Posteado por: lenguajesculturales | enero 10, 2011

EL MAYO. La plenitud de la mocedad. EL CICLO VITAL. Mitad del siglo XX. La Guareña zamorana. Guía cultural.


La plenitud de la mocedad: EL MAYO.


Tradicionalmente, la plenitud de la mocedad era la llegada a la quintada, el tiempo previo a la partida de los mozos al servicio militar. Ser quinto era una categoría, un estatus temporal que marcaba un antes y un después (24).

Las mozas, por suerte o por desgracia, no estaban obligadas a realizar nada extraordinario que requiriese su ausencia fuera del municipio, ni que destacase algún momento de su mocedad sin salirse de la relativa monotonía del trabajo diario, los bailes de los domingos y las fiestas del pueblo. En la vida de las mozas no podemos hablar de un periodo de plenitud de su mocedad, si exceptuamos, claro está, el final de esta etapa cuando un mozo la pretendía y establecía relaciones formales de novio, entraba en su casa, era pedida por la familia del novio, y se casaba. De todo ello hablaremos más adelante.

Insistimos de nuevo en una idea ya escrita con anterioridad: no había ritos de paso específicos en la transición del niño/a al adolescente, y del adolescente al mozo/a. El gran momento de transición se producía en la boda, a partir de la cual se adquirían todos los derechos y deberes del vecino del pueblo.

Pero no ocurría lo mismo en el transcurso de una de las etapas antes mencionadas: la mocedad masculina. En ella destacaba por su importancia festiva la entrada en quintas. Este período iba desde el momento oficial en que los mozos eran sorteados o eran tallados, declarados quintos en el Ayuntamiento, hasta el día de partida al destino que le correspondía al mozo. El año en que el mozo era quinto quedaba señalado en su vida (25).

En los pueblos de La Guareña había dos acontecimientos festivos que marcaban el año de la quintada: la plantá del mayo y la corrida de gallos. Unos pueblos podían festejar un hecho más que otro, según su costumbre, pero ambos acontecimientos aparecían protagonizados por los quintos, enfatizando en una noche o en un día todo el significado de ser quinto: “un mozo hecho y derecho”.

La plantá del mayo y la corrida de gallos eran verdaderos ritos de paso, en los que el joven paisano realizaba el tránsito de “mozo sin reconocimiento público a mozo públicamente reconocido”. Superaba  las pruebas que estas dos costumbres peninsulares implicaban.

En todo rito de paso se establecen unos momentos determinados:

. Una situación previa en la que el aspirante, ya sea por petición propia o por imperativo de la edad, debe manifestar su intención de entrar en una nueva etapa de su vida. En nuestro caso el sorteo, la talla o la comunicación del Ayuntamiento al mozo de su situación de quinto por la edad que ha cumplido.

. Una situación agónica, esto es, de prueba, la situación de transición o paso propiamente dicha, en la que el individuo aspirante o el grupo aspirante realizan la prueba que los hará aptos para el nuevo estado que pretenden poseer. Será un momento en el que quedarán apartados, destacados, separados de todos los demás del pueblo. En nuestro caso los quintos plantaban el mayo, en las condiciones que el acontecimiento requería, o cada quinto corría el gallo  también en las condiciones requeridas (declamar la relación previa de memoria, vestirse de un modo determinado, matar el gallo con una espada, o con la mano, etc…).

. Por último, una situación de reencuentro en el que el grupo puesto a prueba es reconocido en su nuevo estatus y él se manifiesta como tal. En nuestro caso, la celebración festiva con cena y baile, que podía darse después de la plantá del mayo o de la corrida del gallo, el posterior ingreso en el servicio militar y la supuesta intención de formalizar relaciones con una moza a la vuelta de la mili para casarse y crear  una nueva familia en el pueblo. Si el final no se cerraba de este modo, se corría el riesgo de permanecer en ese estatus ambiguo y contradictorio de “mozo viejo”.

Plantar el mayo.

El tiempo de plantar el mayo era la primavera, el mes de mayo. No todos los pueblos tenían la misma fecha escogida para esta importante prueba de los quintos. Villaescusa, Vallesa, Fuentelapeña y Olmo, por ejemplo, seguían la tradición de levantar el mayo la noche del 30 de abril al 1 de Mayo. Otros pueblos hacían coincidir la hazaña con la víspera de la fiesta patronal.

En Cañizal se aguardaba a la víspera del día de la Santa Cruz, entre el 2  y el 3  de mayo, en plena fiesta de su Virgen de la Cruz. Guarrate lo celebraba en la noche del 8 al 9, fiesta de San Gregorio, patrono del pueblo. Y en Castrillo, mediado el mes de Mayo, los quintos levantaban el mayo la víspera del día 15, San Isidro, también fiesta del Cristo de la Salud para estos vecinos. El día  de los quintos quedaba contextualizado en la fiesta del pueblo, se convertía en un acontecimiento más  dentro del pueblo.

