Posteado por: lenguajesculturales | diciembre 19, 2010

Los primeros años de vida. Mitad del siglo XX. EL CICLO VITAL. La Guareña zamorana. Guía cultural


Los primeros años de vida.

 

 

La vida de una criatura recién nacida dependía enteramente de la madre o del familiar cercano que le atendía. “Hasta que uno se conocía persona” no salía de los brazos de la madre que le daba de mamar o de la persona que le criaba. Haremos la distinción entre la madre y otra persona porque en estos pueblos de La Guareña, en algunos casos, la madre no era siempre la que atendía, e, incluso, tampoco la que le daba el pecho: era frecuente el ama de cría que se ofrecía a dar el pecho “para sacar unas perras”, o también la rolla, mocita que cuidaba al niño/a.

 

“Mi suegra crió… por ejemplo, daba a luz hoy, y tenía otra señora un niño, y mi suegra le criaba al niño. Hay muchos hermanos de leche. Era porque le pagaran algo y sacara algunas pesetas. Luego ya no tenían relación, aunque algunos mantenían cariño. Cuando daba a luz alguna, recuerdo que decía mi madre: ¡To!, es que le tocaba con la luna, al entrar la luna (llena)”.

“Hermanos de leche hay muchos… todos los ricos. Había muchas de esas pobres que tenían a su hijo, y criaban a uno de una rica, y le daban un sueldo, y lo          primero que se compraban eran unos pendientes de oro.”

 

Como bien sabemos, el hijo del ama de cría y el niño que era alimentado por ella eran hermanos de leche, parentesco artificial que no solía tener consecuencias sociales.

 

También se daba el caso de vecinas que, por no dejar desnutrido al niño de alguna convecina, apoyaban con el pecho sin cobrar a cambio.

 

“Una tía mía crió a muchos, pero los criaba para que no se muriesen, era una señora muy buena, esa no cobraba nada, nada m s que un poco de comer, y se acabó, porque ella era así. Eso era de antes de la guerra. Yo estuve dando la teta al hijo de otra familia cuando estaba criando el mío. Me viene a buscar la abuela: Ay, Fulana, dice, vengo a buscarte, hija, que el niño na más hace que llorar, no sé si es que no le agarra la teta a su madre. Y yo le estuve dando casi un mes. Y ahora me dice que soy la segunda madre yo.”

 

Pese a que en algún caso el ama de cría pudiera causar problemas en el matrimonio de la casa donde servía, porque el amo “requería algún servicio más de la cuenta” (10), lo normal era que fuera una persona bien cuidada y bien considerada, conservando siempre en la casa un cierto privilegio a lo largo de la vida.

 

“La que estaba de ama de cría tenía buenos sueldos arreglo a aquella vida, y mucho de darles de comer, que miraran pa casa. Ellas dejaban a sus hijos al cargo de su madre. El ama de cría estaba en casa del amo, y aunque el niño fuera mayor y no tuviera que dar de mamar, pues solía ir por allí a hacer quehaceres de la casa. Esa señora que criaba ese hijo con la teta, pues ya tenía allí un puesto casi siempre para trabajar, bien en las matanzas, bien a barrer la era,          siempre tenía un puesto en esa casa. No se la trataba ya como a una cualquiera. Yo he conocido aquí que hasta los mismos hijos de esos amos que han criado esas          mujeres las han tenido un respeto hasta que se han muerto.”

 

Las casas fuertes, además del ama de cría, tenían rolla, una muchacha niñera del recién nacido.

 

“Tenían que tener rolla o criada. Rolla se llama a una niñera pequeñita o a una chica, como hay pigorros, muchachos criados o pastores… Luego, cuando el niño         dejaba de mamar, pa sacarle de calle o llevarle a los bailes a ese niño, tenía una chica pequeña que se llamaba la rolla. Rolla que era de arrollar al niño, arrullar.”

 

“Yo empecé a servir desde los once años, y a los nueve fui de rolla, de niñera. Se decía: Voy a ir de rolla a casa el señor Fulano. Nos pagaban, nos daban dos pesetas. Y luego me quedé de criada.”

