Posteado por: lenguajesculturales | noviembre 25, 2010

Un día en la vida de una familia guareñera (primera mitad del siglo XX). La Guareña zamorana. Guía cultural


La vida diaria familiar.

Es muy difícil resumir en pocas líneas la vida de estas gentes, dada la diversidad de roles: hombre, mujer, niño/a, mozo/a, criado/a, labrador, peguero, jornalera… Cada uno de estos individuos tenía un ritmo diario distinto. Incluso se complicaría más la descripción si tuviéramos en cuenta la época del año, no sólo la estación (primavera, verano, otoño, invierno), sino también la actividad agrícola predominante (arar, sembrar, escardar, segar, trillar…). Debemos reconocer que la vida diaria de un labrador era más diversa y difícil de resumir que la de un trabajador urbano actual, quien, salvo los treinta días de vacaciones anuales, está sometido a una rutina permanente que hace más fácil su caracterización.

Pero no disculpemos nuestra falta de síntesis y concretemos el esbozo de un día cualquiera de la primera mitad del siglo XX en el ámbito rural zamorano, sabiendo de antemano que es una aproximación incompleta, como lo es toda descripción de la vida tradicional ya pasada.

Nos situamos en un hipotético presente histórico.

La hora de levantarse siempre es temprana. Antes de la salida del sol. El paisano, desde su alcoba, o desde el mismo escaño de la cocina donde ha descansado, pasa al lugar donde está la palangana. Se refresca con un poco de agua sacada del cántaro del día anterior. Si es mujer, se viste, se recoge el pelo, y se pone el pañuelo en la cabeza y el mandil a la cintura… y a preparar los almuerzos: unas patatas guisadas o unas sopas de pan antes de salir a trabajar, y, además, la comida para ir al campo. Pero primero hay que recuperar el fuego del “hogal”… (pocas cerillas emplearían aquellas sencillas gentes). Con el rescoldo del día anterior, bien guardado durante la noche, cubierto con ceniza, se ha mantenido el fuego hasta el día siguiente. Mientras, el hombre ha ido a acomodar las mulas: echarles paja y grano de cebada. Acomodada la hacienda se dirige a la cocina donde la mujer (o la moza o la criada o, incluso, el mismo criado) tiene arrimado a la lumbre el pucherito con las sopas.

“ En verano pa segar nos levantábamos a las dos o las tres de la mañana. Íbamos medio dormidos. Y cuando íbamos a una tierra a cuatro kilómetros, pues nos levantábamos a la una. A lo mojor ibas a acostarte, ibas a quitarte las albarcas…y te decía tu madre… Venga, que ya es hora. Dormías dos o tres horas. Es que ni te divertías. Muchas veces te acostabas a las doce de la noche y a las dos había que estar arriba porque había que ir lejos. Y en el invierno empezábamos a las seis de la mañana. En el mes de enero ibas a arreglar el ganao. Metías paja, echábamos de comer a las mulas o a los bueyes. Cogías el saco, te ibas al pajar, traías cinco o seis sacos, los echabas en la pajera, llenabas la pajera. Ponías lumbre y te ponías las patatas o el puchero con el agua pa hacerte las sopas de ajo o las patatas cocidas… Ya te lo dejaba la criada preparado desde la noche anterior.”

“ Esto era en tol tiempo, en tol año, aunque fuera en el invierno. Siempre se iba de noche (cuando se dormía fuera de la casa del amo), y en verano más pronto, pero siempre se empezaba de noche. Llegaban los criados. Yo me levantaba y abría y ya teníamos preparada allí la paja, un manojo, y la criada tenía las patatas echadas en un puchero a cocer. El otro mozo y yo nos sentábamos un poquito a la lumbre a ponernos las abarcas allí a la lumbre. Nos bajábamos a la cuadra. Digo nos bajábamos porque la casa tenía dos pisos. Y la criada ya se quedaba atizando las patatas pa ponerlas a la mesa. Yo tenía que ordeñar una vaca y luego le ponía un churrito, que siempre tenía, que mamara. Le echaba de comer a la vaca y el mozo mayor a las mulas y a la yegua. Había que llenar las cebaderas. Todo hasta que te llamaban a almorzar. El criao… y los otros dos o tres criaos, se cogían las mulas, cada uno a su yunta, y se marchaban. Limpiaba las cuadras y tenía que llevar la yegua y las vacas al prao del pueblo. Y venía corriendo y limpiaba las cuadras o lo que fuera. Y con el pan en la mano ya se echaba la hora de ir a la escuela.”

