Posteado por: lenguajesculturales | agosto 23, 2010

La sementera: degradar, bimar y estercar. La siega: manada, gavilla, manojo, pousada y mornal. Sanabria. Guía cultural.


La sementera.

La siembra de las tierras y sus cuidados posteriores.

En el mes de septiembre comenzaban la sementera, la siembra de las tierras[1].

“Se empezaba a sembrar las tierras más secas del 10 al 15 de septiembre, porque como había mucha siembra había que terminar para los Remedios, en Octubre”

La sementera estaba encuadrada entre dos fiestas sanabresas: comenzaba el 8 de septiembre, la Virgen de las Victorias (fiesta de Puebla de Sanabria), y acababa el primer domingo de octubre, la Virgen de los Remedios (romería popular de Otero de Sanabria).

“La semana de los Remedios es la más fuerte de sementera, porque la gente se apuraba más, creían que era una semana en la que resultaba mejor la siembra. Había mucha gente que tenía creencia en la influencia de la luna. Las siembras procuraban que fuese en luna llena.”

Para sembrar encontraban la tierra degradada después de la bima y preparada para esparcir el estiércol, abono natural originado por los animales domésticos.

Transportar el abono de las cuadras a las tierras era un trabajo costoso y duro, por ello la sementera se alargaba durante casi un mes. El peso del estrumbio, el abono, no permitía llevar grandes cantidades, y, si las tierras estaban alejadas, se hacía más difícil el transporte[2].

El abono que utilizaban para las tierras no se improvisaba. Año a año, preparaban  las cuadras de modo que pudieran aprovechar los prados en invierno, sembrar las cortinas y huertos en primavera, y, por último, sembrar las tierras de centeno.

“ Para enjugar las cuadras, porque por debajo andaba mucho agua, no estaban empedradas, echabas brezo, y el brezo es lo que da el estrumbio: el brezo, el chaguazo, la escoba, el gatuño… todo el monte bajo que había, que además de hacer de esponja, pues te servía de abono para el año siguiente. Te enjugaba todo, porque luego encima iba la paja, y por debajo el agua. Encima se echaba paja o faleitos, y quedaba la cama de los animales, y luego se iba echando más y más paja hasta que hacía la cuadra una altura grande.”

Había una lógica adaptativa en la compostura de una cuadra. Las cortes o cuadras, al parecer siempre húmedas, necesitaban una base de elementos vegetales que las enjuagasen, que aislasen a los animales de la humedad. Encima echaban elementos vegetales más suaves (faleitos, hoja seca de roble, escoba picada…),y, sobre todo, paja de centeno, que servía primero de alimento y después de acomodo a las bestias.

El abono llevado a las tierras durante la sementera se repartía en pequeños montones. En días sucesivos esparcían el abono con tornaderas por toda la tierra, y a continuación sembraban el centeno.

“ …con un caldero en el brazo izquierdo,  y con la mano derecha dándole…”

“Le das dos manos a manta, a puñaos se va repartiendo. Primero bajabas para abajo y luego subías para arriba. Dos manos. Si una finca era muy grande, tenías que ir haciendo partes para ver dónde habías sembrado: hacías unas embelguitas con paja, unas líneas de paja para delimitar lo sembrado.”

La tierra sembrada se araba, se acubría, y con esta labor finalizaban los trabajos de preparación y siembra de las tierras de centeno.

“…se cerraban las entradas de las tierras, ya no podía entrar nadie, ya nadie podía cruzar las tierras. Tú, si tenías una tierra y no habías llevado abono, si cruzabas por la tierra después, te podían denunciar, porque ya estaban sembradas. Se cerraban los portillos de la Vea, y había que respetarlo. Lo cerraban y por ahí ya no podía pasar ningún carro.”

Había un signo que indicaba el acotamiento de las tierras sembradas: colocar en una mata o en una rama de un árbol, que estuviese en la linde de la tierra, un nudo de paja de centeno, un fachón. El propietario de la tierra quería expresar con esta señal que se respetara, que no la atravesara ningún carro ni animal.

El centeno nacía a los ocho días, y el brote no crecía hasta entrada la primavera.

En algunas tierras se practicaba la costumbre de cortar la ferraña. Si la tierra era fuerte, la caña del centeno crecería excesivamente antes de la siega y corría el peligro de que se cayera la espiga al granar.

