Posteado por: lenguajesculturales | diciembre 14, 2010

El Bautizo. Los padrinos. La Guareña zamorana. EL CICLO VITAL. Mitad del siglo XX


El Bautizo. Los padrinos. La Guareña zamorana. Mitad del siglo XX.

En la sociedad tradicional peninsular del siglo que acaba, el bautizo ha sido la ceremonia, el signo cultural, el rito de paso por el que el recién nacido se integraba en la sociedad. En la zona de La Guareña zamorana no era considerada una fiesta muy importante, en el sentido de que no generaba tanto dispendio como una boda, pero originaba una serie de relaciones y compromisos que la hacían significativa en la vida de la familia, un signo del lenguaje social: El bautizo obligaba a buscar padrinos, asignar un nombre al niño/a, invitar a los familiares y amigos por el feliz alumbramiento, incluso, hacer partícipes al resto del pueblo, por ejemplo, repartiendo golosinas entre los niños curiosos para no ser tildado de “bautizo roñoso”. Por otra parte, en el bautizo se realizaba el rito del sacramento católico, signo de lenguaje tradicional, y como tal no debemos olvidar la dimensión religiosa del hecho, que era asumida por los padres como obligación inmediata a los pocos días de nacer la criatura. De hecho, no se daban casos de niños no bautizados, ya fuese por el temor a que el niño muriese “y no fuera al cielo”, ya fuese por “cristianarlo” cuanto antes, para que ningún familiar o vecino “tuviera algo que decir”. El niño entraba a formar parte de la sociedad tradicional a través de este rito de paso.

Los protagonistas del bautizo: los padrinos.

El recién nacido era el sujeto paciente de todo lo que vamos a describir. Su protagonismo no pasaba de ser el objeto del bautizo. Los verdaderos protagonistas eran, en realidad, los que le rodeaban, la familia, el sacerdote y el pueblo.

Destacaremos primeramente que quien había dado a luz al niño/a, la madre, era no-protagonista de esta historia. Ella, después de parir, quedaba alejada, guardada, en cuarentena, sin poder salir de casa (la mayoría, en los primeros días, no se podía mover por las consecuencias del parto). La entrada del niño en la sociedad se hacía con la obligatoria ausencia de quien lo había traído al mundo.

“No podías salir (después de dar a luz). Yo fui a lavar antes de los cuarenta días al río, y vino mi madre, me vio y me riñó: Quién te manda, decía, que todavía no son los cuarenta días… El niño se bautizaba enseguida. Nació el 21 de abril, y el día 2 de mayo, que era la víspera de la fiesta, ya lo bautizaron.           La madre no iba porque todavía estaba en la cama, por regla general, aunque yo ya estaba levantada, pero no salía de casa.”

“La madre no iba nunca al bautizo, no se podía. El padre sí. Los que mandaban en esto eran los padrinos.”

Tampoco el padre era un importante protagonista en este evento, también originado por él. Inscribía al niño/a en el registro municipal, lo apuntaba en su libro de caja (si lo tenía) y participaba en la organización del posible convite que se hiciera después del bautizo (7).

La presencia de la partera era importante en esta fiesta. Tenía una cierta relevancia al sustituir a la madre llevando, en algunos pueblos, la vela y la ofrenda al sacerdote.

“Siempre, siempre iba la partera (al bautizo)… y los convidados. Esa señora iba con la cesta, y las velas y las perras pa darle al cura… o el pan. El pan para el cura, las velas para ponerlas en el altar, una por lo menos… Yo siempre he conocido a la partera con la cestita as¡. Y con toda la fe que iba al bautizo. Era una tradición.”

Pero ante todo, aparte del sacerdote que oficiaba el rito católico del bautismo, los protagonistas del bautizo eran los padrinos. Cada grupo social ha establecido normas para no dejar desatendidos a sus nuevos miembros si faltaran los progenitores. La costumbre de buscar padrino y madrina en La Guareña se iniciaba endogámicamente, dejando la responsabilidad sobre el primer hijo a algún miembro de la propia familia, siendo padrino-madrina un familiar directo. Pero al aumentar la prole, para el segundo o tercer hijo, etc., los padrinos podían ser amigos o conocidos que se ofrecieran a serlo.

“Los primeros padrinos generalmente eran los padrinos de boda, pero ya los segundos y terceros… que tenías amistad o que estabas sirviendo en casa de alguno… que eras criao… Ah, pues que sea el padrino el amo, o cualquier hijo del amo.”

“Bueno, el primer padrino siempre eliges pues los de la boda, eran los padrinos siempre (abuelos del recién nacido), el primero eran los de la boda, luego´         ya cada uno buscaba una amistad.”

“Los padrinos solían ser un primo o un amigo o un familiar de la casa, pero no era obligao que fuera un familiar de la casa. Lo único que se oyó decir era           que el padrino se hacía responsable de lo que pasara, de palabra… porque yo no ha visto a ningún padrino que lo hiciera.”

