Posteado por: lenguajesculturales | agosto 27, 2010

“Los Lenguajes Culturales” aplicados al análisis de la cultura tradicional de un municipio sanabrés.


Visión general de la cultura sanabresa del antiguo municipio de Terroso desde el análisis de los Lenguajes Culturales.

1.

El modo tradicional de vida investigado en este municipio tuvo su nacimiento al comenzar el milenio que acaba de terminar. Los restos de culturas anteriores encontrados en los castros cercanos a los pueblos del municipio (cultura astur) pertenecen a un modo de vida que sufrió diversas transformaciones a lo largo de dicho milenio: dominación romana, dominación visigoda, consecuencias de la invasión árabe. Al comenzar el milenio se generó un nuevo modo de vida iniciado por los repobladores de la zona sanabresa. Este modo de vida ha evolucionado hasta nuestros días, el cual, tras la desaparición de las últimas generaciones que lo vivieron en la primera mitad del siglo XX, está casi extinguido.

2.

En el antiguo municipio de Terroso hemos comprobado la existencia de un lenguaje ecológico basado en las condiciones orográficas, edafológicas y climáticas que poseía. Los vecinos que vivían en él se adaptaban y aprovechaban este término municipal concreto mediante las actividades agrícola y ganadera. Los códigos de adaptación y aprovechamiento generaban signos culturales característicos de este grupo humano:

    –          El espacio físico estaba delimitado según su aprovechamiento. Había zonas de tierras, adiles, bouzas, cortinas, huertas, huertos, coutos, praos, lameiros, descansaderos, majada, bosques, etc. Los recursos de agua se aprovechaban por medio de fuentes, caños, tanques, presas, pozas, vitolas, cobradeiros, etc. El espacio físico era accesible por medio de caminos y calles. Los asentamientos poblacionales se encontraban en los mejores terrenos de regadío, distribuyendo el hábitat en grupos independientes de casas denominados barrios. La casa era una respuesta concreta a las condiciones físicas y climáticas de la zona: en ella el lugar del fuego o lareira servía de eje de distribución del interior de la vivienda, la cual, con muros anchos de mampostería, techada con paja o losa de pizarra, y con estrechos y escasos vanos, pretendía ser una fortaleza contra el frío. Esta circunstancia quedaba más favorecida desde que se generó la casa de dos pisos, con las cortes, las cuadras de animales, abajo, y la vivienda familiar arriba, aprovechando el calor de la hacienda (los animales) doméstica cuando permanecía en casa. A su vez, la casa no era un lugar de estancia permanente, sino la respuesta a una necesidad de protección, ya que los intereses fundamentales de los terrosanos estaban en sus fincas y en sus animales, por lo que la casa era un instrumento en función de esas dos prioridades.

    –          La población del municipio se agrupaba en familias, entidades que alcanzaron un número constante según las posibilidades de explotación que ofrecía el municipio. Pese a que se dieron diversas fluctuaciones en el número de individuos a lo largo de la vida del municipio, el número de familias o casas tendía a mantenerse alrededor del centenar. Cuando se sobrepasaba el nivel de posibilidades de explotación del término, la población sobrante y falta de recursos emigraba.

    –          El vecino de este municipio se presentaba externamente con una indumentaria apropiada para defenderse de la humedad y del frío, aprovechando los productos que daba la zona: la lana, el lino, la madera, la paja, etc.  ( para confeccionar el pardo, la saya, la chambra, los cholos…)

    –          Los productos agrícolas que cosechaban para vivir y los animales domésticos que cuidaban eran los propios que podían darse en la zona montañosa de la penillanura sanabresa: el centeno, la patata, la berza, la hierba de los praos, el bosque de roble, el castaño, el negrillo… componían la base agrícola y forestal de nuestros vecinos. La vaca, el cerdo, la oveja y la cabra, eran la base ganadera.