“ Las tierras fuertes había que pastearlas cuando iba a encañonar la espiga, para que no se cayera después la ferraña al suelo. Otras veces se iba también con una hoz o con un cuchillo y se iba cortando la ferraña por cima y se lo llevabas a las vacas, antes de haber nacido la espiga. La espiga nacía en primavera.”

La siega tradicional en Sanabria.

Inicio de la siega y participantes en el trabajo.

El inicio de la siega dependía de las condiciones climáticas de los meses previos al comienzo del verano[3]. Los pueblos de Terroso y San Martín comenzaban alrededor del 15 de julio.

“Para el 15 de julio ya había que echarse al pan. Uno empezaba cuando oía: Ya salta el pan en la Vea. Se apretaba una espiga desde abajo, y si el grano salía solo, ya estaba preparado, o se golpeaba la espiga y caía el grano. También se sabía que el centeno estaba listo cuando caía la candela, la flor del castaño.”

“Para las segadas nos guiábamos  viendo las laderas de Pedralba. Decían: Ya los de Pedralba andan segando. Lo primero que se segaba era la Vea, luego Candijón, luego las Huelgas. El monte era lo último, se tardaba más en secar.”

Las fechas del calendario no marcaban con exactitud el comienzo de la siega, sino el rimo de maduración de la espiga.

En la siega participaban los dueños de las tierras, sus familiares cercanos, algunos del pueblo que se ofrecían a ayudar a otros, y cuadrillas de portugueses que inmigraban temporalmente para sacar unas pesetas segando en los pueblos de Sanabria.

“A la siega iban los aplaceros, los mismo dueños, y luego, si eran personas que no podían hacer el trabajo cuando la demás gente, pues buscaban obreros portugueses y gentes que se iban a los que no habían acabado, que a lo mejor esas gentes que tenían buenos sentimientos ayudaban a las personas que no podían hacer ese trabajo o aguantar tanto.”

El trabajo era responsabilidad del propietario de la tierra, pero el pueblo tenía conciencia de que todas las tierras debían ser segadas alrededor de los mismos días, ya que el acarreo no se iniciaba hasta que no estuviese tumbado el último manojo. Esto originaba que en algunas ocasiones los vecinos se ayudaran unos a otros, ya fuese por hacer un acto de caridad con las familias más desvalidas, o porque algunos se ofrecían a los que tenían más tierras que segar.

Como parece que entre los vecinos del pueblo no había suficientes segadores para toda la facera, muchas casas admitían jornaleros portugueses para la siega. Tengamos en cuenta que este trabajo se realizaba a mano, con una hoz sencilla y la fuerza del segador.

“Aquí normalmente, en estos pueblos fronterizos con Portugal, la siega, desde tiempos muy antiguos, se hacían con gentes que venían de Portugal. Los gallegos no paraban aquí, pasaban e iban hacia Castilla. Aquí se quedaban los portugueses.” [4]

“A los portugueses se les pagaba tres pesetas en el año treinta, y además, bien de comer. A los de fuera había que darles de comer. En la siega decían que el jornal era pequeño, pero la comida valía mucho.”

El portugués contratado recibía comida y alojamiento y, al final de la siega, el dinero estipulado previamente por los jornales trabajados. Era acogido en casa del dueño de las tierras o en un pajar de su propiedad. Se les daba un jergón de paja y una manta para pasar la noche. Suponemos que las comodidades que le ofrecían no eran muy diferentes de las que tenían los mismos vecinos del pueblo.

“A los segadores de fuera le dábamos algo de cama, se les daba ropa de cama para que pudieran dormir descansadamente.”

En el trabajo y en la comida se les trataba igual que si fueran de la propia casa.

“En el trabajo no se distinguía a unos ni a otros, todos iguales, segadores portugueses o familiares.”

La siega podía ser realizada tanto por hombres como por mujeres[5], aunque posiblemente el porcentaje de hombres trabajando en la siega debía ser mayor que el de mujeres, porque éstas últimas también se encargaban de las comidas y de las restantes tareas de la casa.

Orden en el trabajo de la siega.

Comenzaremos describiendo el instrumento básico de esta labor: la hoz, a fouce.

