Posteado por: lenguajesculturales | agosto 15, 2010

Etnografía de El Quijote. Capítulos I-XXV


Lectura etnográfica de Don Quijote de la Mancha.

Juan Manuel Rodríguez Iglesias.

0. Zamora en El Quijote

Zamora aparece en El Quijote ocho veces. No exactamente el nombre de Zamora, sino un personaje, un arquetipo, un objeto y un refrán zamoranos.

Las citas zamoranas de El Quijote son, sin embargo, tópicos que se repiten en otras obras de la literatura española: los personajes y la historia del cerco de Zamora, la rusticidad del sayagués, y la gaita zamorana. No se puede hablar de El Quijote como una fuente directa para descubrir el pasado cultural e histórico de esta provincia.

Estas son las citas donde aparece algún dato zamorano:

“… ¡ Oh Mario ambicioso, oh Catilina cruel, oh Sila facineroso, oh Galalón embustero, oh Vellido traidor, oh Julián vengativo, oh Judas codicioso !…”

(Primera Parte, capítulo XXVII)

“… Este tiene dos hijos: el mayor, heredero de su estado y, al parecer, de sus buenas costumbres, y el menor, no sé yo de qué sea heredero, sino de lastraiciones de Vellido y de los embustes de Galalón…”

(Primera Parte, capítulo XVIII)

“… Sí, que ¡válgame Dios! No hay para qué obligar al sayagués a que hable como el toledano, y toledanos puede haber que no las corten en el aire en esto del hablar polido…”

(Segunda Parte, capítulo XIX)

“… Hacíales el son una gaita zamorana, y ellas, llevando en los rostros y en los ojos a la honestidad y en los pies a la ligereza, se mostraban las mejores bailadoras del mundo…”

(Segunda Parte, capítulo XX)

“…Ejemplo desto tenemos en don Diego Ordóñez de Lara, que retó a todo el pueblo zamorano, porque ignoraba que sólo Vellido Dolfos había cometido la traición de matar a su rey, y así retó a todos, y a todos tocaba la venganza y la respuesta…”

(Segunda Parte, capítulo XXVII)

“… hállela encantada y convertida de princesa en labradora, de hermosa en fea, de ángel en diablo, de olorosa en pestífera, de bien hablada en rústica, de reposada en brincadora, de luz en tinieblas, y, finalmente, de Dulcinea del Toboso en una villana de Sayago…”

(Segunda Parte, capítulo XXXII)

“… ¿ Qué de churumbelas han de llegar a nuestros oídos, qué de gaitaszamoranas, qué tamborines, y qué de sonajas, y qué de rabeles ?…”

(Segunda Parte, capítulo LXVII)

“… Por tu vida, amigo, que se quede en este punto este negocio; que me parece muy áspera esta medicina, y será bien dar tiempo al tiempo; que no se ganó Zamora en una hora…”

(Segunda Parte, capítulo LXXI)

Vellido Dolfos, el traidor, aparece en tres citas. Cosa normal en un libro relacionado con el romancero y las leyendas de los caballeros andantes. En este sentido está la última cita del famoso refrán “no se ganó Zamora en una hora”.

Otras dos alusiones son para el sayagués, arquetipo en la literatura del rústico con lenguaje torpe y grosera presencia. Esta “leyenda” ya ha sido atajada en más de una ocasión por Luis Cortés o por Francisco Rodríguez Pascual (por ejemplo, en La Opinión, 18, agosto, 1991), reduciéndola a sus límites precisos.

Menos mal que las citas de la gaita zamorana no son peyorativas. Una de las dos se sitúa en las famosas Bodas de Camacho, boda prototipo de derroche en la comida y en la fiesta… allí también había gaitas zamoranas. Este instrumento no es el llamado “de fole”,  gaita de fole, similar a la sanabresa, gallega o asturiana, sino a la llamada gaita charra, salmantina o sayaguesa, un pequeño instrumento aerófono acompañado siempre por tamboríl.

El Quijote no es una fuente para desvelar el pasado histórico y cultural de Zamora. Sí lo es para aclarar y comprender de modo general la vida tradicional y rural de los pueblos de Castilla, y dentro de ellos podemos incluir también, en algunos aspectos, los pueblos zamoranos.

El contexto cultural de El Quijote es Castilla en el siglo XVI. Pero más de una costumbre, más de una tradición de nuestros pueblos zamoranos, ya perdida en lo oscuro de la memoria, se ilumina con su lectura. Las formas de vida no cambiaban con la rapidez que lo hacen ahora. Podemos asegurar que ciertas costumbres, como ciertas tradiciones, han durado siglos, con mayor o menor vigor, dependiendo de la intensidad o fuerza de recreación que cada generación ha ido haciendo de ellas.

Temas investigados en nuestros pueblos zamoranos como las ventas, el cuidado de los animales, los ajustes de criados, la relación entre el amo y el criado, la formalización de los matrimonios, el uso del refrán como orientador en la vida, el vocabulario agropecuario, etc. Saltan a la vista en medio de la lectura de las sorprendentes aventuras, las ponderadas reflexiones y los apasionados discursos de don Quijote. Se puede hacer una lectura etnográfica y descubrir costumbres y tradiciones de la variopinta provincia de Zamora asomando entre las líneas de esta obra cuatro veces centenaria. En próximas entregas llevaremos a cabo esta tarea. Será una invitación a leer  El Quijote, y descubrir lo humano, español, castellano y zamorano que hay en él.

En Enero del año 2005 se ha celebrado el 400 aniversario de la publicación de la  Primera Parte del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Es motivo suficiente para hacer un homenaje a esta universal y eterna obra de arte.

