Posteado por: lenguajesculturales | diciembre 1, 2010

Costumbres previas al nacimiento. EL CICLO VITAL. La Guareña zamorana. Guía cultural


Antes del nacimiento.

No podemos afirmar que las costumbres de nuestros paisanos sean muy diferentes de las de los pueblos del centro de la Península Ibérica. En éste, como en los restantes apartados de la exposición, se repiten ciertos tópicos que caracterizaban la situación de espera de un nuevo retoño en la familia.

Se suele afirmar de modo general que las familias del ámbito agrícola tradicional procuraban tener un número elevado de hijos con el fin de disponer de  “brazos para trabajar” en un futuro m s o menos cercano. En nuestro caso, sin necesidad de acudir a estadísticas parroquiales o municipales, el testimonio reiterado de los  informantes confirma la existencia de muchas familias numerosas en los pueblos de La Guareña durante la primera mitad del siglo XX (1).

“Decían… Voy a poner una vela a ver si tengo hijos … o a ver si no los tengo… porque había algunas que tenían ocho o diez”. (Guarrate)

“Con mi hermana, yo ya hacía el número siete de los once hijos que tuvieron nuestros padres.” (Vallesa)

“Mi padre hizo las particiones con mi hermano mayor… son doce hijos, cada uno tiene su manera de vivir.” (Cañizal)

No es fácil acertar con la causa precisa que dé razón del número elevado de s hijos que Dios te dé”, la falta de conocimientos sobre la sexualidad, y el propio tabú del sexo, favorecían la aleatoriedad en el número de hijos, sin intención concreta de tener muchos o pocos. Un informante nos relataba al respecto la conversación entre dos hermanas, una del pueblo y la otra emigrante en Argentina, de visita por España. Nuestra paisana decía preocupada: “¿Qué haré yo, qué haré yo?… Vaya, que otra vez estoy en estao (embarazada)… Nada, que con poner él los pantalones encima de la cama, nada, que ya me quedo embarazada”. A lo que contestaba la experimentada emigrante, que era la admiración de su hermana porque solo tenía dos hijos y nacidos con bastante intervalo de tiempo: “… Es que hay que saber abonar la tierra, pero fuera del tiesto”, refiriéndose a la práctica anticonceptiva vulgarmente llamada “la retirada”, práctica que algún informante decía conocer y haber utilizado. Por otro lado, era poco coherente que las familias de obreros, criados y jornaleros, tuvieran muchos hijos, como así ocurría, porque cada nuevo retoño suponía una boca más que alimentar y no unos brazos más para trabajar, porque no tenían tierras donde hacerlo. Por el contrario, las familias de “pegueros” (medio labradores) y de labradores fuertes eran numerosas, sobre todo las de los primeros, “para no tener que dar jornales” en el trabajo de las tierras.

El sexo era un tema presente de modo subliminal en algunas manifestaciones festivas, como las coplas populares, las relaciones del gallo, los mayos de los mozos, etc. Es probable que los hombres hablaran en plan jocoso de este tema en la fragua, la barbería, el mentirote, etc. (2) Esto no lo harían las mujeres en la solana, por ser m s recatadas.

“… antes no se hablaba de eso, hasta daba vergüenza hablar de eso… pa decir lo de la regla y todas esas cosas… ¡qué vergüenza le daba a la gente… y ya          casada!”

En los comentarios de nuestros informantes no aparecen referencias a supersticiones, rituales o costumbres para provocar la fertilidad o infertilidad  en las mujeres; más bien, el sentido común y la picardía eran la forma de entender estos temas.

“Siempre había un tabú en eso de quedarse embarazada: que si de esta forma, que si de la otra, que si las lunas más (mejor) para tener varones…”

 

“Los niños nacían en todos los tiempos. Las quintas vienen igual. Decían siempre que en el invierno es la fábrica de hacer chicos, porque se está mucho tiempo en la cama.”

Las alusiones a curanderos o sanadores para producir fertilidad o infertilidad son atribuidas a generaciones anteriores a nuestros informantes, que se suelen manifestar escépticos ante ellas (3).

 

“Sí, sé de mi tía Fulana, que fue a un curandero de Salamanca, pa los arrabales, que había por allí, a ver si le daba algo pa tener hijos, y que la dijo que no podía tener hijos porque no.”

“Es que nosotros hemos estao ya en un término medio, que, sin ser una vida moderna, pero era una vida que la gente no estaba tan atrasada ni tan inculta para estas cosas como antes.”

La mujer que quedaba embarazada no cambiaba su modo de vida, ni podía cambiarlo, ya que era imprescindible en el trabajo de la casa.

“No se tenía ningún cuidado cuando estabas embarazada, porque a mi madre le tocaba trabajar al campo y a todo.”

“Estando embarazadas no se cuidaban… como una bestia dando haces a los carros. Pero me tenía que sentar, me daba como un mareo, me acurrucaba en el suelo y se me pasaba. Y trillando con las mulas y haciendo todos los trabajos, y así la mayoría de las mujeres hasta que llegaba la hora.”

Los recuerdos de los momentos previos a dar a luz corroboran la integración de la mujer embarazada en el trabajo diario. Solo después del parto quedaba apartada aparentemente de la actividad económica y social.

