Posteado por: lenguajesculturales | enero 19, 2011

El noviazgo y la entrada en casa. Mitad del siglo XX. EL CICLO VITAL. La Guareña zamorana


El noviazgo y la entrada en casa.

El noviazgo era el tiempo previo a la formalización de un matrimonio. No era propiamente una etapa romántica, como podría esperarse, ya que muchos matrimonios se establecían movidos por el interés económico. Consciente o inconscientemente, cada mozo/a buscaba la otra “media collera” para hacer una “collera entera”.

El hombre y la mujer pretenden en la relación matrimonial adquirir una cierta estabilidad y seguridad emocional y económica, satisfacer sus necesidades sexuales y perpetuar la especie. Ello no determina obligatoriamente la existencia de normas o ritos que lo sancionen o bendigan. Pero en la sociedad agrícola de mitad del siglo XX, sociedad tradicional y fuertemente reglamentada, donde lo que se entregaba de generación en generación eran valores inmuebles materiales (la casa y la tierra) imprescindibles para sobrevivir, era necesario sancionar el modo de unirse y procrear, regular los modos de tener, producir y aumentar el patrimonio. Los paisanos estaban abocados de algún modo al matrimonio ya que dentro de él se regulaba, se sancionaba, se reconocía lo que cada uno era y lo que poseía. El matrimonio no sólo era una institución religioso moral, sino sobre todo una institución antropológico social.

Pero el pobre, el trabajador, el que se quedaba soltero, se moría de hambre porque no sabía hacer comidas y la mujer que se quedaba soltera, pues le pasaba lo mismo, por eso, todas a casarse. Entonces qué hombre se marchaba al río a lavarse una camisa? Si tenía que andarse escondiendo por si acaso alguna se quedaba en los lavaderos. Pues en cuanti podía, fuera porque se lo hicieran por compota (conveniencia) o como fuera. Se lo arreglaba la tía Fulana: Oye, que si Fulano dice que si le quieres, le decía a una solterona. Y la mujer le pasaba lo mismo, porque fuera de la casa ella no podía ir a ganarse la vida. Entonces todas se tenían que casar, que el camino antes era casarse. Porque entre los dos, el hombre a trabajar, y la mujer a arreglar la casa… aunque luego fuera a espigar, a vendimiar, a arreglar la casa del amo… pero vivían. Pero el hombre solo era un desajuste y la mujer igual.

La relación entre mozos y mozas estaba encaminada a generar noviazgos. Normalmente la mayoría de las parejas se formaban dentro del pueblo. Los noviazgos entre jóvenes de distintos municipios no eran favorecidos. El hecho de exigir al novio forastero el pago de una cantidad de dinero para vino o para una merienda, así lo delataba. Había un refrán a este respecto: “Bodas con alforjas, pa joderlas”. No era bueno el matrimonio entre jóvenes de distinto pueblo, si uno de ellos tenía que llevar “la alforja” (el patrimonio) al otro pueblo.

Antes se casaban entre los del pueblo. De los tiempos de mi hermana mayor no recuerdo de ninguna que estuviera casada con gente de fuera. El de fuera tenía que pagar el medio cántaro. Le sacaban un dinero y luego lo gastaban en vino, los mozos, los amigos de la novia. Y el día que se casaba le ponían una cuerda a los pasos de la iglesia, y hasta que no pagaba el chocolate, no le quitaban la cuerda.”

No podemos certificar que siempre hubiera amor en el inicio de la relación, aunque suponemos cierta atracción física o psicológica, y también material hacia lo que el otro o la otra tenían. Si una pareja se formaba por conveniencia de los padres, no precisamente por amor pasional, se decía que había “compota”.

Primero casarse, y después ya vendrá el amor”, era un viejo pensamiento que regulaba este modo de formar matrimonios. Una pareja eran novios cuando se decía “que hablaban”, “que trataban…” [1]

“Yo, a los dieciocho años, ya hablaba con mi marido, y me casé a los veinticuatro. Yo ya salía con él como novios, que se dice eso… Uy, pues hablo con Fulano.”

“Se decía tratar, eso, tratar… Trato con este o con esta. Se decía de cotilleos: ¿Sabes quiénes están tratando?”

En un primer momento el mozo no se decidía, o podía estar dando esperanzas a unas y a otras.

Yo le decía a mi madre: Mire usted, me he echao un novio. Quién es, hija, me preguntaba. Pues el hijo del hortelano de la casa. Oy, hija, no me gusta a mí mucho. Ese anda con todas. Bueno, pero a mí me gusta, le decía…

Cuando de verdad se pretendía a una moza, había una serie de detalles que evidenciaban la intención del mozo. No existía un modo de declaración formal, sólo gestos y encuentros significativos. Incluso alguno no llegaba nunca a declararse. El mozo y la moza eran del mismo grupo de amigos, se juntaban con frecuencia, y de ese modo quedaban como pareja. El baile era el momento más apropiado para declararse.