  1. Capítulo Primero. Que trata de la condición y ejercicio del famoso hidalgo don Quijote de la Mancha.

“La novela comienza con una serie de datos poco concretos. Ni se nos indica el lugar (“un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme”), ni el tiempo (“no ha mucho tiempo”) ni el nombre (Quijada, Quesada, Quejana). Sin embargo, sí se nos describe su aspecto físico, sus costumbres, su familia y su servicio, su alimentación y sus aficiones. En la vida de este humilde hidalgo de aldea se produce, sin embargo, un cambio esencial cuando se enfrasca en la lectura de los libros de caballerías. Semejante afición le llevará a vender tierras para poder comprar más, a olvidarse de la caza y, finalmente, dado lo enrevesado de su redacción y lo absurdo de su contenido, a perder el juicio. En esa situación decide convertirse en un caballero andante similar a los que aparecen en sus libros. Para ello, limpia las armas de sus antepasados con la intención de convertirlas en su armadura y otorga un nuevo nombre a los seres esenciales en un relato de ese tipo. Su pésimo jamelgo se convierte enRocinante (rocín antes), él se transforma en don Quijote (Quij de su apellido y Quijote por ser una pieza de su armadura) de la Mancha (igual que Amadís era de Gaula) y Aldonza Lorenzo, una moza de la que estuvo enamorado en secreto, se muta en Dulcinea. Ya sólo queda poner en práctica sus propósitos.” (Enciclopedia del Quijote. Planeta. 1999. César Vidal)

Cuando iniciamos una investigación sobre la vida tradicional de los pueblos zamoranos nos ponemos una fecha o siglo a partir del cual pretendemos comenzar la tarea. Buena es, por ejemplo, la mitad del siglo XVIII, en el que se escribe uno de los documentos más reveladores de la vida de nuestros pueblos: El Catastro del Marqués de la Ensenada. En este gran elenco de personas, funciones, posesiones y valores observamos que cada vecino estaba definido normalmente según dos “estados”: el estado noble y el estado llano. En él corroboramos, como le ocurre a Don Quijote siglos antes, que muchos vecinos del estado noble, “hidalgos”, son tan pobres como los del estado llano, el pueblo. Don Quijote tiene un escaso patrimonio, aún así, trabaja para él un “mozo de campo y plaza”, un criado, un mozo de mulas, que dirían en Zamora. Éste fámulo hace de todo, también de “podador”, y suponemos que de hortelano, regador, azadonero, etc… Tiene ama y sobrina que atienden las labores de la casa. Las mujeres no salían al campo a arar en las tierras de Castilla. Por eso, tener criado no es signo de riqueza. Es una necesidad para las casas donde sólo hay mujeres y “viejos hidalgos”. Por el contrario, en las regiones del oeste zamorano, las fincas, más pequeñas y con labor de vacas, eran trabajadas y aradas por hombres o mujeres indistintamente.

La locura de don Quijote llega al extremo de vender muchas “hanegas de tierra de sembradura”, fanegas de pan. Inconcebible en la mente de un labrador. Decía un refrán “casa donde cupieres y bienes los que pudieres”. Este es uno de los resortes de la ficción quijotesca, la permanente ruptura por parte del protagonista de los criterios del labrador con sentido común, sea de la Mancha, de Tierra de Pan, de Tierra de Vino o de Tierra de Campos. La “filosofía” del labrador es la de la hormiga, siempre almacenando tierras y bienes, y siempre pendiente de los caprichos de la naturaleza mesetaria. Frente a ella está la absurda cigarra, don Quijote, encandilada por los libros de caballerías.

En este capítulo también se presentan dos personajes clave: el cura, figura indiscutible en cualquier pueblo castellano, y el barbero. Éste último puede ser ese antiguo cirujano para hacer sangrías y poner ventosas, y tanto él, al que también llama maese, maestro, como el cura, pueden compararse con las figuras del maestro y el médico, que en siglos posteriores, junto con el cura, serán muy significativas. Rodríguez Pascual  ha destacado en varios de sus artículos periodísticos el papel que estos personajes representaban en nuestros pueblos. El barbero de los pueblos zamoranos es un labrador más. Cuántos jubilados todavía recuerdan al barbero de su pueblo. El sábado hacían cola todos los vecinos, y mientras uno iba enjabonándose, otro era rasurado por sus manos expertas: “cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar”. El hijo del barbero aprendía el oficio de su padre como ayudante. A la vez, otro vecino aprovechaba para leer en alto el periódico a los que esperaban turno. En tiempos de conflictos sociales o de guerra, era un buen momento para oír, pensar, comentar, discutir… hasta había un barbero por tendencia política, y los paisanos acudían al barbero de su partido. El rico o señor de casa fuerte no aparecía en esa reunión semanal, porque el barbero iba a su casa una vez a la semana a afeitarle. Era un signo de distinción.

  1. Capítulo Segundo. Que trata de la primera salida que de su tierra hizo el ingenioso don Quijote.

“ La calurosa madrugada de julio –seguramente un viernes ya que se come pescado- don Quijote abandona su casa para iniciar su vida de caballero. Mientras discurre por el campo de Montiel comprende que aún no ha sido armado caballero y que debe cumplir con ese requisito. Dejando en libertad de elección a su caballo va discurriendo sobre la manera en que comienza el día y su historia y se encomienda a Dulcinea. Así, mientras el sol se va alzando en el horizonte, don Quijote se acerca a una venta que confunde con un castillo, interpretando el sonido del silbato (de un cuerno) de un porquero como la señal emitida por un enano. En su desvarío, don Quijote también confunde con doncellas a dos prostitutas –lo que provoca no poca diversión a los presentes- y al corrompido ventero en alcaide de la fortaleza. En su primera comida fuera de la aldea don Quijote trasmuta también la realidad de lo que come (el pan negro es candeal, las truchuelas, trucha) y emplea un lenguaje arcaizante similar al de sus libros. ( Enciclopedia del Quijote. Planeta. 1999. César Vidal)

La aventura de don Quijote se inicia “por la puerta falsa de un corral”. Los corrales de muchas casas zamoranas tienen puertas traseras, “las traseras”, normalmente suelen ser grandes, “ puertas carrales”, por las que cabe un carro, y con un pequeño techo voladizo. Se nos hace difícil pensar en esa “puerta falsa de un corral”, a no ser que la tapia o pared de éste estuviera derrumbada y con las bardas por los suelos. Los grabados clásicos le hacen salir por un agujero de una vieja pared de adobe, ladrillo de barro y paja, cocido al sol. Más adelante, cuando don Quijote vuelva de esta primera aventura describiremos la casa donde vive.