“ Se levantaban muy pronto, como hora y media antes del día, pa poner la lumbre. Se le hacía los almuerzos, y ya almorzaos, pues a las tierras de los amos. Almorzaban sopas de ajo con garbanzos, primero cocidos y luego guisaos, compuestos en crudo con aceite y pimiento, bien cocidos y luego se guisaban (aderezaban) con aceite y pimiento en un larguero, en una fuente alargada de porcelana. Cuando más madrugaban era cuando la sementera. Había que echar el ganao, había que coger la simiente para sembrar, encalar la semilla, echar la piedra lípiz machacada en agua tibia y rociar las semillas… pero esto se hacía la noche antes.”

Todo se realiza en un silencio casi conventual. No hay aparato de radio o transistor para informar y animar el despertar de los trabajadores. Sólo se oye el ruido de los chocallos, el canto del gallo, el gruñir de un cerdo, el zureo de las palomas… Según el carácter del paisano o las fechas del calendario (si hay alguna fiesta cercana) puede que alguien tararee o silbe una tonada. La esclava vida del campo no favorece  la espontaneidad a estas horas tempranas del día. Desayunan. Algún comentario sobre lo que se hará hoy, lo que no se debe olvidar, cortar esa leña, avisar a Fulano sobre ese animal… Tomadas las sopas, cada uno a lo suyo. La mujer o el pigorro a por agua para las tareas de la casa. Si tiene hijos, a levantarlos, vestirlos, lavarlos, y que vayan a la escuela. Luego ella seguirá lavando, haciendo la comida, tal vez le toque masar para hacer pan… Pero, sobre todo, al principio del día, atender a los animales del corral: cerdos, conejos, gallinas, palomas… Irá después al huerto a cavar o sembrar cualquier legumbre u hortaliza, todo depende de la época del año y del tiempo atmosférico.

El hombre o el mozo, el gañán, meten en una alforja la cazuela con la tortilla, o unas patatas “aconejadas” (guisadas con un poco de vinagre y pimentón), o un trozo de pan y tocino, tal vez una cebolla… cualquier cosa para matar el hambre en medio del trabajo de arar. Tomará también un saquito de grano y paja para las mulas. Saldrá con la pareja que ha enyugado en la cuadra. Hará el camino con la reja del arado colgada del yugo y arrastrando el timón en el suelo. La vara en la mano, animando a las mulas en su andar, y gesticulando o murmurando “arres”, con un ritual aprendido de sus antepasados.

Salíamos a arar. Entonces te daban… pues te hacían una tortilla con manteca, que había que cavarla de lo dura que se ponía, porque tú fíjate, en el mes de enero y en el medio de las tierras. O patatas fritas con manteca…”

 “ Aquí al labrador no le llevaban la comida al campo, se la echaban en donde fuera (en una alforja) y se la llevaba él. Unas patatas aconejadas que llamaban, patatas cocidas con una gota de vinagre y pimiento (pimentón)… aconejadas, pero de conejo nada.”

 “ Íbamos al campo y llevábamos el almuerzo, que se lleva una tortilla, un cacho tocino frito, o lo que fuera. Lo que más, tocino.”

 Un criado joven, un hijo, o el pigorro, que no salen todavía a arar, sacan a la vaca o a la yegua. Si el “prao” está acotado, busca un pacedero en una cuneta del camino y la deja presa para que no vaya lejos. Después continuará la tarea que le ha encomendado el padre o el amo: limpiar la cuadra, llevar grano al molino, moler el “cebo” para la vaca…