“La hoz era el instrumento para este trabajo. Las había de dos formas, una que le llamaban de pica y llevaba unas estrías para que fuera enganchando la paja, y otra que era la normal, hoces parecidas al material de las guadañas, que se llaman de corte. Se empleaban indistintamente. Había quien traía las de pica porque si había la mala suerte, por ejemplo, de que se escapara un dedo, pues hacía menos daño que las otras, el corte era menor.”

Las tierras no eran grandes y no requerían cuadrillas numerosas, por ello, tan solo hacían falta tres o cuatro personas a lo sumo para segarlas. No era raro escuchar que algunas tierras habían sido segadas por una persona.

“Había que estar segando todo el día de Dios.”

El sol, que antes había madurado felizmente las espigas, ahora no se portaba tan benigno con los segadores, que se protegían de sus rayos con los anchos sombreros de paja.

Cada segador desarrollaba un ritmo de trabajo marcado por los diversos agrupamientos que hacían del centeno segado: manada, gavilla, pousada y mornal.

El trabajo no se iniciaba hasta que el sol salía y eliminaba el rocío de la madrugada. Una vez en la tierra, comenzaban a segar.

“Se cogía la paja, una manada, con la hoz se cortaba, y se hacía la gavilla. El número de gavillas dependía de la mano del segador, y de la tierra. Si estaba buena, con mucha espiga, o si estaba mala, que entonces se decía que estaba muy rala. Donde la paja estaba muy junta, en un paso hacías una gavilla. Pero donde estaba rala, tenías que segar varias veces para hacer una gavilla.”

Después de amontonar el centeno en gavillas había que atarlo. Si se procedía a atar el centeno inmediatamente después de segarlo…

“… detrás del segador iba uno atando manojos. El segador dejaba las gavillas en el suelo. Tres gavillas formaban un manojo, que se ataba con las grañeiras, con el belorto, haciendo llaves. Luego cada cuatro manojos hacían una pousada, y cada dieciséis pousadas era un carro de paja.”

Pero seguramente era mejor esperar a que no calentara tanto el sol para poder atar el pan segado. De este modo la espiga se desgranaba menos, y los nudos para atar los manojos no se rompían con tanta facilidad.

“(Atar) no se podía hacer hasta la tarde, porque al estar muy seco (el centeno) las llaves (los nudos con los que se ataba el manojo) que había que hacerle saltaban y se rompía la paja, y se desgranaba también la espiga. Y por el fresquito, por la humedad de la tarde pues se hacía mejor.”

El manojo se formaba juntando tres o cuatro gavillas.

“El manojo se ataba con la grañeira. Se sacaban unas pajas largas bien juntas, unidas, y se enroscaban por la mitad para que quedaran bien sujetas, y aquello se cogía, se le echaba la rechave, la rechave o cruce. Esto venía de Portugal. Había quien ataba de cruce, que se cruzaba dos veces. Otros lo hacían más sencillo, le daban una vuelta y lo metían ya.”

La forma de amontonar el centeno tenía su lógica. Siguiendo este sistema el propietario podía prever la cantidad aproximada de grano que recogería al final de la siega. De cuatro manojos se hacía una pousada, que en años normales solía dar una hemina de grano, medida habitual de cereales utilizada en Sanabria.

La pousada no se llegaba a realizar en la tierra, era sólo una medida de control del centeno recogido. Los manojos no se apilaban en pousadas, sino en conjuntos más grandes llamados mornales. El mornal era el conjunto de manojos que cabían en un carro. Esta labor era conocida como amornalar el pan.

“Se hacían mornales de doce o catorce pousadas, que era un carro. Se metían en el mornal los manojos con la espiga para dentro y el tuero para fuera. Y los úlimos manojos se ponían dos filas con la espiga a un careo (hacia el mismo lado), para que discurriera el agua si llovía, y no se calara. Un mornal se hacía de doce o diez manojos en fila, y se hacía una altura de seis o siete filas.”

Como no podían acarrear inmediatamente después de segar la tierra, había que almacenar los manojos en la misma tierra, dejándolos protegidos contra la posibilidad de una inesperada tormenta y contra la humedad habitual de la zona.

La facera adquiría una nueva imagen después de realizar la siega, inundada de característicos montones de centeno, mornales, esperando el día de su transporte. También existía otro modo de recoger el centeno en la tierra: la raposa. Consistía en hacer una gran espiral de montones de manojos en el medio de la tierra. No era la forma más utilizada.

