Posteado por: lenguajesculturales | octubre 26, 2010

La paja en la cultura tradicional sanabresa. Sanabria. Guía cultural.


La paja en la cultura tradicional sanabresa.


Durante los años que he dedicado a investigar la cultura sanabresa me ha sorprendido la reiterada presencia de un elemento que connota algo desechable en nuestra moderna  sociedad urbana. Me estoy refiriendo a la paja. Supongo también que al visitante de estas tierras le podrá sorprender que este elemento, sinónimo de lo desechable, pueda ser unos de los signos que definían la cultura de esta zona. Eso pretendemos demostrar. Entre los labradores la paja de centeno era un signo cultural básico de su vida en los ámbitos ecológico, social y tradicional. Hoy, en la sociedad moderna, la paja no sirve para nada  frente a los excedentes de papel, plástico y otros protectores y aislantes. Pero nuestros  inmediatos predecesores la utilizaron como alimento para los animales, protección de sus casas, personas, plantas y frutos, como aislante de la humedad o del calor, cama para personas y animales, abono para enriquecer sus tierras, medio para alumbrarse por la noche, etc. e, incluso, formaba parte de situaciones divertidas como los espantapájaros, o los mayos y las mayas del mes primaveral.

La paja era uno de los dos productos fundamentales que, junto con el grano, se obtenían en la maja del centeno en tierras sanabresas. Después de majar (golpear el cereal), la paja salía entera y larga. Su importancia ya se podía adivinar cuando los labradores no sólo medían el producto de sus tierras por las heminas de grano que obtenían, sino también por los carros de paja que sacaban. En algunas ocasiones decían con orgullo: “Esta tierra, aunque tiene mucha piedra, da mucha paja”. Después de segar, acarrear, medar y majar el pan, se obtenía un muelo de grano, unas cuantas cuañeras, y un gran medero de paja, el palleiro. El grano se almacenaba en paneras, tuñas o arcas. El cuaño, la espiga desgranada, se recogía formando bolas atadas con velortos, tiras largas de paja mojada. Y la paja era sacada de la era por una polea, fila de hombres y mujeres con espalladeiras, para formar el medero o palleiro: modo que tienen los sanabreses de almacenar la paja alrededor de un palo en la era, formando una figura cónica característica. Hay que advertir que la hierba seca recogida en los praos se guardaba en los pajares, y la paja se almacenaba al aire libre en las eras. El medero se aprovechaba a lo largo del año, y su aspecto externo así lo demostraba al menguar poco a poco los costados del cono característico inicial quedando como una manzana mordida por los laterales.

Describamos ahora los usos concretos de este material.

Cada noche, antes de acostarse, el paisano iba a su medero a preparar un feje de paja. Volvía a casa y acomodaba a hacienda  (sus animales, vacas sobre todo) esparciendo la paja en la cuadra. Si uno no era del lugar, podría asustarse al ver aparecer en la penumbra un labrador, llevando eses feje de paja a sus espaldas desde el medero a la cuadra, por la calle oscura, acompasado por el sonido de sus cholos de suela de madera golpeando las losas de la calle, y por el chisporroteante batir de la paja seca. En esta última cena el paisano preparaba la cama y daba una sobrecena a sus animales. La paja se extendía junto a éstos, que, si estaban hartos, se recostaban sobre ella, y si no, todavía mascullaban un poco de paja antes de pasar la noche. A lo largo de muchos días, esa paja, junto con los orines y las buestas, formaba el estrume, el abono con el que enriquecían las tierras de centeno. Otro de los usos más frecuentes de la paja era hacer velortos, tiras de paja para atar cualquier cosa: fejes de paja, fejes de leña, fejes de escoba (retamas) para hacer barredeiros, fejes de monte bajo (faleitos, carqueixas, carpazos, urces… ), fejes de hierba seca… Todo se ataba con velortos: las estacas de una cancilla de entrada a un huerto, los palos que servían de guía para enderezar un árbol joven… Con paja se hacían fachones, manojos de paja compactos y alargados que servían de antorchas para alumbrase de noche por los caminos del municipio. También llamaban fachones a la tiras de paja que se ataban en la rama baja de un castañeiro para advertir que nadie cogiera el fruto caído en el suelo, o para impedir el paso a una finca recién sembrada.

La paja servía de aislante y protector. En la casa protegía las pocas manzanas camuesas o la cosecha de patatas. Y si querían conservar más tiempo las castañas, las enterraban protegidas con paja en un huerto cercano, para desenterrarlas meses más tarde y consumirlas. Y cuando cocían lino en las grandes calderas de cobre, las madejas de lino no tocaban el fondo de la caldera, porque se ponía paja para protegerlas. La paja servía de cama a las personas, ya fuese acomodándola en las antiguas tarimas, recuadros de madera en una esquina del piso alto de la casa, o para llenar jergones y ponerlos sobre las camas. En verano, el jergón de paja era más fresco que el colchón de lana. Y no puede faltar lo que hace más de medio siglo era característico en las casas sanabresas: la techumbre de paja, el colmao, el cuelmo. Los fejes de paja atados con largos velortos, mejor dicho, cosidos con una gran aguja de madera con velortos que hacían de hilo de coser. Se sobreponían a los cantiagos y protegían la típica casa sanabresa, que en invierno, decían, conservaba mejor el calor, y en verano,  era más fresaca que la casa con techumbre de losas de pizarra.

La paja era signo de lenguaje ecológico porque alimentaba animales, protegía, acomodaba, alumbraba, enriquecía las tierras… Era signo de lenguaje social porque advertía y cuidaba el bien de un propietario particular. Y formaba parte de signos de lenguaje tradicional cuando se utilizaba para hacer el muñeco que en las bodas metían en la cama del padrino para que creyera que era la novia (¿un resto de la costumbre ancestral del “derecho de pernada”? derecho del señor de la villa a acostarse con la novia recién casada).

La paja, ¿podría considerarse un elemento despreciable en la cultura de estos labradores?

Y si el lector de estas líneas tiene oportunidad, los vecinos que todavía recuerdan la forma de vida tradicional sanabresa seguramente le contarán más usos de este polivalente material.

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