Posteado por: lenguajesculturales | diciembre 27, 2010

La escuela y la primera comunión. Mitad del siglo XX. EL CICLO VITAL. La Guareña zamorana. Guía cultural


La escuela y la primera comunión.

En la primera socialización que comenzaba en la familia influían también de un modo decisivo la escuela, en la que los niños y niñas entraban a los seis años, y la enseñanza religiosa o “la doctrina”, que acababa en la Primera Comunión.

No todos eran correctamente escolarizados, pero ciertamente eran todos adoctrinados.

“Los que no tenían tierras, que algunos eran pobres y tenían que ir de muy pequeños a ganarse el jornal, pues no llegaban a ir a la escuela, como entonces no obligaban… a la doctrina no se libraba nadie…”

Antes de la escuela solían llevar a los niños/as a casa de una señora que los atendía a partir de los tres años: un modo de completar la escasa formación  familiar y de tenerlos entretenidos mientras llegaba la edad escolar supuestamente obligatoria.

“Era una señora que a lo mojor era ya mayor, o era la hija de un guardia. Por regla general de esas personas que no trabajan en el campo. Tenía un poquito m s de estudios que otras, no hacían la carrera de profesor. O era la hija de un médico que a lo mojor no le podía haber dao carrera y tenía estudios. Entonces en su misma casa o en su cocina o en una habitación, llevábamos una sillica de casa, nos sentábamos todos allí y ella salía y nos enseñaba a rezar, nos enseñaba a hacer el signo de la cruz, nos enseñaba las primeras letras. Yo estuve con una señora que se llamaba Ester” (Cañizal)

“Aquí hubo una señora, yo fui a la escuela con ella. Nos enseñaba el padrenuestro rezao, cantábamos… En cuanto andaban los chicos ya la llevábamos con ella. No tenía otra cosa con la que vivir y se recogían allí los chicos. Algunos les llevabas una braguita por si se meaban. Ser le pagaba algo, poco… Yo fui a la escuela de Margarita.” (Guarrate)

Luis Torrecilla Estévez del pueblo zamorano de Cañizal nos ayuda en la descripción de estos primeros años de la niñez con estos versos, creación propia, inspirados en su memoria.

LA NIÑEZ.

Creo que sería hermoso

volver la vista al pasado,

aquellos días dichosos

recuerdos de la niñez:

Los juegos en la Caserna,

aquel rostro endurecido

de aquella anciana señora

que llamábamos Esther,

que me enseñó en buena hora

las primeras oraciones,

los signos del buen cristiano

purificando mi fe.

Aquellos primeros pasos

de la mano de mi madre

a la iglesia o a la escuela

para aprender a leer.

Aquel  árbol que plantamos

junto al río Los Perales,

como símbolo sagrado

de esperanza y de ilusión.

Ver estas cosas hermosas,

oler las primeras rosas,

correr por esa alameda

y recoger violetas en flor.

Aquellos Reyes (Magos) primeros

que turbaron el denso sueño.

Esperar esa mañana

con inocencia callada.

Aquella feliz merienda

el lunes después de Pascua,

en la Ermita o en Las Fuentes,

volver felices a casa.

Coger del  árbol el nido,

maltratar los pajarillos,

con inquietud reír

y así sentirse feliz.

Después a sentirse buenos:

besar la mano al cura

y dar los días al maestro…

y a seguir nuestra aventura.

Escuchar con atención

aquellos hermosos cuentos

de fantasmas y de espectros

que me contara el abuelo:

las fábulas que aún recuerdo

de Iriarte o Samaniego,

de doncellas encantadas,

o aquel cuento de Quevedo.

Aquella lucha constante

de esa enseñanza mundana,

que lucha en mi imaginación

por aprender del mañana.

Sueños de amor y pureza

a nuestro instinto dormido,

ante el sexo que despierta

luchando con inocencia.

Hoy recuerdo con dolor

aquel pasado mejor

de aquella niñez perdida,

y digo con resignación:

¡Qué pronto se pasa la vida!

Luis Torrecilla Estévez (Cañizal)

Fuera en casa de “aquella anciana señora” llamada Ester en Cañizal, en casa de Margarita en Guarrate, en casa de Matea en Olmo, en casa de Cecilia en Vallesa, etc. los niños se iniciaban en la lectura y en otros conocimientos básicos  suficientes para enorgullecerse de lo bien preparados que entraban en la escuela del Estado.

