Posteado por: lenguajesculturales | diciembre 31, 2010

El mocito y la mocita. Mitad del siglo XX. Juegos tradicionales. EL CICLO VITAL. La Guareña zamorana. Guía cultural.


El mocete y la mocita.

Había un espacio de tiempo intermedio entre el niño que iba a la escuela, jugaba y no adquiría responsabilidades en la marcha de la casa, y el mozo que trabajaba como su padre, iba al mentirote (lugar del pueblo donde se reunían los hombres para comentar sus cosas), salía de ronda, bailaba y flirteaba con las mozas.

Esta etapa entre los 12 y los 15 años aproximadamente, entre la escuela y la plena integración en el trabajo del campo, era ambigua e imprecisa: Los adultos no consideraban a los niños/as capacitados para adquirir responsabilidades, pero les asignaban tareas dentro de la propia familia o en otras casas (rolla, revecero, pigorro, rapaz, media hoz, etc.) donde les contrataban por la mitad del jornal o donde tan solo les mantenían (daban de comer), haciendo un favor a su familia.

Vamos viendo que en esta sociedad tradicional no había “ritos de paso” definidos que establecieran el cambio de una etapa a otra durante la infancia y la mocedad. El paso de la infancia a la adolescencia (¿la salida de la escuela? ¿la Primera Comunión?), y de la adolescencia a la mocedad (¿empezar a arar?, ¿ir al baile?) tenía lugar a través de diversas experiencias de la vida cotidiana que iban integrando poco a poco a los niños/as en la adolescencia (ser mocete-mocita), y a los adolescentes en la mocedad.

Dedicamos el presente apartado a los dos aspectos que, contradictoriamente, definían esta etapa: el trabajo (comienzo de la mocedad) y el juego (final de la infancia) (15).

El trabajo: La entrada prematura en el  ámbito de las   responsabilidades agrícolas y ganaderas.

“Íbamos al campo en cuanto te movías. No solo a acompañar, es que si podías hacer algo, te lo hacían hacer, porque es que lo necesitaban. No digo que (los        padres) nos trataran mal, que fueran tiranos, pero es que lo necesitaban. Yo a los doce, mi padre… el padre de cualquiera, o a los catorce, me ponían a arar. Y desde los seis y los siete me llevaba al majuelo, pues había una fuente al pie de la viña, y a aquella fuente yo le iba a buscar la herradita de agua para          hacer la composición esa contra el mildeu, y mi padre no perdía de ir sulfatando la viña.”

Los niños/as podían empezar a colaborar en el trabajo agrícola y ganadero casi desde los seis años, aunque lo normal era que hacia los once años comenzaran a ausentarse temporalmente de la escuela en las ‚pocas de intenso trabajo agrícola (en el escarde, en “el verano”, en la vendimia) o por cualquier otro motivo que precisara su colaboración en la casa.

Las actividades de un adolescente eran muy variadas, siempre en correlación con las posibilidades de su sexo. Si era chica trabajaba en su casa ayudando a su madre o servía en casa de un amo de “rolla” o de criada.

“Yo salí de la escuela a los ocho años, y esta a los once y te ponían de rolla o de criada… Nos pagaban dos pesetas al mes, y luego ya te quedabas de criada,  que ya te pagaban siete pesetas, pero ya a los catorce años… Primero de rolla, y luego si estaban a gusto te quedabas de criada, y la criada hacía de todo: lavar, fregar… y qué fregaderos cuando había segadores, y levantarnos a media noche a amasar…”

“Si no había posibles en casa pues la niña a servir. Te metían en un matrimonio que no tuviera hijos a servir con trece o catorce años. Hacías de todo: fregar, lavar a mano… Y al mojor te metían en una casa que tenía criaos, que solo pa fregar cacharros pa tantos. Y luego bajar a lavar al río ese… y en invierno a romper el hielo pa lavar…”

Y, si era chico, compartía con su padre la labor del campo o era contratado en otra casa como “revecero” (o “pigorro”) para cuidar animales, en los trabajos de temporada (siembra, escarde, siega, trilla, vendimia…), o para cualquier otro trabajo habitual (con el barbero, el herrero, etc.) (16).