Los protagonistas, los quintos, “tenían el mandato ese año” y debían mostrar valor y fuerza frente a los que habían pasado y los que vendrían al año siguiente.

El lugar de la plantá del mayo debía ser visible, llamativo y, si era posible, céntrico: a la entrada del pueblo o en una plazuela en Olmo, en lo alto, junto a la plaza de toros, en Guarrate, o en la misma plaza del pueblo, en Cañizal.

“Había baile en la plaza, y había un mayo, ponían un mayo todos los quintos, para que la gente que iba al baile, pues se estribara en el palo. Se acababa el baile, y tres o cuatro mozos en el mayo estribaos… Se quedaban los mozos hablando de las chicas que han visto, apoyaos hablando alrededor del mayo.”

En nuestros días, la pavimentación de calles y plazas ha obligado a ubicar el mayo en lugares periféricos donde todavía se puede hacer un hoyo profundo.

El núcleo del acontecimiento era la elección del árbol, el más alto posible, el traslado del mismo, y la plantá  propiamente dicha en el hoyo hecho por los quintos. Estos esfuerzos componían la prueba que los quintos del año debían superar, como lo habían hecho las generaciones anteriores.

Buscar el árbol, cortarlo y transportarlo tenía en ocasiones su parte de atrevimiento y aventura. Lo normal era escoger un árbol en la alameda del municipio y comprárselo al propietario.

“Los quintos que ya van a incorporarse a filas ponen el mayo, una viga que se cortaba, por ejemplo, de la alameda del cura.” (Fuentelapeña)

“El mayo, que es una viga, la compraban. La quinta mía la trajimos de Vadillo, comprada, y nos dejaban las mulas los labradores.”

Pero  podía suceder que los quintos, llevados por su afán de coger la viga más alta, cortaran sin permiso, o robaran, el árbol escogido. La acción se llevaba a cabo de noche, naturalmente, al margen de lo establecido como legal.

“Un señor que era labrador de aquí, que era de Vallesa, pues nos ofreció una viga, se la teníiamos que cortar, y él nos dejó el carro y todo pa traerla. Pero qué hicimos… en vez de cortar en la almeda de él, la cortamos en la alameda de otro que era de Cañizal. De intención lo hicimos. Era una viga temerosa. Tapamos           bien el tronco… y luego se la vendimos a él, y nos dio un cántaro de vino por ella.” (Vallesa)

“Aquí la viga no se ha robado nunca… lo que se robaba era la copa, que era de pino. En Alaejos robaron una viga, pero luego les costó caro por robar la viga…” (Castrillo)

“Mayos se habrán robado bastantes… robados en el buen sentido (que el amo lo pasaba por alto por ser cosa de quintos)” (Olmo)

“El uno de mayo ponían los quintos el mayo, lo pedían. Y si no, ya se sabía que lo habían cortao los quintos.” (Fuentelapeña)

Seguramente la viga robada aumentaba m s el valor de los quintos de ese año. La prueba de su mocedad se hacía más patente.

La viga era llevada con una pareja de trabajo y un carro. Se podía dar el caso de mozos que prescindían de los animales y tiraban ellos del carro (que también podía haber sido robado temporalmente) si eran muchos en la quintada.

“Se llevan dos mulas buenas, con un carro, se les ponía dos travesaños, una horquilla que se pone en el carro, y as¡ no arrastraba, venía a nivel, venía por          delante de las cabezas de las mulas o los bueyes, y uno montao, agachao pa dirigirlas…” (Castrillo)

Al llegar al pueblo, en el sitio escogido, se plantaba el mayo. Para ello había que hacer un pozo apropiado a la altura de la viga que se quería plantar.

“Mientras la cofradía del Cristo de la Salud estaba en vísperas, los quintos estaban haciendo el hoyo para el mayo en la tarde.” (Castrillo)

El número de quintos, por encima o por debajo de la decena, no era suficiente para este trabajo. Se hacía necesaria la ayuda de los padres y los amigos, algunos de ellos m s experimentados en trabajos de este tipo que los propios quintos, a los que les sobraba la voluntad y el entusiasmo, pero les faltaba la experiencia.