    –          Los modos de obtención de los productos agrícolas y el cuidado de los animales domésticos respondían a una adaptación concreta a las condiciones físicas y climáticas de la zona. El centeno, el pan, se cultivaba en las tierras con la ayuda de las vacas y el arado, siguiendo un proceso tradicional: aricar, ralbar, degradar, bimar. El modo de recoger y obtener el grano (segar, amornalar, acarrear, medar, majar, limpiar, almacenar en el arca, la tuña o la panera) estaba determinado por un clima  propenso a la humedad y a las tormentas. La cosecha de hierba (preparar los praos, agüerar, empradiar, regar, segar la hierba, voltiarla, secarla, acarrearla y almacenarla en el pajar o la pallarega) era una respuesta necesaria a las condiciones cambiantes de las estaciones del año para que los animales domésticos siempre tuvieran alimento.

    –          En general, la producción de la casa terrosana y sanabresa seguía el ritmo de almacenar en una estación para consumir lo almacenado en la estación posterior: almacenaban centeno, hierba, patatas, ramajos, etc. en verano y otoño para consumirlo durante el invierno y la primavera. Almacenaban la matanza en invierno para consumirla en verano, durante los intensos trabajos del pan y la siega de la hierba.

    –          La agricultura y la ganadería estaban mutuamente relacionadas, de modo que la existencia de una dependía de la otra. Por ejemplo, sin vacas no había posibilidad de labor en las tierras, ni transporte de las cosechas, ni recuperación de las fincas por medio del estrume, el estiércol. Pero, a la vez, sin hierba ni paja de centeno no había posibilidad de mantener a las vacas. Sin cerdos no había carne y grasa a largo plazo, resultando excesivamente costosa la alimentación necesaria  para trabajar en el pan o en la hierba. Sin la lana de las ovejas no había posibilidad de vestirse para soportar las condiciones climáticas del invierno. Sin paja de centeno, ni hierba, ni patatas, ni lugares especiales de pasto, no había posibilidad de mantener a las vacas, las ovejas y los cerdos.

    –          El lenguaje ecológico terrosano tenía una coherencia interna, razón de su pervivencia a lo largo del tiempo, no sólo porque sus signos culturales (tierras, prados, cortinas, pan, patata, vaca, oveja, cerdo…) eran los propios de la zona donde se desarrollaba, sino porque mantenían entre sí una mutua relación que los hacía imprescindibles unos de otros. El conjunto de estos signos y su relación de interdependencia estaba a la base del lenguaje total, la cultura, del grupo humano que vivía en este antiguo municipio.

    3.

    En el antiguo municipio de Terroso hemos descubierto un lenguaje social-intersubjetivo desarrollado en diversos niveles: individual, la casa o familia, el barrio, el pueblo, el municipio y la comarca. En todos ellos surgían signos a partir de la aplicación de códigos de identidad, propiedad, cooperación y cohesión. Los signos de lenguaje social estaban connotados en parte por algunos signos de lenguaje ecológico, y en parte eran signos propios de la relación entre los componentes de este grupo humano.

      –          En el nivel individual, el vecino, la persona nacida en el pueblo, era el fundamento del que partían las relaciones en los restantes niveles. Cada vecino se identificaba por su edad y su estado civil (niño, neno, rapaz, chaval, mozo, soltero, casado, viudo) según el momento evolutivo de la vida en el que se encontraba, por el nombre propio (puesto por la familia), o por el apodo (puesto por los convecinos y familiares), que podía ser exclusivo de él o podía ser el apodo de la familia a la que pertenecía (los toradas, los carranos, los cananas, etc.).