 

Las casas de los medio labradores o pegueros y las casas de los criados, jornaleros y gente pobre, como es de suponer, no tenían ni ama de cría ni rolla. La madre solía dar el pecho, si podía, hasta casi los dos años.

 

“Se daba de mamar mucho tiempo. Ya mi hijo andaba y todo… solo decía: Mamá, teta. Y estaba yo sentada y le daba la teta y mamaba de pie el niño. Las amas de           cría estaban dos o tres años.”

 

“Criábamos a los niños (con leche materna) hasta que decían los niños ya no queremos m s, hasta los dos años.”

 

Los niños eran colocados en una cuna de madera o en un serón de mimbre, donde pasaban los primeros meses.

 

“Yo recuerdo que mi madre ya tenía cuna. Y había unos serones antes, era una cosa de mimbre, y ah¡ los criaban. Y también la gente rica los criaba ahí, eran como serones, eran como un cesto.”

 

“Yo tenía cuna de madera antigua, con la parte de abajo en redondo para mecerla. La hacía mi tío que era carretero (carpintero).”

 

Cuando la madre se ausentaba de casa porque tenía que trabajar (lavar, espigar, ir al huerto, etc.) solía encomendar el cuidado de los niños pequeños a la hija mayor o a la abuela.

 

“Los hijos mayores criaban a los m s pequeños. En una familia, que todas eran de cuatro o cinco, la mayor, que ya tenía cinco o seis añitos, pues ya venía recogiendo a todos los que tenía la madre, y si no, la abuela, porque esa madre tenía que estar trabajando.”

 

También se daba aviso a una vecina, si la madre no tenía ningún familiar que cuidara los niños, cuando se tenían obligaciones fuera de la casa. Dejaban las criaturas a su cuidado para que las atendieran en algún momento de su ausencia. Si la situación era diaria, siempre la madre buscaba una compensación hacia la vecina por el favor recibido.

 

“Si la madre salía de casa dejando al niño en casa porque iba a trabajar, había una costumbre, que se cerraba la puerta y se quedaba la llave puesta. A lo mejor la vecina m s cercana la decía: Oye, que me voy a espigar pa buscar para el marrano. Y esa vecina, pues iba a ver al niño de vez en cuando. Muchas veces han hecho más un vecino que un familiar.”

 

Cuando la madre estaba trabajando en casa y no podía atender al niño/a, le colocaba en un cajón. Consistía este en un pequeño corralito formado por varillas de madera dispuestas verticalmente en círculo, encastradas en una tabla que servía de base. A veces, tenía ruedas, también de madera, para poder moverlo.

 

Antes de que las criaturas empezaran a andar solas, se utilizaban también unas varas horizontales para que perdieran el miedo a ponerse de pie y estuvieran entretenidos. El aparato, hecho de madera, consistía en una estructura de dos varas paralelas apoyadas en cada extremo en dos pequeños caballetes, dentro de las cuales se instalaba una tabla, con un orificio en el medio del tamaño del cuerpo del niño, que corría de un caballete a otro sobre las varas. El niño era introducido de pie en el orificio de la tabla, moviéndose a lo largo de éstas.

 

“Para andar había unas varas, y tenían una corredera con un redondel en el medio. Y también había el cajón, que quedaban quietos y no se movían.”

 

“El niño para andar, pues las varas hechas de madera. Luego ya el padre hacía los juguetes que se le podían hacer: pues era un carretillo, como los que usábamos nosotros, un caballo de madera o algo así, de cualquier forma, para que se hiciera una idea y jugara.”

Durante estos primeros años los niños/as podían sufrir diversas enfermedades: meningitis, sarampión, tosferina, viruela, colitis, etc. Algunas dejaban secuelas irreparables e, incluso, ocasionaban la muerte del pequeño/a. En no pocas circunstancias la meningitis producía sordera, invalidez o subnormalidad. El sarampión tenía consecuencias parecidas. Las mujeres mayores se acostaban con los niños/as con síntomas de sarampión para darles calor y provocar que les brotara. “En cuanti brotaba, pasaba el peligro”. En el verano eran frecuentes las colitis, que creían causadas por los calores. Los niños/as se deshidrataban “y no se lograban”.