“Aquí iban a la escuela algunos sabiendo… llegaban a las Rayas Terceras. Era un libro. Había Rayas Primeras, Rayas Segundas, Rayas Terceras… Ya en las Rayas Terceras se leía. Esto lo hacía la maestra esa, Margarita.” (Guarrate)

“A los seis años que me llevó a la escuela mi madre de la mano, yo ya sabía leer. Ya cuando llegué yo allí… había unas clases de cartillas, que eran así cuadradas, grandes, y luego detrás de la cartilla venía el cartón. Pues yo cuando fui aquel día a la escuela el maestro me puso en el cartón en vez de en la cartilla.” (Cañizal)

Cuando llegaba la edad escolar, los seis años, la madre recogía en el Ayuntamiento “la papeleta” para ingresar al niño/a en la escuela.

“Todos tenían que ir a la escuela, pero algunos no iban. Sacabas la papeleta, ibas al Ayuntamiento a sacar la papeleta… que habías nacido en tal año… que ya tenías los seis años… Era la madre la que iba a llevar al niño. El padre, como estaba tol día en el campo ni se enteraba.”

El recuerdo de la madre acompañando de la mano al niño/a en el primer día de escuela se repite entre todos nuestros informantes con insistencia, dándonos a entender la importancia de aquel pequeño acontecimiento. El señor Manuel Puente, que residía en Olmo de Guareña, escribió con gran detalle las impresiones que recibió aquel ya lejano día cuando él entró por primera vez en la escuela de Vallesa de Guareña.

“Mi presentación, con mi madre, en la escuela, (fue) el día siete o el ocho de enero de mil novecientos diez. Recuerdo aquel día y tengo aquí por delante,  en este momento a mi madre, cuando ella me llevó a la escuela agarrada de mi mano… Cuando llamó a la puerta y pidió permiso para entrar. La señora maestra      salió precipitada diciendo con todos los respetos: Pase usted señora… Mi madre le dijo: Doña Modesta, que así se llamaba la señora maestra, un hijo más le        traigo hoy a entregarle a usted a su escuela. Recuerdo bien la señora maestra; me cogió de la mano y me llevó a sentarme ante unos carteles, en unos pequeños   bancos, para aprender las primeras letras, con otros pequeños niños que allí estaban… Recuerdo como si fuera ahora el material que disponía la escuela para  no menos de 70 o 80 niños y niñas: era una alacena vieja, sin puertas, de unos silabarios, de unos cartones, algún manuscrito y unas guías. El catecismo y el   papel de escribir lo comprábamos nosotros. Había unas láminas, los carteles y tres encerados…”

En la Escuela se aprendían los conocimientos básicos (leer, escribir y hacer cuentas) que se habían iniciado en la escuela de párvulos. Algunos recuerdan estos años de escuela con agrado, porque la inocencia y la irresponsabilidad del niño no alcanzaba a comprender el futuro de trabajo que les esperaba.

“La escuela era de diez a una y de tres a cinco, todo el año, menos los jueves por la tarde. Se empezaba el 21 de Septiembre y se acababa el 29 de Junio. Iban los niños desde los seis años a los catorce. Había niños que solo venían el día que llovía. Recuerdo de niñas que solo comían un pedazo de pan y un trozo de cebolla. Era una escuela mixta, porque el pueblo era pequeño.” (Olmo)

Los hay que recuerdan la estufa de los pies para calentarse en los días de frío

“Íbamos con la estufita, una lata con paja y unos agujeritos en la tapadera…. todos olían a humo. Mi madre la llenaba. Yo recuerdo que me ha llenao la estufita con la lumbre baja y nos la llevábamos pa poner los piececitos y que no tuviéramos frío, porque no había calefacción en la escuela. La misma maestra llevaba una estufa de esas.”

Otros recuerdan las veces que hacían “novillos”

“Nos mandaban a la escuela nuestras madres, tendríamos diez años o por ahí, y en vez de ir a la escuela nos cogíamos y nos íbamos a jugar detrás de los huertos de la señora Fulana a quitarle brevas. Y cuando ya comprendíamos que era la hora del recreo, íbamos a buscar el rebujito de pan a casa, era el segundo desayuno. Por la mañana las sopas de ajo… que no había leche, y nos íbamos a la escuela. Y decía la maestra: Al recreo. Ya salíamos tos corriendo, veníamos a casa, y si había un cacho de pan, pues un cacho de pan, y si no una patata asada… Y si nos cogía la maestra por no haber ido a la escuela, nos ponía de rodillas y palo viene y palo va en la mano.”

Con mucha frecuencia, sobre todo entre la gente con escasas posibilidades económicas y necesidad de tener brazos para traer jornales a casa, las ausencias de los niños no eran “novillos”: se producían conflictos entre el maestro y los padres porque éstos no dejaban asistir regularmente a sus hijos a la escuela.