      –          El vecino seguía un proceso vital, generalmente uniforme en todos, por el que paulatinamente se integraba en los restantes niveles del lenguaje social terrosano.. Nacía, era bautizado y adquiría un padrino y una madrina.A partir de los seis o siete años se le llamaba rapaz y comenzaba a ir con el ganao y a frecuentar la escuela, cuando a finales del siglo XIX apareció esta institución en el municipio. Siendo chaval, chavalete, hacia los once o doce años, dejaba la escuela y la doctrina (la enseñanza obligatoria del catecismo en la iglesia), después de recibir la Primera y la Segunda Comunión, y se integraba plenamente en los trabajos de la casa. Entraba en el grupo de los mozos, a partir de los quince o dieciséis años, previo pago de unas perras o unos cuartillos de vino, si el alcalde de mozos así lo pedía, de modo que podía participar en todas las actividades que protagonizaba este grupo: filandares o seranos, bailes, fiestas, el magosto, la viga del día de los Difuntos, etc. En estas situaciones comenzaba a relacionarse con la que podía ser su futura esposa, aunque normalmente la previa decisión de sus padres o el acuerdo entre dos familias determinaba la que iba a ser su mujer (o marido). El depósito de la novia era la costumbre o institución según la cual una pareja de enamorados lograba vencer la voluntad de los padres sobre la novia: ésta escapaba de su casa y pasaba unos días en casa de un familiar o amigo, quedaba depositada, y así se liberaba de la tutela de sus padres. El piso, el pago que debía hacer un pretendiente de fuera del pueblo a los mozos por la moza con la que se iba a casar, era otro signo que testimoniaba que no todos los matrimonios se establecían según la voluntad de los padres y dentro del municipio. Pese a estos dos signos, excepciones poco frecuentes, mozos y mozas establecían los matrimonios dentro del municipio, convenidos por los padres o por las familias, con una tendencia fuerte a realizarlos entre primos, para que el patrimonio familiar de una casa no se diluyera a través de las sucesivas generaciones. La tierra y la hacienda de una casa (signos de lenguaje ecológico) connotaban la creación de los matrimonios terrosanos (signo de lenguaje social). El vecino, adulto casado o soltero, pasaba a formar parte del concejo del pueblo, como representante de la casa a la que pertenecía. Adquiría en esta etapa de su vida el prefijo “el ti” delante del nombre o apodo, y procuraba mantener o aumentar el patrimonio de la casa con su trabajo diario. Moría dejando preparadas las hijuelas para sus descendientes, o el testamento, si la transmisión de bienes no estaba clara. La Cofradía de la Ánimas, a la que había pertenecido durante toda su vida, colaboraba con su familia en el entierro. En el proceso vital de cada terrosano se descubrían signos de lenguaje social producidos por un código de identidad (casado, soltero, mozo, rapaz, el ti, el apodo…) y signos producidos por códigos de cooperación y cohesión (el padrino, la madrina; los arreglos familiares para hacer los matrimonios, los matrimonios entre primos: la endogamia familiar; los filandares, los bailes, el magosto, las fiestas, etc…).

      –          Todo vecino pertenecía a una casa o familia, el segundo nivel básico del lenguaje social terrosano. Cada familia estaba definida por un apodo, aunque la distinción fundamental venía determinada por el nivel de patrimonio (casas principales, casas normales y casas pobres), producida por un código de propiedad y un código de identidad. Por ello, al hablar de casa se hacía alusión al conjunto de bienes (hacienda o animales, fincas, edificios, etc.) poseídos por la familia. La casa era una entidad económica autónoma, pero no independiente. Por muy diversas causas debía tener relación con las diversas casas del pueblo en numerosas circunstancias de la vida agrícola y ganadera (majas, compañeiros de ramajos, velerías, etc.), signos de lenguaje social generados por un código de cooperación.

      –          El alma de la casa era la familia que la llevaba adelante. Los códigos de identidad, cooperación y cohesión generaban los signos de lenguaje social que daban forma a la familia terrosana. Estaba compuesta por un matrimonio, sus hijos y algún pariente (padres, hermanos, tíos y sobrinos) de los cónyuges. Era frecuente la familia de dos matrimonios más los componentes mencionados, ya que los nuevos matrimonios no solían hacer una nueva casa, sino que entraba en la de los padres (código de identidad y cohesión). Exceptuando las labores que requerían la cooperación de varias casas o familias, el trabajo se repartía entre los componentes de la misma, realizando los varones las actividades de fuerza, y las mujeres las de habilidad y constancia (código de cooperación). El varón solía emigrar con frecuencia, por lo que la mujer debía realizar cualquier trabajo agrícola y ganadero, hasta tal punto que en muchas ocasiones era la única responsable de una casa. Podía estar ausente en el uso del manal, en las majas,  o de la guadaña en la siega de la hierba. En el resto de las actividades era indistinta la presencia de un hombre o de una mujer (códigos de identidad y cooperación).

