Posteado por: lenguajesculturales | diciembre 8, 2010

Etnografía de El Quijote. Capítulo XXVI, Primera Parte.


 

Capítulo Vigésimo Sexto. Donde se prosiguen las finezas que de enamorado hizo don Quijote en Sierra Morena.

“Mientras su amo cavila sobre la penitencia que debe realizar, se hace un rosario, escribe versos para Dulcinea (tres quintillas dobles), invoca a los pobladores mitológicos del bosque y busca hierbas con las que sustentarse, Sancho, montado en Rocinante, se encamina hacia El Toboso. Llega así a la venta del manteamiento en la que no se atreve a entrar pero donde es reconocido por el cura y el barbero que han ido a buscar a don Quijote para traerlo de regreso a la aldea. Interrogado, Sancho descubre que ha perdido la carta con la libranza de los pollinos y, desesperado, intenta reconstruirla. Llevado ya de la locura de don Quijote expresa claramente su temor de que desee ser arzobispo en lugar de emperador. El cura tranquiliza a Sancho y urde con el barbero un plan para que, disfrazado uno de ellos de doncella afligida, puedan ir hasta donde se encuentra don Quijote y rogándole su auxilio, lo saquen de Sierra Morena y lleven a su aldea.” (Enciclopedia del Quijote. César Vidal. Planeta)

Don Quijote se queda haciendo “las tumbas de medio abajo desnudo y de medio arriba vestido…”, juego de niños, que, como dice el refrán, “cuando el diablo no sabe qué hacer, mata moscas con el rabo”. Pero don Quijote no se ha quedado a hacer diabluras, sino todo lo contrario, penitencia y reflexión, imitando a Amadís de Gaula.

Y las dos acciones que quiere imitar de su mentor caballero andante, son formas de religiosidad, una popular y otra canónica: rezar el rosario y confesarse, consolándose con un ermitaño. Lo segundo no lo puede hacer por no haber sacerdote, ermita, ni ermitaño, a pesar de estar en un lugar propio para ello, lo más profundo de la sierra. Pero sí lo segundo: “…rasgó una gran tira de las faldas de la camisa, que andaban colgando, y dióle once ñudos, el uno más gordo que los demás, y esto le sirvió de rosario el tiempo que allí estuvo, donde rezó un millón de avemarías. Clemencín recuerda que ya en los romances se habla de que es costumbre entre los caballeros rezar con “cuentas”, costumbre traída de oriente por Pedro el Ermitaño, promotor de la primera cruzada a Tierra Santa, que se llamó Salterio a la Virgen, y después Rosario. En la tercera salida don Quijote llevará rosario, para que no tenga que improvisarlo como hace ahora.

Advertimos que Cervantes identifica “rezar” con “rezar el rosario”. En la religiosidad popular, rezar no es propiamente un diálogo personal entre el creyente y Dios, sino recitar oraciones previamente aprendidas, dentro de rituales establecidos, como el rosario. Santo Domingo de Guzmán, desde principios del siglo XIII comenzó a propagar la costumbre de rezar el rosario, modo de rezar de los legos, los que “no sabían rezar”. Más de una informante en Zamora recordaba sus años de moza cuando en las tardes de primavera esperaba que llegara por la tarde “la hora del toque al rosario”, porque así podía salir de casa sin que le dijeran nada los padres… “ibas al rosario, y de paso pues veías lo que había por el pueblo”. El rezo del rosario era, hasta los años sesenta del siglo pasado, el modo de entretener a los alumnos en los colegios religiosos durante la misa diaria obligatoria, porque la eucaristía se decía en latín y no la entendían, así “aprovechaban a rezar a la Virgen” mientras estaban en misa. Don Quijote, hidalgo y caballero andante, hombre de pueblo, reza como los legos, como los que sólo saben rezar con oraciones aprendidas.