“La mayoría de los chicos a los doce años o antes ya los sacaban de la escuela, para ir a trabajar, para ir a la era, para ir de rapaz en la siega. El rapacillo con nueve años o con diez años, le montaban en la burra y le decían: Vete a buscar la comida pa los segadores… Le haba ajustao su madre para esa cuadrilla. Y ese niño ya tenía que perder la escuela a primeros de Junio. O antes le metían a escardar, o le recogía uno pa llevar las vacas al prao, pa levar las mulas al  prao, pa cuidar los marranos. Pues esos chicos ya al mojor en Mayo dejaban la escuela.”

“El chico a los catorce, a los quince años, ya casi se desprendía de los padres, y estaba en casas ajenas, dormía hasta en las cuadras, cuidando las mulas y los   bueyes, y algunos hasta en el campo… Y el dinero que sacaban pues iba a parar al padre. Luego le compraban un pantalón o unas botas. El dinero iba a para al padre para comer la familia. El chico comía en casa de los amos, al chico le daban allí de comer, le mantenían…”

“Hasta los catorce años ibas a la escuela, pero había muchos pigorros, aquí toas las casas fuertes tenían pigorros que ya no iban a la escuela. Yo fui pigorro y  me tocó la vida mu mala, pero hubo muchos chicos que mucho peor que yo, comiendo peor, viviendo peor, no poder ir a la escuela, andar descalzo. Revecero es lo mismo que pigorro, pero era un chico más mayor, porque para revezar ya hay que coger unas mulas, y hay que poner las cabezadas, y hay que llevarlas al criao que está arando, y coger las otras y traerlas al prao para que coman, y si son bueyes, hasta ponerles los bozales. El revecero era lo mismo que el pigorro pero más mayor, y además solo le contrataban en primavera, que es cuando había que arar. Luego venía el verano y ya eras rapaz. El rapaz era el que iba a la siega, recoger gavillas, atar haces, llevar comidas… Me tocó ser pigorro, revecero, rapaz, de todo.”

“O aprendías de barbero, tú, con tus doce o catorce años, ibas dando jabón y el barbero iba detrás afeitando… Empecé a trabajar a los nueve años para un amo llevando agua pa los segadores. Y mientras los segadores dormían después de comer, yo estaba segando pa enseñarme…”

En todas estas tareas los mocetes y las mocitas iban adquiriendo independencia y responsabilidad en las pequeñas o grandes labores que se les encomendaban. Todo ello contribuía decisivamente a configurar las cualidades que poco tiempo después les definirían como mozos o mozas en el pueblo.

El juego: la pervivencia de la inocencia infantil.

No es nuestra intención detallar los juegos infantiles que alegraban y divertían los ratos libres de estas generaciones pasadas. La presentación del testimonio de nuestros informantes sobre sus juegos va encaminada a dar un toque alegre que no parece vislumbrarse en la vida rutinaria, de responsabilidades prematuras, escasa de recursos y falta de horizontes en la que se movían.

Las diversiones del pueblo, exceptuando los días de fiesta patronal, se reducían al domingo… “la misa por la mañana, juego de pelota y el baile por la tarde… y misa obligatoria.”

El resto del tiempo lo llenaban las preocupaciones del campo, de los animales y de los jornales. Los niños/as que dejaban la escuela antes de tiempo se integraban en este modo de vivir, por lo que sus juegos también se inscribían en esos momentos en los que el resto de vecinos no trabajaba. No cabe duda que antes de entrar en la escuela y durante los pocos años de escuela, el juego ocupaba gran parte del tiempo de los críos… “Juegos de los seis años… hasta los seis años o as¡… lo que íbamos a la escuela teníamos juegos”. “Los juegos eran los de la escuela… algunos hasta los catorce años”. Pero solo en invierno, “… en el verano ya no había juegos. En el verano cómo ibas a jugar si a los siete años ya te llevaban a trillar.” (17)

En estos juegos de niños/as y mocetes quedaba definido, por exclusión, el que era mozo. Estaba mal visto ver a un mozo jugar al “jincache” en el “jincadero”, “y si veías a uno mayor (mozo)… Mira ese, se ha metido ahí con los chicos, decían. Cuando eran un poco mayores iban al mentirote”. Los mozos también jugaban, pero de otro modo y a otros juegos: “Cuando llegábamos a un poco mayores ya (jugábamos) a las cartas, ya de mozos”. “Los chicos (mocetes) no jugábamos con perras, porque el juego que se llamaba “el arrimal” (arrimar), que era tirar la “perra” de arrimar a la pared, y el que más se arrimaba las cogía, los chicos era con “santos” (dibujos de las cajas de cerillas) y los mozos lo hacían con “perras”.