“ Donde yo he estao había siempre una yegua y dos o tres muletos… y una o dos vacas para llevar al prao del común. El pro del común estaba casi todo el año. Sólo estaba dos o tres semanas que no iban. Pues entonces, venías corriendo de la escuela y comías con la criada. Lo que era de las doce que salías de la escuela hasta las dos que volvías a entrar, tenías que ir a buscar con una burra agua al caño, porque con la del pozo no se cocinaba, tenías que traer dos o tres cargas de agua y echarlas en una tenaja y quedar otros cuatro cántaros llenos… con una burra, que yo me veía negro, subido en un pilón alto, echaba los cántaros, que yo no sé cómo no se me caían. En la sementera, todas las mañanas, todas, tenías que ir con una burra y con un costal de trigo en ella a la tierra. Iban las mulas detrás y yo con la burra montao, con unas heladas… con una escarcha, con un frío… Con las mulas sabía onde tenía que ir por los mozos. Llegaba, vaciaba el costal allí, y vuelta a casa, y a todo correr con la burra, a sacar la yegua y las vacas… Todo eso antes de ir a la escuela. Yo el trabajo no lo llevaba tan mal, porque yo era ligero. Llevabas peor la esclavitud, que tú vieras a todos los chicos jugando. Pero yo me llevaba a todos los chicos de la escuela que me ayudaran a limpiar las cuadras. Hacía cebo también para las vacas con una máquina de estas de mano. Pues los metía a los amigos en la panera. Ellos a jugar por toda la panera y yo dándole a la máquina del cebo…”

A medio día cogerá otra mula y se irá a revezar donde el gañán está arando: cambiará la mula que esté más cansada por la de refresco que trae el mozo. Le encontrará comiendo su destemplado yantar en el hato.

El gañan vuelve a la tarde, a la caída del sol, cuando las mulas ya no aran más. Los niños, después de la escuela, están correteando por la calle.

“ Estabas todo el día arando. Venías, llegabas a casa, arreglabas todo el ganao. Cuando salías de la tierra, puesto el sol, llegabas con las luces bien encendidas a casa… echabas el ganao, y cuando ibas a salir por la calle, que te reunías con los amigos, que dabas unas vueltas cantando… No, esta noche no salgas, te decían, que va a venir la comarcal y hay que entregar el trigo mañana. Entonces te tenían midiendo tres carros de trigo.”

 La mujer, por otra parte, terminada la comida del medio día, se va a la solana a coser con las vecinas, y de paso enterarse de lo último que se comenta… y añadir algún dato más a esa historia. Los animales vuelven a la cuadra, donde están las pesebreras preparadas con paja y grano. Si el paisano no tiene mucho más trabajo, porque todavía es casi invierno, se irá al mentirote con otros vecinos. Normalmente tiene vino en la bodega, y al final de la tarde irá a llenar la calabaza en el cubeto del año. A la tierra se llevó “agua cuba” (agua con sabor a vino), porque el vino solo no favorece la eficacia en el trabajo de arar. Este momento de la tarde probablemente no se lo perderá el hijo pequeño, que acompañará a su padre arrastrando un palo por el camino a la bodega, o “tirando cantos” a un descampado.

En el corral todavía hay trabajo: recoger a las gallinas, dar de comer a los cerdos, a los conejos… La tarde ha caído y todos se van reuniendo en la cocina. Antes, la moza, o uno de los hijos salen a por agua a la fuente.

“ … hasta llegar la hora de cenar… que mi tía ponía la cena en la mesa, que serían unos céntimos de arroz con las colas del pescao, o una sopa de ajo con una sardina de escabeche, con un trozo de pan masao de quince días…”

 Cenan más animadamente que en ninguna otra comida del día. Hay media sardina para cada uno. “Hoy me toca la parte de la cola”, dice rápidamente el crío pequeño. O tal vez unas judías, o parte del cocido del medio día…  Porque a medio día siempre hay cocido de garbanzos con algo de cerdo de la matanza de hace unos meses (tocino, chorizo, huesos…).

“  Lo que más te alimentaba era el cocido, y ese era diario. Que se echaba garbanzo, un cachito de carne de hueso… pero lo más abundante era el tocino, que daba mucha grasa y era el que alimentaba. Luego se echaba la sopa que era el caldo. Luego ya, después del verano, que se habían caído las estacas, decían, que ya no había tocino… pues garbanzos compuestos… con las patatas, con aceite…”

“Por la cena lentejas, alubias, pineles, la mayoría legumbres. En la familia éramos cuatro y gastábamos cincuenta y tantos kilos de garbanzos, quince o veinte de lentejas, y otros tantos de judías… y patatas… de ciento veinte para arriba. No pasábamos hambre… hambre, hambre no… pero era una vida muy mísera la que hemos pasao…”

 Después de cenar, si el tiempo es bueno, siempre habrá que hacer en casa: arreglar algún apero para el día siguiente, hacer una cuña para el arado, mirar una pesebrera que se mueve, etc.  Al final, ya de noche, la mayoría de los miembros de la familia están sentados en el escaño, en una silla o en un tajo, mirando al débil fuego alimentado con paja trillada y un escaso manojo de majuelo.