Ahora sigamos sus andanzas.

Antes de entrar en la venta, lugar propio de viandantes, arrieros y gentes del camino, nuestro protagonista escucha el cuerno de un porquero. Los que cuidaban animales tenían sus medios propios para llamar a los amos tanto cuando se iban como cuando volvían del pastoreo. En muchos pueblos se tocaban las campanas de la iglesia o de la ermita para llamar a la vacada o alganao. En el que no había ni una ni otra cerca del pueblo, como en Terroso de Sanabria, se hacía sonar una caracola (que todavía Andrés tiene en su casa). El pastor del ganado podía ser contratado para la temporada o podía ser uno de los del pueblo, siguiendo un turno o vez, según el número de animales que aportaba a la manada. Contaban que antiguamente en nuestros pueblos había “vecera” de vacas, de mulas, de ovejas, de cabras, y de cerdos… que eran los más difíciles de cuidar, junto con las cabras. El tipo de vecera cambiaba según la comarca zamorana a la que nos refiramos. Por esto mismo había vaqueros, yegüeros, porqueros, pastores… y pigorros o reveceros… muchachos dedicados a cuidar los animales de una casa.

Sobre la venta, que don Quijote confunde con un castillo, me viene a la mente un artículo publicado en La Opinión hace años, donde describí una venta sanabresa, como serían muchas otras del resto de Zamora y España. La venta, en general, lugar de muchas de las hazañas de don Quijote en su primera parte, no nos es ajena a los zamoranos: Era un caserón de dos pisos al que se accedía por un portón de carros. Tenía un vestíbulo llamado patio (En la de El Quijote es a cielo abierto, en esta venta zamorana es como un gran portal o zaguán), desde el que se entraba por la derecha a la cocina, con fuego bajo, dos escaños, mesa larga y bancos… por la izquierda al comercio, la tienda en la que se vendía todo lo que se podía vender (bacalao, velas, galletas, clavos…)… y de frente conducía a las cuadras, con pesebres “para cuarenta mulas”, por ejemplo. El patio era el lugar donde dormían los transeúntes, sobre sacos de paja, repartidos por el suelo enlosao de pizarra. Desde el mismo patio se subía al piso alto, dividido en dos partes, una que tenía las salas o habitaciones de los propietarios, coincidiendo encima de la cocina, y otra que era un gran pajar, con un zaplón o abertura desde el que se echaba la paja a los pesebres de abajo. A don Quijote le dieron un apartado en este lugar, en la venta manchega, que parece más digno y protegido que el que disfrutaban el resto de arrieros. La venta tenía dos tipos de clientes: los vecinos de los pueblos cercanos y los arrieros y comerciantes. Por las noches, la venta se animaba si coincidían varias recuas de arrieros y otros viajantes (La Opinión, El Correo de Zamora. Domingo 17 de julio de 1994). En la venta se comía el plato fijo de la casa, las sopas de pan, el arroz con bacalao, el cocido o caldo. Muchos traían su propia comida para que el ama o una de las criadas cocineras se lo preparara. Suponemos que en tiempos de don Quijote habría poca y escasa comida. La tarde que llega hay bacallao, por ser viernes, término que en un libro de caja de una casa de Vallesa de la Guareña tenía escrito el amo, refiriéndose al “pescau”, como también dice Cervantes que se refiere al abadejo, curadillo o truchuela en otras regiones. El pan era negro y duro, aunque le supo a “pan candeal”. Siglos más tarde se mantiene esta distinción porque todavía al comenzar el veinte en muchos pueblos del oeste zamorano se diferenciaba el pan negro de centeno, el que se consumía a diario en cada casa, y el pan blanco de trigo, el que se comía de modo extraordinario “y sabía a gloria”.

Se hace mención al final del capítulo de un castrador de cerdos, de un capador, que tocaba “un silbato de cañas”. Si don Quijote oyó el silbato y le pareció música de sobremesa podría ser porque tenía en su mente la flauta del dios griego Pan, la sirinx o siringa. Este dios, enamorado de una ninfa virgen, la quiso para él, pero ella se convirtió en caña. Despechado el dios, la cortó, la troceó y la convirtió en su flauta. Es un tipo de flauta que aparece desde la antigüedad por todo el mundo. Algunos todavía recordamos al afilador (de cuchillos) cuando pasaba por los pueblos y llamaba la atención de los vecinos con este tipo de flauta ( la del capador o la del dios Pan)… “¡El afilador! (fiuuuuuuuuú…) ¡El afilador! (fiuuuuuuuú)”. Un vecino de Guarrate dice que a los dos días de pasar el afilador, llueve… Pero volvamos al capador. Poco trabajo tendría por estas fechas “el castrador de puercos”. En el mes de julio y agosto, cuando hacía mucho calor, no era conveniente capar, porque la herida se podía infestar, a pesar del aceite o la ceniza que aplicaran para curarla. El capador de cerdos trabajaba casi todo el año en los pueblos de Zamora, siempre que nacieran cerditos y se quisieran dedicar a cebar “ …en cuanto que asomaban un poco los cojoncillos, al mes o así, a caparlos… y también las cerdas”

No podemos olvidar también dos palabras que de modo ocasional aparecen en este capítulo:  “acuitarse”, verbo cercano a cuitao, cuitadín, que tantas veces repetía mi abuela o mi tía Encarnación. Y “ñudo”, término que un informante sanabrés utilizaba para referirse a un nudo especial que hacían los portugueses, trabajadores temporales de la siega del centeno antiguamente,  para atar los haces que segaban. Las dos palabras están en el Diccionario de la Real Academia.

Lectura etnográfica de Don Quijote de la Mancha. (II)

Juan Manuel Rodríguez Iglesias.