      –          Las casas o familias celebraban los bautizos y las bodas de sus componentes implicando al resto de las familias del pueblo. Los padrinos y las madrinas de bautismo y boda se elegían de modo exogámico, no se necesitaba que fuesen de la misma familia. El pueblo participaba en las proclamas de la boda y en los bailes posteriores a la celebración. En el momento de la muerte de un miembro de la casa, el velatorio y el posterior entierro obligaban a asistir a los restantes vecinos para acompañar en el dolor a la familia: las exclamaciones, las alabanzas al difunto, los recados para otros vecinos y familiares difuntos, y otras manifestaciones dramáticas de estas situaciones (código de cohesión).

      –          La casa o familia desarrollaba una serie de signos de lenguaje social en la actividad agrícola y ganadera connotados por el lenguaje ecológico. En el ámbito agrícola el proceso de obtención del pan propiciaba la relación entre compañeiros en el acarreo de la mies, en la organización de la maja, colaborando cada casa en la maja de las otras casas, para que éstas mandaran representantes a las que les habían ayudado, en la construcción, organización y mantenimiento de los molinos rastreros, aprovechados según el sistema de velería, en la organización y uso del horno comunal con la rueda del hirmiento para cocer el pan. La siega de la hierba y el aprovechamiento de la leña y de los ramajos en el monte comunal se hacían colaborando con la familia o el compañeiro habitual. El riego de los praos, cortinas y huertos, en los momentos necesarios, requería una organización entre las casas, ya fuese en razón a los carros de terrón poseídos (la extensión de los praos) o regulada por un guarda del pueblo. El cuidado de las ovejas y las cabras (el ganao y la cabriada), las vacas (la vacada o la boyada) y los cerdos (la veceira de los cochinos) se hacía durante todo el año (ovejas y cabras) o durante algunos meses del año (vacas y cerdos), mediante una organización de velería, turnos de cada casa según el número de cabezas de ganado poseídas, para pastorear todos los animales del pueblo en los montes comunales. También ante la muerte de estos animales aparecían signos de lenguaje social de diverso sentido. La matanza del cerdo convocaba en la casa al compañeiro o a los familiares más allegados para colaborar en la realización de este importante trabajo anual que se convertía en una  comida-celebración por el resultado del producto obtenido. Como así ocurría también al final de la maja del pan o al final de la siega de la hierba con el ramo de la hierba. En otro sentido, la muerte accidental de una vaca obligaba a las casas del barrio a colaborar con la casa desgraciada comprando unas libras de carne del animal para paliar la pérdida económica (código de cooperación).

      –          En un tercer nivel, el barrio o pueblo, el lenguaje social terrosano también presentaba signos connotados por el lenguaje ecológico y signos propios del mismo lenguaje social. El concejo, reunión de trabajo o deliberación compuesto por un representante de cada casa, era el signo cultural básico de este nivel del lenguaje social (código de cohesión). A su vez, la actividad del concejo estaba connotada por el lenguaje ecológico, esto es, por las actividades anuales agrícolas y ganaderas. Los concejos para arreglar los caminos y fuentes se realizaban antes del acarreo del pan o antes de subir al monte a hacer la leña y los ramajos (ramas cortadas en el monte al final del verano y almacenadas en la pallarega para alimentar a los animales en invierno con la hoja pasmada (seca en verde) y leña para el fuego de la casa). Se hacían concejos para traer el agua de la sierra (arreglar el caño o arroyo artificial), para preparar los coutos (limpiarlos y agüerarlos), etc. (código de cooperación). Los barrios, por medio de sus mozos y mozas organizaban en invierno filandares, reuniones nocturnas, y bailes en las tardes festivas del verano. Aunque el filandar se originaba a partir del lenguaje ecológico (filar-hilar lino), esta reunión nocturna era un signo muy importante en el lenguaje social: Las mozas charlaban sobre lo que ocurría en el pueblo mientras hilaban, y más tarde llegaban los mozos, animando con su presencia este pasatiempo nocturno: bailaban, jugaban, flirteaban entre ellos… (código de cohesión).