La adaptación de estas gentes a su medio de vida queda manifiesto en estos modos de organizar el trabajo, aparentemente inútiles, pero exigidos por la sabia tradición.

División de la jornada de siega según los intervalos de las comidas.

La jornada del segador era  “de sol a sol”. Los jornaleros contratados no trabajaban ni antes de la salida, ni después del ocaso del sol. Aunque a más de uno que segaba sus propias tierras le cogía la noche atando lo que había segado durante el día.

“La jornada del segador empezaba al salir el sol, se segaba mal antes de la salida por el rocío, por el orvallo. La paja no se podía cortar de amanecida por estar húmeda, pero si se salía de casa al amanecer, al llegar a la tierra ya estaba preparada.”

Para medir el tiempo de trabajo y los diversos intervalos que dedicaban a comer y descansar durante la jornada, observaban las distintas posiciones del sol, ya fuese por la sombra que hacían sus cuerpos o por la situación del sol en determinados lugares.

“Cuando la sombra te hacía frente, que no se hacía por ningún lado, era mediodía, y ya no te segaban los portugueses hasta que no les pusieras la comida:”

Era importante saber la hora aproximada del día porque las comidas debían llevarse más o menos en el momento apropiado, estableciendo de este modo una serie de ritmos de trabajo y descanso a lo largo de la jornada. En Sanabria, hasta la mitad del siglo XX no era normal poseer un reloj. Sólo los que habían emigrado podían disponer de este artículo de lujo. La costumbre y la observación del movimiento del sol marcaban las etapas del día.

Durante el día “se comía cinco veces”.

“La comida era una cosa bastante variada, porque no todo el mundo daba igual de comer. Había diferencia de unos pueblos a otros.”

“Los portugueses eran bien tratados. Antes se comía en el mismo plato. Luego cada uno en el suyo, cuando aquí hubo más posibilidades.”

“En Terroso, en San Martín, en Requejo… trataban bien a la gente, no porque fuera mi pueblo. Es que a los obreros no se les podía tratar mal, porque ellos se enfadaban y luego no te venían cuando los querías contratar.”

Todos conocían la obligación de dar bien de comer a los segadores. Los vecinos reservaban parte de la matanza para estos trabajos del verano, y también gastaban algo más de los normal en la venta del pueblo.

Durante la época de la siega, el desayuno consistía en unas sopas de pan o en un trago de aguardiente con un pedazo de pan.

“Desayunaban unas sopas, porque entonces no había café. Los segadores portugueses tomaban aguardiente y pan para desayunar.”

Las sopas era un alimento cotidiano durante el año. Consistía en un sencillo plato de pan de centeno hervido en agua con unto y ajo machacado en el mortero.

Una vez tomado este ligero desayuno, se ponían en camino hacia la tierra con la hoz y el sombrero de paja para empezar la faena del día.

“Normalmente se salía de casa al romper el sol. Trabajaban hasta las nueve y media, y se les traía el almuerzo”.

“El almuerzo era de costillas con patatas o bacalao con arroz.”

Todas las comidas estaban acompañadas con vino. “El vino tenía que andar como el botijo del agua, a barullo, sobre todo a los portugueses que les gustaba mucho”. En el libro de Cuentas de don Genaro de Barrio las ventas de vino se disparan en los meses de verano en Terroso y en San Martín :en la siega de la hierba (junio), en la siega del pan (julio), y en las majas (agosto). El esfuerzo que requerían estos trabajos favorecía un mayor consumo de comida y bebida. Lo que ahora gastaban en alimentarse, lo estaban invirtiendo en el trabajo por conseguir una buena cosecha de todo lo necesario para subsistir al año siguiente: centeno para todos, personas y animales, y hierba para las vacas y el ganao.

El almuerzo de media mañana, entre las nueve y media y las diez, se componía de sopas, guiso de carne con patatas, o arroz con bacalao. Sin mediar descanso volvían a trabajar otras dos horas, y cuando el sol apenas hacía sombra con el cuerpo del segador, a medio día, llegaba la comida.

