Posteado por: lenguajesculturales | septiembre 11, 2010

San Atilano en Zamora


San Atilano en Zamora.

Juan Manuel Rodríguez Iglesias.

1. Tarazona.

Atilano era originario de Tarazona, ciudad de la actual provincia de Zaragoza. Cuando nace, allá por el año 850, la ciudad está bajo el dominio musulmán, por lo que Atilano es un cristiano en tierra dominada por invasores, es un mozárabe. Desde el siglo VI era fortaleza importante visigoda, con mando militar y sede episcopal. En el año 714 había sido ocupada por los árabes, sólo tres años después de su entrada en la península ibérica. En el año 878 Tarazona sufre un fuerte descenso demográfico porque bastantes compatriotas mozárabes o ya se habían marchado o habían sido trasladados a Tudela (veremos más adelante que por ese año Atilano tiene 28 años y está con san Froilán fundando el monasterio de Tábara). Eran tiempos de inestabilidad política y de difícil equilibrio social en una ciudad, como tantas de la península, donde las tres culturas del Libro Sagrado, judíos, musulmanes y cristianos debían convivir. Alfonso I, el Batallador, la volvió a conquistar para el reino cristiano en 1119.(Hacía ya un siglo que Atilano había muerto en Zamora.)

Por aquellos años la práctica cristiana se hacía según el rito visigodo, que, como ya hemos dicho, bajo los musulmanes se llamaba mozárabe. Supongo que ustedes recuerdan el padrenuestro que hasta no hace mucho hemos cantado en la misa… Padrenuestro, que estas en los cielos… es un pequeño resto que queda de aquella liturgia mozárabe que hoy sólo se practica en la catedral de Toledo y en contadas ocasiones. Hasta el siglo XI  no entraría la reforma gregoriana, que unificaría todas las manifestaciones religiosas cristianas de Europa, desde el canto hasta los sacramentos y se obligó a abandonar la liturgia mozárabe, cuando se proclama santo a Atilano, obispo de Zamora, y Tarazona vuelve a estar bajo el dominio de los reyes cristianos.

Los cristianos contemporáneos de Atilano, aquellos que querían mantener firme su fe, tuvieron muchas dificultades durante el emirato de Abderramán I, del 756 al 788. Éste les impuso fuertes tributos y todo tipo de vejaciones por ser cristianos. Y sobre todo de Abderramán II, del 822 al 852, que llegó a la destrucción de iglesias y a la persecución sangrienta. Todo esto motivó las iras de los mozárabes cristianos, algunos de los cuales fueron ejecutados por insultar públicamente a Mahoma. En aquellos tiempos, ¿tal vez como ahora?, algunos cristianos, tolerantes y condescendientes con los musulmanes invasores, como el obispo de Sevilla, no quisieron considerar mártires a los que eran ejecutados por insultar a Mahoma. Y otros, como san Eulogio, sí los consideraban. Hasta el mismo Abderramán II convocó un concilio en el 852, cuando Atilano tenía dos años y todavía vivía en Tarazona, en el que el obispo de Sevilla intentaba poner freno a tanto mártir voluntario.

Con el tiempo pasó el fervor martirial de aquellos cristianos sometidos, y se quedaron a convivir con los musulmanes o emigraron a tierras cristianas. Otros, como hizo Atilano, eligieron desde muy jóvenes la vida eremítica, un modo de vivir la fe cristiana con rigor, alternativa al martirio, que algunos ya lo consideraban mal visto.

2. Los Fayos.

Parece ser que a los quince años Atilano entró como monje en un eremitorio que seguía la regla de san Benito, santo fundador de los benedictinos, situado en el pueblo de los Fayos, cercano a la ciudad de Tarazona. El lugar es famoso por sus cuevas, una de las cuales fue ocupada por este grupo de monjes. Cerca de esta gruta había otra, la mítica cueva de Caco, el cual, según la leyenda era un gigante que robó el ganado al héroe y semidios Hércules. Antiguamente llamábamos cacos a los ladrones.

