. ” Inventario de los frutos que se recogieron en            las tierras y viñas… : Setenta y dos fanegas de trigo… Seis fanegas de garbanzos… Doce fanegas de alberjas… Catorce fanegas de centeno… Diez y ocho fanegas de cebada… Diez y ocho carros de paja… Cuarenta cántaros de vino… Veinte cargas de patatas, que hacen ciento y sesenta arrobas… Trece fanegas de tierra que hizo de barbecho. y nueve de erbalado, arreglado el erbalado a medio barbecho, según el estilo del pais…”   -Libro de caja de Enrique Gómez. 1845. Villamor de los Escuderos. Senara de 1845: Trigo… Centeno cuarenta fanegas… Cebada ochenta y dos fanegas… Algarrobas setenta y una… Guisantes diez fanegas… Yerbas treinta fanegas… Muelas trece fanegas. Garbanzos cuarenta y cinco fanegas… Alberjas ventiseis fanegas…”

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