Posteado por: lenguajesculturales | agosto 24, 2010

El acarreo. La era y la meda. La maja: estrar, majar, averdugar, voltiar, balear, hacer la polea. El medero. La limpia: el arca, la tuña y la panera. Sanabria. Guía cultural.


El acarreo y la preparación de la era. La meda.

Una vez acabada la siega de las tierras, ahora ocupadas por los mornales de pan, se esperaba la orden para iniciar el acarreo.

Antes del acarreo los vecinos realizaban un concejo para preparar los caminos por los que debían pasar los primitivos vehículos que utilizaban en esta labor.

“ El concejo se juntaba al final de la siega para preparar los caminos, desbrozar donde había maleza. Aquí en Terroso el camino que había que estar preparando siempre era el de la Chaneira, porque estaba algo pendiente y era muy barroso, el agua lo deslavaba mucho y se ponía muy malo y había que darle una mano. Era el más transitado, San Martín y Terroso tenían que pasar por él… También el de Fuente Romeira, que es desde la carretera hasta la iglesia, y un poco la calle de Barreiros. Los demás se les daba una mano, poco, porque se derramaban menos.”

Una vez hecho el concejo para preparar los caminos, el alcalde daba la voz de inicio del acarreo. Este consistía en transportar el pan desde las tierras a la era.

“El medio de transporte era el carro, una pareja de vacas y el carro. Luego vinieron las carretas que eran más elegantes, con radios.”

Nadie podía acarrear antes de que se diera la orden.

“Esto era muy serio, nadie podía empezar, si no, el alcalde le prohibía mover el carro donde lo tuviera.”

La ley admitía excepciones, ya que la situación de algunos vecinos así lo requería.

“Daban permiso a aquel que no tenía yunta, y lo apañaba con la yunta de un amigo. A lo mojor quedaba un poco de siega y decían: Fulano tiene permiso para acarriar tal día… También por enfermedad, entonces le ayudaba otro amigo antes de que acarriara él.”

Pero esto no era habitual. Los vecinos esperaban a que todos acabaran la siega para decidir el día de acarreo.

“El motivo era que todo estaba sembrado y el que acababa antes podía estropear lo sembrado si metía el carro para llevarse lo que él había segado, o estropeaba lo que todavía estaba esparcido en manojos en la tierra del vecino.”

La siega no había sido una labor propiamente comunitaria, aunque las circunstancias del trabajo lo propiciaran, pero todas las tareas que venían después exigían la colaboración de unos con otros. Primero uniéndose en el acarreo por grupos de familias o amigos, y, más tarde, en el trabajo de las majas, uniéndose por grupos de barrio.

“Para acarrear se pedía ayuda…”

“La gente se organizaba para acarrear, se unían las familias o entre amigos que se llevaban bien…”

El carro, a pesar de la técnica que tenían para cargarlo lo mejor posible, era pequeño, y cada vecino necesitaba la ayuda de otro compañeiro o familiar con otro carro para traer el pan lo antes posible a las eras.

Para cargar el carro…

“… había que poner dos manojos más bien adelante, cerca de las vacas, en las estadulletas. Luego atrás tenían que entrar cuatro, seis manojos…  Para cargar bien un carro había que saberlo hacer.”

Cargar un carro tenía su técnica, porque había que aprovecharlo al máximo para no tener que hacer muchos viajes. Cuidaban que la espiga no sobresaliese lateralmente para no perder grano por el camino. Por lo mismo, colocaban mantas traperas en el piso de tablas del carro para lograr el mismo resultado.

“El carro tenía que llevar una manta o una sábana por el estrao del carro, y cuando cargabas los manojos levantabas por los lados la manta para que las espigas que salían por los estadullos no pegaran en la orilla de las calles y se desgranaran, o por los golpes del camino que se cayeran las espigas sueltas entre las rendijas del estrao, del piso del carro.”

Si alguien contemplara vacío aquel carro de formas arcaicas, con ruedas macizas de negrillo, no imaginaría que en él cabría uno de los mornales preparados en la tierra. Con la experiencia transmitida de unos a otros aprovechaban todos sus salientes procurando llenar de pan el sencillo transporte.

Los días del acarreo no sólo cambiaban el paisaje con aquellos volúmenes de paja transitando por los caminos y las calles, en los que la pareja de vacas parecía emerger de la carga de pan, sino también transformaban la atmósfera, invadida por los gemidos del carro chillón al presionar la carga sobre su eje.

La forma primitiva de apoyar la eijeda sobre el eje, hacía cantar al carro[1], y seguramente quien lo dirigía se sentiría orgulloso de ir delante de tan improvisado organillo. Esta circunstancia favorecía que pocos se atrevieran a acarrear antes de dar la orden: su falta de solidaridad se haría pública en el momento que moviera el carro cargado con el centeno cosechado.

El pan se llevaba a la era. Previamente había que prepararla para hacer la meda del pan traído de las tierras.