“Justo a medio día la comida, que le llevabas el caldo de berzas, de habas, de lo que fuera. Que echabas a cocer un poco de tocino, un huesico de codillo de jamón o de espalda. Si traías obreros, pues matabas una oveja de casa, y tenías carne para darles de comer. Llevabas el caldo y tocino, y carne, si tenías, y esa era la comida de mediodía. Pan y vino mucho. El vino a todas horas, en barriles de barro, y en otros barriles que estaban cubiertos con junco, redondos, con asas laterales. Eran las barrilas del vino.”

Con el caldo de mediodía se comía la vianda: el tocino, jamón, chorizo y carne de oveja o castrón con el que se había condimentado. Todos comían del mismo plato o de la misma fuente, acompañándose de un buen trozo de pan de centeno.

Los segadores de la facera comían al mismo tiempo. Como las tierras estaban unas junto a otras, la comida era una situación comunitaria, al igual que la siega. Después de comer descansaban dos horas.

“Luego la gente se echaba un ratito la siesta, eso era general, portugueses y obreros que llevaras. Te tumbabas a la sombra de un castaño o de un roble, o de un mornal, o ponías dos manojos, de pie, uno contra otro, y allí te metías a dormir la siesta cuando no había árboles cerca. En la siega del pan era lo suyo, echar la siesta, un par de horas o así… y cuando veías que alguno empezaba a levantarse, te levantabas tú y a segar.”

La hoja de sembradura de la facera estaba dividida entre todos los vecinos, por lo que la coincidencia en la siega, en las comidas y en los ritmos de trabajo y descanso hacían vivir esta actividad con sentido comunal.

“Después de la siesta a trabajar, a segar otro poco hasta la merienda. Era otra comida parecida a las demás, porque aquí no se salía de la misma rutina. Era ya fría, al mojor lo que había sobrao de mediodía.”

Los segadores pasaban unas ocho o diez horas en las tierras de centeno. Según lo descrito hasta ahora, parecería que estaban comiendo continuamente. Más bien, el trabajo llenaba la jornada, interrumpida por los momentos de comida y descanso: Desayunaban, trabajaban tres horas, almorzaban, trabajaban dos horas, comían y dormían la siesta, trabajaban dos o tres horas, merendaban,  y finalizaban la jornada con otras dos o tres horas de trabajo. Los obreros contratados seguían este régimen de trabajo, pero los propietarios de las fincas seguían trabajando después de la puesta del sol.

“Y luego al terminar, si había luna venías muy tarde a casa. Los portugueses, de que se ponía el sol por lo general, ya no te querían segar nada. Pero ya empezabas a apañar el pan, a hacer los mornales, y podías venir a casa a las doce de la noche. Dejabas de segar con un poquito de sol porque luego había que atar aquel centeno que habían segado por el día.”

“Y luego, harto de segar en el campo, volvías a casa, y que si las vacas se te habían venido del monte y andaban sueltas por el pueblo…, que había que darle a los cerdos y no tenías qué darle…, y vete de noche a pelar hojas…, y vete de noche a por unas berzas a la cortina, o a por patatas…”

El trabajo principal de las mujeres era preparar la abundante comida que requería esta labor, y su traslado a la tierra donde estaban segando. Incluso después de llevar la comida, si les sobraba tiempo, se quedaban segando o atando lo segado.

Éste considerable esfuerzo tenía que ser compensado con un gran consumo de alimentos. No escatimaban la matanza que habían reservado durante el invierno para estos días de trabajo. Aunque no les sobraba nada, ya que carecían de excedentes en una economía de subsistencia, había un cierto espíritu de derroche en la alimentación necesaria para los trabajos del verano. Sentían que era una obligación tanto trabajar sin descanso, como dar de comer en abundancia.

Ambiente festivo de la siega.

La siega era un trabajo duro, pero poseía su aspecto festivo. Estaban recogiendo la cosecha del año, por lo que todos nuestros informantes recordaban el buen ambiente que esto originaba.

“Después de que la vida era más dura y se trabajaba más que hoy, había una alegría completamente diferente. Todo el mundo cantaba y los portugueses también, desde la hora del almuerzo hasta el final… siempre había gresca por los caminos.”

Los inmigrantes portugueses eran los que más colaboraban a crear el ambiente festivo que rodeaba este trabajo con sus lentas canciones.

“Se cantaba, se hablaba de una tierra a otra, se aturriaba, y luego, los portugueses tocaban la acordeón o la armónica en la siesta… La siega era alegre.”

