Posteado por: lenguajesculturales | noviembre 14, 2010

Descripción de la casa tradicional de La Guareña zamorana. Morfología de la casa tradicional. La Guareña zamorana. Guía cultural.


Descripción de la casa tradicional de La Guareña zamorana. Morfología de la casa tradicional. La Guareña zamorana. Guía cultural.    

Los elementos que configuran la casa de los pueblos del sur y este zamorano son los siguientes: 1. el portal, 2. la cocina, 3. la sala y las alcobas, 4. el sobrado, 6. la cuadra, 7. el corral (con pocilgas, colgadizos, panera, pajar, etc.) (2)

El pajar, la panera, y también la bodega, podían ser locales aparte. La bodega (cueva profunda) estaba situada en un lugar del pueblo apropiado para ello (“Los Cotonales” en Cañizal) donde había otras muchas; o podía estar debajo de la misma casa. Todo dependía de la configuración del terreno, necesariamente duro, compacto y en relieve (3).

Benito Montero, vecino de La Bóveda, nos ayudar  a iniciar la descripción detallada de una casa tradicional.

“Descripción de las casas de los agricultores en el medio rural. Las casas donde se ubicaban las explotaciones dedicadas a la agricultura, en los tiempos de la tracción animal o de sangre, de tipo medio, era amplia en su conjunto y generalmente estaba constituida así: “La fachada principal”, con acceso a calle o plaza, estaba construida con sólidos materiales de labrada piedra arenisca de sillería, esculpida en bloques de formas regulares con adornos en los arcos o dinteles que enmarcaban puertas y ventanas. En otras estas bien trabajadas piedras resaltaban en un conjunto totalmente revestido de ladrillo… En otras era total su cobertura con ladrillo en distintas posiciones construyendo  figuras de adorno. En otras era revestida de estos materiales la mitad baja del edificio, y la mitad alta con adobe y tapial, ambas cosas, tierra ahormada la   primera y maceada la segunda. Las ventanas estaban protegidas con rejas de laboriosa construcción artesanal. En las que tenían dos pisos con balcones…

“Los cimientos”, profundos y anchos, se rellenaban con piedras de sílice rocosa, sólida y resistente a la humedad y cambios atmosféricos. Tanto las piedras como los ladrillos o adobes eran unidos entre sí por masa de barro consistente de tierra, con componente arcilloso, mezclándole paja trillada cuando era muy fuerte, en especial en los adobes y en los planos con que se revestían las paredes de materiales terrosos, para protegerlas de la erosión del agua. El resto de las paredes que cercaban la casa eran generalmente de materiales menos consistentes de componentes terrosos en adobe o tapial…

“La puerta principal” se cerraba con puertas de madera de dos hojas casi iguales de tamaño, superpuestas verticalmente que giraban sobre robustos pernios de hierro trabajados artesanalmente por diestros profesionales que hacían gala de su arte adornándolos con diversas formas. La puerta superior estaba casi permanentemente abierta; en ella estaba la cerradura y el picaporte o aldaba de la misma construcción artesanal, así como la llave con m s esmerada elaboración. La hoja de abajo, casi siempre cerrada, sujeta con un tranco a una altura de fácil acceso para su apertura desde el exterior. Las casas principales cerraban el hueco (de la puerta principal) con tres hojas, dos como las anteriores, que cerraban contra la tercera (más estrecha y vertical, de arriba abajo)… girando al lado contrario de las otras dos. En este portón se adosaba el picaporte o aldaba, exquisitamente ornamentado, y sólo se abría en contadas ocasiones que fuese necesario… Por la puerta, entrando a un amplio “portal” cuadrado o rectangular, se hallaban en sus paredes laterales anchas puertas de dos hojas verticales por donde se entraba a las espaciosas “salas”, con ventanales a la calle, y enfrente “una alcoba”, con puertas cristaleras y dos camas separadas por pasillo o tabique… En los laterales del portal… había asientos en forma de bancos o sillas en la pared. Frente a la puerta principal estaba la entrada a “la cocina”. Este local era el centro de la vida hogareña.” (Benito Montero, Bóveda de Toro)

El último párrafo de este interesante testimonio nos introduce en los tres espacios dedicados a la vida familiar en la casa tradicional  : el portal, la sala y las alcobas, y la cocina. Entremos en ellos con más detalle.