“Recuerdo al abuelo, después de terminar la cena. Allí, junto al fuego, se consumían los leños y se hacía la hora de dar el último pienso a la mula. Con el estómago repleto y la cabeza con un poco de vino tinto de su propia cosecha, contaba muchas historias, muchas reales, que él había vivido.”[1]

 La madre le dice al niño que deje quietas las tenazas o el fuelle, y no alborote las cenizas. Si el padre, el abuelo, la abuela o la tía cuentan algo, la noche en la cocina se alarga más. El criado o el mozo que duerme allí se arrellana en el escaño y hace intención de dormir. Todos se van a sus camas.

 “ En la casa se terminaban los trabajos domésticos… mi tía leía libros que nos entretenían. Ella no compraba libros. Como era muy simpática, tenía muy buenas relaciones con la gente pudiente y allí llevaba el libro o el poema. Al terminar la velada, cogía el candil, lo encendía sobre otro que quedaba en la cocina para que se alumbrara el abuelo. Con el candil en la mano, y estirando la otra sobre la rodilla, con el cuerpo encorvado marchaba a la cama, y apagado el candil nos contaba las oraciones que yo escuchaba hasta quedar dormido.”

 Todavía a media noche tendrá que levantarse el mozo y atender a las mulas en la cuadra junto a la cocina.

“ Una de las cosas del pigorro era cuidar las mulas por la noche, porque los mozos ya en esa época no dormían en las cuadras, en los años cuarenta o así. Yo echaba el pienso a las diez de la noche o así… En Olmo, Castrillo, donde el mozo hacía eso (dormir los mozos en las cuadras), es que estaban más atrasados… pero aquí ya no se quedaban a dormir los mozos en las cuadras. Me quedaba sentao hasta las diez de la noche leyendo libros con una luz más mala que el demonio…”

 En la casa hay silencio. Sólo se oye el pequeño estallido de una broza en el “hogal” casi apagado… tal vez el respingo de una mula. Hasta el día siguiente…

 

 


[1] Luis Torrecilla recuerda uno de esos romances populares relatados en familia:

                     Romance local

                      El 25 de julio

                      a las tres de la mañana

                      sacaron al boticario

                      con Ramona de la cama.

                      En el pueblo, Cañizal,

                      señores, lo que ha pasado.

                      Tres mil reales a don Quico

                      y su mujer pal boticario

                      El Rojo le dice a Quico

                      Vamos a andar con cuidado,

                      la tu mujer, no la mía

                      nos la van a estar pegando.

                      Francisco marchó a casa,

                      ha observado en la ventana,

                      lo primero que observó,

                      que había dos en la cama.

                      Levántate ya Ramona,

                      enciéndeme una cerilla,

                      lo primero que vio

                      fueron unas zapatillas.

                      Entonces le dice Quico,

                      de quién son las alpargatas,

                      y Ramona le contesta,

                      son de las hijas del ama.

                      Entonces la dice Quico,

                      de quién es este chaleco,

                      Y Ramona le contesta,

                      del hijo del señor Lorenzo.

                      Este estaba debajo de la cama.

                      Ramona le agarró a Quico,

                      el boticario escapó.

                      Por meter miedo a Francisco (Quico)

                      (el boticario) un tiro al aire tiró.

                      Cuando llega a la botica

                      a su regente llamó.

                      Cómo viene usted desnudo

                      y también viene descalzo.

                      Es que me ha pillado Quico,

                      hemos estado luchando.

                      Les llaman al consistorio

                      por ver si los avenían

                      Entonces la pide Quico (a Ramona)

                      lo que la dio pa las vistas,

                      lo que le dió pa las vistas

                      también pa la sillería,

                      que lo pagó el boticario

                      por meterla la …….

 

 

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