¿En qué consiste el rosario? El rosario es meditar, pensar, reflexionar en “los misterios” de la vida de Jesús. Se llaman “misterios” a los momentos más importantes de su vida. Por eso en el rosario hay “Misterios gozosos”, lo referido a su nacimiento, “Misterios dolorosos”, lo referido a su pasión y muerte, y “Misterios gloriosos”, lo referido a su resurrección y ascensión a los cielos (El papa Juan Pablo II añadió un cuarto grupo llamado “Misterios de Luz”). Cada una de las tres partes anteriores tiene cinco “misterios” o hechos de ese momento de la vida de Jesús, y en cada parte, primero se recordaba el hecho, después se rezaban diez avemarías, y al final un “gloria”. Para rezar el rosario es necesario “un rosario”, un cordón circular, con muchas bolitas engarzadas de diez en diez, con una que separa cada decena, del cordón circular sale otro cordón con cinco bolitas que acaba en una cruz… ¡Vamos!, que no hacen falta tantas explicaciones, porque a muchos jóvenes les ha dado últimamente por llevar un rosario colgado al cuello y a nadie pasa desapercibido. De todos modos, con este párrafo hemos querido explicar los “once ñudos” de la tira de camisa que hizo don Quijote: uno para enunciar el “misterio” con un padrenuestro, y diez para rezar las diez avemarías correspondientes (en la Edición Crítica de Francisco Rico, 1998, llama a este rosario “camandulero”, propio de la orden monástica camaldulense). No hizo el rosario entero porque se quedaba sin camisa…

Y no dejemos pasar por alto “la camisa de faldón”, que en las ilustraciones de don Quijote ocupa siempre un puesto importante: la vemos tapando las vergüenzas de don Quijote en los momentos más “frikis” de nuestro héroe, ya sea en la venta o en el campo. La camisa de faldón fue vestimenta habitual hasta bien entrado en siglo veinte. Las mujeres la utilizaban cuando les llegaba la menstruación mensual, cruzándose ambos extremos por debajo de las piernas. Y los hombres, como don Quijote, se taparían las vergüenzas con sus respectivos bajos, si se quedaban sin calzones. (Numerosas alusiones a esta camisa se encuentran en El Traje Regional de Zamora. Una aproximación a su estudio. Francisco Rodríguez Pascual. Biblioteca de Cultura Tradicional Zamorana. Editorial Semuret. Zamora 2008)

Aparte de rezar, don Quijote, en plena sierra, escribe coplas y versos en las cortezas de los árboles, como buen amante, y “por la menuda arena” del arroyo, cosa de arcadia pastoril, porque el arroyo bajaba entre peñascos.

Idealiza también Cervantes la situación de don Quijote, cuando dice que se entretenía “en buscar algunas yerbas con que sustentarse”… Y es que en el monte, en la sierra, hay pocas yerbas que comer. El monte da para comer bellotas y castañas, pero sólo en una breve época del año, y si no las almacenas, se estropean y desaparecen, Da para comer moras, arándanos, fresas, setas, berros y poco más en otoño. Pero alimentarse de yerbas es extraño, porque las raíces y las yerbas sólo las recogían los que las conocían para hacer purgas y emplastos, y no para comer. Yo creo que Cervantes sabe bien que su protagonista no comió nada, porque concluye la escena de don Quijote diciendo sobre Sancho “que, si como tardó tres días, tardara tres semanas, el Caballero de la Triste Figura quedara tan desfigurado, que no lo conociera ni la madre que lo parió”. ¿Tendrá algo que ver esta dieta de don Quijote con la dieta del “sabio” de Calderón “…tan pobre y mísero… que solo se sustentaba de unas yerbas que cogía…”?

Retomamos ahora a Sancho en su “mandadería”, en la empresa o incumbencia que tenía ordenada por don Quijote. Antiguamente mandadero y mandadería era lo mismo que embajador y embajada, pero en el siglo XIX, en el ámbito urbano era sólo una función de recadero, mandadero de monjas, según Clemencín. Y en esto nos quedamos, en la “mandadería” y en la “manda”, término utilizado en la cultura rural, por ejemplo, por niños y criados, en esa expresión típica que utilizaban cuando hacían un recado… “que me manda mi madre decirle…”. En el acervo popular ha quedado el término “manda” entendido como obligación a cumplir. Como así lo refleja el DRAE,  “manda” la adquiere un mayordomo de una cofradía o de una fiesta, cuando el día de la fiesta paga los gastos de la misma, y “manda” es la última voluntad de un difunto cuando un familiar debe cumplir esa voluntad última, decir unas misas o pagar una limosna. La “manda” está incluso escrita en el testamento.