“Se preparaba la era esguadañándola. Llevaban los carros, se descargaban y se iba formando la meda.”

Las aldeas sanabresas no solían tener una sola era para todos los vecinos. La situación montañosa e irregular de los pueblos de este país no hacía posible establecer un campo común, una era comunal, como las había en la llanura castellana. Además, sería desaprovechar terrenos de pasto para el ganado, la riqueza más importante de la economía sanabresa.

Las eras pertenecían a varios vecinos. También podía darse el caso de vecinos que tuvieran su propia era. Si la era pertenecía a varios propietarios, se decía que tenían una suerte en ella. La era se aprovechaba para ser pastada por los animales, cuidando que no estropearan la paja del medero, la paja amontonada de la última maja.

San Martín, colocado en la falda de la montaña, sólo disponía de pequeños espacios cercanos a las casas, destinados a la maja del pan. En Terroso, a parte de algunas eras particulares, había una era de pequeñas dimensiones, propiedad de varios vecinos, origen de conflictos frecuentes. Había vecinos que por no poseer una suerte de era solicitaban al ayuntamiento majar en campo comunal.

La era quedaba dispuesta para utilizarse después de esguadañarla y limpiarla.

“Había que segarla, esguadañar la era, la hierbita esa menuda que quedaba, pues la tenías que segar y barrerla con unos barrederos de cudeso, y luego se quemaba.”

“La era se segaba. Con una trampa se daban golpes para que se secara el pasto, una trampa era una rama seca de roble, o con lo que fuera. Le dabas unos golpes, dejabas que se secara unos días, luego le echabas paja por encima y lo prendías. Donde no había terrón, que quedaba la tierra suelta, se cogía la buesta de una vaca, y como lo secaba el sol, quedaba todo tapado. Luego se barría todo con un barredero.”

En la era se descargaban los carros de pan traídos de la tierra. Llamaban meda al modo de colocar los manojos en la era. La meda tenía una forma cónica característica, y su función era proteger el centeno de la humedad, colocando la espiga hacia el interior de la meda y el tuero hacia fuera, durante los días que mediaban entre el acarreo y la maja.

“Hacías una meda poniendo en círculo los manojos, las espigas para dentro y el tronco, el payote, el tuero, para fuera. Se va colocando luego el extremo de un manojo sobre la grañeira del de abajo, para que no se caiga la meda y no se moje, y por el centro se iba rellenando de más manojos. Los manojos que estaban mal hechos… pues para la tripa de la meda. Los había que para aparentar, metían tanto malo dentro que luego se les caía la meda, o se les calaba cuando venía una tromba de agua.”

El círculo de manojos se iba cerrando hacia arriba hasta que quedasen unos pocos.

“Se subía uno joven, uno que aturriara bien, y cerraba la meda con un manojo. De los cincuenta o cien manojos puestos en círculo que venían de abajo, pues después arriba quedaba uno solo. Terminabas la meda con otros tres o cuatro, y al final se abría uno con las espigas para abajo y se colocaba en la punta de la meda clavándolo con un estadullo del carro, para que no lo llevara el aire.”

Cuando acababan una meda daban un sonoro aturrio y retaban a la lluvia diciendo “…¡y ahora que chova!”.

La meda era necesaria, pero a la vez era un trabajo poco rentable: hacer, para deshacer al poco tiempo.

“Se hacía para que la humedad no penetrara en la espiga. Esto se hacía nada más que por aquí y por Galicia por causa de las lluvias.”

Ya estaba todo preparado para la maja.

La maja.

Organización general de las majas.

Por San Lorenzo siempre se estaba majando”.

Con las majas, mallas, llegamos al momento de mayor cooperación vecinal en el ciclo del pan. Si en las anteriores actividades la ayuda entre los terrosanos se reducía al ámbito familiar o de los amigos, y a la contratación de algunos jornaleros o criados, en las majas el ámbito de la cooperación directa se ampliaba a todos los vecinos del pueblo, o al menos del barrio donde vivían. Era uno de los casos en el que se practicaba la costumbre de los trabajos vueltos, frecuente en la sociedad sanabresa.

Las majas comenzaban en los primeros días del mes de agosto. Era la actividad por la que se separaba el grano de centeno de la paja. Para esta tarea no se podía prescindir de los vecinos, por ello, cada año repetían el mismo sistema de organización, asegurando la realización de esta importante actividad.

“Los vecinos teníamos que llamarnos unos a otros. Ibas tu a la maja para mí, y después iba yo para ti. Era a manal, y cuando era a máquina, igual. A manal venían de tu casa a majar dos hombres y una mujer, y dos hombres y una mujer teníamos que ir a la tuya.”

Hasta el final de los años veinte o principio de los años treinta del siglo XX, el trabajo de las majas se realizaba con manal. Después algunas compañías o sociedades de vecinos adquirieron las llamadas majadoras, accionadas por un motor exterior.