Los portugueses han enriquecido la tradición musical sanabresa con cantos de siega que interpretaban año tras año.

“Pues menudas canciones, unas que no terminaban. Si se oían canciones decía la gente: Mira, ya andan segando por ahí los portugueses… Eran canciones muy largas, no las entendíamos bien. Cantaban así:

Ahora que baixa el sol

Ahora que vai baixando,

Alegría para mí

Y tristeza para meu amo…”

“Las canciones de la siega eran muy lentas:

Voces daba un mariñeiro

Y le respondió el demonio

Al otro lado del agua,

Cuánto diera el mariñeiro

Al que lo saque del agua.

Al que me saque del agua

Al que me saque le doy

Muito oro y muita plata

Lo que quero es que des

Parte del alma.

El alma nun te la doy

Que ya la tengo brindada

Se la di al Dios del cielo

Y a la Virgen soberana.

Los portugueses también cantaban una muy larga y muy lenta que empezaba así…

O emperador de Roma

Ten uma figlia gallarda…”

“Miña mai mandoume a fonte

a fonte do el salgueiriño

mandoume a lavar a xarra

com a flor del romeiriño

yo laveila con arena

y rompile un bacdiño

al rompeime el bocadiño

miña mai botoume…”[6]

En la siega, los terrosanos, como todos los sanabreses, tenían conciencia de estar realizando una labor importante para la vida y el futuro del pueblo. Si advertimos que el pan era la base de la alimentación de todo el año, comprenderemos la importancia que tenía su recolección.[7]

“Veníamos de segar como si fuera una procesión. Una familia… otra familia… veníamos con la hoz al hombro, cantando y aturriando… pero, ¡vaya cansados que veníamos”


[1] “Las sementeras (en Rio de Onor) comienzan el 20 de septiembre, pero la mejor semana es, según los entendidos, aquella en la que cae el día 29, día de san Miguel. En ésta época hacen la primera labra.” (traducción personal) J. Dias (1953), página 191. Las sementeras podían retrasarse por un tiempo de persistente lluvia: “Nos dicen de Puebla de Sanabria que con motivo de las persistentes lluvias se han suspendido las operaciones de siembra.” El Heraldo de Zamora, 8 de octubre de 1902. “Nos escriben de San Justo (Sanabria) que ha cesado el periodo de lluvias haciendo un tiempo hermoso. Los labradores han comenzado las operaciones de siembra.” El Heraldo de Zamora, 14 de octubre de 1902. “Las operaciones de siembra están paralizadas por la lluvia…” El Heraldo de Zamora,  7 de noviembre de 1902. “… la sementera aún no está terminada (en Sanabria) a causa de las pertinaces lluvias…(esto ocasionará)… grandes pérdidas a los agricultores…” El Heraldo de Zamora 27 de noviembre de 1902. A través de los manuscritos de don Genaro de Barrio constatamos las fechas de la sementera en el municipio de Terroso: “Septiembre de 1921, recibí 16 reales de dos jornales a la sementera.” (C.S.M. 75). “Septiembre de 1922, recibí cuatro jornales a la sementera.” (C.S.M. 120). “18, 19, 20 y 21 de septiembre, recibí cuatro jornales a la sementera, 12 pesetas…” (C.S.M….)

[2] “A finales de agosto, principios de septiembre, después de bimadas las tierras, comienzan a estercar (estrumar, abonar). Este trabajo dura hasta el término de las sementeras.” (traducción personal) J. Dias (1953), página 189. “Cuando llega la época de abonar las tierras los vecinos se juntan de dos en dos, llamados los compañeiros, para poder cuartiar los carros. Esta costumbre nació de unir dos yuntas de bueyes a cada carro. Las tierras están en cuestas muy empinadas, y una sola pareja no podría tirar del carro cargado de estiércol hasta las faceiras. Sólo en las casas principales, que tienen animales y gente suficiente, pueden  prescindir del compañeiro.” (traducción personal) J. Dias  (1953), página 190. Constatamos la costumbre de juntarse los compañeiros en el municipio de Terroso durante el acarreo del pan, y en los días en que se hacían y bajaban las suertes de leña. Aunque los informantes no lo sugieren, no sería extraño que se asociaran los vecinos por parejas de familias o compañeiros para llevar el abono a las tierras en la época de la sementera. El municipio tenía casi toda la faceira en sitios llanos, pero también había tierras en la ladera del monte, por lo que en algunas ocasiones necesitarían cuartiar el carro de abono.