Sancho sale al “camino real” (recordemos: ¿camino protegido y dependiente del rey o camino de la “realidad”, fuera de la ficción quijotesca?), y pronto llega a la venta, lugar propio de esta historia, y ocasión para comer caliente, porque Sancho lleva “grandes días que todo era fiambre”, como le pasa a los pastores o a los gañanes en invierno cuando salían al campo, que tenían que comer la comida fría, fría, (superlativo: “fiambre”). Y en el camino se encuentra al cura y al barbero, amigos de don Quijote, y censores en aquel acto general, parodia de  “auto de fe”, del capítulo VI, donde se llevó a cabo “el donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo”. Pues poco efecto hizo aquel “escrutinio” y posterior “acto”, porque, como ocurrió antaño con las numerosas recomendaciones y anatemas de los visitadores eclesiásticos a las diócesis rurales en la edad media, donde querían erradicar costumbres  y prácticas supersticiosas, paganas y heréticas, no hizo mucho efecto la fuerza de la excomunión y la quema, porque tanto los paganos medievales, como don Quijote, siguieron con sus prácticas.

Sancho no les quiere decir dónde está su amo, por lo que el barbero le amenaza… “nos habéis de dar el dueño del rocín, o sobre eso morena”. Y Sancho lo revela sin ninguna otra oposición porque “a cada uno mate su ventura, o Dios, que le hizo”.

Después de aclarar la situación, es el momento de pasar a carta lo que don Quijote escribió en el “libro de memoria”, porque allí tiene delante un cura letrado que se lo puede hacer. “Tornándose a tentar todo el cuerpo muy apriesa”, se da cuenta de que no tiene el libro en el interior de su camisa. Y es que las camisas de los labradores, gañanes o aldeanos eran muy largas, con faldón, como ya hemos explicado, y en ella pueden caber varios libros de memorias de sendos labradores o aldeanos. Y Sancho se enfurece consigo mismo y se da de “puñadas”  hasta hacerse sangre. Su dolor no sólo nace de  perder el libro y la carta que en él está escrita, sino también la cédula, el billete, donde el amo apuntó que, como a Sancho le habían robado el burro, su sobrina le tenía que dar por voluntad de don Quijote “tres pollinos, de cuatro o cinco que estaban en casa”. Don Quijote sigue demostrando su irresponsabilidad como amo de una casa de labranza dejándola sin caballerías, en la línea de los negocios iniciales que hizo al vender las “hanegas” de tierras para comprar libros de caballería. Aunque muchos pollinos me parece tener la casa de don Quijote. Dice tener cuatro o cinco. Y Sancho exagera diciendo que son como castillos… Una casa de labranza tiene más que de sobra con dos pollinos. Lo que realmente necesita son buenas mulas o bueyes para arar y tirar del carro. La casa de labranza de don Quijote estaba ”manga por hombro” en su gobierno…

 Y aquí sale otra costumbre popular, probablemente muy conocida por Cervantes y que le habría traído más de un problema en su actividad como recaudador rural: el cura ayudaría a Sancho, y él “le haría revalidar la manda y que tornase a hacer la libranza en papel, como era uso y costumbre, porque las que se hacían en libros de memoria jamás se aceptaban ni cumplían”.

Los libros de memoria de los “amos” registraban los ajustes con los criados, los días de comienzo y final del mismo, el dinero que recibían a lo largo del ajuste, el dinero que prestaban a otros vecinos, la cosecha que recogían cada año, e, incluso, la fecha de nacimiento de sus hijos… Y, aunque juraban en la primera hoja “asentar” en el libro lo que era verdad y no otra cosa, Cervantes afirma que esas “mandas” de regalo o de traspaso de propiedad no se acreditaban si no se pasaban a “libranza en papel”.

