Posteado por: lenguajesculturales | septiembre 8, 2010

EL CICLO VITAL. El final de la vida. Sanabria. Guía cultural.


La muerte en Sanabria (Zamora).

(Este texto está publicado en Edades del hombre. El ciclo vital en Zamora, Tras-os-Montes y Brasil. III. Vejez, enfermedad y muerte. Francisco Rodríguez Pascual y Juan Manuel Rodríguez Iglesias (coordinadores). Editorial Semuret. Zamora 2006. Biblioteca de Cultura Tradicional Zamorana nº17.)

Este apartado lo dedicamos al lugar cultural que ocupaba la muerte entre nuestros vecinos sanabreses: los signo de lenguaje ecológico, social-intersubjetivo o tradicional que generaba este hecho biológico.

La muerte visitaba con frecuencia las casas con niños menores de seis o siete años. Una vez superada esta  edad, si no aparecía una enfermedad contagiosa o épocas de carestía que favoreciesen otras enfermedades, el sanabrés podía vivir hasta los setenta años, y moría desgastado de trabajar para vivir. Al hacer el análisis poblacional vimos el alto índice de mortalidad, engrosado sobre todo por la mortalidad infantil, y también al tocar levemente el tema de la higiene y la salud, mencionamos algunas causas que provocaban la muerte. Estas se resumían en las consecuencias del frió, la mala o monótona alimentación y la falta de higiene en general.

Una vez recordadas brevemente algunas cuestiones, entramos en el hecho cultural de la muerte. Es fácil encontrar en algunas conversaciones con nuestros informantes alusiones a signos que dentro de las tradiciones del pueblo se consideraban presagio de muerte.

Aquí lo que se decía… cuando iba a morir alguien es que andaban los cuervos. Y los perros también aúllan, los perros sienten la muerte.”

En San Martín una vecina tuvo un hijo que murió por debilidad, y decía que su hijo todas las noches veía  un gato a los pies de la cama. El día que murió no  vio el gato, sin embargo los padres escuchaban una  cabra que bajaba calle abajo berreando, salían a ver de quién era y no encontraban nada. Cuando el niño murió dejaron de oír a la cabra.

Cuervos, gatos, perros y cabras eran signos que en determinadas ocasiones anunciaban la muerte en una casa.

También podríamos considerar presagio de muerte ver a un vecino que estaba haciendo su propio ataúd. No era exactamente el signo de una inmediata muerte, sino la solución a un posible problema. Nuestros informantes recordaban tiempos en los que los difuntos eran enterrados directamente en la tierra, sin caja que contuviese el cadáver. Por eso, había vecinos previsores que en vida preparaban la caja para ser enterrados.

El tí Paquito llegó a hacer dos cajas de muerto antes de morirse, pero en las dos enterraron a las mujeres con las que estuvo casado sucesivamente.”

Antes había quien se preparaba la caja antes de morirse. Normalmente se enterraban sin caja, se le arrebujaba en una sábana y a la fuxaca.”

Una cuestión que debían tener clara los vecinos de avanzada edad era el futuro de sus fincas y hacienda. Debían hacer testamento o preparar y repartir las hijuelas para los herederos. Estos trámites los hacían tiempo antes de que llegara el fin de sus días. Otros lo tenían que hacer en los momentos previos a la muerte, como as¡ quedaba escrito en numerosas actas de defunción del siglo pasado. Si hacían testamento, el testamentario habitual de los terrosanos era el sacerdote de la parroquia de Santiago, en gran parte no sólo por su condición de eclesiástico, hombre ajeno a la familia, seguro mantenedor del secreto testamentario, imparcial, y de los pocos que sabían escribir, sino también por las repercusiones económicas que tenía. En las actas de defunción del siglo XIX consta siempre en el lateral de cada una de ellas que cumplió el testamento. Si no se había hecho testamento, el sacerdote anotaba la causa de la muerte para justificar por qué no se hizo. El sacerdote estaba implicado en el testamento por cuestiones religiosas y económicas que afectaban a la iglesia: el moribundo especificaba el tipo de entierro que

quería, los sacerdotes que asistirían a su funeral, las misas que había que decir tras su muerte, los aniversarios que establecía, el modo de pagar estos servicios religiosos, etc.

El cura siempre era el testamentario. A nosotros nos hizo el testamento de mi suegro y para mi suegra, y no nos lo quiso abrir hasta que murió la última, mi suegra… tenía misa de entierro de asistencia, misa de cabo de año de asistencia, y los hijos teníamos que pagarlo…

Algunas narraciones de apariciones de difuntos a sus familiares estaban relacionadas con estos problemas de la última voluntad de los difuntos. Si algún familiar heredero del difunto no cumplía las promesas de misas hechas por el fallecido,

éste se le aparecía de algún modo para recordárselo.