 

El índice de mortalidad infantil fue elevado a causa de este tipo de enfermedades hasta pasar las primeras décadas del siglo XX. Las mejoras en la alimentación y la higiene favorecieron la disminución de esa lacerante estadística.

 

Para estas criaturas tan indefensas no solamente había medios materiales y cuidados cariñosos, también el lenguaje tradicional de las gentes de La Guareña generaba signos de protección que intentaban suplir la falta de otras posibilidades o bienes con los que cuidarlos. Era costumbre, por ejemplo, presentar y ofrecer los niños/as a la Virgen o al Cristo en la fiesta del pueblo.

“Y ponen a los niños en las andas, encima de las andas Se para el Cristo durante el recorrido de la procesión. Después se pone un canastillo para que echen la voluntad, y eso todo para la misa de los niños. Los niños son pequeñitos, hasta de dos años, y en mantillas, como antes se ponían: Luego les agarran las madres o los padres. Lo que se hace luego, después del día de San Isidro es dar una misa para los niños, para que les proteja el Cristo de la Salud. Vienen desde fuera, viene mucha gente ahí a poner al niño.” (Castrillo de la Guareña)

 

“Cuando eran mayorines, que era la Virgen del Carmen, que eso ya se ha quitao, llevábamos a los niños a imponer el escapulario. Comprábamos aquellos escapularios marroncitos de tela. Íbamos con los niños a imponerles el escapulario.” (Guarrate)

 

“En el domingo de la Trinidad se lleva la Virgen de la Cruz de la iglesia parroquial a la ermita. En las eras se para la Virgen y allí ponen a los niños…” (Cañizal)

 

Todavía se temían los efectos del mal de ojo entre los paisanos de la generación anterior a nuestros informantes. Eran ocasionados por brujos o brujas, “ignorantes del poder que tenían”. La imaginación de algún vecino los situaba en plena noche cribando agua en el río, o convertidos en gatos negros para no hacer mal a nadie. Se acudía a otro brujo o saludador cuando un niño/a estaba supuestamente afectado por el mal de ojo.

 

“Cuando era un niño hermoso, guapo, que se moría, decían: Me le han echao el mal de ojo.

 

“A mí me hicieron mal de ojo. Mi padre y mi madre se fueron a trabajar a un pueblo de Salamanca cuando yo nací. Yo tenía meses. Entonces, había una vecina que era la estanquera en ese pueblo de Salamanca. Y entonces pues yo empecé a caer malita, malita. Y pudon decirla a mi madre que aquella mujer hacía mal de ojo. Se va a Salamanca mi padre y estuvo con un brujo de estos, que se llamaban brujos, que es distinto de curanderos. Pues mire usted, le dijo, no tiene que dejarla, porque esa señora era de puro querer (por lo que hacía el mal de ojo). Dicen que la mujer me cogía y venga… ¡Mi niña! (le hacía cariños). Y el brujo le dijo a mi padre: Usted no le quite la niña a esa mujer, que siga, que según le ha puesto el mal de ojo, que se le quita. Pues dicen que era una mujer que cuando iban a buscar tabaco, que el primer golpe era esconderse, veía abrir la puerta y se escondía. Entonces le dice el brujo: Usted le deja a la niña. Llegó mi padre a casa, se lo estaba contando a mi madre, y la señora que entra… Señora Fulana, ¿qué le ha dicho el saludador a su marido? Y me cogió y vuelta y dale. Entonces al poco tiempo fui a mejor y se me pasó. Pero di que estando allí mi padre con el brujo este, dice que llegó un señor que le había desaparecido la burra, y le dijo: Vaya usted por tal camino, que allí la encontrar … Y mi padre vino encantado.”

 

También se recurría a prácticas de curandería cuando los niños sufrían otros males menos dramáticos como roturas de huesos, heridas en la piel, hernias, etc.