Es interesante pararse en el origen del movimiento eremita o anacoreta, en el que se integró desde muy joven Atilano. Hay que situarlo en Oriente Medio, en tierras de Egipto y Libia, cuando en el siglo IV eran cristianas. Una vez que el martirio ya no era el ideal del cristiano perfecto, como pasaba también en tiempos de Atilano, por haberse terminado las persecuciones sangrientas, la vida monacal se convirtió en el sustituto del martirio. Los monjes eran los herederos de los mártires, porque ellos representaban el ideal de imitación de Cristo. Si antes era el mártir quien más de cerca imitaba a Cristo, ahora era el eremita, el anacoreta, el que se consagraba a la ascesis, a la penitencia, quien mejor seguía las huellas del Maestro. Así surgieron santos como san Antonio, el patrono de los animales, tan querido en tierras zamoranas, san Pacomio, san Basilio, etc. y lugares como Capadocia o Tebaida se hicieron famosos por el número de eremitas que acogían. En occidente, el eremita más famoso fue san Benito, que fundó los ya mencionados benedictinos en el siglo VI, cuya regla se impuso en casi todos los monasterios, cenobios o eremitorios de la Europa cristiana. Dicen los estudios en la materia que este movimiento religioso dio buenos frutos a la cristiandad y buen ejemplo de ello fue Atilano: los monjes eremitas eran un modelo para los demás cristianos, muchos de ellos fueron los mejores obispos de su época, fundaron monasterios que extendieron la fe cristiana y mantuvieron viva la cultura clásica, poblaron y civilizaron amplias zonas inhóspitas y abandonadas de Europa o de la propia península ibérica. Numerosas ciudades y pueblos deben su origen a la fundación de uno de estos monasterios primitivos.

También hay que reseñar que había algunas manifestaciones poco edificantes en este movimiento, hombres y mujeres que aprovechaban la fama de los eremitas para vivir a costa de los demás: los giróvagos, falsos monjes que engañaban a las gentes con falsas reliquias de santos y apariencias de penitente, sacando dinero a los incautos como si fueran limosnas, ladrones, monjes magos, monjes espías para el bando cristiano o musulmán, el que mejor les pagara…

Otra aspecto confuso de la vida de estos anacoretas era la entrada de niños en los eremitorios, para vivir desde su infancia la vida monástica, los llamados oblatos, u ofrecidos… por sus familias, cobrando un salario del monasterio donde los metían, sin su consentimiento, naturalmente. Suponemos que Atilano lo hizo libremente, aunque ingresó en el monasterio a los 15 años. En el siglo VI ya hubo una orden de Gregorio Magno papa que establecía la edad de emitir los votos monacales de pobreza, castidad y obediencia a los 18 años, aunque en la Iglesia de Oriente, pensad en la actual Turquía, Siria o Egipto, que por esos tiempos era cristiana, los niños de diez años podían hacer ya esos votos monacales.

Por supuesto otro problema que surgió era el de los monasterios mixtos, de monjes y monjas, que pronto fue prohibido también. El monasterio de Tábara, fundado por san Froilán y san Atilano, era mixto, llegando a tener varios centenares cada eremitorio. Dicen las crónicas que vivían en separación completa y sometidos a una severa disciplina.

3. Por tierras leonesas. La tebaida occidental.

Según los historiadores, hacia el siglo VI se originó en el Bierzo leonés un movimiento eremita muy importante impulsado por san Fructuoso, tan importante y numeroso que lo han llamado la Tebaida occidental, por compararla con la famosa zona del norte de África que en los primeros siglos dio origen al movimiento eremita y anacoreta.

Pues parece ser que a los pocos años de entrar en el monasterio de Los Fayos, cercano a Tarazona, Atilano emigró a tierras leonesas, a la Tebaida berciana, para continuar con más seguridad y fervor su vocación eremita.

Hay un testimonio en el monasterio de Sahagún de un monje copista llamado Atilano. Si este es nuestro Atilano, pronto se cansaría de ese oficio tan importante de monje copista de Scriptorium, que tan bien nos describe Umberto Eco en su libro “El nombre de la Rosa”, y buscaría un modo de vida más comprometido y ascético, porque pocos años después se le asocia con otro monje que tenía fama de santo, Froilán, procedente de Lugo, que no era sacerdote, pero vivía penitente y en oración por las montañas de León. Bajo su dirección y consejo se puso Atilano a redescubrir de nuevo la vida eremítica.