  1. Capítulo Tercero. Donde se cuenta la graciosa manera que tuvo don Quijote en armarse caballero.

“Convencido de la categoría del ventero, don Quijote le manifiesta que desea ser nombrado caballero guiado por los motivos nobles y que para ello necesita velar las armas. El ventero –que capta el estado mental de su interlocutor-  le sigue la corriente, describe su mocedad de pícaro con un lenguaje burlonamente atípico (él, por ejemplo, ha deshecho doncellas y ha recostado viudas) y, tras prodigarle algunos consejos (llevar dinero y camisas limpias, proveerse de hilas y ungüentos para las heridas), accede a su solicitud. Esa noche don Quijote comienza a velar las armas en el patio dada la ausencia de capilla y las coloca sobre la pila de agua. Cuando uno de los arrieros alojados en la venta retira las armas para dar de beber a sus bestias, la respuesta de don Quijote consiste en golpearle en la cabeza partiéndosela. La llegada de los compañeros del herido complica aún más la situación y si, finalmente, la refriega no concluye aún peor se debe a la intervención del ventero que informa a todos de la locura del hidalgo y decide armarle caballero inmediatamente para evitar males mayores. Don Quijote es así armado burlescamente por el ventero lo que, según la ley de las Partidas, le incapacita totalmente para llegar a ser un día caballero. Se produce así uno de los equívocos iniciales sobre los que gira el resto de la novela. Al final, el ventero le deja marchar sin pagar nada y don Quijote se dispone a comenzar su carrera como caballero.” (Enciclopedia del Quijote. Planeta. 1999. César Vidal)

Un arriero, antes de dormir, va a dar de beber a sus mulas. Es el último cuidado del día que tenían los mozos con sus animales. Esto no lo sabía don Quijote, que puso sus armas en la pila de agua del patio de la venta. Más de un informante de los pueblos zamoranos me ha narrado su propia experiencia como mozo de mulas. Dormían en la cocina, en el escaño largo. La cocina disponía de un ventanuco que daba directamente a las cuadras de las mulas, para estar más atento a ellas. También los hubo que dormían en la misma cuadra, entre las mulas. Tenían que levantarse a media noche a atender por última vez a los animales. Menos mal que no se encontraban con un don Quijote que les moliera a palos. Ya tenían bastante con interrumpir su relativo descanso en el escaño de la cocina o entre las pajas de la cuadra.

Una de las fuentes más interesantes para la etnografía es el análisis de los libros de caja o libros de cuentas de los labradores del siglos XIX y el siglo XX en los pueblos zamoranos. Son parecidos al libro de caja del ventero “donde asentaba la paja y cebada que daba a los arrieros” y que en esta aventura es usado como libro de ceremonias, rezos y ensalmos para hacer caballero a don Quijote. A mis manos han llegado libros de caja de venteros y labradores de Terroso, Villamor de Escuderos, Vallesa, Cerecinos de Campos… donde escribían al comienzo… “Libro de caja para uso de Fulano de tal… Y confieso el dicho Fulano asentar en él la verdad y lo cierto, y por lo mismo hago esta señal (dibujo de una cruz)  de cruz en la que juro hacerlo según lo dejo referido, y doy principio al uso de este hoy a tantos de tantos… Y cuenta de ciento cincuenta fojas foliadas. Y para mayor seguridad firmo en dicho día mes y año…” La ironía de Cervantes coloca a un ventero, el que acoge a losviandantes, a los caminantes, como el oficiante que le hace profesar como caballero andante. Este personaje que confiesa tener un pasado pícaro y aventurero, señor ficticio del castillo, inviste de caballero andante a don Quijote con el libro de caja de la venta, el libro donde se asientan los movimientos económicos de la actividad diaria, las deudas de los vecinos que acuden a comprar productos o pedir dinero en efectivo (oficio de usurero), el dinero que se va dando a los criados, los jornales que se reciben para pagar deudas, la relación de la cosecha anual, e, incluso, asuntos familiares como las fechas de nacimiento de los hijos o las defunciones.

Además del ventero y de los roles tradicionales mencionados en anteriores capítulos como el hidalgo, el labrador, el porquero, el castrador o capador de cerdos, el cura, el barbero, el mozo de campo, el ama, etc., se nos añaden en este capítulo los oficios de los padres de las dos rameras que recibieron a don Quijote al llegar a la venta: Uno era remendón de Toledo, que no es lo mismo que zapatero. El zapatero es el que hace las botas y los zapatos, y el remendón es el que simplemente las arregla. El otro era un honradomolinero. Sospechamos la ironía de Cervantes al colocar el adjetivo de honrado delante de un oficio que solía tener fama de aprovecharse con frecuencia de los costales de grano que le traían los vecinos para la molienda. Había pueblos donde cada familia tenía su molino, o vela o vez en el molino, y realizaba la molienda sin intervención de nadie, cuando le tocaba. Por ejemplo, los molinos de Sanabria o de Sayago, que eran molinos rastreros, al pie de un arroyo, movidos por la fuerza del agua (¡No había ningún molino de viento, ni falta que hacía!). Y en otros pueblos había un gran molino regentado por un molinero, ya fuera en propiedad familiar o en arriendo. El molinero en unos casos pasaba por el pueblo con su caballería o con su carro para recoger los costales de los que querían moler, y en otros los mismos vecinos iban al molino para que les hicieran del grano que llevaban harina para el pan o pienso para los animales… En este trabajo algunos molineros tenían fama de cobrar más de lo debido y no todo el grano que entraba en la trimuera se hacía harina, quedándoselo el molinero.

Por último, destacamos el trato honorífico que se le da a don Quijote por ser caballero andante, o sea, utilizar el “don” (apócope de dominus, señor) delante del sobrenombre. Parece que los hidalgos no recibían el trato de “don” (de nuevo la ironía cervantina). En los pueblos zamoranos del noroeste se utilizaba para las personas mayores el apócope de “ti” (procedente de tío) delante del nombre o el apodo: la ti María, el ti Canana, etc. En los pueblos zamoranos más al sur y el este se utilizaba el trato de “señor” para las personas mayores y con cierta autoridad moral en el pueblo: el señor Evaristo, el señor Pepe… El apócope “ti” también se ha usado, pero delante de los apodos, como el ti Morceñas, el ti Almanegra… Y tanto en unos pueblos como en otros el trato de “don” era muy exclusivo, casi reducido al cura y al médico: don Magín, cura muchos años de Terroso, o don Juanito, médico muchos años de Puebla de Sanabria…  Sonaría bien eso de el “señor Alonso Quijano”, el “ti Quijote”.

