Posteado por: lenguajesculturales | diciembre 11, 2010

El nacimiento. Mediado el siglo XX. EL CICLO VITAL. La Guareña zamorana. Guía cultural


El nacimiento en los pueblos de La Guareña zamorana. Mediado el siglo XX. 

Vamos a describir las circunstancias en las que se desenvolvía el nacimiento de un paisano de La Guareña en la mitad del siglo XX (4).

Los hijos nacían dentro de un matrimonio reconocido socialmente. Llegado el momento de la inminencia del parto, que podía preludiarse en plena faena agrícola, se avisaba a las parteras. Estas mujeres eran vecinas del pueblo, sin ninguna preparación específica para la circunstancia, su mérito era “ser decididas” o haber tenido muchos hijos.

“La partera aquí, por regla general, era una persona que tuviera bastantes hijos y decidida… la llamábamos la señora Juana… Yo, aquella señora me parecía           una señora normal…” (Cañizal)

“Había siempre una partera, la señora Celestina. Esto pasaba como en las muertes, en cuanto nacía alguien ya estaban allí las mujeres, sobre todo las familias y las amistades estaban pendientes. Esta señora mayor se untaba las manos de aceite y a esperar que naciera el niño… es que eran decididas. La señora Rita ¨ qué (preparación, estudios) tenía?… Nada, ir a trabajar como otros ganan el jornal. Después del parto le daban un pan o lo que fuera…” (Guarrate)

“Mi suegra era la partera. Era una señora decidida. Nada más que decían… Uy, Fulana va a dar a luz… Llamar a la señora Florencia. Pero antes de venir esta           estuvo mi abuela, mi abuela Alejandra fue primero partera.” (Olmo)

La intervención de la partera no requería grandes conocimientos, solo habilidad y experiencia.

 

“Esa señora llegaba… te metía mano… ya me entiende usted… Y decía… Viene enseguidita, viene enseguidita. Ella se lavaba bien, eso sí ¡con jabón!, que otra cosa no había. Salía la cabecita, y en cuanto salía la cabecita metía la mano ¡Y qué bien le quedaban los ombligos! Los cortaba (el cordón umbilical). Pues cuando terminaba de todo, cogía hilo de caña, hilo fino, y hacía un cordón… Ella lo ataba al pie del ombliguito del niño, y luego cortaba el otro lado (de la madre)”.

La madre sufría la situación en las condiciones que ofrecían las casas hace cincuenta años. No tenía más medios que la ayuda de la partera, sus familiares y las vecinas.

“Aquí no era el parto en la cama, se manchaban las sábanas. Se hacía de pie, pa manchar menos… no ves que antes no había ropas. Nosotras ya lo hicimos en          la cama. Podía darse el caso de alguna que yendo en el carro… Vamos a llegar deprisa, porque tengo dolores… En el carro de venir de ayudar al marido o de          espigar.”

El marido no estaba presente ni asumía responsabilidad alguna en este acontecimiento. Tampoco era habitual que el médico fuera llamado o se acercara a casa de la mujer en trance de dar a luz (5).

“Aquí el padre no se enteraba de nada. Mi marido me dejó dando a luz y se marchó a los toros de Cañizal: ¡Mujer, cuando venga ya está el niño en la cama! Y volvió y se fastidió que hasta elsotro día no nació. Se marchó en bicicleta y me dijo… Oy, mujer, yo no puedo perder los toros, yo me voy. El hombre solo pa lo primero, luego pa lo otro, ahí te quedas, hija.”

Una vez que felizmente nacía la criatura, se ayudaba a la madre a expulsar la placenta, cosa que era tratada con mucho respeto, enterrándola para que no la comieran los animales.

“Luego lo de la madre se guardaba, se entoñaba, la placenta. En los animales se dice los pares. Aquí se decía… Ha quedao bien, ha echao la placenta. Y eso         se entoñaba, porque eso era sagrao, no se quemaba. Ahí se hacía un hoyito, onde fuera, y se entoñaba, porque no anduvieran los perros, para que no se la comieran, porque eso era… Oye… Luego mi abuela, si no echaba la placenta, la hacía soplar con una botella, a la que acababa de parir, para hacer esfuerzo (y echar la placenta). A la madre le hacían echar todo lo que quedaba… pero que estabas echando hasta cuarenta días. Le daban chocolate y el caldo de gallina. Por la mañana el desayunito era chocolate con tostaditas que hacíamos con manteca, y luego a mediodía, el caldito de gallina. Había que dejar todas las gallinas viejas pa cuando pariera la hija”.

Vemos que las atenciones hacia la nueva madre eran parecidas a las que se tenían en muchos otros lugares de la meseta norte, como Sanabria o la cercana provincia de Salamanca, donde también se les daba chocolate y caldo de gallina a las recién paridas.

“A la mujer, después de parir, se le da un caldo de gallina. Todas las vecinas le traían un poco de chocolate. Mi madre me trajo la gallina y chocolate de         regalo pa que lo hiciera. Estabas en la cama quince o veinte días.”

El niño recibía los cuidados m s necesarios, según las condiciones de la época, “arrollándolo” nada más nacer, y lavándolo después.

 

“Luego al niño le lavábamos. Primero se envolvía en una sábana, y sin lavarlo y sin nada lo arrollaban. Luego ya, con agua calentita se lavaba en un barreño         de agua caliente… ¡quedaba más colorao!”

 

“Luego cuando nacía, pues se le envolvía con pañales, se vestía con pañales y mantillas, muy abrigaos. Se sujetaban con unos fajeros pa que no perdiesen nada           y se forraban con mantillas.”