      –          En un cuarto nivel, el municipio, el lenguaje social terrosano ofrecía diversos signos culturales generados por un código de identidad: los apodos con los que se conocía a los de otros municipios (alpabardos, garullos…), el lugar que cada municipio ocupaba en el Mercado semanal de los lunes donde se juntaban todos los municipios de la comarca, o las marras que definían el término municipal. Éstas últimas eran también signos originados por reglas propiedad frente a los municipios limítrofes con los que frecuentemente tenían conflictos al no coincidir los criterios de limitación de unos y de otros. En este ámbito (en el que estaban incluidos los anteriores niveles: vecino, casa, barrio y pueblo) se distinguían una serie de figuras, signos de lenguaje social, desarrolladas por los vecinos terrosanos: alcalde, concejal, juez, secretario, cura, guarda, maestro, pastor, medidor, sastre, ferreiro, etc. (código de identidad y de cooperación). El signo básico era el vecino, el nacido en el pueblo, individuo con unos derechos y deberes respecto a su municipio. Entre la enumeración de las anteriores figuras destacamos el alcalde, el juez, y el cura, poseedores de una de las tres llaves que abrían el arca donde guardaban los documentos importantes del pueblo. El arca estaba en la sacristía de la parroquia. Esta correspondía al mismo término del municipio. Era un signo muy importante del lenguaje social, pese a que representaba también el signo más importante del lenguaje tradicional. Las fiestas, las procesiones, las cofradías, los bautizos, las bodas, los entierros, eran situaciones en las que el pueblo manifestaba su identidad y cohesión. El lenguaje social ofrecía mayor complejidad que el lenguaje ecológico, y era la base de la que partían en gran medida los signos que componían el lenguaje tradicional.

      4.

      En el antiguo municipio de Terroso hemos descubierto un lenguaje tradicional en los vecinos que vivían en él a partir de su comprensión de la realidad.

        –          El código de comprensión científico-técnica de la realidad en la que se movían originaba un conjunto de conocimientos necesarios para sacar el mejor provecho posible a las fincas y a los animales que poseían. Estos conocimientos ( saber cultivar centeno, saber obtener el grano, saber aprovechar los pastizales, conocer las posibilidades económicas de la oveja, la vaca o el cerdo, etc…) no morían en el vecino que los aplicaba, sino que formaban un conjunto de tradiciones que daban seguridad al modo de vivir sanabrés, siendo fieles a su constante aplicación. En la tierra y en la hacienda (el conjunto de todos los animales domésticos) estaba el seguro de vida de estas gentes, y esto lo sabían perfectamente ellos, por eso mantenían los conocimientos que habían aprendido de sus padres para cultivar la tierra y cuidar los animales. Con el paso del tiempo, algunas técnicas o modos de intervenir en la naturaleza se abandonaban, podían ser sustituidas por otras más modernas (el manal por la máquina de majar), pero el lenguaje tradicional las mantenía en la memoria para ser recuperadas en el momento preciso (volver al manal cuando en la guerra civil faltó la gasolina para la máquina). Sin esta acumulación de conocimientos hubiera sido imposible el presente trabajo. El lenguaje ecológico y el lenguaje social acababan formando parte del lenguaje tradicional porque ambos sólo eran válidos cuando se asumían como los modos de comprender la realidad material y los modos de relacionarse y organizarse (la realidad social) para vivir en este lugar. Las técnicas agrícolas y ganaderas, los instrumentos para realizarlas, los modos de organizarse para llevarlas a cabo con mayor eficacia, etc. formaban un conjunto de conocimientos que daban cuerpo a parte del lenguaje tradicional de nuestros paisanos terrosanos y sanabreses.