  1. Capítulo Cuarto. De lo que le sucedió a nuestro caballero cuando salió de la venta.

“Lleno de gozo, el hidalgo decide regresar a su casa para proveerse de dineros y camisas y buscar un escudero. Éste va a ser un vecino suyo que porque era pobre y con hijos resultaba ideal para el oficio escuderil. De camino don Quijote va a experimentar su primera aventura: la aventura del mozo Andrés. Éste, un joven de quince años, es azotado por su amo, Juan Haldudo, rico labrador de Quintanar. Don Quijote le obliga a desatar al muchacho y a prometer que le pagará  lo que le adeuda. Sin embargo, apenas se ha marchado Haldudo vuelve a atar a Andrés y le propina una paliza aún mayor.

Camino de su casa don Quijote experimenta la aventura  de los mercaderes toledanos a los que el hidalgo quiere obligar a que confiesen la hermosura de Dulcinea. Uno de los mercaderes pide un retrato de la dama como condición para acceder a los deseos del hidalgo y afirma que está dispuesto a hacerlo aunque fuera tuerta de un ojo y del otro le manara bermellón y piedra azufre. Encolerizado por la burla, don Quijote arremete contra los mercaderes pero Rocinante tropieza y cae al suelo junto con su amo. Entonces un mozo de mulas arremete al impotente hidalgo y lo muele a palos.” (Enciclopedia del Quijote. Planeta 1999. César Vidal)

Un labrador (el amo) azota a un muchacho porque ha tenido poco cuidado con el hato, el rebaño. En algunos pueblos zamoranos se llama hato al lugar donde el gañán, el mozo de mulas que ara, deja sus alforjas mientras trabaja, o también el lugar donde los segadores dejan la comida o la bebida (elaguacuba) mientras siegan, al “arrimo” de una sombra. También, como vemos en El Quijote, el hato significa una porción del rebaño de ovejas. El muchacho “es mi criado (dice el amo) que me sirve de guardar una manada de ovejas que tengo en estos contornos, el cual es tan descuidado, que cada día me falta una y porque castigo su descuido, o su bellaquería (porque el amo sospecha que se las roba y negocia con ellas), dice que lo hago de miserable, por no pagalle la soldada que le debo y en Dios y en mi ánima que miente”. La relación entre amo y criado joven siempre era difícil, tanto en el siglo XVII como en la primera mitad del siglo XX. En ambas épocas hay muchas similitudes. El contrato estaba establecido en “nueve meses a siete reales cada uno”…  pero que “se le habrían de descontar y recebir en cuenta tres pares de zapatos que le había dado, y un real de dos sangrías (hechos por un cirujano o barbero) que le había hecho estando enfermo”, y además, por lo que se desprende de la narración,  le descontaba los días perdidos, los objetos que rompía y los animales que extraviaba, voluntaria o involuntariamente. Tanto en el siglo XVII como en el siglo XX, el criado no recibía el dinero al comenzar el ajuste con el amo, como es lógico en cualquier contrato de trabajo, lo recibía al final del ajuste. En este caso a los nueve meses. Pero durante ese tiempo, el criado tenía necesidades que debía pagar con dinero, para ello el amo le adelantaba esos gastos. La suma final de gastos durante el periodo de ajuste se restaba al dinero ajustado, y llegaba el caso que ¡¡el criado debía pagar al amo!! porque se había excedido en los préstamos. En algunos pueblos de Zamora, la fiesta de la Virgen de Septiembre, el día 8, se solía llamar Nuestra Señora La Tramposa o la Virgen de La Tramposa, porque muchos ajustes acababan en esas fechas y los criados debían saldar sus deudas, tantas que superaban el sueldo que tenían que recibir.

El capítulo continúa con la aventura, mejor dicho, desventura de los mercaderes toledanos, a los que acompañan “cuatro criados a caballo y tres mozos de mulas a pie”. Como vemos, en el rol de criado también había clases, unos iban a caballo y otros a pie. Al margen de lo acontecido, se hace mención del huso, instrumento fundamental en la labor de hilar. Es una alusión al instrumento donde se compara la esbeltez de Dulcinea del Toboso con los husos de la sierra de Guadarrama, porque la madera de haya con la que están hechos los hace famosos. El huso es alargado, puntiagudo por arriba y un poco grueso por abajo, para que tenga peso y se pueda voltiarconstantemente. Así se va enrollando el hilo que se saca de la rueca, un palo donde se sujeta la pella de lana, la manilla, o de lino, el cerro, que se pretende hilar. Si era lana, los bellones habían sido lavados y rastrillados. Si era lino, llevaba un proceso muy largo: ripar, mazar, espadiar, rastrillar… que en otro momento describiremos. Las pellas de lino, los cerros, o lana, las manillas, se colocaban en la rueca y se hilaba con el huso, y una vez hilado se hacía madejas en la devanadera…

  1. Capítulo Quinto. Donde se prosigue la narración de la desgracia de nuestro caballero.

“Quebrantado por la paliza descrita en el capítulo anterior, don Quijote imagina ser Baldovinos y cuando un vecino suyo lo reconoce y lo recoge lo identifica con el marqués de Mantua. Sumergido en su desvarío en apenas unos instantes él mismo imagina ser Abindarráez y convierte en Rodrigo de Narváez a su auxiliador. La llegada de don Quijote a su hogar provoca una tremenda reacción.  Perdido durante tres días, la inquietud ha hecho presa de su sobrina y su ama que despotrican de los libros de caballerías” ( Enciclopedia del Quijote. Planeta 1999. César Vidal)

Un labrador, vecino del pueblo, encuentra maltrecho a don Quijote. Viene “de llevar una carga de trigo al molino”, hecho frecuente en la vida rural tradicional para disponer de harina y poder hacer la hornada quincenal  para la familia. Naturalmente, el fiel acompañante en estos casos es su animal de carga, que Cervantes alude a él en sólo cinco líneas con cuatro términos distintos: jumento, caballería más sosegada, asno y borrico.