[3] Diversas noticias del Heraldo de Zamora nos informan sobre las dificultades que podían suceder alrededor de la siega. “Las últimas tormentas de estos días pasados han causado enormes daños en esta comarca (Sanabria), destruyendo por completo las cosechas de cereales y legumbres, habiendo quedado en la mayor miseria los labradores de Quintana, Sotillo, San Román y Cobreros. Una de las tormentas estuvo por espacio de dos horas descargando piedra del tamaño de nueces. Las espigas ninguna ha quedado en pie y los árboles completamente desnudos de hojas.” El Heraldo de Zamora, 23 de julio de 1903. “Nuestro corresponsal de Valdespino nos comunica que en aquella comarca (Sanabria) se está llevando a cabo la siega de los cereales, siendo la cosecha bastante escasa a causa de las nieves que cayeron en el mes de mayo que helaron las espigas y los árboles frutales…” El Heraldo de Zamora, 5 de agosto de 1903. La cosecha de los años 1902, 1903 y 1904 fue muy mala en muchos pueblos de Sanabria. Siempre dependía de las condiciones climáticas de la primavera.

Al igual que en Rio de Onor, J. Dias (1953), páginas 192-193, la siega se comenzaba sin que se diera ninguna orden, pero en la facera coincidían todos los vecinos, porque el centeno estaba maduro y había que segarlo cuanto antes.

“30 de julio de 1914. Recibí dos jornales a segar.” (C.S.M. 13) “21 de julio de 1917. Recibí un jornal al pan” (C.T. 35) “16 de julio de 1918. Recibí dos jornales a segar el pan” (C.S.M. 93) “19 de julio de 1920. Recibí doce reales o trece de un jornal a segar pan” (C.S.M. 64) El testimonio de los libros de cuentas de don Genaro de Barrio nos muestra que la siega se hacía en el municipio de Terroso en la segunda mitad del mes de julio.

[4] “Ya han comenzado a pasar por Zamora las primeras caravanas de gallegos que con la hoz a la cintura se dirigen, como todos los años, en busca de trabajo a las localidades donde los frutos están próximos a madurar” El Heraldo de Zamora, 26 de mayo de 1900. Cuadrillas de portugueses entraban en Sanabria durante la época de la siega para ganar unos reales. En los libros de cuentas de don Genaro de Barrio lo encontramos: “6 de julio de 1917. Más cuartillo y medio de vino para convidar a los portugueses…” (C.S.M. 87) “16 de Julio de 1919. Debe dos cuartillos de vino que llevó para los portugueses…” “17 de julio de 1924. Le presté 60 pesetas para pagar los jornales a los portugueses…” (C.T. 65)

[5] “Hombres y mujeres tienen igualdad en la siega del pan…” L. Rodríguez (1983), página 90. La misma afirmación se hace en J. Dias (1953), página 194. En Aliste “…los trabajos de la agricultura y la ganadería son comunes a hombres y mujeres… ellas aran las tierras, siegan las mieses, cuidan el ganado… sin dejar por eso de atender a las (tareas) domésticas.” S. Méndez Plaza (1900), página 19. En la región orensana del Bollo “las mujeres de la aldea intervienen muy directamente en las faenas agrícolas con su trabajo… se las encuentra por los valles y laderas, unas veces conduciendo los bueyes y el arado; otras extendiendo los abonos sobre la tierra, sembrando patatas, regando los prados y huertas… Pero la más interesante de todas las operaciones en que intervienen… es la siega del centeno.” N. Tenorio (1982), página 35.

[6] Nicolás Tenorio (1982), páginas 38-39.

[7] “… el pan simboliza también, en Rio de Onor, como en otras aldeas, el alimento. No comer pan es pasar hambre, tener pan es estar harto… Para el rionés (y para el sanabrés) comer el pan con el sudor del rostro es también lo mismo que era en el tiempo en el que se escribió el Antiguo Testamento. No es de extrañar que en la alegría, que se mezcla con el trabajo, exista un cierto sentido religioso”. Jorge Dias (1953), página 192.

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