        –          Unida a esta comprensión científico técnica de la realidad estaba la comprensión moral de la misma. La valoración de las cosas, de las acciones, y, en general, de la vida, no podía separarse de su actividad agrícola y ganadera. El interés máximo de nuestros vecinos estaba en sus tierras y en sus animales, a ellos dedicaban casi todo el esfuerzo diario. A veces, hasta el amor entre dos personas estaba supeditado a la conveniencia de las tierras y los animales de una casa. El buen vecino se enjuiciaba desde la dedicación al trabajo diario y constante en sus fincas y con sus animales, y porque no rompía las normas establecidas en ese trabajo ( no quitaba el agua, respetaba las fincas ajenas, no movía marcos aumentando su finca a costa de otras ajenas, no permitía que sus animales entraran en la finca de otro…). Naturalmente no debemos olvidar que gran parte de su comprensión moral de la realidad también le venía dada por la religión, sin la cual, decían algunos , “nos comeríamos unos a otros”. Los terrosanos encontraban en ella un modo concreto de poseer unas normas de conducta y de vida, aunque sus convicciones de fe no estuvieran tan claras. “Sin la misa de los domingos parece que me falta algo…”, decían los que consideraban el precepto dominical como una obligación tan importante como el trabajar los días de diario. La actividad agrícola y ganadera y la religión eran las fuentes de moralidad, los parámetros que regulaban la comprensión moral de la vida de estos sanabreses.

        –          Los vecinos de este municipio eran parcos en sus manifestaciones artístico-lúdicas (comprensión estética de la realidad). Al igual que en la anterior consideración, estas manifestaciones estaban directamente relacionadas con la actividad agrícola y ganadera. El baile y las canciones normalmente aparecían en un contexto agrícola y ganadero. Las canciones más recordadas por nuestros informantes eran las que se entonaban en la siega del pan y en las majas. Los mejores momentos de diversión, exceptuando los bailes del verano, eran los filandares, reuniones para filar lino, una actividad del proceso de obtención de este producto. Las fiestas, tanto familiares como del municipio o pueblo, tenían relación de inicio o final de una actividad importante. La fiesta del Rosario (en la segunda semana de junio) estaba al comienzo de los trabajos de la hierba, el ramo de la hierba se celebraba al final del acarreo de la hierba, la fiesta del Santiago (a final de julio) se unía a la siega del pan, la fiesta de los Remedios (patrona de Sanabria)a la sementera. Las manifestaciones plásticas eran muy reducidas. Los edificios no tenían ninguna decoración destacable, salvo algunos detalles de origen celta que llevaban las barandas de los balcones. Los enseres de la casa y los aperos de labranza raramente tenían elementos decorativos: algunos grabados en la madera de las escañetas, en la piel de las mullidas de las vacas, en los yugos, etc.

        –          La comprensión mítica de la realidad se manifestaba en estas gentes cuando explicaban el origen de lugares concretos del municipio  y de actividades de sus habitantes. Entre otros signos de lenguaje tradicional destacaban las historias sobre el castro, la usanza, Escaldón, el origen del pueblo de San Martín, el origen de la parroquia de Santiago, la aparición de la Virgen del Piorno, etc. Algunas de estas tradiciones tenían fundamento histórico, pero adornado y recreado por la tradición oral de los vecinos.