No hacía falta hacer testamento si la herencia pasaba de padres a hijos; ésta era la costumbre en los últimos años, ya que previamente se habían hecho las hijuelas cuando los padres eran ancianos. De todos modos, el sacerdote necesitaba saber las atenciones religiosas que pedía el moribundo, y cómo las iba a pagar, y ésto tenía que estar escrito para que los herederos no se opusiesen.

Había quien dejaba tierras para que el cura luego le dijese misas y el cura y otros las tasaban, y la familia tenía que pagar lo tasado si quería recuperarlas. Ahí abajo hay un prao que se llama del aniversario, porque había fincas que se dejaban con una contribución, con un foro para la iglesia, para que todos los años se pagara una misa, eran los aniversarios.”

Cualquier finca podía convertirse en signo de lenguaje tradicional. La tierra era un signo de lenguaje ecológico por ser un lugar que se aprovechaba para hacer un determinado cultivo; a su vez, lo era del lenguaje social desde el momento que estaba

delimitada por marcos, definida y poseída; y por último, se convertía en signo de lenguaje tradicional cuando se utilizaba como medio para obtener favores sobrenaturales. Las sucesivas connotaciones del mismo elemento lo transformaban en diversos signos de distinto lenguaje.

Si tenemos presentes las condiciones normales del interior de la casa sanabresa, podemos suponernos el ambiente lúgubre en el que se encontraba una persona enferma o moribunda: la tarima donde yacía estaba en una esquina de la habitación-cocina, sobre un jergón de paja, probablemente respirando una atmósfera cargada de humo, de olor a cuadra y a todo lo que estuviese almacenado en ese momento en la casa… “antes no había condiciones…” Por esta razón, cuando el moribundo iba a recibir el viático, sus familiares habían preparado el lugar del modo más digno posible.

La muerte de un vecino debía ser anunciada a todos por medio de las campanas de la iglesia.

Cuando moría se tocaban dos campanadas en la grande y una en la pequeña si era hombre, y tres campanadas en la grande y una en la pequeña si era mujer.”

Una vez ocurrido el triste desenlace, los familiares preparaban el cuerpo del recién fallecido. Había quienes tenían mortaja o hábito para ser enterrados, o alguna ropa especialmente guardada para esta ocasión

Se casaban antiguamente con una camisa hecha siendo mozas y así luego la guardaban para mortaja, era uso esta costumbre. La tenían de recuerdo, la guardaban           en un arca y la tenían preparada para cuando murieran y así iban con el traje de la boda…

El modo de preparar y enterrar al difunto variaba según las épocas, las circunstancias y las familias.

A mi abuela yo la conocí amortajada, pero a mi abuelo que murió dejando a los niños pequeños lo amortajaron en una sábana y en una escalada lo llevaron al cementerio.”

La costumbre y las condiciones económicas determinaban el modo de preparar el cadáver.

Se ataban las manos y los pies del cuerpo, para que estuviera derecho. Taponaban todos los agujeros que tiene el cuerpo con estopa de lino. Le ponían el hábito de la promesa, si era de alguna cofradía. Normalmente se le vestía con la mejor ropa, con boina los hombres y con pañuelo las mujeres. Si no se le cerraba la boca se le apretaba con un pañuelo, ya ves, como a los niños recién nacidos. También en los ojos  se le echaba unas gotas de cera si no se cerraban.”

Todos estos preparativos se hacían para tener el cuerpo bien dispuesto, ya que iba a estar expuesto en el velatorio, de modo que los vecinos viesen que había muerto tranquilamente.

Una vez preparado el cuerpo del difunto se adornaba el lugar donde estaría presente el cadáver para el velatorio, normalmente el mismo lugar donde había muerto. Algunas anotaciones en los libros de cuentas de la Venta del ti Canana son testimonio de esta circunstancia. En ellos se reflejan compras conjuntas de tela, cintas, puntas y cuerdas, los elementos necesarios para preparar el lugar del velatorio de un difunto.

En la habitación del velatorio se ponen luces, velas, se tiene agua bendita y un ramo de laurel, con el que se echaba unas gotas del agua al difunto, se le ponía al muerto la bula en el pecho. Si el muerto era joven se le llenaba el ataúd de flores y pañuelos.”