“ La máquina ya vino antes de la guerra (civil), el manal se dejó antes de la guerra. Pero luego en la guerra no había gasolina ni nada y se volvió al manal.”

Independientemente del sistema utilizado, la ayuda de los vecinos seguía siendo imprescindible.

“En San Martín se hacían compañías. Entonces la costumbre que había era ir dos a cada casa, un hombre y una mujer”

El modo de organización de las compañías era el siguiente:

“Se juntaban doce o quince vecinos en compañía. Un día majaban para uno, otro día para otro, hasta que se terminaban todas las majas de los miembros de la compañía. Se iba por turnos, no se escapaba nadie. Una año se empezaba por un lado y al otro año por el otro. Aquí en San Martín era por barrios. De cada casa iban por lo menos dos, un hombre y una mujer.”

“Aquí en Barrio Cima eran unos los que formaban la compañía, en otro barrio eran otros. Aunque estuvieras enfadado ibas, lo único, al mojor, que no comías en la maja del que estuvieras enfadado, que no le hablaras a ese vecino, pero tu ibas a su maja y él a la tuya.”

Las rencillas personales debían dejarse a un lado cuando llegaba esta situación. La obligación aceptada de majar para todos los vecinos de la compañía a la que se pertenecía superaba cualquier posible enemistad, porque la necesidad de brazos en una maja estaba por encima de los conflictos de cada día.

El hecho de faltar a la obligación de asistir a una maja no tenía sanción del ayuntamiento o de la compañía, pero era extraño que sucediese esa circunstancia. La cooperación estaba impuesta por la necesidad: se ayudaba a otros porque era imprescindible que los demás te ayudaran. No había una intención caritativa o filantrópica en estas acciones, más bien, la cooperación era contradictoriamente egoísta. No había sanción por esta falta de solidaridad, y si se hubiera dado el caso, tarde o temprano se pagarían las consecuencias de esta infidelidad a la cooperación vecinal. Nadie se fiaría del teórico vecino infiel, y no encontraría ayuda cuando él la necesitara. Se daba la circunstancia, admitida por nuestros informantes, de que algún vecino llegó a tener dificultades para encontrar majadores, por su mala fama en el vecindario, ya fuese por ejercer un cargo público a disgusto del pueblo o por estar en constantes querellas con todos sus convecinos.

Terroso, por ser un pueblo de menos habitantes, no tenía compañías definidas como San Martín.

“Normalmente era una cosa de vuelta. Si yo iba a majar dos días para ti, porque tenía una maja grande, tu ibas dos días a majar para mí”

La forma tradicional de majar era con manal, un instrumento compuesto por un mango y un batidor, sujeto por correas al mango. El otro sistema, más moderno y cercano a nuestros días, consistía en pasar los manojos por una máquina majadora. Esta última no implicó un cambio en la organización social de las majas. La máquina redujo el tiempo de majar, pero no la cooperación vecinal.

La duración de una maja dependía del tamaño de las medas que había que majar. Una maja de manal podía durar un día, aunque algunas majas se hacían en dos o tres días porque el propietario tenía dos o tres medas en la era. La máquina majadora redujo esta actividad a horas. Con la máquina los que poseían dos o tres medas empleaban un día, y los demás sólo tardaban medio día o menos.

Había que realizar las majas en poco tiempo. Como el grano tenía que estar en la era hasta el final de la maja cuando ésta se realizaba con manal, podía caer una tormenta y estropear la cosecha de todo el año.

La duración de una maja también dependía del número de brazos que acudiesen. Quienes necesitaban un gran número de majadores debían realizar también un gran número de trabajos vueltos, esto es, acudir a las majas de todos los vecinos que luego necesitaba en su maja.

Para llevar a cabo una maja era imprescindible el manal (dejamos a un lado la  máquina majadora, aunque esta no alteró el uso de los restantes instrumentos de esta labor que a continuación enumeramos). El manal sólo lo utilizaban los hombres. Los demás instrumentos se repartían indistintamente entre unos y otras, aunque las mujeres solían balear y rastrillar y ambos mover la paja y formar la polea para llevarla al medero. Este lo hacían los hombres.

“La organización de una maja era espontánea, las mujeres a una parte y los hombres a otra. Un grupo para majar, las mujeres le daban la vuelta a la paja, y mientras las mujeres descansaban los hombres majaban. Las mujeres, unas cogían el rastro y otras el baleo”

Los que participaban en una maja iban ya dispuestos a colaborar en una determinada tarea según su edad y su sexo. Los hombres más fuertes majaban con los manales; los jóvenes y ancianos ocupaban los restantes lugares junto con las mujeres, algunas de las cuales traían un rastro para ocupar su puesto habitual: mover la paja. Los hombres realizaban siempre las actividades de fuerza y las mujeres las de destreza y habilidad. Los jóvenes echaban los manojos desde la meda, y un grupo de mujeres y hombres los colocaban en la era. Los hombres golpeaban el pan con el manal y las mujeres levantaban la paja y baleaban el grano.