 

“A un niño que nacía con una hernia le ponían un fajín. Y había una señora por ahí, en la casa Cabrera, la señora Flora. Pues íbamos ahí, y decía la señora Flora: ¿Qué traes ahí? Un niño quebrao, contestábamos. Y ella decía: Pásalo por este lao. Y le pasábamos por una higuera. Y así íbamos tres veces por semana. Se pasaba a través de las ramas abiertas de una higuera al niño quebrao diciendo esas frases. Allí estaba la higuera y al otro lao estaba la señora Flora que cogía al niño (luego se volvían a cerrar las dos ramas abiertas por las que se había pasado al niño, y si no se secaban y de nuevo se unían una parte con la otra, la hernia se curaba).” (11)

 

Dejando estas manifestaciones tan generalizadas en gran parte de la península ibérica, seguiremos describiendo algunos detalles m s del lento proceso de integración del niño/a en la vida del pueblo.

 

Poco a poco aprendía a andar y adquiría independencia para moverse por la casa y sus alrededores. La madre, la rolla si fuera el caso, una hermana mayor o la abuela, cuidaban de él.

 

“ …que yo me iba a lavar al río, (y mis hijos) que eran como dos mellizos, que eran niño y niña, y me los llevaba a lavábamos para lavar, para que no nos mojásemos la barriga.”

 

Pronto el pequeño jugaba junto a la casa o en sus alrededores. La madre salía a buscarle y boceaba su nombre si no le veía cerca: “Luisiiiito…” Imagen tradicional de la vida de estos pueblos. El niño reconocía su nombre en diminutivo.

 

“Cuando era pequeño se le llamaba niño… luego más adelante mozo. Y, por regla general, cuando eran pequeños se les llamaba por el diminutivo, que era el nombre de su padre o su abuelo. De Luis, Luisito, por ejemplo. A mí me escriben hoy unas personas desde la Argentina, y me ponen en la carta Luisito.”

 

Los niños usaban un pantalón abierto por abajo para que pudieran hacer sus necesidades a placer. Las niñas lo tenían más fácil con la falda.

 

“Los pantalones se hacían aquí con una abiertita en el entrepierna, para que orinaran, sin pañales ni nada, y por detrás lo mismo, para que cagaran.”

 

Desde que podían manejarse por sí solos, niños y niñas acompañaban a su padre, su madre o sus hermanos mayores cuando estos iban al río, al campo, a la bodega, a los majuelos, con los animales, etc. o a cualquier otro lugar de trabajo.

 

“Mi padre, cuando empezabas a andar, nos cogía de la mano y nos llevaba a la bodega, a buscar el vino, a la era …”

“Los niños iban al campo en cuanto se movían. No sólo a acompañar. Es que si podías hacer algo… porque es que es lo que necesitaban.”

 

El abanico de actividades no se reducía al trabajo agrícola y ganadero de la familia, también empezaban a participar en el ambiente festivo del pueblo donde habían nacido. Iban al baile de los domingos junto con su madre, correteando entre mozos y mozas, pedían el aguinaldo en Navidad, comían el hornazo por Pascua, etc.

 

“(Antes de la merienda del día después del Domingo de Resurrección)… pues había que ir a hacer los asientos, hacer un cacho hueco en una ladera cerca del pueblo, y allí te sentabas de crío a comer la merienda. Si llovía pues te lo borraba, te destruía el asiento. Pues ibas entonces a comerla al prao. A los críos pequeños se les ponía para esta merienda una servilletita, y dentro un hornazo pequeñín, un mollete y un lazo, una figura encima del hornazo con su letra (inicial de su nombre), y además las dos rosquillas, una de baño y otra de panadera, aunque luego no se las comieran. Le atabas una punta con la otra de la servilleta y se iban de merienda con una ilusión…”

 

Cuando cumplían tres años “se recogían” los niños y las niñas en la casa de una vecina que hacía la función de lo que hoy llamaríamos una maestra de párvulos. Allí iniciaban el contacto con las letras y los números y aprendían las primeras oraciones.

 

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