Una vez muerto se le amortajaba, la habitación se  adornaban con sábanas en las paredes, como un cuadro, se hacía como un pequeño santuario, y se adornaba con estampas de la devoción de la familia. En el pecho se colocaba un papel, la Bula de la cuaresma, y un rosario, en las manos o un crucifijo o un escapulario… se le cruzaban las manos as¡ en el pecho. Se rezaba un rosario tras otro en el velatorio… se testillaba, como era de noche, la gente daba unas cabezadas…la tí Carreta solía rezar cosas muy raras, rosarios con muchas letanías y de memoria… En una habitación de al lado o en un apartado del lugar donde estaba el muerto pasaban el velatorio por la noche, los que querían acompañar a la familia… A veces se hablaba de más… chismes, cotilleos…         Los familiares antes no daban nada, pero luego daban galletas y pan con aguardiente , y ­claro­ a más de uno y de una que no estaban acostumbrados, el aguardiente se le subía a la cabeza… En la caja del muerto se metían las cosas de su devoción.”

El lugar del velatorio quedaba dignamente preparado para pasar todas las horas que tenía que estar el difunto presente en su casa. Todos los vecinos se sentían obligados a ir a visitar a la familia y los m s cercanos a pasar la noche con ella porque se enterraba al día siguiente de morir.

Después de que pasaban los primeros momentos de sollozos y llevaban muchas horas velando al difunto, si se daba una copita de aguardiente o unos vasos de vino, el ambiente se distendía, dentro de la seriedad del momento, y algunos de los que venían a hacer compañía a la familia hablaban de todo un poco, y  los cotilleos, algún chiste y las risas de los más jóvenes podían desentonar en el ambiente apesadumbrado de la casa.

Esto no era habitual, pero podía darse el caso.

Los terrosanos tenían una creencia profundamente arraigada en la continuidad de la vida después de la muerte. Se manifestaba en gestos como colocar en el interior del ataúd objetos de la devoción del difunto, se manifestaba en las historias sobre apariciones de familiares difuntos para que se cumplieran las promesas hechas antes de morir, y , entre otras circunstancias más, se manifestaba en los momentos de delirio de alguno de los familiares del difunto, cuando delante del cadáver lloraban su muerte y le daban avisos y recados para que  los comunicara el recién difunto a otros familiares ya difuntos. Esta curiosa manifestación se producía en el velatorio, en el trayecto hacia el cementerio o en el momento de enterrar el cadáver.

En San Martín contaban que una decía al marido:

– Manuel, si vas al cielo, que Dios quiera que no vayas, le preguntas a mi padre por la cabilla (una  pieza del arado).

El padre ya se había muerto, y se ve que era el único que sabía dónde estaba la cabilla. Esto eran cosas que contaba la gente. A veces eran cuentos.”

En el entierro la gente iba gritando mucho. Una vez se murió una mujer que se llamaba Carmela y yo era niñica, y fuimos con el cura a su casa. Tenía una sobrina y había muerto otra tía suya hacía poco y le decía a la difunta:

– Tí Carmica rica, dele un abrazo a mi tiíca, deleun beso a mi tiíca.

Marchaba y volvía a entrar en la sala:

– Tí Carmica rica, dele muitas memorias a mi tiíca, dele un beso a mi tiíca…

Y el tí Paquito que era sacristán se cansó de tanto tiíca, tiíca y le dijo:

– Tiés que mandárselo por escrito, así se le va a olvidar.

Pues hijo, todo el mundo le dio la risa y no paraba. Ella se dio cuenta y dejó de decirlo. Se ponía una atontada a llorar y no sabía lo que decía. Aquí una vez, el que vivía en esta casa, lo contaba el t¡ Vitoriano, que decía la mujer cuando se murió:

– Ay, lo que roncabas, y qué peidos te tirabas.

Y así decían tontadas que no llevaban a ningún camino.”

En el trayecto del entierro las mujeres iban diciendo cosas, los hombres menos:

– Rico, rico, tanto bien que faciste…

– Qué bueno que era…

Una vez, la mujer de uno que era gaitero le metió la gaita dentro de la caja, porque así lo quería él, y la mujer decía por el camino:

– Rico, rico, ay, ay, que te llevas entre las piernas aquello que tanto me consolaba.

Los jóvenes al escuchar aquello, pues se reían. El cura se tuvo que parar y pedir un poco de respeto.

Según algunos informantes, estas exclamaciones eran “más teatro que otra cosa“, “como una obligación que tenían que hacer los familiares” para expresar con lamentos el dolor por la pérdida de un pariente.

En los últimos años todos los vecinos pertenecían a la Cofradía de Animas, y por ello, a la hora de ser enterrado un vecino cofrade, los demás miembros debían participar en el entierro del difunto.

El cura venía a casa del difunto a buscar el cadáver para llevarlo a enterrar.

La convocatoria al entierro la hacían el cura o el mayordomo de la Cofradía, de la Hermandad de las Animas. Se tocaba la campana durante todo el recorrido, desde que se salía de casa hasta que acababa el entierro. Al muerto se le llevaba descubierto todo el camino para que la gente viese que se le enterraba de buenas maneras. Todos los hombres iban descubiertos, y las mujeres con pañuelo.”