El portal es un lugar importante de la casa desde el punto de vista práctico y social. Es el espacio intermedio entre la calle (ámbito público) y la cocina (ámbito privado exclusivo de la familia). En el portal se hacen tareas domésticas como hilar, coser, limpiar legumbres, dar de comer a pequeños animales(conejos, gallinas, cabras…) (4).

“En el portal, cuando veníamos de buscar a la cabra, la dábamos de comer en el portal con una latita, y luego ordeñaba a la cabra, y eso que mi padre tenía (puerta) trasera y todo, pero era la costumbre. La cabra siempre se consideró como familia… te daba leche, te criaba a los niños. Le sacabas una lata de algarrobas y la cabra se la comía en el portal…” (5)

“En las casas pobres no tenían na más que el portalón, que era donde comían los conejos…”

El portal era el lugar de encuentro para relaciones económicas (comprar o vender productos de cosecha) familiares (donde el novio debe cortejar a la novia hasta que le den entrada en casa) y vitales (del portal parten los cortejos de bautizo, boda y entierro, en él se sitúan los vecinos para velar a un difunto de la casa…)

“No hace tantos años, cuando se murió el señor Fulano y estábamos allí acompañándoles (en el portal), y nos dijeron… Saliros un momento que no ha bebido el burro. Y los que estábamos en el portal nos salimos… porque a ver cómo pasaba el burro…”

El portal era la transición entre la calle y la casa, normalmente con la hoja superior de la puerta siempre abierta. La casa tradicional no presentaba la brusquedad en el tránsito de lo público a lo privado. Algo de cada  ámbito estaba metido en el otro. Esa era la función del portal: permeabilizar la relación entre la calle y la casa.

Desde este lugar se abría el acceso a varias dependencias de la casa: una puerta a la cocina, otra a la sala, una escalera al sobrado, una puerta trampa en el suelo que bajaba a la bodega…

En las casas de la zona norte peninsular, sobre todo en aquellas adaptadas a una climatología donde el frío y la humedad eran m s frecuentes, la cocina se convertía en el lugar central de la casa, la estancia m s importante para la vida diaria de la familia. En ella se comía, se descansaba, se pasaban las jornadas inactivas de los días de invierno, se reunía la familia, se transmitían tradiciones familiares, leyendas, cuentos, historias del lugar, se aprendía a coser, a tejer, a leer, a escribir, etc. y se dormía en los escaños si era preciso.

En la cocina destacaba el lugar bajo del fuego

“El hogar era bajo y encima del hogar, en la lumbre, estaba el pote con agua, la olla o los pucheros… Al lado las tenazas, el fuelle y el badil para recoger la lumbre y echar las cenizas. Por cima de la lumbre la cornisa. El fuego estaba casi en el mismo suelo, por eso saltaban las morceñas, que era lo que saltaba de  la lumbre y había que barrerlo otra vez para dentro.”

“En la cocina estaba el “hogal” donde se ponía la lumbre para cocinar y calentar la casa. Tenía una chimenea acampanada, por donde salía el humo de la combustión de maderas y paja, así como gases y olores. La chimenea se iniciaba sobre una cornisa a una prudente altura y estaba apoyada en unos muros salientes de la pared… estaban unidos por una cornisa de la que ascendía un tabique hasta el techo… En la parte baja los muros salían unos murillos de unos centímetros de          longitud… su objeto era contener la dispersión de los materiales combustibles… Entre un murillo y otro se ponía un hierro arqueado cortado de la llanta o aro de la rueda de un carro (para contener las cenizas y para apoyar los pies)…” (Benito Montero. Bóveda de Toro)

El fuego era alimentado con materiales muy diversos, desde madera hasta excrementos secos de los animales.