Juan Diácono, biógrafo y contemporáneo de Froilán afirma que “recorría las ciudades, predicando la palabra de Dios; se retiraba a lugares inaccesibles…; huía de los favores y alabanzas humanas… para hacer vida retirada”.

Establecieron su eremitorio en “Cucurrino”, actualmente denominado Curueño,  cerca de Valdorria, en las montañas de León. Pero la fama de su santidad y ascetismo se extendió por todo el contorno y numerosas personas de toda clase y condición social se acercaban para escucharles y rezar con ellos.

Ante la fama que habían adquirido, se vieron obligados a construir un monasterio para acoger a los que querían ser como ellos, haciéndolo en un lugar llamado Veseo, posiblemente situado al norte de La Vecilla.

La fama llegó a la corte de Oviedo, donde el rey Alfonso III el Magno facultó a Froilán a fundar monasterios en su reino.

4. Zamora, la frontera.

Una batalla por la zona del valle de la Polvorosa zamorana, cerca de Benavente, hacia el año 878, marca el inicio de la repoblación y establecimiento de los dominios del rey cristiano por esas tierras. Por estas fechas Atilano y Froilán fundan el monasterio de Tábara, y seguramente algunos cenobios más es las riberas del Esla, entre los que más destaca el monasterio de Moreruela, donde Froilán será el abad y Atilano el prior.

Todo esto se hacía bajo la protección y el mandato del rey, porque en esta época la mundiburdio, o tutela del rey, era la forma habitual de relación entre los abades, los obispos y los reyes, Iglesia y Estado no se diferenciaban. Desde la época de Constantino, en el siglo IV, en el que el cristianismo entra a formar parte del imperio romano, los obispos hacían a veces funciones civiles de jueces, los reyes godos ofrecían cargos civiles a obispos y abades, de modo que sus diócesis o monasterios se convertían en condados. Todo esto propició que los reyes estuvieran muy interesados en tener la potestad de nombrar obispos u abades para tenerlos a su favor y según sus intereses. Por tanto la posición religiosa y social de un abad como Froilán era delicada porque a la vez que tenía que ser un buen eclesiástico, fiel a sus compromisos, también debía ser vasallo y servidor del rey, que en más de una ocasión le obligaba a tomar decisiones contrarias a su condición de sacerdote y ministro de Dios. El rey investía al abad o al obispo, y le entregaba el báculo y el anillo. Al morir el abad o el obispo, debía entregarse de nuevo el báculo y el anillo al rey. Sólo eran consagrados a estos cargos eclesiásticos los que juraban vasallaje al rey que otorgaba la investidura.

Eran tiempos difíciles para que la Iglesia manifestara claramente su misión salvadora en este mundo, porque estaba demasiado unida al poder temporal. El siglo X, los años finales de la vida de Atilano, fue llamado el siglo de hierro, por su barbarie y esterilidad, siglo de plomo, por la deformidad de sus males, siglo oscuro, por la carencia de escritores y pensadores relevantes en la Iglesia. Y en este tiempo duro, gris y confuso, en el día de Pentecostés del año 900, fueron consagrados en Oviedo, Froilán obispo de León y Atilano obispo de Zamora. No nos engañemos, eran obispos del régimen. Así eran los tiempos.

5. Atilano, obispo de Zamora.

La labor episcopal de Atilano no debió ser fácil. En el año 901,  Zamora sufre un ataque de las tropas árabes, pero Alfonso III acude en su defensa y logra alejar la amenaza de los moros. A partir de aquí comienzan a brotar leyendas en torno a la figura del patrono de Zamora. La primera que me llama la atención es la que cuenta cómo Atilano, huyendo por el puente de los guerreros árabes, no sólo se salva, sino que provoca en sus enemigos lo que le pasó al ejército egipcio cuando perseguía a los israelitas en el mar Rojo: el puente se hunde y perecen los perseguidores enemigos de Atilano.