La mujer o el hombre despedían a su cónyuge con un sentido “­¡Adiós compañeiro!”, cuando el cadáver salía de la casa donde había vivido. Recorrían el trayecto hasta la iglesia bajo el sonar lento de las campanas y dejaban el cadáver junto a la puerta, al fondo de la iglesia, mientras se celebraba la misa de funeral. Los familiares se quedaban junto al difunto.

Antiguamente al muerto lo arrebujaban en una sábana y en una escalada, lo ataban con unas cuerdas para que no se les marchara, y así le llevaban al cementerio.            Tenían la fosa hecha, le daban la vuelta a la escalada y ya está. Después el párroco hizo unas andas, que las primeras eran como una caja,  y metían el cuerpo dentro, y en la caja bajaba hasta el cementerio; por un lado tenía unos ejes, y se abría una tapadera, se sacaba entonces el cuerpo por allí. Luego el gaitero de Pedralba hizo otras andas que son las que se usan para llevar la caja del muerto...”

Hubo a lo largo de los años diversos modos de llevar el cadáver, al igual que también cambió el lugar de los enterramientos. Hasta el mes de Mayo de 1833, se había enterrado en el interior de la iglesia. Los fallecidos entre Mayo y Octubre de ese año se enterraron en la Capilla de la Cruz en el crigual. El 7 de Octubre de 1833 se estrenó el nuevo cementerio en el sagrado que rodeaba la iglesia parroquial. Ni nuestros informantes, ni sus padres fueron testigos de los enterramientos en el interior de la iglesia, pero seguían una costumbre derivada de ese hecho. Los vecinos se colocaban en la iglesia en el lugar donde estaban enterrados sus antepasados. Las mujeres llevaban su propio reclinatorio y se colocaban “donde siempre se habían puesto sus padres“; también allí colocaban las velas o las hachas que traían para las Animas.

El cementerio exterior era una franja que rodeaba el ábside y la fachada oriental de la iglesia. En ese espacio, y por riguroso orden, iban enterrando los cadáveres desde 1833, de modo que cuando llegaban al final, comenzaban otra vez desde el principio. No había tumbas propias o panteones, sólo viejas cruces que desaparecían con el paso del tiempo.

Una vez enterrado el cadáver, a los familiares les quedaba agradecer de algún modo los servicios prestados a los que habían hecho la fosa, a los que habían llevado el cadáver, etc. Debían atender también a los familiares asistentes de otras casas, y por último, a más largo plazo, debían cumplir el deseo del difunto en lo que se refería a misas, cabo de años o aniversarios y pagar al sacerdote los servicios realizados.

Tras el entierro había que dar una comida a los familiares, se iba a la taberna a comer escabeche, pan blanco y vino, era en la venta del Zorra o en la del Canana, costumbre que se quitó hace poco. Los vecinos familiares, o de fuera, eran atendidos, y se llegaba a matar un carnero para dar de comer a todos.”

Los que iban a hacer la fosa y enterrarlo, después del entierro, iban pa la cantina y comían escabeche y una cuartilla de vino. Los familiares del difunto pagaban aquello...”

En los días sucesivos, los familiares del difunto se reconocerían por el luto riguroso que estaban obligados a llevar, sobre todo las mujeres. El traje ordinario del sanabrés no era ya de por sí muy llamativo por su colorido, y se hacía menos vistoso todavía en estas circunstancias. Decían que había quien no se quitaba el luto para toda la vida si se le moría un hermano o el padre antes de casarse. El luto duraba determinados años según el familiar que se moría

Después del entierro la casa del difunto volvía a ser visitada por los vecinos m s allegados, acompañando a la familia con oraciones.

Un óbito generaba un gran número de gastos en una casa. Habían tenido que comprar telas, cintas y otros elementos para preparar el lugar del velatorio, invitar a los que habían estado en el velatorio, pagar el convite en la venta a los enterradores, dar de comer a los familiares asistentes al entierro, privarse de los rendimientos de una finca si ésta la había dejado el difunto para sufragar misas por su alma, y , por último, pagar al sacerdote. Una muerte era una gran desgracia en una casa, por la pérdida de un miembro y por el gasto que ello generaba.

Había que pagar tres heminas de grano al cura la casa en la que había difunto. Todos los años se pagaba una hemina por la fiesta, pero el año que se moría  alguien en la casa había que pagar cuatro, casi media carga de grano.”

El sacerdote leía el movimiento parroquial de defunciones, matrimonios y bautismos al finalizar el año. Un resumen de los acontecimientos que habían afectado a algunas familias. El sacerdote hacía memoria y subrayaba de este modo los momentos fundamentales de la vida de los sanabreses.

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