Había una norma que determinaba que el primer hijo tuviera como padrino al abuelo/a o al tío/a. El padrino de la boda quedaba emplazado a ser el padrino del bautizo del primer hijo/a. También se esperaba que ese mismo padrino del bautizo fuera en el futuro el padrino de la boda del niño/a, con lo que el padrinazgo teórico de un individuo podría ser indefinido: “A” es padrino en la boda de “B”, por tanto ser  padrino en el bautizo de su primer hijo “C”. Más adelante ser  el padrino en la boda de “C”, por tanto ser  el padrino en el bautizo de su hijo “D”, por lo que también ser  el padrino en la boda de “D”, etc. Naturalmente “A” no solía pasar de ser padrino en la boda de la primera generación, y en el bautizo de la generación engendrada por ésta.

“Los padrinos del primer hijo eran los padrinos de boda. Si tienes intención de cambiar, pues sí, se le avisaba: Si no te pareciera mal, le decías, es que          mi hermano me lo ha pedido… Pero era muy difícil… luego también el padrino de bautizo, si era varón, era también el padrino de boda. Hay muchos que han recorrido mucho: porque era el padrino de boda, nacía el niño, y era el padrino de bautizo del niño, pero luego a lo mojor, pues tenía que ser el padrino en la boda de ese niño… Anda, yo tan mayor, decía, y el hijo mozo… pues casi, que sea el hijo mozo (el padrino). Pero era porque así lo quería, que fuera el hijo. Y ya luego el hijo tenía que ser padrino del niño de ese nuevo matrimonio. Esta regla se ha mantenido hasta hace muy poco.”

En algunos casos el padrino era el amo de la casa donde trabajaba el progenitor del niño/a. Teóricamente el padrinazgo pretendía integrar a ese hijo/a y a su generación en la casa a través del miembro que lo apadrinaba. El padrino debía ser el sustituto, el protector del ahijado en ausencia de los padres. Si el padrino era “rico”, los padres aseguraban que su hijo no fuera a quedar desamparado en el caso de la muerte de ambos. Uno de nuestros informantes tenía como padrino al médico del pueblo, hombre con cierto patrimonio; murió el padre, y el médico lo tomó como pigorro.

“… Más que yo, que tenía un padrino muy rico, que era donde trabajé ahí de pigorro, y el hijo del amo era el padrino mío. Pues yo me quedé sin padre, y sí, me compró algún libro, y siempre tuvo la atención ella, el ama, que me daba una pesetita, porque era el aguinaldo, pero lo demás, eso de hacerse responsable de mi vida, eso menos…”

El padrino y la madrina quedaban unidos al recién nacido no solo por compromisos religiosos que el ritual de la Iglesia Católica prescribía, sino, como ya hemos apuntado, por compromisos sociales. El niño/a era su ahijado/a. Del ahijado/a se esperaba respeto y cariño, esto es, trato familiar. Y, por lo mismo, se esperaba del padrino o la madrina cariño y generosidad, pagando algunos gastos del bautizo y otros gastos posteriores, como los aguinaldos navideños o el vestido al dejar de usar los pañales.

“Siempre tenías un respeto por el padrino… Es mi padrino, decías. No había trato especial entre padres y padrinos, porque generalmente era el hermano del padre, un primo de la madre. Era un familiar o amigo.”

“En Reyes había (padrinos) quien tenía un detalle y quien no. El señor rico ese (mi padrino) a mí me lo daba (el aguinaldo) y me resonaba mucho, porque era una peseta en plata, que no la daban a nadie.”

El nombre del nuevo componente de la familia.

De algún modo el nuevo miembro estaba definido socialmente por la familia en la que nacía. El recién nacido adquiría esa identidad de origen. Por ejemplo, con el apodo familiar: “Tacholero”, “Tarrurra”, “Cuco”, “Serrano”, “Casta¤o”, etc. Pero también era importante definirlo desde la propia familia, asignarle un nombre de por vida solo para él. El padre, la madre o los padrinos daban nombre al niño/a según la costumbre de estos pueblos: 1. Tomar el nombre del padre, la madre, los abuelos/as o los padrinos-madrinas. 2. ” En cuanto no entraba la familia, el santo del día…” Tomar el santo del día, circunstancia que originaba nombres tan poco frecuentes como Elicio, Eufrasio, Wenefrido, Gersumina, Melitón, Servanda, Cleofé, Pascasio, Pridiliano, etc. 3. Tomar el nombre de la Virgen o el Santo patrono del pueblo (8).

“Los nombres que se ponían eran de los padres o los abuelos. A lo mejor llevaba una tradición de tres o cuatro en la familia, el abuelo, el hijo, el nieto…          (con el mismo nombre). También el santo del día. Yo a mi madre le o¡ decir que mi padre me quiso poner Petra, como su abuela, y mi madre dijo que ni hablar,          que el santo del día.”