La siguiente leyenda, conocida por todos, se sitúa a los pocos años de ejercer como obispo. Atilano decide hacer una peregrinación a Roma o tal vez a los Santos Lugares de Jerusalem como penitencia por sus pecados. La curiosidad en seguida se pone en marcha e intenta descubrir qué oscuras razones o remordimientos impulsaron a este antiguo eremita, ahora obispo de Zamora, a abandonar su diócesis y volver a hacer penitencia como romero.

  • Unos autores afirman que quiso hacer penitencia por algunos pecados de juventud… Si desde los 15 años ya había entrado en la regla de san Benito, pocos pecados le dio tiempo a cometer, a no ser que los cometiera ya siendo monje…
  • Otros autores afirman que la diócesis se le iba de las manos, desde el punto de vista económico y social. La peste, la sequía, las razzias de los musulmanes, asolaban su dominio y él se sentía impotente para levantarla… Huye o tal vez recurre al último recurso, asumir la culpa de todas estas desgracias y hacer penitencia… Ser el chivo expiatorio, el animal que será sacrificado a Dios para redimir los pecados de todos.
  • Otra causa puede ser la situación propia de su cargo, dividido entre dos intereses contrapuestos, ser un verdadero padre para sus feligreses o ser un servidor de los intereses del rey. Él había sido un monje acostumbrado a la oración y la reflexión y ahora debía ejercer de político, gobernador de un dominio del rey. Sus actuaciones debían entrar con frecuencia en incoherencias y paradojas que hicieron estallar su conciencia. El sentimiento de culpabilidad de este hombre de vida religiosa regular sería muy grande.
  • Hasta podríamos aventurar una última causa del abandono del episcopado: la rebeldía contra su señor el rey, el cual le pudo haber obligado a renunciar por un tiempo a la sede episcopal. De hecho tiene que abandonar el anillo, que dice la leyenda tiró al río, ¡no se lo devolvió al rey!… Como luego sería proclamado santo no estaría bien visto este destierro ordenado por el rey, por eso surgió la leyenda del anillo, para enmascarar un conflicto de vasallaje, que estos tiempos de permanente inestabilidad política no sería nada raro…

La ficción histórica sobre las causas de la peregrinación penitencial de Atilano podríamos continuarla, pero no adelantaríamos mucho más en su solución.

Cuenta la leyenda que decidió hacer una peregrinación a los Santos Lugares, y que al cruzar el puente sobre el Duero arrojó el anillo, con la intención de volver a ser obispo si el anillo volvía a él, reconociendo entonces que Dios le había perdonado del pecado por el que iniciaba la peregrinación.

A los dos años volvió. Antes de entrar en Zamora se detuvo en la ermita de san Vicente de Cornu, en el actual camposanto que lleva su nombre, y desde el que seguro que ya se divisaban las murallas de la ciudad. Allí le ofrecieron un pez para comer. Comenzó a limpiar el pez, y según lo hacía, al meter los dedos es su vientre para limpiarlo, el anillo que estaba en su interior entró milagrosamente en su dedo. Allí reconoció que Dios le había perdonado, y toda Zamora conoció al instante el hecho, llenando a sus habitantes de alegría la noticia de la vuelta de su primer obispo.

Las leyendas están cargadas de símbolos y guardan en su interior para los tiempos venideros las grandes ideas, las grandes creencias que atesora un pueblo. Esta leyenda junta dos símbolos, el pez y el peregrino. El pez es símbolo de vida y fertilidad, de regeneración y resurrección, como el mejor representante de su medio, el agua. Pero a la vez es signo de derrota y fracaso, de exilio y reclusión en ese mismo medio natural del que no puede salir, a no ser muerto o pescado. Atilano pone su futuro en el vientre de un pez. Una especie de juego de la vida, como Jonás lo hizo con su destino o Pinocho con su padre… Atilano lanza su ser, su identidad, el anillo de obispo, al vientre del pez y éste se lo guardará mientras peregrina. Recordemos que el pez es el signo secreto de Jesús entre los primeros cristianos. Pez en griego se dice IXZUS, que es un acróstico en el que se resumen los caracteres de Jesús: Iesus, Xrustós, Zeoú, Uiós, Soter: Jesuscristo, de Dios Hijo, Salvador. Atilano pone en el interior del pez, que es Jesús, la decisión de perdonar o no perdonar su falta, en el seno del Hijo de Dios se hace el juicio sobre el peregrino Atilano.