La maja requería por tanto una organización previa: saber quienes iban a venir y en qué lugar trabajarían. Pero era una organización supuesta, ya que por tradición estaba todo arreglado. Cada vecino sabía las majas a las que tenía que asistir y siempre solía trabajar en el mismo puesto.

Hacían falta además una serie de instrumentos y preparativos: el palo del medero, con sus cangones y un rejo, espalladeiras, baleos, rastros o rastrillos y barredeiros, y, fundamentalmente, el manal. La comida y la bebida corrían a cargo del propietario para el que se majaba.

“Cada uno llevaba un instrumento, manal o rastrillo. El dueño tenía las espalladeiras, y además el vino, la comida, algún rastrillo, los baleos y los barredeiros. El manal lo llevaba cada uno de su casa.”

La realización de la maja.

El día acordado se juntaban en la era los vecinos que iban a majar.

“Llegaban por la mañana y lo primero desayunar, y después, cuando calentara el sol, se cogía y se deshacía la meda por la punta de arriba.”

“Se subía un chico a la meda para echar los manojos abajo. En la era primero se ponía una fila de manojos sin deshacer, y sobre esos manojos se colocaban las primeras espigas de otros manojos que ya se deshacían y que iban formando la estrada. Los manojos sin deshacer estaban hasta el final, como quedaban altos evitaban algo que el grano saliese fuera. Los hombres que iban a majar abrían los manojos poniendo la paja toda tendida, primero sobre los manojos sin abrir, los que se habían puesto rodeando toda la era, y luego encima de los manojos abiertos formando filas y filas de manojos abiertos.”

“Había que poner el manojo debajo del brazo, y se quitaba la grañeira y se soltaba uno sobre otro, hasta que se llenaba la era.”

“La espiga al mismo careo, de modo que sólo se viese eso, la espiga, y un manojo cubriendo al otro manojo.”

“Esto era estrar la paja. Era hacer la estrada hasta el final, hasta que diese de sí la era”

“El tronco de la espiga quedaba todo escondido, sólo se veía la espiga, y de ese modo se llenaba toda la era. Después se dejaba esto para comer o para echar un cigarro. Mientras tanto… que le calentara el sol un rato, y cuando le había dado bien el sol y estaba seco, se entraba con el manal. Esto de majar era muy duro. Desgranar, desgranaba más el sol. En un día sin sol o con algo de humedad era muy difícil majar.”

“Luego los majadores se colocaban en un extremo de la erada con el manal. Si había doce hombres, se ponían seis en una parte y seis en otra. Avanzaban juntos, mirándose de frente, pero unos iban hacia delante y los otros de espalda en la misma dirección. Eso era hacer el tumbo.”

“Los que iban de espalda daban un paso atrás y los que iban de frente un paso adelante, para que el manal siempre cayera dos veces en el mismo sitio, un golpe de cada fila.”

La posición de los majadores en la estrada dependía del tamaño de la era. Majaban a tumbos si la era era pequeña o el centeno desgranaba con dificultad. En las eras grandes y con la paja suficientemente seca también majaban formando una fila única a lo ancho de la era.

El golpe de manal caía en perpendicular a la posición de los manojos de la estrada.

“Había que golpear atravesado, porque si cogías las espigas de punta  se abrían para los lados los manojos y se perdía el golpe. Si se hacía a tumbos, cada pareja de majadores cogía una fila de espigas y a darle.”

“Las veces que había que pasar sobre la primera estrada lo miraban los majadores, porque había paja que estaba muy seca y saltaba antes, y no hacía falta más que una vuelta de manal, y ya estaba para darle la vuela a la paja. Pero si le había venido el tiempo malo y la paja cogía humedad, necesitaba más golpes.”

El buen estilo de majar tenía un nombre concreto: averdugar.

“El que le daba bien al manal se decía que averdugaba bien”

“Averdugar era poner derecho el piértigo. El que lo colocaba bien derecho era buen majador. Es que así caía más fuerte.”

“Según subías el piértigo para arriba, como subía con fuerza, si lo dejabas, se te iba para atrás, y había que procurar que esto no ocurriera. Para ello lo sujetabas con un movimiento en redondo del brazo, y el piértigo se sujetaba en el aire y se quedaba derecho hacia arriba, encima de la manguera.”

A la vez que los hombres daban los golpes, las mujeres colocaban unas sábanas en los laterales para que no saltase el grano fuera de la estrada.

“Cuando ya estaba bien majado de un lado, las mujeres, mientras los hombres echaban un trago, daban vuelta a la paja. Dar vuelta a la paja era colocar la espiga al lado contrario de donde estaba mirando.”