Yo le oí decir a mi abuelo: Yo nunca se lo parlé a la mujer (declararse). Mi abuelo decía que eran dos amigos, empezaron a bailar con otras dos amigas, y se casaron los dos. Pero él decía que nunca dijo: Vamos a ser novios, ni te quiero, ni nada… Amigos, amigos, y siempre juntos y bailando… Oye, pues ya es novio Fulano de Fulana, y la gente se lo decía… pues, ala, a casarse.

“El trámite para hacerte novio era eso… Llegabas al baile. Coño, pues mira, ¿me dejas que salga contigo? Los hay que serían más simpáticos. Aquí el mayor compromiso era el baile. Según estabas bailando… ¿Me dejas salir contigo? Entonces esto era un tramo (un primer paso). Si la muchacha le agradaba decía que sí, pero si no le agradaba ya te cortabas…”

El primer paso estaba dado: la aceptación de la moza. Ahora había que seguir un protocolo con etapas determinadas para entrar en la casa de la novia y ser aceptado por los padres, asunto que era casi más importante que la aceptación de la futura esposa. La determinación económica de los noviazgos era clara, ya que el futuro matrimonio dependía de la colaboración de los padres. Si ellos se oponían al matrimonio, o no se realizaba, o, cosa que también ocurría, los novios hacían la boda y comenzaban la vida por su cuenta. En casas fuertes lo primero era lo normal, pero en casas pobres, de poco valía la negativa de los padres, ya que en nada podían ayudar. La situación de los pegueros medio labradores solía ser más conflictiva, porque querían hacer perdurar o aumentar lo poco que tenían, por lo que sus hijos buscaban la “media collera” que les faltaba. El futuro de una casa de pegueros dependía de las buenas uniones matrimoniales.

Después de la declaración, o supuesta declaración, se seguía este proceso: El novio acompañaba a la novia a casa, quedándose a una prudente distancia. Al siguiente domingo llegaba hasta la puerta, y se quedaba junto a ella, calculando la posible sanción de los padres. Al siguiente pasaba al portal, si la madre lo permitía, dejando una posibilidad abierta a que el novio “pidiera la entrada”.

Si te daba pie, que salías con ella, ya ibas hasta cerca de la casa, pero retirao, sin arrimarte a la puerta. Bueno, y ya salía con ella. Pero había que esperar otro domingo para volver a bailar. Entonces ya, bailando y saliendo… Como salieras dos o tres veces con ella, pues en ese medio tiempo ya tenías que hacerte toas las ilusiones, que te quería… Tu y yo podemos ser novios, decía. Tu andas con Fulana, andas con Zitana… Bueno, contestaba, pero ya no… Y ya, daba paso, pues ya empezabas a ser novio. Cuando ya llevabas cierto tiempo arrimándote a la puerta, que había muchas formas, pues había que pedir la entrada.

Nos veíamos todos los días… a por agua a la fuente. Al portal venía cuando ya éramos novios formales, le dejábamos entrar en el portal. Que, por ejemplo, la puerta era de dos hojas, y yo estribada así sobre la de arriba y el novio fuera… Y hacía frío… Luego cuando ya se le veía que era formal, pues ya decía mi madre: Hija, pues mándale pasar, porque el pobre está pasando ahí mucho frío. Y ya nos quedábamos en el portal y los padres en la cocina… y de vez en cuando, algún beso… Tu dale despacio, que no nos oigan… Ellos estaban en la lumbre y nosotros en el portal. Para pasar dentro, el novio tenía que pedir la entrada.”

Pedir la entrada” era un gesto muy importante por parte del novio, y como tal era tomado por los padres y por la novia. Tenía una trascendencia que comprometía la palabra del mozo. Era un paso en el que empezaba a ponerse en juego el amor o afición de los novios, el honor de la familia, y la economía de la casa. Pero no adelantemos acontecimientos y destaquemos la solemnidad sencilla del hecho.