Más adelante cuando llega don Quijote a su casa aparecen de nuevo el cura y  el barbero, tratado como maese Nicolás (maese es maestro), es como el médico del pueblo. Los dos están para remediar los males, uno los del alma, el otro los del cuerpo.

Por último, solo añadimos en este capítulo la reflexión del influjo que puede ejercer la ficción en la conducta de las personas, antiguamente los libros de caballerías y hoy el cine y la televisión, por ejemplo. Aparentemente, la moraleja que presenta El Quijote es la siguiente: Si los libros de fantasía y ficción caen en manos de gente inmadura, superficial, ociosa e infantil, se convierten en instrumentos perniciosos e inducen a imitar lo que la ficción desarrolla, creyendo ingenuamente que todo es real y se puede llevar a cabo lo que cuentan. Don Quijote y el labrador Bartolo, protagonista del Entremés de los Romances (el que dicen los entendidos que inspiró a Cervantes el comienzo de El Quijote) pueden ser ejemplo de la estulticia o palurdez de “los de pueblo”, que se lo creen todo… Por ahí corre el insultante refrán: “Ya lo dijo Cervantes, gente de pueblo, gente ignorante”,  Pero el propio Cervantes creará un personaje, Don Quijote, que superará esa estupidez que en un primer momento parece padecer.

  1. Capítulo Sexto. Del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo.

“Ayudadas por el cura y el barbero del lugar, el ama y la sobrina deciden acabar con lo que consideran que es fuente de todos los males: la biblioteca del hidalgo. Aprovechando esta circunstancia, Cervantes, por boca del cura, emite sus juicios no sólo sobre los libros de caballerías sino también  sobre la literatura española en general… Cabe la posibilidad de que en este capítulo concluyera una redacción primitiva del Quijote. Al estilo de una Novela ejemplar, en el relato se había reflejado el peligro que podía desprenderse de los libros de caballerías…” (Enciclopedia del Quijote. Planeta 1999. César Vidal)

Este es un apretado capítulo, modelo de exposición bibliográfica de los libros de caballería y literatura del momento. Una buena idea para eliminar las aburridas listas bibliográficas que solemos colocar al final de toda investigación e incluirlas en la narración de los hechos.

Pero lo que nos interesa es la etnografía, y el capítulo comienza con una situación entre religiosa y supersticiosa. El ama toma “una escudilla de agua bendita y un hisopo” para echar al demonio o encantador que puede estar en los libros que han vuelto loco a su señor, y le dice al cura: “ Tome vuestra merced, señor licenciado, rocíe este aposento, no esté aquí algún encantador de los muchos que tienen estos libros…” Lo malo es que el cura no se toma en serio ni al ama ni al exorcismo: “ Causó risa al licenciado la simplicidad del ama…”. Como vemos, tanto en el siglo XVII como en el XX, en muchas casas había un recipiente con agua bendita, traída de la iglesia el día de Sábado Santo por la mañana, que el cura bendecía para todas las vecinas que vinieran por ella. Así luego asperjaban toda la casa para librarla de cualquier mal, como en este caso.

El corral es el lugar donde se acumulan los libros para ser quemados. El cura, guardián moral por antonomasia de la vida rural, preside la ceremonia, acompañado del barbero. El corral es el lugar donde temporalmente se acumula el estiércol sacado de las cuadras para llevarlo al “mudadal”, que suele situarse a la salida del pueblo, en un camino hondo. Cada vecino solía tener su mudadal. Al igual que el estiércol, los malos libros son arrojados y quemados en el corral . Sus cenizas mezcladas con el “estrume” de los animales servirá para enriquecer las tierras de siembra. Don Quijote vendió parte de sus tierras de sembradura para comprar libros, y luego muchos de sus libros van a servir de abono para las tierras que le quedan. En el ámbito rural tradicional todo se recicla, hasta las ideas. El donoso escrutinio con el que acaba la primera salida de don Quijote es un Auto de Fe… literario, que acaba con la sentencia inquisitorial dada por el cura: Los malos libros al fuego “ pues no hay más que hacer… sino entregarlos al brazo seglar del ama”.

Lectura etnográfica de Don Quijote de la Mancha. (III)

Juan Manuel Rodríguez Iglesias.

  1. 7. Capítulo Séptimo. De la segunda salida de nuestro buen caballero don Quijote de la Mancha.

“ Cuando don Quijote se recupera de su primera salida descubre que el aposento de su librería ha desaparecido. Ignorando que ha sido tapiado por sus amigos acepta la explicación de que el encantador Frestón se lo ha llevado. Sin embargo, tras quince días de sosiego decide llevar a cabo su segunda salida. Un vecino suyo, hombre de bien y con poca sal en la mollera, que se llama Sancho Panza, le servirá de escudero motivado por la posibilidad de convertirse en gobernador de una ínsula. Así, una noche, sin despedirse, los dos abandonan la aldea siguiendo el mismo camino que en la primera salida y comienzan a conversar sobre el futuro glorioso que les espera a ambos.” (Enciclopedia del Quijote. Planeta. César Vidal)