Había juegos de chicos… (18)

Juegos con “santos” de las cajas de cerillas o con “chapas” de las cajas de betún:

“Quitábamos las cajas de cerillas y hacíamos dos, el santo de arriba y el santo de abajo, y así hacíamos una reata que llamábamos, la metíamos en un cordel con  un agujero… y jugábamos con un trozo de hierro así cuadrao, to lo más pequeño que pudiéramos pa que no nos rompiera el bolso, que si se rompía el bolso (del pantalón) la madre nos zumbaba. “

“Jugábamos a la petisa. Era con chapas de las cajas de betún y santos de las cajas de cerillas. Había cajas de cerillas grandes que valían cinco y cajas de a uno, pequeñas. Había chicos que tenían un capital de santos, porque los metían en una cuerda por medio, y era un choizo de santos. Se ponía la petisa. Era un trozo de madera con una base arriba y otra abajo y en el medio una cintura. Asentabas en tierra la petisa y ponías encima los santos, dos cada uno o los que fuera, de todos los que jugábamos. Eso sí, había unas normas y todos las respetaban. Te ponías a diez o veinte pies de la petisa, y se hacía una raya, y nadie se podía pasar de allí. Y con unos tacos (trozos de hierro) que la mayoría de las veces eran desperdicios de las rejas de las vertederas, tirabas, le dabas a la petisa, lo caías, y si los santos caían más cerca de la petisa, no habías ganado nada, eran todos de la petisa. Y el santo que estuviera más cerca del hierro, del taco que habías tirao, era el que era tuyo, para ti… Se medía con precisión… Una cuarta y dos dedos… Una cuarta y tres dedos… para ver si el santo quedaba más cerca de la petisa o del hierro.”

La Luz.

“Los chicos solos jugábamos a la luz. Se ponían dos con los brazos cruzaos, as¡ uno encima del otro, y otro chico al cuidao, y luego otros tres en corro. Salía uno corriendo del corro y se marchaba el que estaba al cuidao detrás de ese. Y los otros dos se venían a montar encima de aquellos, se subían encima, agarraos por los hombros, allí a perracachones, hasta que el que estaba al cuidao pillaba al otro. Y había veces que tardaba porque le estaba haciendo zaragatas alrededor de una esquina o de una casa, y los otros decían: Nos hemos hinchao a montar. Que le cogía, pues se cambiaban, unos a cuidar y los otros a correr…”

El Borriquito.

“Luego había otro que se llamaba el borriquito, dos o tres boca abajo así estribaos. Los otros venían y uno se subía hasta aquí, el otro llegaba y hasta aquí, el otro hasta allí, y en lo que no cayera uno pues no se acababa el juego. Pero fíjate tu qué burrancada, que en lo que no se cayeran tenían que estar los otros puestos allí de borricos…”

Toreros y Polic¡as-Ladrones.

“Otro juego pues como los toros, como los toreros. Otro que era esconderse… pum, pum, pum, te pillé.”

Los Zancos

“… Y en invierno eran los zancos. Salías de la escuela: Oye, te espero pa’quel barrizal… Los barros que había en las calles. Ah, y las caídas. Ibas con el zanco, pim, pam, te caías, te ponías verde… Pero al día siguiente volvías con el mismo pantalón a la escuela, lo habías puesto en la lumbre a secar…”

El Jincache.

“El jincache era también de invierno, era a hincar, y otro que te lo quite. Si tu le sacabas el jincache al que había tirao antes y se lo sacabas, si no le quedaba barro encima… decíamos: Ya perdiste, a Roma. Si le quedaba algo de barro encima decía: No, no, que tiene carne, que no me lo ha tirado. Llegaba el siguiente y tiraba as¡, para moverlo, y que le quitara la carne. Pero tenía que quedar hincao el otro, el que le daba. Y se hacía una retahila… jugábamos diez o doce… Esto era en el jincadero que teníamos en cada barrio uno.”