“Venían las mujeres y cogían los manojos abiertos por el último que se había puesto y le daban la vuelta a aquella mano. Lo que daba para abajo se ponía para arriba. Esto lo hacían las mujeres.”

Después de un trago de vino o un cigarro y de alguna picardía con las mujeres, los hombres volvían a majar.

“Volvían al manal y repetían la misma pasada de golpes. Al acabar esta segunda pasada del manal, se espoleaba la paja y se iba llevando para el medero formando la polea.”

“Con la tornadera se movía bien la paja y se iba llevando al medero. Se ponían tres o cuatro cerca de donde se iba a hacer el medero, dos en la polea y otros dos o tres haciendo manadas desde la estrada, todo dependía del tamaño de la era.”

La polea era la fila de hombres y mujeres que llevaban la paja ya majada desde la estrada hasta el medero.

“ La polea era subir la paja para el medero. Se hacía con espalladeiras, que eran tornaderas de madera de tres metros o cuatro. Cuando no se llegaba desde abajo a lo alto del medero, para la polea se ponía una escalada, luego pinchaban dos la paja con una espalladeira y de que la tenían en el aire, quedaba uno solo con ella, entonces se ponían dos en la escalera, uno a un metro y el otro a tres, y uno se la daba al otro la espalladeira con la paja, hasta que llegaba a los dos que estaban sobre el medero. Los de arriba estaban con dos tornaderas de hierro, y los de abajo con dos de madera, las espalladeiras, que eran más grandes, de madera de fresno, o de salgueira, o sea de la madera más dura y que menos pesase.”

Después de esta operación, las mujeres limpiaban con baleos el grano que aparecía en el suelo después de retirada la paja. Se baleaba el cuaño.

“Las mujeres iban con el rastro y el baleo quitando el cuaño. Unas iban con una rama de abedul, el baleo, iban moviendo el grano, y luego otras iban con el rastro también moviendo el grano. Y eso que iba saliendo, el cuaño, se llevaba para un montón, y eso se majaba después aparte. Y ya, mientras otros estaban echando otra erada sobre el grano, estaban otros atando las cuañeras. Estas se majaban y servían para alimentar a las vacas en invierno. Se ataban con los belortos, que eran de cuelmo mojado (paja larga), se cogía de la paja mejor, la más dura, y se mojaba bien, y luego se machacaba con los pies, se pisaba. Las cuañeras quedaban como balas.”

Todas estas operaciones descritas se repetían hasta que terminaban la meda: estrar, majar, dar vuelta a la paja, volver a majar, sacar la paja para el medero, escuañar rastrillando y baleando el grano… y volver a iniciar otra erada.

El centeno quedaba en el suelo hasta que acabase la maja.

“Se veía el grano limpio, que estaba rojo, se le veía colorear en la era. Después que quedaba solo te empantanabas en él. Si tiene el cuaño no te empantanas, pero si se queda solo, ibas caminando y te empantanabas.”

Cuando la maja terminaba se hacía el muelo.

“El grano, una vez acabada la última maja, se recogía con barrederos de escoba o de codeso. Primero se pasaba el rastro y luego el barredero.”

“Todo el montón de centeno lo arrastrabas, lo amontonabas, barrías la era para dejarlo todo amontonadito. Si la gente no tenía bien cuidada la era cogías algo de tierra entre el grano al barrerlo. Los muelos tomaban las forma de las eradas. Si eran alargadas, pues salían muelos alargados, si cuadradas, pues cuadrados.”

Con el grano recién majado todavía quedaba la muña, que desaparecería al limpiarlo.

La comida en las majas.

La realización de una maja se dividía según las estradas que se hacían, y dentro de cada estrada, había determinados descansos en el cambio de las tareas. Cuando los majadores majaban, los restantes participaban descansaban. Cuando las mujeres espaliaban la paja, baleaban o rastrillaban, los majadores descansaban. Todos aprovechaban los cambios de erada, mientras la paja se calentaba extendida al sol para comer.

Cuando se introdujo la máquina majadora en esta labor, comían al acabar cada maja, porque esta duraba menos tiempo.

“Se comía en la era. El que majaba daba de comer a los que le ayudaban. Se comía en el suelo. Si había cuatro majas al día, cuando ya se hacía con máquina, pues cuatro que te daban de comer… Te tirabas más comiendo que majando.”

En las majas, al igual que en la siega de la hierba o del pan, comían bien. Decían en estos pueblos que “mucha hambre de todo el año se mataba en estos trabajos del verano”.

“Venían los majadores y se sacaba el aguardiente con pan. El pan era pan de centeno, moreno. Luego ya al poco rato se ponía el almuerzo, que algunos ponían sopas o unas patatas con bacalao.”