A partir de los nueve años algunos ya no volvían más.

“Había quien la perdía porque no tenía posibles. Fulano no saber leer ni escribir, era hijo de madre soltera y tuvo que ir desde chiquitín a trabajar, a trillar, a ganarse unas perras. No iba a la escuela porque tenía que trabajar. Y como no le obligaban no aprendió ni a leer ni a escribir, porque necesitaba para ganar pa su madre. Los había que iban hasta descalzos a trabajar, porque no había posibles.”

“Todos tenían que ir a la escuela, pero algunos no iban… porque no les interesaba, no les entraba… Y otros padres los llevaban ellos a trabajar, y había unas grescas entre los padres y el maestro… En invierno los pobres todavía iban, pero en cuanto que asomara un poco el sol… a escardar, o de revecero a los ocho años. De todos  modos hay muy pocos que no sepan escribir.” (rebecero y pigorro: niño o muchacho encargado de cuidar ganado de trabajo)

“Los niños faltaban a la escuela porque había que echarlos a dedicarse a cuidar las vacas, había que dedicarlos pa trabajar y poder ganar algo, para que cuidasen las mulas. Esos chicos en mayo ya dejaban la escuela.”

Para solucionar esta situación de abandono el propio maestro o el sacerdote organizaban una escuela en tiempos adecuados a los muchachos y muchachas que perdían la escolaridad normal. O los mismos chavales buscaban particulares para “dar paso” (clase particular) y aprender los m s elementales conocimientos.

“Yo no dejé de ir a la escuela porque, aunque trabajaba de pigorro, me dijo el maestro: Ven cuando quieras y como quieras. Había una señora que le decía a mi madre: Mándame al chico que yo le doy paso. Dar paso se llamaba que te dieran clases. ¿Dónde vas a dar paso? En cal cura, en cal maestro… El cura también daba clases. A mí me dio clases el cura, y no cobraba. Nos ponía problemas de matemáticas, de casi todo. Yo iba a casa de esta señora los domingos, solo un rato. Es que como estaba trabajando en casa del amo, ya le dije al maestro: Mire usted, no vuelvo a  cuando ‚l me dijo: Ven cuando quieras y como quieras.  Hasta los catorce ibas a la escuela, pero había muchos pigorros, y esos casi no iban a la escuela…”

Por todo esto, era motivo de orgullo mantenerse desde los seis años hasta los catorce años en la escuela, sin que tus padres te sacaran para ir a servir o a trabajar. Lo cual no quitaba que en las vacaciones o en ‚pocas especiales de trabajo los niños/as participaran en la vida del campo.

“En una familia como la nuestra lo que aprendías era lo del campo, pero eso sí, no nos quitaron la escuela, desde los seis años nosotros no perdimos la escuela ninguno…”

“Íbamos a segar nada m s que empezaba el verano, en Junio. Por ese tiempo ya nos daban vacaciones. Cuando daban vacaciones tos a trabajar, como luego no tenías escuela hasta setiembre, pues te daba tiempo a recoger todo lo que tenías tirao. Y luego a vendimiar, daban una semana de vacaciones en la vendimia. Nosotros nunca perdimos la escuela. Es que había quien no iba porque tenía que ganar una peseta. No se podía dar carrera a los hijos…”

La adquisición de conocimientos terminaba, para los más afortunados, hacia los catorce años. A partir de aquí se empezaba a aprender lo m s importante para estas gentes, “lo del campo”. Solo los hijos de las “casas fuertes” podan salir del pueblo para continuar otros estudios superiores, cosa que hacían pocos.

“Otras familias  que eran ricos, al mojor los llevaban a estudiar. En una familia como la nuestra lo que aprendías era lo del campo.”

“No había futuro. Bastaba saber leer y escribir. En los años del 36 al 38, por ejemplo, que aquí no había guerra, había solo dos estudiando fuera, uno pa maestro y otro pa médico. Uno su padre tenía labor fuerte, y el otro era molinero.”

En la mitad del presente siglo, y favorecidos por los numerosos “recolectores de vocaciones” para las órdenes religiosas, muchos niños y niñas pudieron salir del pueblo y encontrar otra alternativa a la vida del campo, que, aunque en un primer momento quedaba cerrada al ingreso en una congregación religiosa, más tarde se convirtió en una efectiva formación intelectual para bastantes miembros de varias generaciones salidas del  ámbito rural.