        –          La comprensión mágica de la realidad no nos ha llegado abundante en signos hasta nosotros, tal vez no sea tanto como pueda pensarse de estas culturas del noroeste español. Los signos generados por un código de comprensión mágica de la realidad solían ser de dos órdenes: relacionados con el poder de oraciones y objetos religiosos, o relacionados con el poder de hombres y mujeres llamados brujos/as, provocadores del mal de ojo. Respecto a lo primero era habitual recurrir al Responso de San Antonio, la bolsa de las reliquias (para proteger un parto), la campana de la ermita de San Martín para prevenir las tormentas… todos ellos elementos religiosos, pero utilizados como medios en sí mismos para lograr un determinado efecto, no como medios para relacionarse con Dios. Respecto a lo segundo, echar leche de una cabra mala en un hormiguero, mirar un jeijo (piedra blanca) al levantarse por la mañana para no afectar a nadie con el mal de ojo… eran prácticas de brujos y brujas.

        –          Por último, la comprensión religiosa de la realidad producía un gran número de signos de lenguaje tradicional terrosano, muchos de ellos mencionados dentro del lenguaje social. Todos los momentos importantes de la vida de un vecinos eran subrayados por un signo religioso (Bautizo, Primera y Segunda Comunión, Boda y Entierro), presididos por el sacerdote de la parroquia. El desarrollo de la actividad anual agrícola y ganadera iba parejo al desarrollo de las fiestas y épocas de importancia religiosa (El día de Reyes, San Antonio Gurrineiro, Los Carnavales, La Cuaresma, La Semana Santa, La fiesta de la Encarnación en San Martín, La Fiesta del Rosario, La fiesta del Santiago…). El terrosano era una persona religiosa que subrayaba el aspecto práctico de la religión sobre la propia convicción personal. Le ayudaba a comprender la importancia de su actividad diaria, y, sobre todo, daba sentido a los momentos importantes de la vida y la muerte. Este último aspecto era una de las claves de su comprensión religiosa de la realidad: el terrosano comprendía el mundo en dos ámbitos, el de los vivos y el de los difuntos o antepasados. Había numerosos signos de lenguaje tradicional relacionados con esta comprensión de la realidad. La Cofradía de las Ánimas y toda su actividad, la misma devoción particular por las Ánimas, las constantes referencias e historias sobre apariciones de difuntos. Los terrosanos tenían una creencia muy fuerte en otra vida más allá de la presente. Algunos bienes patrimoniales, fincas y hacienda, se convertían en signos de lenguaje tradicional cuando se utilizaban como garantía de estancia feliz en la otra vida (misas de entierro pagadas con fincas, heminas de grano para pagar el entierro, praos dedicados a pagar aniversarios de la muerte de algún vecino). La religión ayudaba a dar coherencia moral y sentido a la vida de estas gentes.

        Finalmente, podemos entender el ser humano que vivía en este municipio si lo situamos unido a su tierra y a sus animales, a los que trataba en muchas ocasiones como seres personales y familiares. Medía el tiempo en vidas (“en vidas de mis antepasados”… “esto ya es de otras vidas antes que yo”), comprendía el espacio por el nombre que se le había asignado y por las tradiciones o hechos que lo identificaban. Era hospitalario, aunque desconfiado. Daba de comer a todo el que colaboraba en su trabajo, siendo la comida la mejor paga que podía recibir. Siempre se mantenía fiel a sus tradiciones y costumbres comunales, porque en ellas estaba su seguro de vida. Su modo de vida le obligaba a colaborar con sus vecinos de continuo, aunque su espíritu participativo venía dado por la necesidad propia de ayuda del vecino, no por convicción interna. Su mundo de problemas no superaba los límites del municipio al que estaba adscrito. Pese a esto, emigraba si era necesario para sobrevivir. Porque el sanabrés era trabajador: el modo de vida de autoabastecimiento le exigía conseguir el alimento sólo a base del propio esfuerzo. Unido a su fidelidad a la tradición estaba el respeto, ya aludido anteriormente, por sus antepasados: “nosotros seguimos haciendo lo que nuestros padres nos enseñaron…”, sobre todo respeto por los difuntos, que se convertían en objeto muy importante de su devoción religiosa.

        El paisano de Sanabria asumía el lenguaje ecológico y el lenguaje social en su lenguaje tradicional, donde quedaban guardadas las últimas razones de su modo de ser y vivir.

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