Después del aguardiente se extendía la primera erada. Mientras el sol la calentaba tomaban el almuerzo. Majaban, y después de preparar la siguiente estrada comían.[2]

“La comida se preparaba matando una oveja. Siempre se hacía un guiso de carne con patatas, y si la maja era de mucha gente ponías unas patatas con fréjoles o un arroz con patatas. Luego, ya al final de la maja, después de barrer la era, venía la sopa en vino que era típica en las majas. El vino estaba rodando durante las majas, el vino no podía faltar, el vino tenía que estar en todo momento. Se cantaba:

Venga vino con un carro

Y el agua con una borrica,

El carro que vaya y venga

Y la burra que esté quietica.”

“Daba de comer el dueño, y se comía en la misma era, bajo los árboles, bajo una manzaneira o lo que fuera. Y se comía de la fuente, cada uno pinchaba y comía. Unos comían de pie y otros sentados sobre unos manojos. Y a la tarde, en la última erada era cuando se ponían las tarteras de barro con la sopa en vino: vino, pan y azúcar.”

En las majas participaban unas treinta personas aproximadamente, y el dueño no tenía platos para cada uno. Los majadores se dividían en grupos de cuatro o cinco alrededor de una fuente. Cada vecino cogía una cuchara o un tenedor y con un buen trozo de pan de centeno acompañaba aquellas extraordinarias comidas.

Después de comer se majaba de nuevo, y si era la última erada, barrían la era, amontonaban el grano en el muelo y merendaban, acabando con la sopa en vino. Si todavía había más de una erada por la tarde, la sopa en vino quedaba para el final de la maja.

Hay que imaginar el buen ambiente que se crearía en torno a la improvisada mesa: los chistes referidos al dueño, los parabienes a la cociñeira, el comentario de la marcha de las majas. La satisfacción de tener el grano a punto de almacenarlo en casa, junto con la abundancia de vino y comida, ayudaban a realizar aquellas jornadas de extenuante trabajo.

El ambiente general de una maja.

El buen ambiente que reinaba en una maja no se reducía al momento de la comida, sino que era casi constante en toda esta labor.

“Había un buen ambiente, yo aquí no conocí más que buen ambiente. La gente, si había riñas, es que estaba un poco descontrolada por la bebida.”

Cuando los majadores golpeaban la paja había quien les animaba gritando: “Mirad qué bien averduga el ti Fulano”. Luego en los momentos de descanso de los majadores, cuando las mozas y las casadas se metían en la erada a espaliar o voltear la paja, los hombres ojeaban los bajos de las faldas de las mujeres y hacían chistes. Incluso algunos más animados se lanzaban a la paja y le daban un revolcón a la moza que estuviese descuidada, todo entre las risas y el regocijo de los presentes.

“Los hombres descansaban, bebían vino y encendían un cigarro, sin peligro, porque nunca incendiamos una meda por eso. Mientras tanto se decían chistes o se hacían bromas. Cuando las mujeres daban la vuelta a la paja le veían las pantorrillas, pero ellas ya se ponían bien para que no pudiesen mirar. En vidas antiguas no llevaban bragas y llevaban las faldas muy largas, pero cuando se agachaban se les veían las rodillas.”

“… y también los trinchos, darles pellizcos a las mozas, y los retozos sobre la paja, coger a una mujer por el brazo y revolcarte con ella por el pan, por la estrada. Entonces se hacía esto como una broma.”

La maja era una fiesta, y en ella se rompían las aparentes distancias de trato entre el hombre y la mujer. A todo esto ayudaba el abundante vino que bebían en estas ocasiones.

“El ambiente de la maja era de mucho vino y de muchos trinchos y retozos con las mozas. Se cantaba:

Yo quisiera, quien pudiera,

Caballero, ser tu dama,

Pero quisiera saber

Del tronco que va la rama…

Mientras los hombres majaban, las mujeres cantaban:

Tus ojos son de holanda

Los míos son de olé…

Luego cantaban las mozas a los mozos cantares picantes. Echaban guerras a cantos y a dichos.”

Las bromas también podían acabar en peleas, pese a lo dicho sobre el buen ambiente que reinaba. Los conflictos se producían entre aquellos que no controlaban el vino que bebían.

“Soplaban un poco más de la cuenta, y como los vinos de antes eran buenos, pues si uno le decía a otro que le daba poco fuerte, se enzarzaban…”

“Había discusiones porque se bebía demasiado. A uno le pegaron con el manal y le rompieron la columna…”

“También ocurría que al hacer los tumbos ninguno retrocedía y varias veces se llegaron a romper la cabeza. Estaban un poco bebidos y por eso hacían esas cosas.”

“La gente bebía, y después salían a relucir todas las rencillas del año…”

El exceso de vino era la causa principal. Esto provocaba un cierto espíritu competitivo entre los majadores, rivalizando sobre quien lo hacía mejor o quién debía dirigir los golpes del manal. Al calor del esfuerzo y del vino ocurrían altercados que estropeaban el buen ambiente general que reinaba en una maja.

Por último, en San Martín recordaban un juego que los majadores hacían al finalizar la erada: la culuebra.