Y esto último es el segundo gran símbolo, ser peregrino, romero de la vida, emigrante en este mundo. Mientras el Hijo de Dios decide él peregrina por la tierra…, a donde sea, a Tierra Santa, a Roma o a Santiago… el peregrino es el símbolo del ser humano que camina por esta tierra esperando llegar a la tierra de Dios, y a su llegada le espera el juicio de Dios, que ha sido puesto en el interior de Jesús, el pez.

En resumen, la leyenda de san Atilano es el símbolo del ser humano que peregrina por este mundo buscando su identidad, el sentido de su vida, pero que como cristiano, ese sentido de su vida que busca está escondido en el pez, en Jesús, el hijo de Dios…

Y esta leyenda es más significativa todavía si los que la escuchamos somos peregrinos por definición, emigrantes, gentes de otra tierra viviendo lejos de ella y añorando volver a ella. ¿No podría ser también este el símbolo de la casa de Zamora en Madrid y de todos sus componentes? Cuantos zamoranos hace muchos años tiraron su anillo al río, a la fuente del pueblo, tiraron su identidad, su ser…  y peregrinaron lejos, lejos. Siempre es tiempo de volver a recuperarlo, es tiempo de volver a coger el pez que se lo tragó para reconocer lo que somos.

6. Proclamación de la santidad de Atilano y veneración de sus reliquias.

Atilano murió parece ser en el año 919, un 5 de octubre.  Pasaron de nuevo tiempos difíciles y la diócesis volvió a desaparecer abandonada por el obispo Salomón, tras la devastación que sufre en el año 981 por las tropas del moro Almanzor.

Haciendo de nuevo una incursión en la ficción histórica, me llama la atención la coincidencia entre la restauración de nuevo de la diócesis de Zamora en el siglo XII y la canonización del primer obispo de la misma, nuestro san Atilano, por Urbano II, papa del año 1088 al año 1099.  Tuvo que esforzarse por restaurar la diócesis Bernardo de Perigord, ya que los obispos de Braga, Astroga, Salamanca, Toledo y Santiago no querían perder los territorios de los que eran dueños y debían componer la restaurada diócesis de Zamora. Canonizar a su primer obispo era reivindicar la antigüedad y el derecho de la diócesis de Zamora, canonizar a su primer obispo, y único santo entre todos los obispos zamoranos, era restablecer un episcopado con identidad propia frente a los que querían seguir siendo sus dueños: Braga, Salamanca, Astorga, etc…

Por último no debo dejar de mencionar el problema que surgió con sus reliquias, que tiene cierto paralelismo con las de san Ildefonso. Las de Atilano, seguramente reclamadas en su día por Tarazona, y las de san Ildefonso por Toledo. Ante tanto acoso hubo que defenderse, y aparecieron los caballeros cubicularios, nombre que proviene del siglo IV, cuando se llamaba cubiculario al consejero y compañero de un obispo.

En el siglo XV aparece en Zamora la cofradía, llamémosla así, de los caballeros cubicularios, defensores de las reliquias de san Ildefonso y san Atilano, compañeros de ambos obispos santos. Sus estatutos más antiguos conocidos son de principio del siglo XVI. Un siglo más tarde, algo negociarían los zamoranos con los devotos de Tarazona, porque el 28 de agosto se celebra en esa ciudad maña la fiesta del traslado de las reliquias de san Atilano a la ciudad. No tengo claro si es el brazo derecho o la cabeza, según las fuentes consultadas. Poseer las reliquias de un santo es tener poder. Un placebo que durante siglos fue eficaz para levantar la moral de los poseedores de tan venerables restos mortales. Si es para bien, que siga san Atilano por muchos años protegiendo la ciudad de Zamora.

He dicho.

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