En este capítulo aparece Sancho Panza. Es un “labrador vecino”, “hombre de bien… si es que este título se puede dar al que es pobre”. Sancho no es un criado, es un labrador, pero labrador pobre, con pocas tierras, tan pocas que apenas alcanza a vivir, y eso que también tiene poca familia. Entre los castellanos suele haber un refrán que dice “más vale ser pobre labrador que buen criado”. Pues Sancho desoye este refrán y se convierte en escudero, o sea, criado de don Quijote. Sus señas de identidad serán el asno y las alforjas. Hoy diríamos que este peculiar rústico es como aquel que vendió el coche para comprar gasolina, o más tradicionalmente, como el que vendió la herencia por un plato de lentejas, pero basta con leer el capítulo para encontrar otras expresiones que “le vienen como anillo al dedo”: Sancho es el que va a “buscar pan de trastrigo” (pan que se hace de nada) o “el que va por lana y vuelve trasquilado”. No sólo don Quijote se instala en un mundo de ficción, sino también Sancho, que cambia su estatus por otra ficción, la ínsula prometida. Un informante zamorano me confesaba el deseo, cuando era joven, de salir del estatus de criado y hacerse labrador, peguero o medio labrador, “poner él la labranza”, y librarse de la insoportable dependencia del amo. Igual que vimos en los primeros capítulos donde subrayamos que don Quijote hace lo contrario que haría un labrador con sentido común (¡mira que vender las tierras de sembradura para comprar libros!), Sancho sigue su camino, se hace criado para ser gobernador de una ínsula.

  1. Capítulo Octavo. Del buen suceso que el valeroso don Quijote tuvo en la espantable y jamás imaginable aventura de los molinos de viento, con otros dignos de felice recordación.

“La primera aventura … es la conocidísima aventura de los molinos de viento contra los que don Quijote arremete convencido de que no son sino gigantes. Pese a las advertencias de Sancho, el hidalgo los embiste y termina maltrecho en el suelo y con la lanza rota. Don Quijote acusa del desastre a Frestón, que había transformado los giganes en molinos, y se dirige hacia Puerto Lápice convencido de que es un lugar favorable para encontrar aventuras… Sancho comerá mientras su amo ayuna y por la noche dormirá mientras don Quijote vela.

Al día siguiente, hacia las tres de la tarde, tiene lugar la aventura de los frailes de san Benito a los que don Quijote confunde con los custodiadores de unas damas que iban en una carroza cercana. Pese a las advertencias de su escudero, el hidalgo los ataca obligándolos a huir. Pero cuando Sancho pretende recoger los despojos lo único que consigue es ser apaleado por los mozos. Don Quijote se dirige entonces al carro de las damas y pide a una de ellas que se dirige a Sevilla como puerto para partir a las Indias que se presente en el Toboso ante Dulcinea. Lo que sucede, sin embargo, es que el escudero vizcaíno de la dama se enfrenta con don Quijote. En medio del combate se interrumpe la narración y concluye la primera parte de la historia.” (Enciclopedia del Quijote. Planeta. César Vidal)

Comienza el capítulo con la aventura imaginaria  de don Quijote de los gigantes molinos de viento. En León y la Castilla al norte de la sierra de Guadarrama había pocos molinos de viento. Son característicos de Castilla La Mancha. En las zonas de cauces de agua suficientes para mover las piedras del molino, el edificio es sencillo, incluso pequeño, colocado sobre un río, un arroyo o una presa que proporciona el cauce de agua a presión que moverá el rodezno, y éste a su vez las piedra superior para triturar el grano. Donde no hay posibilidad de cauces de agua constante se busca la fuerza motriz en el viento, y el edificio del molino se convierte en un verdadero gigante de cuatro brazos descomunales. Si pasara don Quijote por la provincia de Zamora en nuestro tiempo tendría muchas aventuras con gigantes más grandes, más altos y estilizados, agrupados en batallones llamados Parque Eólicos, que desfiguran la línea montañosa de muchos de nuestros paisajes. No trituran grano, sino que producen electricidad.

Avanzando en la lectura del capítulo aparece el modo como se origina un apodo o un mote, caso aplicable a los del ámbito rural. En concreto el origen del apodo “Machuca”, puesto a Diego Pérez de Vargas, “hizo tales cosas aquel día y machacó tantos moros que le quedó por sobrenombre Machuca, y así él como sus descendientes se llamaron desde aquel día en adelante Vargas y Machuca…” Razones parecidas me daban en algún pueblo zamorano cuando preguntaba por el origen de los apodos: “ Un hombre se emborrachó y mi abuelo le decía que dijera tarrarrurra… y de tanto repetírselo cada vez que se emborrachaba aquel paisano, pues quedó mi abuelo como tarrurra, y luego todos sus hijos”.

Acaba el capítulo con el lance del vizcaíno, escudero de una dama que va camino de embarcar a las Indias. Don Quijote pretende desviarla de su ruta para que vaya a dar pleitesía a Dulcinea del Toboso. El vizcaíno es un personaje tratado con cierta burla, como lo es el sayagués zamorano, bruto, ignorante y con un lenguaje extraño. Es otro de los tópicos culturales utilizados en la literatura clásica.

Entre los términos sueltos llama la atención que ya por estas fechas el “agua de chicoria” está a la altura del “agua de castañas”, o sea, bebidas de ínfimo valor. También podemos destacar la constante aparición del oficio de “mozo de mulas”, y la de uno nuevo, ser “bodegonero” de Málaga.

  1. Capítulo Noveno. Donde se concluye y da fin a la estupenda batalla que el gallardo vizcaíno y el valiente manchego tuvieron.

“ Utilizando el recurso de atribuir el relato a otro autor, Cervantes señala que no pudo averiguar cómo seguía la historia hasta que descubrió al azar en la Alcaná de Toledo unos papeles en arábigo donde figuraba su continuación. Su autor era un tal Cide Amate Benengeli y, tras traducirlos un morisco aljamiado, Cervantes pudo saber en qué concluía la aventura del vizcaíno. La misma finaliza con la victoria de don Quijote y la promesa de las señoras del coche de que acudirán al Toboso a presentarse ante Dulcinea.” (Enciclopedia del Quijote. Planeta. César Vidal)

El recurso de cortar la aventura en su momento más intenso y dejarnos con las ganas de saber cómo va a terminar parece el de un guionista cinematográfico que organiza la historia en escenas, con intención de colocar anuncios publicitarios. En este capítulo sólo destacaremos algunos detalles sueltos.