El día del bautizo.

El recién nacido debía ser bautizado cuanto antes. La urgencia venía exigida por la Iglesia Católica y sus creencias, y, todo hay que decirlo, por la necesidad de la madre de estar más libre para dedicarse a las tareas del hogar. Como ya apuntamos con anterioridad, estaba mal vista una mujer atareada con el niño/a sin bautizar. Hecho esto, podía salir a la iglesia y presentarse a la purificación para quedar totalmente reintegrada en la vida diaria. La  cuarentena, aparte de sus connotaciones religiosas de purificación, era un medida higiénico-sanitaria para que la mujer se restableciera de la crisis pasada. Si no se procuraba esta medida, algunas mujeres, llevadas por la urgencia del trabajo, no dejarían que su cuerpo se recuperara después del parto.

El bautizo se celebraba pocos días después del parto.

“Se hacían los bautizos el domingo siguiente después de nacer.”

“Se le bautizaba enseguida, ay, sí, antes de salir la madre a misa, de casa, como mucho siete u ocho días, en el primer domingo que cayera.”

Esta fiesta familiar se iniciaba con un cortejo que partía de la casa del niño/a: La madrina con el recién nacido, el padrino, el padre, la partera, los hermanos y los invitados recorrían las calles hacia la iglesia orgullosos del nuevo retoño.  El sacerdote los recibía en la puerta de la iglesia, preguntaba el nombre que se le iba a poner, y recibía la vela y la ofrenda, si la había, de manos de la partera.

Cada familia vestía a su nuevo miembro del modo más digno que podía para la ceremonia del bautizo. Los que tenían posibilidades  hacían un “faldón de cristianar con toquilla y gorrito”, y los que no, acudían a su habilidad para que de un “mendo” saliera un vestido en tan señalada ocasión.

“El niño se vestía con un faldoncito rosa si era niña, y azul o blanco si era niño, y larguito hasta los pies. El faldón muy bonito, así calado, con puntillas, y luego una toquilla. Mi marido fue a buscársela a Salamanca. Lo llevaba la madrina (al niño), caída la toquilla así del brazo y el faldón que se veía…”

“Nosotras éramos un poco listillas y cosíamos un poco, y de cualquier mendo por ahí, les hacíamos un traje, un cachito faldón, con su mantilla. Mendo era cualquier tela que no valía para nada.”

No describiremos el ritual del bautismo, que se desarrollaba según el ritual romano católico, pero destacaremos otras manifestaciones profanas que subrayaban la alegría y, sobre todo, la conciencia de celebrar un hecho cargado de expectativas para la familia. Por ejemplo, una de ellas era arrojar monedas o dar garbanzos “torraos” a los asistentes y curiosos, sobre todo niños, a la puerta de la iglesia o de camino a casa.

Con este signo se intentaba presagiar buena fortuna y riqueza para el recién nacido, manifestando generosidad en el comienzo de su vida. El gesto parecía decir: “Ahora tiramos y repartimos muchos bienes porque con este recién nacido nos van a sobrar cuando sea mayor”.

“Luego se tiraban caramelos y perrillas de poca importancia, aquellas perras de cobre de antiguamente. Lo tiraba el padrino si era un poco elegante. Si era pobre, no daba nada. También se daban almendras.”

Si no tiraban caramelos o monedas el bautizo podía correr el riesgo de ser llamado “bautizo roñoso”, recibiendo por parte de los mocetes impertinentes algún otro improperio contra el niño.

“Antes se tiraban algunas perras. Decían bautizo roñoso o padrino roñoso si no tiraban nada. Tiraban también garbanzos torraos.” (9)

El bautizo era un fiesta familiar en la que algunos del pueblo, los más jóvenes, podían participar de espectadores. Solo los convidados (familiares y amigos) recibían un “refresco” o una comida especial en casa del niño/a bautizado.

“Luego el bautizo se celebraba en casa, y esto se hacía hasta en las familias más humildes. Había que hacer unas pastas y tomar garbanzos. Se torraban los          garbanzos. Se echaban a ablandar antes los garbanzos, luego con bien de sal y luego en la lumbre con las cenizas, y venga… con una escoba de aquellas ya gastada… saltaban los garbanzos. Y luego con barro bercero, el barro blanco con el que se encalaban las casas, que antes decíamos vamos a embarrar, y ahora decimos vamos a pintar… Y tenía el barro un espejuelo, así unos brillantes chiquitines… pues le echabas al garbanzo, y el garbanzo quedaba riquísimo… y se comían… Y cuántos kilos se comían…Eran los garbanzos torraos, era lo típico de las bodas y los bautizos… las pastas hechas al horno y los garbanzos torraos.”

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