Posteado por: lenguajesculturales | agosto 25, 2010

Los molinos sanabreses. Sanabria. Guía cultural.


Los molinos sanabreses.

Localización, propietarios y organización de su uso.

Los molinos sanabreses eran de dos tipos: maquileros y rastreros.

“Se empezaba a moler cuando había lluvia. Se iba a los molinos rastreros que había aquí, y si no, en todo tiempo, a los molinos maquileros de Requejo y Puebla”

Los molinos maquileros funcionaban durante todo el año porque estaban colocados junto a ríos de caudal constante. El propietario era un particular que explotaba el negocio del molino como una de las industrias de la región.

“A los molinos maquileros se les llamaba máquinas. En la máquina eran las piedras igual que las del molino, pero tenían dos o tres piedras, tipo industrial, y podían moler dos o tres a la vez. Y luego en diversos sacos iban cayendo las diversas partes de los molido.”

A estos molinos se acudía cuando los rastreros no funcionaban, y cuando se quería sacar el mayor provecho posible a la molturación del grano. Se decía: “Voy a la máquina”.

En el municipio de Terroso no había ningún molino maquilero. En el vecino municipio de Requejo, junto al río, estaba emplazada la máquina más cercana. Los terrosanos también acudían a los molinos de Puebla de Sanabria…

“… iban de noche por la carretera, que antes era un camino sin asfaltar, con los carros o en las caballerías, iban por ahí, por la Venta de las Ánimas a moler a Puebla.”

Los molinos de las aldeas eran los molinos rastreros, el objeto de nuestro interés. Sólo funcionaban en las épocas de lluvia o nieve y estaban situados en las afueras de los pueblos, junto a los torrentes y pequeños riachuelos que bajaban de la montaña.

Con las lluvias otoñales los arroyos tenían suficiente fuerza para mover el rodezno de los molinos rastreros. La época de su uso duraba hasta la primavera, cuando el agua debía ser aprovechada para el riego de los prados y las cortinas.

El molino no solía pertenecer a un particular, era propiedad de varios vecinos herederos de los primeros que lo construyeron.

“Los molinos pertenecían a los aplaceros, eran de vecinos, se juntaban una tanda de vecinos para hacer el molino, lo arreglaban y lo preparaban. Para hacerlo antiguamente se juntarían quince o veinte.”

“A mí me tocaba el 29 y el 30 de cada mes. Tenía en dos molinos, y en uno me tocaba media vela, y en el otro una vela entera. Media vela significa o un día o una noche sólo.”

“Los molinos eran de una sociedad de vecinos, salvo que fuera de uno solo, como el de los Patas de Pote de Pedralba, porque estaba en su propia finca. Los molinos que estaban en la vía pública, en los arroyos públicos, solían ser de sociedades de vecinos.”

Como cada vecino que tenía parte (aplacero, aparcero) en un molino tenía un turno o medio turno, al que llamaban vela, se suponía que los primeros constructores del molino habían sido tantos como los días del mes, que era el ciclo completo de las velas de un molino.

“Aquí se tenía una vela, o sea, un turno por la participación que se había tenido en la construcción. Se habían juntado, por ejemplo, vecinos de San Martín y Terroso, y lo habían hecho. Venía esto de muy atrás, de herencia. Nosotros sólo reparábamos los molinos. Yo nunca los vi construir.”

La utilización del molino coincidía con los meses más fríos. La vela se aprovechaba lloviera o nevase. Si sólo tenían media vela, se hacía un acuerdo con el vecino que poseyera la otra media vela, generalmente un familiar cercano, de modo que cada uno moliera un día completo en meses alternativos.

“Los padres repartían las velas entre los hijos, si tenían dos velas y cuatro hijos, repartían media vela para cada uno.”

“Nosotros somos cuatro hermanos, pues entonces este mes molía yo, y luego para el otro pues molía mi hermano, en vez de coger la mitad del día cada uno. Si luego te hacía falta harina molida, pues se la pedías a él, y cuando tu molías, se la devolvías.”

El número de molinos existentes en el municipio en los dos últimos siglos varió entre cuatro y seis. Algunos informantes aludían también a la existencia  de un molino pisón, para aplastar el pardo, instalado en el mismo arroyo que los molinos rastreros para molturar el pan.

“Había tres molinos, pero hubo hasta seis. Hubo en Candejón, en el Debuncal, hubo otro en la pradera de Linares, en el Agra…”

Todos estos molinos, excepto el de Candejón, se levantaban a la orilla del riachuelo que recorría el municipio.

Los molinos estaban cerca unos de otros, en el espacio de uno o dos kilómetros. Se encontraban a igual distancia de ambos pueblos.

Periodos y modos de utilización. Mantenimiento de los molinos.

Los molinos funcionaban…

“… cuando empezaban las aguas fuertes, cuando empiezan a andar mejor. Esto era en septiembre, y ya hasta la primavera. Luego no se podía moler, porque la gente regaba los praos.”

A partir de los meses de abril y mayo el agua se convertía en un bien escaso porque los prados y las cortinas necesitaban abundantes riegos. Por esas fechas dejaban de moler para aprovechar el agua en lo que se consideraba más importante, la hierba y los trimesinos.