“El mayo lo ponían los quintos que habían cogido el mandato. Después de cenar ya la gente iba a poner el mayo. Se les ayudaba. Eran los quintos los encargados de traer el mayo, de comprar la viga, traerla, tenerla preparada, hacer el hoyo. Pero luego el pueblo les ayudaba.” (Guarrate)

“Antes los padres iban a ayudar a los hijos a plantar el mayo.” (Villaescusa)

“Éramos ocho o nueve quintos, éramos muchisima gente, pero luego nos ayudaban los amigos.” (Vallesa)

“El mayo es una cosa que lo hacen los quintos con ayuda de algunos, y tenía que ser con un carro. El carro le cogían y le llevaban a la rastra, no iba con mulas ni bueyes. Cortaban el mayo, le llevaban, y luego a ver cómo se subía… con maromas. Todos a ayudar. Y se quedaba en la plaza. Ahora como está  de cemento lo ponen en otra plaza pequeña.” (Ca¤izal)

“Luego había que subir la viga con un carro y una horquilla, íbamos muchos hombres… Nosotros éramos cuatro quintos, pero luego al hilo de eso iban a ayudarlos que serían luego quintos… nos reuniríamos diez o doce.” (Castrillo)

El tiempo de plantar el mayo, la primavera, y los encargados de hacerlo, los quintos, mozos del pueblo, nos hace suponer su ancestral relación con primitivos ritos de fertilidad, celebraciones del árbol, celebraciones de la vida, etc. Nuestros informantes no hacen alusión a estos significados cuando recordaban este acontecimiento. El propio mayo (la viga más alta y más grande), el remate que le ponían (una rama de pino), los adornos que añadían (naranjas, rosquillas, calabazas…), significaban ciertamente  fertilidad, vida y deseo de abundancia de bienes. También se colgaba un pelele o muñeco de paja, signo parecido probablemente al de otros pueblos zamoranos donde el mayo y la maya presidían colgados de un palo el mes que les daba nombre.

“Ponían arriba una copa de pino, o un muñeco, o ponían una calabaza y un letrero, era la tradición.” (Guarrate)

“En la parte de arriba se ponía una calabaza, rosquillas, naranjas, de adorno. La cosa era a ver quién ponía la viga m s alta, el mayo más alto, la más gorda.” (Villaescusa)

“Se ponía una rama de pino en la punta, y se colgaban calabazas o unas rosquillas, pero no subía nadie. Yo creo que el año más bajo, yo creo que tuviera catorce metros…” (Fuentelapeña)

“Entonces era a ver quién ponía la viga mayor, la viga más bonita. Arriba del todo se colgaban naranjas o caramelos, o alguna cosa… todo en una copa de pino  clavada o atada al palo.” (Vallesa)

La prueba no terminaba con la plantá del mayo. Los quintos debían defenderlo durante la noche porque podían acudir otros quintos a tirar la viga. La competencia no solo estaba en poner el árbol más alto, sino también en mantenerlo de pie. Se daba por supuesto que así sería. Permanecer toda la noche guardando el mayo era una escusa para continuar la fiesta comiendo y bebiendo junto a la viga alrededor de una hoguera.

“Antes lo tenían que cuidar los quintos, porque si no, llegaba la otra quinta y se lo tiraba. Nosotros éramos catorce o quince. Solo nos poníamos la noche esa.” (Villaescusa)

“El pique que había aquí era tirar el mayo. Los que lo ponían tenían que estar al cuidao, porque los que venían detrás, los de la quinta siguiente, lo tiraban por la noche.” (Fuentelapeña)

La costumbre anterior no era general en todos los pueblos donde hemos recogido información.

El rito de paso de la plantá del mayo se cerraba, como siempre ocurre en estos acontecimientos, con una comida apropiada al momento. Ya fuera compartiéndola con quienes les habían ayudado o retirándose a una bodega, los quintos clausuraban esta prueba con el signo de la cena en común.

“El mayo se levantaba a fuerza de vino. Se hacía una hoguera y todos los quintos a comer chorizo y a beber vino.” (Fuentelapeña)

“Los quintos preparaban la merienda, ponían un barreño grande de limonada y todo el mundo que quisiera a ir a beber. Luego, después de plantar el mayo, se metían en una bodega a celebrarlo.” (Castrillo)

“Con la leña hacían una lumbre allí al lao, bebiendo y comiendo esa misma noche, y luego al final se enramaban las puertas de las mozas.” (Olmo)

El significado de fertilidad y vida que transmitía la plantá del mayo quedaba más subrayado si cabe con las enramadas en las puertas de las casas de las mozas. El mozo quinto, después de la celebración, utilizaba las ramas de la poda del mayo para adornar la entrada, o una ventana, de la casa de la moza objeto de su interés. El conjuro de la enramada cerraba un rito de transición de los mozos de solapado significado sexual y vital. Ya dijimos en su momento que la enramada no solía surtir el efecto deseado por el mozo. La sabiduría popular decía  “el que la enrama no la encama”. No podía acabar de un modo más frustrante todo lo que se había pretendido: plantar el mayo, el más gordo y el más alto, comer y beber a su amparo, y finalmente esparcir sus ramas entre las mozas del pueblo. De nada había valido el conjuro si al final el mozo no lograba “encamar” a la moza.

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