“La leña se sacaba de las vides de los majuelos. Teníamos tierras que tenían almendros, los podaba mi padre, pero los majuelos era lo que m s cogíamos. Teníamos en el corral una manojera. Luego se traía del Monte La Torre: vendían una encina, mi padre la pagaba, iba con el carro y la traía. Había una encina seca, y se echaba un pregón… que se da corte en el monte… Pero tenías que pagar la leña y traerla en carros… También se trillaba la algarroba, y la paja la algarroba, ponías un manojo en la lumbre y tenías una lumbre como de leños…”

“Entonces para la lumbre se llevaba lo de los majuelos y un saco de paja. También nos calentábamos con agamarzas… Y el que no, con palos, con ramas de las cuatro alamedas que había por ah¡, y las escobas y agamarzas y un saco de paja encima y ya pa tol día… Aquí (en esta casa) se quemaban siete u ocho carros de paja al año. Y luego el año que había mala cosecha, que escaseaba la paja, pues andar a las cagadas de las mulas del prao. Cuando se secaba el cagajón de la mula, pues valía pa quemar… no había otra cosa.”

“El estiércol de vaca seco también valía pa quemar en las cocinas.”

El lugar del fuego determinaba el espacio de la cocina y la distribución de los elementos que la llenaban: escaños, alacena, vasares, mesa y sillas. El mobiliario de la cocina era sencillo, suficiente para sus necesidades (6).

“En las paredes (de la cocina) sillas y mesas, y a los lados, junto al “hogal”, perpendicularmente a él, escaños o bancos de gran anchura y robustez, que al tiempo que proporcionaban asiento al pie de la lumbre y soporte de diversos objetos, por la noche hacían de cama o camastro donde reposaban sus cansados cuerpos los jóvenes mozos, hijos o asalariados que trabajaban en la casa.” (Benito Montero. Bóveda de Toro)

“En la cocina había un banco y una mesa con un cajón que tenía dentro el pan y las cucharas, los tenedores y los cuchillos y una jarra encima. Luego unas alacenas a un lado de la lumbre y vasares detrás de la puerta con cazuelas y platos… En el invierno se colgaban al principio los chorizos y los jamones, se curaban a la lumbre…”

La luz eléctrica comenzó a utilizarse a partir de los años treinta, gracias a la escasa potencia de algunos molinos adaptados para producir energía eléctrica. Cuando no existía este sistema artificial de alumbrado se usaba el aceite, la cera o el petróleo (7).

“Se usaban faroles para ir al campo, que eran cerraos con cristales por dentro. A la cuadra y al pajar se llevaba un candil, y mejor con farol. Podía ser de           aceite el candil, con una candileja, una mecha, que se iba sacando. También había candiles de petróleo, y de carburo, que lo comprabas en el comercio, lo machacabas y le echabas agua. Las velas para ir a la bodega.”

La cocina daba paso a la cuadra y, a veces, a otras dependencias como la despensa o la sala. Era muy importante que la cocina se situara junto a la cuadra. El paisano tenía a mano a sus animales de labor, ya fuera por una puerta para pasar directamente, o por un “ventanuco” para vigilarlos. El hijo o el criado que hacía de mozo de mulas dormía en la cocina (8).

“La cocina casi siempre se preparaba pegando a las mulas, a la cuadra, por si sentías un ruido extraño. Era donde tenías el mejor ganao y donde tú estabas. Siempre la cuadra pegandito a la cocina.”

La sala era una habitación de uso restringido: de noche se dormía en las alcobas adosadas, y la propia sala se utilizaba solamente en fechas señaladas (comidas en días de fiesta local y familiar).

“Eran todas las casas igual. Entrabas, el portalito, una habitación pa un lao, la grande, y otra pal otro, la pequeña. De frente el sobrao, pa que fuera cómodo subir los costales, que era el granero. Había una habitación grande en todas las casas buenas. La habitación grande era la sala con las alcobas. La alcoba era     como la caja de los muertos, te cabía la cama y el cuerpo.”

El mobiliario de la sala era m s elegante que el de la cocina (9).

“Había un baúl, una mesa grande alargada, o una mesa camilla, una cómoda y un espejo, una percha en la pared, por ejemplo, también una virgen o un crucifijo,

y un retrato del abuelo…”

“En la sala había media docena de sillas y una mesa, había una rinconera con algún adorno, un palanganero, la cómoda con cajones y el baúl, que estaba detrás de la puerta o en una alcoba.”

 

Las alcobas eran apartados pequeños de la sala donde estaban las camas. Una cortina bastaba para separar la sala de las alcobas.