Ya para entrar en casa era para hablar con el padre. O sea, le avisaba la chica: Oiga, que me ha dicho Fulano que quiere hablar. Ya sabía el padre que venía al oscurecer. Pasaba y hablaba con el padre un miércoles o un sábado. Hablaban lo que todo el mundo… casi el novio no se atrevía a hablar. Era el padre el que lo decía: Bueno, pues ya sabes, que si vienes con formalidad, pues aquí esta casa tal… Y el novio diría que sí… Pero, ¡qué vergüenza pasaría… ¡

Le dije a mi madre que Fulano, mi novio, quiere pedir la entrada… Pues cuando esté tu padre. Y luego ya de noche, el chico se puso muy colorao, ya entró en la cocina… Mire usted, yo vengo formal, yo hablo con su hija… Todo acobardao. Cuando se marchaba mi novio mi madre decía: Será verdad que vienes con formalidad, porque ya has recorrido todas las chicas del pueblo. Tu ten cuidado hija,  que ese ya se ha recorrido todas las chicas del pueblo…”

Cuando llevabas cierto tiempo con el novio, y ya sabían en casa que estabas con él, y que hablabas con él, lo sabía toda la familia, pues hablaba con el padre. Yo me fui (la novia). Yo no sé qué dirían. Él le dijo que venía con buenas intenciones, me supongo eso… Pues que sea bien la cosa… que nos portemos bien, le diría mi padre. Luego venía todas las noches a buscarme.

La importancia de este gesto quedaba subrayada si ocurría que después de “pedir la entrada”, el novio dejaba a la novia. La familia quedaba en evidencia y profundamente ofendida. Había una frustración objetiva por parte de la novia, pero tal vez no era lo más importante. Se había puesto en entredicho la honra de la familia, porque si el novio la dejaba “es que había algo que antes no sabía…”  y les impedía casarse. La familia no volvía a hablar al joven: había atentado contra su honor. Por último, anulaba una expectativa económica, rompiendo un contrato implícito, ya iniciado, de continuar la familia y la casa.

Cuando un hombre entraba en casa, y si dejaba a la novia, eso quedaba marcao… Había también quien no, que mi madre entraba su novio en casa y luego le dejó ella…

Era muy mal visto que después de entrar en casa el novio la dejara. Perdía categoría la novia. Ya los otros chicos decían… qué habrá  hecho con ella…

El rechazo del novio después de haber “entrado en casa” era traumático. Pero antes de este rechazo podían haber otros dos: el de la novia y el del padre de ella. La novia rechazaba al novio por sus excesivos flirteos con otras mozas, o por sus costumbres poco laudables, razones de tipo afectivo y psicológico.

A uno le dejó ella. Iba a ser guardia, y ya entraba en casa, fíjate… pero luego le dijo que iba a ser caminero en vez de guardia, pero se emborrachaba, bebía bastante, y entonces ella le dijo que no. Dicen que la amenazó de muerte, que la mataba… y se fue a otro pueblo.

Los padres eran más astutos. Su rechazo era de tipo social y económico. Rechazaban a un novio por su procedencia, la casa, la familia a la que pertenecía, y por sus posibilidades económicas escasas o nulas. Esto ocurría el día que “pedía la entrada en casa”. También había padres que rechazaban a cualquier novio de su hija porque “no querían hacer la boda”.

Lo que había mucho antes era el con quien te casabas. Había problemas de chicas de no dejarlas salir, de pegarlas porque no vieran el novio. Antes los padres tenían todo el peso de la boda. Si no aceptaban a tu novio o a tu novia… porque si no, dónde te ibas si te echaban de casa.

” Bueno, voy a pedir la entrada a tu padre… Ay, no, mira, que no te deja… Eso siempre que las cosas fueran bien. Cuando la cosa iba mal, que a ella la reñían, pues siempre huidos, huidos, muy largo de la casa. Y hubo algunos que se atrevieron a entrar en casa y lo arreglaron padres… Bueno, es que tienes este defecto o el otro. Por regla general, cuando vas a una muchacha, has ido a otras antes, o bien has dejao a otras, o bien has tenido algún lío con otra, que hay de todo. Y entonces aquellos padres… Eres un borracho, eres un jugador, que no eres buen trabajador… Todas esas cosas te decían los padres, y se intentaba solucionar. Pero cuando una muchacha se empeña… siempre ha pasao y pasará …

Nos queda, por último, aludir a la regularidad de los encuentros en el noviazgo y a las múltiples anédotas que esta etapa alegre y chispeante de la vida originaba entre mozos y mozas. [2]

Hablar con uno… eso es que eran novios, y venía el novio, el mozo, a verte los miércoles y los sábados a la puerta.”

Teóricamente los novios tenían regulados sus momentos de encuentro y los días de cortejo. Era un hecho social y público, y, por tanto, sometido a normas establecidas, de modo que si se trasgredían, eran penalizados con una sanción, aunque sólo fuera de palabra.