Los Boches.

“Los boches era con chuchos de aceitunas, y también la aceituna negra valía uno y la verde cinco. Se hacía un hoyo en el suelo. Jugábamos de uno o jugábamos de dos y ponías allí los chuchos. Tirabas desde largo con otro chucho más chiquito, si acertabas a caer en el hoyo, los chuchos eran tuyos. Que no, que caías largo, pues el chucho quedaba allí. Y tiraba otro. Si no entraba en el hoyo, pues allí se tenía que quedar. Y cuando ya habían tirao todos y ninguno había acertao a meter en el hoyo. Pues volvía el primero a darle al chucho a ver si llegaba al hoyo. Y as¡ hasta que uno ganaba.”

La Peonza.

“Otro juego era la peonza, que se tenía a partir del primer martes de noviembre, la Feria de los Santos, que iba todo el mundo a Fuentesaúco. Los padres eran los que te traían el regalo. Pues aquella tarde todos a bailar la peonza que te habían traído.”

Había juegos de chicos y chicas…

El Escondite: “A la Zágala” o “A los Tres Navios”

“El escondite… A la zágala: Cuantis te veían que te descubrían… ¡Zágala Fulano!, y ya perdías. Pero si estabas escondido y pasaba (el que te buscaba) al pie y no te veía nadie… (continuaba el juego hasta que te encontraran)”

“Y al escondite en las bodegas… y a los tres “navios”, que nos dividíamos en dos partes: unos se escondían y otros buscaban. Y voceabas: Tres “navios”/ hay en el mar… La mayoría decíamos “návios”. Y nos metíamos dentro de los bodegones… Y otros tres/ van a buscar… contestaban. Esto era por las bodegas ya abandonadas. Había una bodega que daba entrada a dos o tres bodegas, y por ahí jugábamos. Esto era en otoño, a eso de las cinco, hasta que cenábamos.”

Había juegos de chicas…

Las Tabas.

“Las mujeres (niñas) jugábamos a las tabas… Lo que costaba tener cuatro tabas… Se tiraban las cuatro tabas y había que ir recogiéndolas de una, de dos, según. Si estaban con el agujerito, pues había que ir cogiéndolas de una en una. Y luego ya dos juntas, y luego tres. ¡Qué habilidad tenían las chicas! Ah, había un téquele. El téquele era una bolita redonda que se hacía con barro. Íbamos al tejar cogíamos un cachito barro y hacíamos un téquele. Se tiraba para arriba y se movían las tabas a la vez, y se cogía al caer. Y las ibas moviendo las tabas para colocarlas con el agujerito, o de panza, o de lado, según. Tenías que tirar el téquele y dejarlas todas a una (en la misma posición), y luego cuando estaban del mismo lado las ibas cogiendo de una en una, y así… Las tabas eran de cordero o de cabrito, y como no se comían muchos… pues figúrate lo que tardabas en tener cuatro tabas… Y que tenían que ser iguales para moverlas bien.”

El Castro

“El castro, que era hacer unos redondeles, unos cuadros, que íbamos brincando cuadro por cuadro…”

El Tu y Yo (el yoyó)

“Nosotras lo hacíamos con dos botones de abrigos. Los poníamos al revés atados y se lo hacímos a nuestros hijos como lo habíamos hecho nosotras.”

Los Alfileres.

“Los alfileres los metías en un montón, y luego dabas así fuerte, y los que cogieras, para ti…”

La Comba.

La Pelota americana.

“Todos los años en la tarde del día de los Santos (después de la feria de Fuentesaúco), ya teníamos la reunión de los chicos y las chicas. Las chicas una pelotina pequeña con una goma, y los chicos la peonza.”

Los Marros.

“Los marros era más de chicas que de chicos. Se echaba a pies. La que ganaba escogía, y si jugaban seis, pues tres pa cada lado. Unas iban pa dentro. Hacíamos un redondel. Las que estaban fuera echaban la pelota, le dabas, y mientras iban a buscar la pelota corrías el marro, que había uno, dos, tres marros… Y si no llegabas al marro y habían cogido la pelota, pues te daban. Y así, ellas pa dentro y tú pa fuera…”

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