“En la alcoba estaba la cama, el orinal y el despertador. La cama era de somier de chapas largas y los cabeceros de hierro con pomos dorados. El colchón era de lana, pero debajo metían un colchón… un jergón de espadañas o de juncias. A los pies de la cama colgaban perchas…”

Antiguamente, la casa tradicional no solía tener baldosas en el suelo. El barro aplastado y enlucido con paja menuda era el mejor piso. No cabe duda que las casas económicamente pudientes tendrían empedrado el portón con chinarro y pondrían baldosa en el resto del piso.

“A los pisos de barro se les echaba basura (estiércol) disuelto en agua, de las vacas, pa darle un poquito de brillo, porque es que no teníamos piso. Se le echaba el tamo, que sale de la paja, muy menudito, casi polvillo. Eso se envolvía con barro y se le daba a los pisos, y quedaba como un plano en el suelo, y para que eso no se levantara, pues se le daba basura de vaca reciente y un poco de barro, y lo metías en un saco de esparto y lo frotabas bien (contra el suelo para darle brillo). Abrías las puertas para que se secara. Se envolvía en agua como si fueras a fregar. En Mayo era la fiesta grande aquí, como venían del prao las vacas pues estaban las calles que daba gusto verlas de sucias (por las buestas de la vacas), cogías de aquello… y qué gusto daba ver los pisos relucientes…”

“Yo vivía en una habitación que los pisos eran de barro, y tenían la manía de estar lavando siempre el piso de barro, pero con las boñigas de las vacas y con el légamo del río. El piso era de tierra, de barro, y estaba ya consolidado, y para que la tierra tuviera un poco de brillo, echaban en agua las boñigas de las           vacas y quedaba como chocolate. Lo iban dando con un paño o con una ecobilla…”

Ya apuntamos que la cuadra estaba situada junto a la cocina, por razón de seguridad y atención preferente hacia los animales de labor.

“La cuadra o establo, ocupada por el ganado de labor o de huelga (holgón), tenía generalmente una alargada pesebrera con asiento de chapa picada para que cayese el tamillo y la tierra, si en ella comían no rumiantes(mulas), y de tabla, o con oquedades hechas en gruesos troncos de vigas que servían de pesebrera a los rumiantes (vacas y bueyes) que se alimentaban con granos triturados previamente (el pienso, el cebo). Si la cuadra era amplia de anchura para permitir la colocación de dos hileras de animales, se ponían dos pesebreras paralelas en el centro separadas por un pasillo central que permitía el aporte de los alimentos necesarios. Si no tenía tanta anchura se ponía una sola alineada a la pared más débil de las habitaciones de la casa, a la vez que el golpeo de sus extremidades estuviese alejado de las paredes internas más débiles y sensibles a los ruidos, golpes, y humedades de los excrementos, y cercanos a la pared exterior, que generalmente era del corral, con ventanas que daban entrada al aire y a la luz y por las que podía arrojarse al exterior el estiércol con m s comodidad. Al lado opuesto a las pesebreras estaba el cajón del pienso, los parejos del ganado, la pajera, que estaba bajo la escalera de subida al sobrao, aprovechando su  ángulo hueco…” (Benito Montero . Bóveda de Toro)

Si la cocina era el centro de la casa para las personas, la cuadra era el lugar de mayor atención para los animales.

“Antes, cuando hacías una casa, lo primero que preparabas eran las cuadras, el ganao, y pa tí lo que quedaba, si tenías poco sitio, pues… decían los viejos          que casa donde cogieres y tierras las que pudieres.”

El corral solía ser el lugar más amplio, a cielo abierto, con algunos locales cerrados para panera o pajar, o simplemente cubiertos, como los colgadizos. Debajo de éstos estaban las ovejas y las cabras. En otro apartado las pocilgas de los cerdos, y sobre ellas el gallinero. También podía haber un lugar para los conejos, o para las palomas (conejeras y palomar).

La basura se sacaba desde la cuadra al corral, y permanecía allí hasta que en un día de lluvia o de poco trabajo se podía llevar al “mudadal” fuera del pueblo.

Si era posible, también había un pozo para el servicio de la casa.

Algunos aperos de labranza de gran tamaño se guardaban en el colgadizo, junto a las traseras, puertas grandes que daban a la calle. Los aperos de los animales de labor se colgaban en la cuadra (10).