Me acuerdo de salir a los recaos… a lo mejor a nada, que te esperaba el chico. Procurabas salir todas las noches. Decías que era a un recao… Aquí¡ hacerse novios era de 18 a 20 años pa’rriba. Yo y mi marido, cuando novios, no nos veíamos na más que en el baile de los domingos…

Las criadas tenían m s dificultades en estas situaciones, porque no sólo los padres podían poner trabas a su relación, sino también los amos donde trabajaban, que no siempre permitían que la moza criada saliera a la puerta de casa a hablar un rato con su pretendido. Hasta los otros criados de la casa la requerían enseguida si se acercaba la hora de la cena. Era, además, mal visto ser novios y criados en la misma casa. Esta situación podía provocar la expulsión de uno de ellos del trabajo.

La moza que tenia ya novio, que todas tenían novio, salían un poco a la puerta… salían por regla general casi todos los días. Había muchos que eran criaos en la misma casa, y si se sabía no se consentía que fueran novios. Las criadas salían un poquito en lo que íbamos a las bodegas y traimos el vino pa cenar y pa llevar al campo. Antes decían que todas las criadas que estaban en el baile, decían que a la postura del sol, cuando llegaban los cerdos, que antes iban al campo… pues ya se ten¡an que ir todas corriendo a recoger el ganao…

De criadas no nos dejaban hablar con el novio. El novio venía a la puerta, y na más hacía que toser… Ah , ah … Y ya sabía que estaba allí pero no podíamos salir.

Ser novio de una moza era una responsabilidad que incluía ciertos compromisos. La vida del mozo quedaba supeditada a tener en cuenta siempre a la moza con “la que trataba”. Algunos mozos intentaban llevar todavía una vida independiente: Llevaban a la novia al baile de la tarde, la acompañaban a casa, y luego ellos volvían solos al baile de la noche en el pueblo vecino, o a merendar en grupo con los amigos en la bodega.

Antes nada, al baile a bailar es a lo que ibas. Si venías desde la bodega, que al medio día antes del baile habías ido a la bodega… si no tenías que ir a buscar a la novia, porque ya eras novio formal, ibas desde la bodega al baile. Una vez que entrabas en casa (de la novia), había que ir a  buscar a la novia…

Ser novio también suponía una relación íntima, un juego en el que las mozas, enseñadas al recato y a la distancia frente al mozo, hacía más combativa e interesante la relación: el primer beso, la primera caricia…

No se me olvida nunca un día, que era novia de mi marido, y veníamos de ese caño… No sé, me tocó así… y el cántaro de agua al suelo...”

Los besos y abrazos no hacen muchachos, pero tocan a vísperas, y eso es verdad… El primer beso que me embocó a mí mi novio… que fue a traición, sin pedírmelo. Estuve ocho días sin salir a la calle. Entonces era as¡. Y me decía una vecina… Pero sal, que lo tienes ah¡ en la esquina esperando (al novio)…

Había muy poca luz, y ponían una bombilla. Este era el alcalde y la ponía en su esquina, este era teniente alcalde y la ponía en la suya… Total, que este pueblo había cuatro bombillas, y las demás calles a oscuras. Y entonces la juventud pues salía a estar con las muchachas, y no se ponían a la luz, se ponían donde no hubiera luz… Pero cuando alumbraron el pueblo, que pusieron muchas bombillas en las esquinas, sacaron una poesía por San Antón… Con haber tantas bombillas, nos han puesto a la ración… nos habían dejado en el racionamiento ( de estar con la novia a oscuras).

Cuando los novios eran muy fogosos y pretendían llegar en sus relaciones más lejos de lo esperado, la moza podía quedar embarazada, a veces sin quererlo o incluso sin saberlo. La situación que tenía que pasar la moza durante el embarazo era muy dura… pero esto ya fue un tema escrito en otra parte.


[1] Tonada de baile y danza de El Pego (Zamora):

Desde aquí la estoy mirando

la rosa en la cantarera

la que tiene buen marido

parece moza soltera.

Ayer te quise, hoy no te quiero,

tuve ese gusto, hoy no lo tengo.

Hoy no lo tengo ni me acomoda

porque contigo no quiero boda.

No quiero boda ni quiero trato,

porque contigo yo no me trato.”

Cancionero de Folklore Zamorano, pág. 203. Miguel Manzano. Editorial Alpuerto.

[2] Costumbres de Guarrate (Zamora) escritas por Mari Luz Algarra Abilleira:

“… cuando se acababa el verano se representaban unas comedias cuyos protagonistas eran los propios vecinos del pueblo, aficionados al teatro. Cada uno tenía que llevar su silla, y la chica que tuviera novio llevaba la silla para él y la entrada la pagaba el novio para los dos…… en el baile, cuando estaban bailando y tocaban el intermedio, la chica se tenía que quedar con quien estuviese bailando. Luego existía lo que se llamaba la rueda, que consistía en estar paseando por el baile entre una canción y otra con la chica que quisieran…”

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