Como era normal, y pese a la incredulidad de las generaciones actuales en ciertas prácticas, también se daban algunos signos religiosos de intercesión o de protección para pasar este difícil momento.

 

“Cuando el parto se ponían los escapularios, se encendía una vela… pero yo, cuando mi suegra me ayudó, no, pero cuando mi abuela, sí… decía: A encender una vela, que Dios nos dé buena mano.”

Después del parto, la madre dejaba pasar cuarenta días recluida en su casa, sin salir a realizar ninguna actividad. Normalmente pasaba unos días de convalecencia, pero, aunque a los pocos días de dar a luz ya estuviera recuperada, debía guardar la cuarentena completa. Si se transgredía esta costumbre, era sancionada con la reprobación de los familiares y los vecinos. Durante este periodo bautizaban al recién nacido. En algunos pueblos, recibido el sacramento, se relajaba el cumplimiento estricto de la reclusión de la madre, pudiendo salir a realizar algunas labores necesarias para la casa.

“Se le bautizaba en seguida (al niño/a). Es que si no, no podía salir la madre a misa, y tenía que estar esperando… ir a buscar paja al pajar, el que tenía el         pajar fuera de casa… ¿qué hacías?… ir a lavar. Y claro, la que tenía pozo, lavaba en el pozo (de la casa), y la que no lo tenía, pues que trajera el marido, o la madre, el agua para lavar. Ella no salía de casa aunque estuviera bien. No bautizando al niño, no se salía de casa para ir por paja a la lumbre… Y decías: Uy, si ya estoy bien. A ver si lo bautizo. Es que daba vergüenza, por ejemplo, que tengo que poner la lumbre y no tengo paja… que tenía que ir el marido, o una vecina, por paja. Pero después de bautizar al niño, aunque no pasaran los cuarenta días, no salías mucho, pero esas cosas que eran obligación,           ibas a eso. Andar por ahí (que te vieran) mucho, eso no.”

La situación concluía con la visita de la madre a la iglesia después de cuarenta días. Era recibida por el sacerdote, al que se le presentaba una vela a modo de ofrenda, rememorando el hecho evangélico de la purificación de la Virgen María y la presentación del Niño Jesús en el Templo (6). De este modo era introducida de nuevo en sociedad. Después de la misa, la madre con su hijo/a visitaba a sus familiares y amigas.

“Era un deber de la madre ir a los cuarenta días a misa. Se llevaba una vela. Iba contigo una prima. Y después de misa, visitaba las casas de las amigas,         pa que vieran al niño.”

“A los cuarenta días salías con el niño a misa. Ibas, te esperabas a la puerta (de la iglesia), salía el cura, y le llevabas la vela, la candelaria esa. Te          bendecía al niño, te bendecía a t¡… Y luego aquí la costumbre, pues ibas a ver a la familia m s llegada, las amigas…”

Volviendo de nuevo a lo dicho al comienzo de esta descripción, recordamos que la concepción de un nuevo ser debía suceder dentro del matrimonio. Había una sanción social muy fuerte contra todo nacimiento fuera del matrimonio canónico. La joven que quedaba embarazada sin haberse casado era encerrada por sus padres en casa desde el primer momento que se conocía la situación. No salía nunca a la calle durante el periodo de embarazo, e, incluso, continuaba encerrada unos años después de dar a luz. Otra solución era enviar a la joven fuera del pueblo, y al niño, si no era acogido por la familia, al hospicio de Zamora.

“La que tenía un niño fuera del matrimonio tenía muchos inconvenientes. Lo primero que cuando quedaba la moza soltera embarazada, tenía que andarse ocultando, o lo llevaba el niño al hospicio o tenía que quedar el niño en casa de mala manera, los abandonaban en casa y la madre tenía que salir a ganarse la vida. La soltera (embarazada) estaba entonces muy mal. Se daban casos que no solo eran los pobres, que también las ricas. A lo mejor era una rica que se dejaba del criao, ¡Cómo los padres iban a aceptar…! Y entonces llevaban el niño al hospicio.”

“Cuando estuvo embarazada, la encerraron, la metieron sus padres (en casa) y no la vio nadie. Iba a verla el novio por la reja. Estuvo así hasta que crio al muchacho con dos o tres años, metidos en la sala… Ahí la tuvo encerrada el abuelo porque había quedao embarazada, y no la dejó casar… ¡Solo digo que Dios no se lo dé a nadie pasar por eso…!”

¿Qué razón había para esta fuerte sanción social? Injustamente no era el hombre, sino la mujer la que era castigada y marcada con la vergüenza pública. ¿Era una sanción social, religiosa o moral? El peso social de la honra, tan utilizado para explicar este hecho entre los pueblos mediterráneos, puede encubrir otras razones de tipo estructural más profundas. El escándalo de la transgresión moral de un mandamiento religioso encubre otras razones más prosaicas y materiales. La razón más profunda era que los padres debían intervenir decisivamente cuando se preparaba una boda, no los hijos (los novios), y sus consecuencias también tenían que estar controladas indirectamente por ellos. Era una falta de respeto hacia los padres haber consumado el acto matrimonial sin contar con ellos. El hijo que nacía de esta unión estaba fuera, no solo de la norma moral y religiosa, sino también de la norma social que establecía el protagonismo principal de las familias, de los padres, en la legitimidad de las consecuencias de las relaciones sexuales de sus hijos. Una mujer soltera con un hijo dejaba a los padres en inferioridad de condiciones a la hora de tramitar el casamiento de

su hija. Había mozos que decían: “Yo con esta no me caso, que tiene crío”. ¡Precisamente se despreciaba a la que había demostrado que podía tener descendencia en una sociedad que propiciaba matrimonios para tener hijos y necesitaba de ellos para poder pervivir!

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