“El corral era amplio, teniendo en sus laterales cuadras para el ganado de huelga, pocilgas, cochiqueras o ceboneras para alojar a los cerdos, gallinero,  cocheras o cobertizos para ovejas, y aperos de labranza como arados, carro y demás accesorios múltiples. Tenada o manojera donde se colocaba la leña para la  lumbre. Pajar y panera para el grano m s pesado, pues el de consumo animal, menos denso, y el de más delicada conservación se subía al sobrado. En un lateral de acceso a la calle estaban las puertas traseras o carreteras, amplias para permitir salir y entrar los carros de dos hojas. En una de ellas había otra puerta de tamaño menor para salida de personas o animales sueltos. A veces también había accesos al pajar desde la calle. En el centro del corral estaba el estercolero o muladar que se desocupaba con frecuencia.” (Benito Montero. Bóveda de Toro)

Por último, ascendiendo en la edificación, el “sobrao” era el espacio que quedaba entre el techado de teja sobre carrizo, hoja seca de lamo o tabla, y el “cielo” de listones de madera de la cocina y el resto de habitaciones. Se accedía a él por una escalera que subía desde el portal o desde la cuadra. Allí se almacenaba el grano de poca cantidad, las legumbres, uvas pasas, harina, piensos y cebos para los animales, los aperos pequeños del trabajo en verano (hoces, cribos, rastrillos), baúles y otros objetos de uso poco habitual.

“El sobrao era pa trastes viejos. No era todo pal grano. Es que no se le obligaba (no se le ponía demasiado peso) porque se podía caer. había trastes, botas, pucheros, utensilios en general. Se metían los garbanzos, las lentejas y algo de grano pa pillarte cerca. Había siempre muchos tramanchos ya inservibles. Es que el grano, los costales… costaba mucho subirlos al sobrao, por eso se echaban en la panera. Las cantidades pequeñas de cereal al sobrao, y lo grande, mucho grano, a la panera. En el sobrao había horcas de hierro de madera, hoces, briendos, azadas, azuelas de escarde, herramientas pequeñas… etc.”

 

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NOTAS.

(2) En el Inventario de bienes del matrimonio José Díez y Garía y María Hernández y Tejedor, 1868, San Miguel de la Ribera, pueblo limítrofe con la            zona objeto de nuestro estudio, se describen los siguientes apartados especificando el mobiliario de cada uno: Animales, la casa, el portal, la cocina, la sala, aperos de labranza, la bodega, tierras y bacillares. Refiriéndose a la casa: “6. Una casa en la calle del Príncipe que se compone de un cuerpo de casa, sala con dos alcobas, una dispensa, cocina, cuadra, pajar, corral y su pozo. Linda al frente con dicha calle del Príncipe, espalda con casa de Bernardo de S. Pablo, izquierda con casa y corral de José Galindo, tasada en tres mil doscientos reales…”

(3) En el inventario anterior se refiere a la bodega: “Una bodega al camino del convento, que linda al frente con dicho camino… Una cuva de adiez rebajada, con tres arcos de hierro y tres de madera… Un cuveto que hace treinta y dos cántaros con arcos de madera… Dos tinajas… Dos tinajones… Un cuveto de aseis…”

(4) Inventario de José Díez, mobiliario del portal: “Una vanca grande… un vanco…”, cuatro vasos “de amedio cuartillo”, seis platos, una fuente y dos tazas, una jarra de “media azumbre”.

(5) Memorias escritas de Luis Torrecilla, Cañizal: “Recuerdo que teníamos una cabra. La leche era para mi abuela, ella siempre nos daba algo de la que a ella la sobraba. Yo la llevaba todos los días a la era después de salir de la escuela en primavera, la llevaba a dar de comer a una finca muy cerca del pueblo y muy cerca de una casilla de peones camineros, que mi padre sembró de avezas, para que las comieran las mulas de verde.”

(6) Inventario de José Díez, mobiliario de la cocina: Una mesa grande con su cajón, dos bancas y un tajo, una mesa pequeña vieja, un badil y tenazas, dos sartenes, un baño de madera, dos candiles y un farol, nueve platos, siete cazuelas y siete pucheras.