“ En el medio de la eirada se echaba la culuebra. Era en la última eirada. Había quien se vestía de broma, un hombre de mujer, o una mujer de hombre. La culuebra era una cruz de paja que la ponían metida entre la paja, cuando llegaba a ella, si tocaban la cruz, los hombres lloraban y había que ir a consolarlos con un trago de vino…”

La fiesta, la competición, el juego, las canciones y la alegría se mezclaban con el sudor, el esfuerzo y el trabajo, creando el ambiente propio de una maja.

Accidentes externos en una maja.

Una tormenta o un incendio eran los mayores desastres que podían ocurrir en una maja.[3]

“Un día majaron y dejaron el grano extendido en la era porque no les dio tiempo a recogerlo. A las dos de la madrugada se presenta una nube negra, y dijo Dios, ahí va agua… Llamaron al ti Bertolón, tocó la campana, se levantó todo el mundo y recogieron el grano. Luego estuvo dos o tres días lloviendo. El grano fermentó porque no se pudo secar. Se limpió, se metió en la panera y le dio en echar humo que no paraba. Hubo que sacar el grano y ponerlo en mantas a secar. Luego aquel grano no nos sirvió para sembrar, y cuando íbamos a moler no nos lo llevaba ni el molino ni la máquina… Un desastre.”

El modo de trabajar el pan, desde que se segaba hasta que se almacenaba, procuraba salvaguardarlo de estos contratiempos. Los vecinos amornalaban el pan en las tierras, lo medaban en la era, todo ello con la intención de proteger el centeno de la humedad o de las tormentas. Pero un repentino aguacero en medio de la maja no se podía prevenir.

“También podía llover en medio de una maja, porque era en agosto, y si llovía, pues mala suerte. No era raro que cayera una tormenta.”

“Si caía una tormenta en medio de la maja había que echar todos los manojos como se pudiera para la meda, volver a medio armarla y suspender la maja.”

El trastorno de la interrupción de una maja no sólo era la interrupción que se producía en el trabajo, sino también la pérdida económica que se añadía  al dejar intacta toda la comida para ese día.

“Conocí algún año de llover, de estar en media maja y empezar a llover, una tronada. Entonces sí que te preparaban un buen lío. Te llevabas un gran disgusto, porque la vida no era muy abundante. Para las majas ibas reservando chorizo, jamón, y otros gastos que hacías, y si la maja quedaba cortada, pues aquello se perdía, sobre todo los guisos y eso. Luego dejaba de llover y otra vez a buscar la gente y a preparar la comida…”

El resultado de una maja.

De una maja salía el grano de centeno con el que se alimentarían las personas y sus animales domésticos, la paja para los múltiples usos que los terrosanos daban a este polivalente material, cuañeras para alimentar a los animales, etc.

“ De una maja se sacaba un medero de paja, un montón de cuaño, amontonado y atado en cuañeras, un muelo de grano para comer, para cocer, para los animales, para sembrar…”

Con una maja se llenaba casi la mitad de la despensa general de una casa terrosana: aseguraban el grano que daba el pan a las personas y pienso, el salvao, a los animales; un medero de paja que serviría para el acomodo de los animales en la corte, para hacer los jergones de las tarimas donde dormían, para hacer los colmaos de las casas, para hacer fachones y alumbrarse, para señalar tierras sembradas, para proteger la fruta recogida en el otoño, para cocer el lino, para atar fejes de leña o de cualquier otra cosa, etc. La paja era un producto muy importante y necesario en esta economía de subsistencia; incluso en muchos días de invierno los animales comían la paja que les traían del medero.

La limpia y el almacenamiento del grano.

Después de la maja quedaba el grano amontonado en la era formando el muelo. Este se cubría con mantas traperas hasta que se efectuaba la limpia.

La limpia del grano se hacía cuanto antes. Al igual que en la maja, el mayor peligro que corría el muelo era la humedad o la lluvia. Todos procuraban dejar el grano en la era lo menos posible.

“Una vez que se terminaban las majas, el grano se quedaba en las eras hasta que terminaban las majas de la compañía, y se hacía con las aventadoras. La limpia del grano quedaba para cuando terminaran las majas o en ratos libres.”

La limpia no era un trabajo comunal.

“En la limpia se juntaban un par de amigos.”

Cada propietario realizaba esta labor con su familia, con algún amigo, o con el dueño de la aventadora que se utilizaba para limpiar el grano.

Las limpiadoras o aventadoras eran máquinas que ya se utilizaban a principio del siglo XX.

“En la aventadora iba el grano limpio para un lado y los muñagueiros caían por un embudo que tenía la máquina para el otro. Esto ya fue en mi vida, que antes no había de estas máquinas.”

Cuando la limpia se realizaba con la fuerza de la brisa, procuraban hacerlo al atardecer o en un día apropiado. Preparaban un trozo de era…

“… ponías muchas mantas en el suelo, en el sitio donde iba cayendo el grano limpio, aprovechando que viniera el aire.”