Hasta hace pocos años casi todos los labradores justificaban la posesión de sus bienes con “escrituras” o “documentos privados”, escritos por los propios vecinos del pueblo,  con la firma de algunos testigos, sin pasarlos por el registro civil ni hacer el pago de las correspondientes tasas o impuestos, cosa que intencionadamente se ahorraban.

Como Sancho no se ha traído el “libro de memoria”, que no es de don Quijote, sino del “loco de la sierra”, entonces el escudero intenta recordar “de memoria” la carta escrita en él. Y aquí Cervantes describe a un Sancho que se hace como el niño que quiere recitar la lección delante del maestro, pero no la sabe, o como el niño que quiere recitar el catecismo delante del cura y tampoco lo sabe (y esto de decir de memoria el catecismo era más difícil, porque había que decir la pregunta y la respuesta). Recitar de memoria ha sido la forma de aprender popular y tradicional, porque la memoria era el principal instrumento didáctico y pedagógico, el principal instrumento de transmisión cultural, y así sigue siendo en las culturas tradicionales. “Parose Sancho Panza a rascar la cabeza para traer a la memoria la carta, y ya se ponía sobre un pie, y ya sobre otro; unas veces miraba al suelo, otras al cielo, y al cabo de haberse roído la mitad de la yema de un dedo,  teniendo suspensos a los que esperaban que ya la dijese, dijo al cabo de grandísimo rato…”

Pasando por alto lo poco y desencaminado que Sancho recordó, las frases sin sentido llenas de palabras inventadas o mostrencamente derivadas, contaminaciones y rusticismos, nos fijamos en las expectativas de futuro que tienen el escudero si su señor llegara a ser emperador o arzobispo. Lo primero lo tiene claro, pero con lo segundo se hace un lío, porque tendría que ser cura simple, o con beneficio, de renta rentada, “amén del pie de altar”, pero esto último lo ve imposible porque “…soy casado y no sé la primera letra del ABC…”  El cura y el barbero, siguiendo su ignorancia y su ingenuidad,  le consuelan, y le aseguran que aconsejarán a su amo para que sea emperador, y así no tenga ese problema. Se han puesto en paralelo el poder civil y el poder eclesiástico, poder este último no desdeñable y con posibilidades de adquirir riqueza y buena posición, pese al rechazo de Sancho. Ser cura era un trabajo bien considerado porque no sólo daba prestigio social, sino beneficio económico. Se decía que “vivir como un cura” es “vivir bien”, y se reprochaba a una persona su poco trabajo y su mucho beneficio al decir que “trabajas menos que un cura, que encima lo hace con pan y vino…”. En la cultura popular el cura está en otra posición distinta al propio pueblo, ya sea en lo social o en lo simbólico, de ahí los conflictos que podía tener con el pueblo si no estaba a la altura social y simbólica que se esperaba de él. (Ver en el blog “lenguajesculturales.wordpress.com” las notas del post titulado “La antigua parroquia de Santiago de los Cotos de Terroso y San Martín de Terroso…”   

Entran en la venta y por fin el escudero come caliente, y Rocinante recibe una ración de cebada, que es lo que tiene que comer una caballería para estar lustrosa.

El cura, buen “trazador”  de historias, letrado y atrevido, comienza a pergeñar una historia que va a representar con sus dos paisanos para devolver a don Quijote por el camino real, por la verdadera realidad, a su pueblo.  Va a ser como una vacuna. Don Quijote será curado con una medicina similar al virus que le ha enfermado, una historia de caballeros andantes, mejor, de doncellas andantes, afligidas, necesitadas de un valeroso caballero que les resuelva su problema. (Sobre la importancia del cura en la vida festiva y la creatividad cultural de un pueblo ver el artículo “El cura y la cultura del pueblo” de Francisco Rodríguez Pascual en La Opinión de Zamora, 16 de febrero de 2003). No olvidamos que en este capítulo han salido palabras rústicas como llego, por lego, sobajada por menospreciada o sobada y escurrir por discurrir, en boca de Sancho o en la narración de Cervantes.

Juan Manuel Rodríguez Iglesias.

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