“Los molinos funcionaban bien en el invierno, y cuanto más fría era el agua, cuanto más helase, mejor te andaba el molino…”

La sierra cubierta de nieve alimentaba constante y abundantemente el arroyo que movía el rodezno de aquellos viejos molinos.

El día que tenían la vela iban con la carga de grano al molino. Lo llevaban en una caballería o en el carro.

El molino tenía una maquinaria sencilla y rústica, que cumplía suficientemente con las necesidades de sus propietarios. La descripción del molino sanabrés ha sido realizada exhaustivamente por Fritz Krüger en 1922.[1]

“Molías todo el grano que pudieras en la vela que te correspondía. En una vela pequeña de molino, de unas horas, molías sólo tres heminas, pero si tenías dos días de vela, podías moler hasta una carga.”

“Se llevaba el centeno en sacos de lino. Se llevaba un cubo y se iba echando el grano en una especie de cajón que había sobre la piedra de moler, al cajón este en forma de embudo grande de madera se le llamaba trimuera. Y bajo la trimuera había otro cajón más pequeño, como un canal, antes de caer el grano en la piedra, que era el que graduaba la caída del centeno entre las dos piedras, que se llamaban muelas. Estas muelas, una era fija, la de abajo, y la otra la movía el agua. El grano caía en un agujero que había en medio de las piedras.

El agua que se empleaba para mover el molino era encauzada por un canal y antes de entrar al molino pasaba por un tronco de madera preparado con el hacha. Iba la abertura de mayor a menor, para que el agua cogiera presión y golpeara el rodezno que hacía andar la piedra. Luego, arriba, la harina que salía entre las piedras, por los bordes, iba cayendo al farneiro.”

Cuando acababan de moler dejaban el molino recogido y limpio para el siguiente vecino que lo fuera a usar.

El mantenimiento del molino era responsabilidad de la sociedad de vecinos propietarios de las velas mensuales de aprovechamiento. La piedra de moler y el rodezno solían ser los elementos que requerían atenciones constantes.

“La piedra había que picarla cada poco tiempo. Era de una cantería muy dura. La quitaban y la picaban por debajo.”

“El rodezno tenía unas aspas, que eran como unas cuñas de madera alrededor de un eje. Después las hicieron de hierro, como cazoletas. Pero cuando eran de madera, o se rompían o se caían, y había que andar siempre arreglándolas.”

El mismo cuidado tendrían con las demás piezas de la maquinaria del molino. También debían arreglar el sencillo edificio, sobre todo el colmao de paja, que cambiaban cuando la lluvia entraba en su interior.

El problema más grave que ocurría cuando molturaban el grano era que el cereal se cayera entre las dos piedras, por el eje del rodezno, hacia el canal del agua que lo movía.

“Esto era que se embozaba, y se decía que el molino te había hecho una cerracina. Te echaba el pan al arroyo cuando el molino se embozaba.”

Sucedía esta circunstancia porque los que tenían la vela de moler llenaban la trimuera y se marchaban a realizar otras labores mientras el molino trabajaba.

“Hay que tener muchísimo cuidado con el molino porque igual te marchaba el grano para debajo de la piedra redonda. Si el agujero no estaba bien atacado, bien taponado con estopas de lino, se marchaba el grano para abajo.”

Aprovechamiento del grano molido.

La harina que salía del molino todavía no estaba preparada para hacer pan. Había que cernirla.

“Una vez molido el grano, la harina se traía a casa y se dejaba en el arca hasta que se enfriara, porque si estaba caliente se cernía mal, se pegaba mucho a la piñeira, o que tenía alguna humedad y no se cernía bien. Esto ya era trabajo de las mujeres.”

Cernir la harina era la operación por la que se separaba la harina fina o flor de la harina, que utilizaban para hacer pan, de la cáscara del grano, el salvao, que servía para alimentar a los animales.

“El arca que quedaba vacía de grano se llenaba con la harina. Traías la harina para el arca y ponías unas varillas sobre ella, y encima unas piñeiras, que eran como cribos, pero muy finos, de tela como las medias de nylon. Luego cernías o más gordo o más fino. Y así te quedaba el salvao para el cerdo, que era la cáscara del grano.”

Cuando el grano se llevaba a la máquina se aprovechaba mejor porque podían sacar tres tipos de harinas: la flor de la harina, la salvadina o tercerilla, y el salvao.

“Si lo llevabas a moler a la máquina te sacaba la flor, que es la harina pura, el salvao, que es la cáscara, y luego lo intermedio, que se llamaba la tercerilla. La tercerilla luego la envolvías tú con la flor o con el salvao, según quisieras.”

Esta operación de cernir la harina también se realizaba sobre la masera, el día que ocupaban en el trabajo de cocer el pan en el horno.

Tanto la harina como el salvao se almacenaban en arcas, y se iban consumiendo a lo largo del año.

“La harina había que gastarla dentro del año porque si no se te estropeaba, le salía un bicho negro. Y el grano, si no lo molías, tenía el peligro de los ratones, que roían el arca y te lo echaban a perder.”


[1] Krüger (1925), páginas 126-135.

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