“Nosotros tuvimos que dejar el campo, porque el hijo se nos fue a estudiar (con los frailes) y lo arrendamos a quien lo pudiera trabajar…”

La figura del maestro/a, ya mencionada, estaba investida de autoridad y respeto, y, en algunos casos, nuestros paisanos manifiestan un gran aprecio hacia él o ella por su labor, pese a las limitaciones de los tiempos.

“Nosotros tuvimos mucha suerte porque tuvimos un maestro muy bueno, que todavía vive. Todos los chicos que acudimos (a su escuela) nos dejó algo… nos apretó bastante.” (Guarrate)

A sustituir a este… vino Don Vicente… señor que tan gratos recuerdos quedó en el pueblo (Vallesa), no solo para sus alumnos en la escuela de día y de noche, sino también en sus conferencias a los padres, un domingo sí y otro no, al salir de la misa en la escuela”.

Siempre trascendía el maestro/a en su función docente. Se convertía en muchos casos en el sustituto del sacerdote, del secretario o de la persona de confianza.

“Aquí en Olmo no había sacerdote, y siendo maestra he hecho los vía-crucis, el mes de las flores, el mes del Sagrado Corazón, preparar la Primera Comunión, que entonces dábamos un chocolate por las mañanas después de la comunión, y se hacía un dibujo en el encerado para adornar la escuela. El día anterior limpiábamos la iglesia y vestíamos cada reclinatorio. He hecho arrendamientos, he hecho testamentos, he velado a todos los muertos de todo el pueblo toda la noche… La influencia de una maestra era muy grande porque hacías muchas cosas en el pueblo”.

Atendiendo al dicho popular “pasas más hambre que un maestro escuela”, proveniente de la situación económica de este colectivo en el final del siglo XIX y comienzos del XX, siempre eran bien recibidas  las atenciones que los vecinos, por obligación o por agradecimiento, tenían con el maestro/a.

“A mi padre le tocó ir al monte por leña para el maestro. Era para su casa y cada año había que traerle un carro de leña.”

“Antiguamente se le daba al maestro un carro de paja. El maestro tenía su casa. Siempre le daban un carro de paja, y luego algunos le daban de la probadura en la matanza, uvas en la vendimia, y así… a voluntad.”

Por último, entrando en el segundo apartado de este proceso de socialización “oficial” que ocurría en la infancia, anotamos brevemente algunas consideraciones sobre la Primera Comunión que se hacía después de los años de “la Doctrina”.

No podemos considerar este acontecimiento en estos pueblos como un rito de paso de la infancia a la mocedad, como hoy pueden considerarla algunos. Era, y es, un rito impuesto por la iglesia para regular la participación de los niños/as en la eucaristía, al llegar, supuestamente, a una cierta madurez intelectual a los siete años, como decían los catecismos. Luego habría que esperar la visita del Señor Obispo para recibir la confirmación, sacramento que todavía pasaba más desapercibido.

“Se hacía la preparación de la doctrina. Luego la comunión era el día de la Ascensión. El chico iba con un trajecito con un lazo grande que decía: Jesús, hombre, Salvador, y un crucifijo. Lo que no había era una comida especial. Todos los niños iban con un trajecito, fuera nuevo o prestado, y bien aseao…”

“Tengo presente mi Primera Comunión en el jueves de la Ascensión, con Don Vicente desde la Escuela, vestidos con nuestros humildes trajes, yendo a la iglesia los que tomábamos la primera comunión, detrás de la bandera y de la cruz, en medio de las dos filas… y todos nuestros padres al lado de los niños. En la santa Misa el cura, Don Faustino, nos dirigió unas muy emocionadas palabras, relacionadas con al acto cristiano de nuestra Primera Comunión. Por el mismo orden que a la ida volvimos a la escuela a tomar allí un chocolate, con nuestros padres y el señor cura y don Vicente…”

Era costumbre organizar un desayuno con chocolate para festejar este día en el que cualquier niño o niña se sentía centro de miradas y atenciones. También las madres hacían bollos en sus casas para que los niños por un lado y las niñas por otro “corrieran el bollo”, como en las fiestas importantes. Algún informante recordaba que en ese día no se olvidaban las rencillas entre familias: cuando un niño llegaba a la casa de un compañero de Primera Comunión con el que su familia no se hablaba se quedaba a la puerta esperando para ir a la siguiente casa a comer el bollo.

“La primera comunión, cuando la hicimos nosatras, hizo mi madre bollos. Y llevábamos un traje de color rosa, pues un traje como de fiesta…”

“Correr el bollo” era pasar por cada una de las casas de los niños o las niñas que habían hecho la Primera Comunión para comer un bollo hecho por la madre: lo mismo que se hacía en la fiesta de las casadas, las aguederas, en la fiesta de los mozos, el gallo, etc.

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