“Yo, una hora antes de dar a luz, estuve espigando cebada en una tierra, y me puse de parto en un prao que tenían los amos. Ahí me puse de parto y ya con dolores. El parto no se hacía en el campo, yo me vine pa casa. Como había tenido ya otros dos, pues yo sabía que aquello era parto, y me vine a dar

a luz a casa. Antes no había cuidao ninguno.”

“Cuando di a luz del segundo mío estuve toda la tarde tirando agua con una cigüeñuela, que se sacaba con una herrada (cubo metálico), y vine por la noche, al oscurecido, en setiembre, y a las diez de la noche di yo a luz”.

En lo tocante a las expectativas sobre el futuro de la criatura que iba a nacer, es difícil encontrar algún resto de las creencias antiguas para determinar, por ejemplo, el sexo del nuevo miembro de la familia.

“Había gente que, por la barriga de la madre, decía si era niño o niña (si es redonda ser  niño, si es picuda ser  niña), y que si en las lunas (luna llena) es mejor pa tener varones…”

Pervive todavía la tradición de encontrar razón a las manchas de la piel de los recién nacidos en los “antojos de las embarazadas”, siempre referidos a elementos de la propia cultura.

En Sanabria se identificaban pulpos, moras, ciruelas, moras, guindas; en la zona de Béjar (Salamanca), por ejemplo, fresas, aceitunas, conejos…; en La Guareña racimos de uvas, moras y tocino.

“Las embarazadas, uy, tenían ganas de comer uvas, y le salía al niño una uva o un racimo, si es que no la llevaban las uvas en el momento que las quería comer.”

“Se decía de la madre… Hay que buscar unas moras que se le han antojao, no vaya a ser que salga el niño con antojos. A una se le antojó tocino y le salió el niño con pelos.”

“Lo del antojo es verdad, aquí salían cortezas de tocino. Yo misma tengo un racimo de uvas o de moras.”

Y, sobre todo, lo más llamativo era la creencia en ciertos signos manifestados en el embarazo o apreciados al nacer, que hacían prever en el recién nacido poderes especiales o cualidades de Saludador.

“Decían que si (los niños) hablaban dentro del vientre es que venían con una gracia, es que eran saludadores. Un cuñao que murió, que dicen que él que lo fue, que le oyó su madre algo en el vientre, que lo oyó llorar. Y que dicen que llegó aquí un saludador, que lo llevaba su madre en brazos a este niño, mi cuñao, y que le dijo el saludador: Si no retiran a ese niño, no puedo trabajar. Pues porque era saludador como él. Y yo esto lo he oído, pero no lo he visto…”

Si la madre apreciaba signos procedentes del ser que llevaba en su vientre (llorar o hablar), debía guardar el secreto de su experiencia: “la madre no debía contárselo ni al marido”.

“Se oía decir entonces que si alguna lo había sentido hablar, que iba a ser listo, y que iba a tener dones, porque el que hablaba en el vientre de la madre tenía un don. Mi abuela decía que venía un hombre (saludador) y que no se quemaba. Pero esto es de cuando mi abuela. Yo, de cuando mi madre y nosotros, nunca oí esas cosas”.

Los saludadores tenían poderes especiales para sanar a las personas el mal de ojo, curar la rabia, las verrugas y los cocos del ganado. Demostraban también estos poderes en capacidades como conservar el vino, el pan y el queso, o , incluso, en algo tan llamativo como no quemarse en la fragua.

“… y que si allá en la fragua sacaban el hierro ardiendo, y que si se lo pasaban por la lengua así, que no se quemaban, y que si ponían el pan en no sé          qué sitio, que no se ponía mohoso.”

Las últimas generaciones que han vivido la cultura tradicional suelen echar un velo de incredulidad sobre lo dicho, atribuyendo estas creencias a sus antepasados. Los signos culturales desaparecen cuando el nuevo lenguaje cultural no los usa porque no sirven o porque son sustituidos por otros más efectivos.

_______________________________________.

NOTAS.

(1) De las “Coplas de Cataña el analfabeto” (Fuentelapeña) de la nota 7, capítulo III, hemos anotado esta estrofa:

“Si estrenan un pantalón

no tienen para zapatos;

con seis hijos de familia,

componte con treinta cuartos.

Reparte el caudal: eso es un broma;

verás a qué tocan las ocho personas.”

(2) “Los días que no tenía escuela me llevaba mi padre a las casas donde ellos (los gañanes) al terminar el trabajo daban de comer a sus mulas, y en aquel             hogar muy grande donde se ponían trozos de encina calentaban sus meriendas y después cenar y dormir en sacos de paja para poder madrugar y así hacer              los barbechos. Después de cenar se hablaba de política o conversaciones que aún recuerdo de aquellos mozos sobre vida sexual que yo con mis pocos años recogía en mi memoria.” (Memorias de Luis Torrecilla, Cañizal)

(3) La mujer que no era fértil quedaba con un cierto estigma social, ya que no llevaba a cabo su función principal dentro del grupo. Así lo decía la copla            del baile de Cañizal:

“Dónde irá el buey que no are

ni la mula que no trille

ni el caballo que no corra

ni la mujer que no críe…”

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