“Cuando no había máquina y no había aire, iban unos hombres al monte, iban a echar lumbre al monte, para que hubiera aire, y así limpiaban el grano. Se iba a un escubadal, y la lumbre que llama al aire, pues se producía el aire. En las eras echaban el grano al aire con las palas desde el muelo y se limpiaban.”

Los quemaos en el monte para producir brisa luego podían emplearse para hacer un adil o se aprovechaban las cepas de las urces quemadas para la tenada doméstica.

Una vez limpio el pan, el grano de centeno, se medía antes de almacenarlo.

“Se medía con una hemina, para saber las heminas que cogías, y para quitar las heminas que debías a algún vecino o algún prestamista.”

El grano se llevaba a la casa o a un pajar cercano a ella, donde lo almacenaban en arcas, tuñas o paneras.

“La panera era un sitio preparado en la bodega, exclusivamente para el grano, dentro de la casa, o en un pajar, sin cerrarlo con llave. Antiguamente no se cerraba nada con llave, bastaba una tarabica en la puerta.”

“Había gente que tenía un depósito de madera que le llamaba tuña. Lo de la tuña la gente lo hacía por lo reducido de las casas. Se hacía una esquina de la casa toda de madera, o en la cuadra.”

“En una casa había muchas arcas. Para meter el pan o el grano o la harina, para ropa, para la matanza… En mi casa había tuña y muchas arcas. Mi suegro las hacía porque tenía mucha cosecha, era una casa principal del pueblo, tenía mucha cosecha.”

Había que cuidar que el grano limpio y recogido no se humedeciera. Esa era la función de estos característicos almacenes caseros.

“Si el grano se humedecía, lo primero es que cogía mal sabor, y lo segundo es que se molturaba mal, porque fermentaba. Las arcas también se utilizaban para guardar la harina.”

“El grano tenía que estar en un sitio seco. Si estaba húmedo no se podía moler, entonces el molino rezumaba, te lo tiraba al agua.”

Con el grano se obtendría harina para el pan y salvao para los animales. El grano era, además, el medio habitual de pago por los servicios del toro a las vacas, o del berraco a las cerdas, el modo de pago de algún arrendamiento de tierras, etc. Con grano se pagaba al médico, al cura por la fiesta del pueblo, o por el entierro de un familiar. El grano medido en heminas se convertía en la moneda de intercambio para los que no tenían otra riqueza.

El labrador estaba satisfecho: concluía un ciclo de trabajo con éxito porque tenía pan para un año más.

“…(crónica de Sanabria)… todo en calma aquí, y contento en el distrito porque la recolección, cuyas operaciones terminan ya, respondió al esfuerzo, trabajo y deseo del agricultor, y porque como digno remate y coronación de la obra promovida por la Madre Naturaleza, vinieron también a mejorar condiciones económicas y a fundar esperanzas, aguas bienhechoras.” (El Heraldo de Zamora, 28 de agosto de 1905).


[1] “Las cuestas se llenan del gemido extraño que hacen los ejes de los carros al rechinar en las troiteiras, y de los gritos de incitación dados a los animales que, a pesar de ser fuertes, arrastran con dificultad la pesada carga cuesta arriba”. Jorge Dias (1953), páginas 190-191. “…cuando estos mismos carros pasan cargados chillan estridentemente, algunas veces se incendian si el peso es mucho.”  César Morán (1986), página 50. “…el roce del eje arranca una melancólica sucesión de aparentes gritos, lamentos y quejas, con alguna nota prolongada, pura y musical…” Ramón Carnicer (1985), página 82.

[2] Confirmamos alguna de las comidas de las majas reflejada en los Cuadernos de Cuentas de don Genaro de Barrio, ventero de Terroso: “ 8 de agosto de 1918. Más libra y media de bacalao, 3 de arroz, 4 de fideos, una de aceite, una de azúcar… más un cuarterón de pimiento (pimentón)…” (Cuentas de un vecino de San Martín. Página 90). “9 de agosto de 1914. Más cántara y media de vino, 2 libras ¾ de bacalao, 1 de fideos, otra de arroz, otra de aceite y ½ de azucar…” (Idem, página 50)

[3] “Ha sido concedida la cantidad de 1500 pesetas a los vecinos del pueblo de Rihonor (Pedralba) para que remedien los daños que causó el incendio en las eras de aquel pueblo el día 7 de agosto.” El Heraldo de Zamora, 6 de septiembre de 1899. “Nos escriben de Puebla de Sanabria que es tristísimo la situación de los labradores de los ayuntamientos de Galende, Trefacio, San Ciprián, San Justo, pues a causa del temporal no pueden concluir la trilla (la maja) de las mieses que tienen en las eras, dándose por perdida la cosecha.” El Heraldo de Zamora, 3 de septiembre de 1902.

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