(7) Memorias de Luis Torrecilla, Cañizal: “En casa de mi madre ya teníamos luz eléctrica. El abuelo no la tenía porque decía que era mucho gasto. Dos candiles de aceite colgaban del humero del hogar de la lumbre. Cuando el abuelo iba a echar de comer a la mula, encendía el que estaba vacante. En aquellas largas noches de invierno se juntaban los hermanos mientras se hacía la cena, y en reunión con el padre marchaban a la bodega, llevando un trozo de pan y un trozo de pescao salao, para beber un trago de vino de su propia cosecha. Siempre terminaban estas veladas en discusiones, ante el punto de ver las cosas siempre los hijos contra el padre, siempre dejando la discusión para el día siguiente en que volvían a juntarse para volver a beber y seguir discutiendo. Ellos, los hijos, veían las cosas de otra manera que el abuelo. Por ejemplo, le decían: Por qué no mete usted la luz eléctrica en casa. El abuelo se enfadaba y decía que era muy cara, que salía más barato el aceite… y ya estaba la discusión.”

(8) Memorias de Luis Torrecilla, Cañizal: “Para Francisco no fue mucho problema meter la mula en su cuadra; Francisco ya tenía casa con corral y cuadra y una trasera para que entrara y saliera su mula. No era así la casa del abuelo, que para que entrara la mula en un pequeño cuchitril tendría que pasar por la cocina, único cuarto de estar de la familia, que mide dos metros de anchura, y cuando pasa la mula se tiene que levantar toda la familia, arrimarse a la pared haciendo una reverencia mientras pasa la mula, y esperando y al mismo tiempo temiendo que le den a ésta ganas de cagar. De lo cual ya estaba al cuidado mi tía la coja, para barrer y recoger los cagajones, para, terminado esto, poder poner la mesa para sentarse a comer o cenar. Desde este día faltaría pan para la familia, pero no faltaría la cebada para las mulas…”

(9) Inventario de José Díez. Mobiliario de la sala y vestuario de mujer y hombre:

-Una mesa con su cajón, siete sillas, una tarima de la cama, cinco cuadros chicos y un espejo, un baúl viejo, seis platos finos y una botella.

-Ropa que hay en un baúl de la sala: Una mantilla sayaguesa, un manteo de indiana, un manteo de raso de lana, un manteo de vuelta pajizo, otro manteo encarnado, “Una varguiña nueva de cívica”, una mantilla redonda de rosel, una mantilla de paño, un jubón azul de merino, una mantilla vieja de la cabeza, un pañuelo encarnado de merino, un pañuelo encarnado y verde un crucero de Casimiro, otro blanco de estambre, un pañuelo francés encarnado, otro encarnado de la cabeza, tres mandiles, uno de seda negro, otro de raso de lana y otro de indiana, una cortina de indiana, dos cintas, una azul y otra encarnada, una camisa, tres pares de enaguas, dos paños de manos, una almohada blanca, cuatro camisas de hombre, un par de pantalones, un justillo y una chaqueta, una capa y una anguarina, un par de medias de mujer, dos pares de cortinas.

-Una docena de cucharas de hueso, seis tenedores de peltre

-Dos delanteras, una francesa y otra de indiana, cuatro s banas, dos almohadas de tela de colchón con su lana, un colchón con su lana, dos jergones

-Un manteo de vuelta pajizo

-Una almohada sin lana, una colcha negra, una colcha azul, una manta encarnada, una manta blanca, tres costales blancos, dos mantas de las mulas…

-Dos paños de mesa y una servilleta, una cinta azul de lentejuelas… un mandil encarnado, dos pañuelos blancos, uno con lentejuelas, otro de festón, unos pendientes y un lazo de plata.

(10) Inventario de José Díez. Aperos de labranza y otros elementos o productos de la casa:

Un par de coyundas, una maroma, un azadón angosto, una zuela de esyerbar, otra de martillo de la arada, dos cribos, una brienda, dos briendos y una tornadera, un trillo, dos yugos de la arada y uno de aricar, un arado enterigelado con sus bilortas y timón con su mancera, dos collares usados con sus mantillas, tres arrejas, una vigueta y dos cuartones, que sostienen los manojos del cabañal, una pila de beber el ganao, catorce carros de estiércol, un par de escaleras, una arroba de tocino, una olla de matanza, una criba. Un carro de mulas con su yugo de mulas y sobeo.

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