Dulcinea del Toboso, sacada de la imaginación de don Quijote y presentada “en otra realidad”, causa risa al árabe traductor porque está definida como la que “tuvo la mejor mano para salar puercos que otra mujer en la Mancha”. No todo el mundo sabe hacer la matanza como debe ser, los hay que tienen “buena mano para eso”,  y entre ellos está Dulcinea del Toboso.

En el juego de niveles de ficción, éste árabe que traduce los legajos escritos por Cide Amate sobre don Quijote recibe en paga “dos arrobas de pasas y dos fanegas de trigo…” (en capítulo primero utilizó hanegas de sembradura y ahora fanegas de trigo)  No debía merecerse mucho más el traductor, ni el interesado lector creía que debía pagarle mejor por su trabajo. No le paga en dinero, sino en especie, que tal vez le venía mejor. Como así se hacía en muchas ocasiones en el ámbito rural.

Por último destacamos de nuevo otro prejuicio cultural, como el del sayagués y el vizcaíno, tópicos reductores que definen normalmente de forma peyorativa a un grupo social, en concreto el árabe que vive en España, del que no hay que fiarse porque es “propio de los de aquella nación ser mentirosos”.

10.  Capítulo Décimo. De lo que más le avino a don Quijote con el vizcaíno y del peligro en que se vio con una turba de yangüeses.

“Tras aquella victoria Sancho pide enseguida la entrega de una ínsula… don Quijote le promete que pronto tendrá su recompensa. Sancho aconseja a su amo que se oculten en previsión de que los persiga la Santa Hermandad y le pide que se cure la oreja. Don Quijote aprovecha entonces para hablarle del bálsamo de Fierabrás, un extremado licor que cura cualquier tipo de heridas y cuya mención entusiasmará a Sancho. Finalmente ambos deciden pasar la noche al lado de las chozas de unos cabreros.” (Enciclopedia del Quijote. Planeta. César Vidal)

A lo largo de los capítulos, en los diálogos, aparecen con frecuencia contracciones coloquiales que he escuchado en los pueblos zamoranos, como “desotro” día, al otro día. O también  en “esotro”, expresiones que me recuerdan a mi abuela en su hablar y algún otro amigo informante. Supongo que en el siglo XVII estarían más extendidas estas contracciones.

Los transeúntes más habituales de los caminos no son los caballeros andantes, “por todos estos caminos no andan hombres armados, sino arrieros y carreteros”, personas con las que no suele establecer buenas relaciones don Quijote, porque a todos les pide que honren a Dulcinea y ninguno le hace caso, a no ser por la fuerza.

Sancho Panza discute con su amo sobre lo que hay que comer. Inspirado en sus libros, don Quijote cree que debe comer frutos y hierbas que encuentra por el camino. El escudero, que deja para más adelante el conocimiento de esos alimentos, se decanta por lo que los criados y pastores llevan en su zurrón o alforja, un elemento que define la figura de Sancho Panza: una cebolla y un poco de queso, y unos cuantos mendrugos de pan (duro), que es lo que comerán al final de aquella jornada.

Lectura etnográfica del Quijote (IV).

Juan Manuel Rodríguez Iglesias.

11.  Capítulo Undécimo. De lo que le sucedió a don Quijote con unos cabreros.

“Junto con unos pastores cenan el escudero y su señor, que aprovecha para pronunciar su discurso virgiliano acerca de la Edad de Oro cuando eran ignoradas las palabras “tuyo” y “mío”. La desaparición de aquella época de paz y justicia es la que obliga a la existencia de los caballeros andantes. Un zagal llamado Antonio, dentro del más puro estilo de la novela pastoril, canta el romance de su amor por Olalla que interesa al hidalgo, pero no a Sancho, Finalmente un cabrero cura la oreja herida de don Quijote.” (Enciclopedia del Quijote. Planeta. César Vidal).

El capítulo comienza con el pequeño rifirrafe entre amo y escudero, ya que éste permanece de pie junto a don Quijote para “servirle la copa, que era de cuerno”, uno de los utensilios habituales de un pastor cabrero, y que seguro estaría decorada o historiada sencillamente con una navaja. En las épocas en las que no había transistor para escuchar música o noticias, los pastores se dedicaban a hacer trabajos manuales, unos más artísticos y otros menos. Sancho manifiesta que le da igual comer de pie que sentado, el caso es comer. Describe cómo es el modo de comer cortesano, “mascar despacio, beber poco, limpiarme a menudo, no estornudar ni toser si me viene en gana, ni hacer otras cosas que la soledad y la libertad traen consigo”, o sea que su modo de comer debe ser lo contrario. Resuelto el problema porque don Quijote “asiéndole por el brazo ( a Sancho), le forzó a que junto dél se sentase”, el hidalgo hace uno de los discursos más famosos y comentados de esta obra:  “Dichosa edad y siglos dichosos aquellos…” ante unos cabreros “embobados y suspensos” que no debieron entender mucho “aquel inútil razonamiento”. Y todo fue por culpa de las bellotas, “que le trujeron a la memoria la edad dorada”. ¡Vaya ironía de Cervantes: las bellotas, comida de cerdos y pastores, hacen que don Quijote recuerde los tiempos “utópicos” pasados, la Edad de Oro, de la paz, la justicia y la igualdad, cuya desaparición dio origen a la caballería andante! Y ahí queríamos llegar, porque desde la etnografía nos interesa destacar el lugar donde se lleva a cabo la escena y la comida que degustan, “tasajos de cabra que hirviendo al fuego de un caldero estaban”. Don Quijote y Sancho han llegado a una majada de pastores, donde, bien recibidos, son invitados a cenar. Una majada es el lugar donde descansa o se recoge el rebaño que pasta en el monte. También una majada es el mismo monte. En Sanabria se le llama majada a una finca particular o comunal llena de robles para hacer leña y ramajos. La comida de los pastores es la caldereta de tasajos de cabra, queso, vino en zaque y bellotas avellanadas. Destacamos también algunas palabras de la escena: el dornajo (artesa pequeña) donde se sienta, el tasajo para comer, el zaque (pellejo pequeño), que cuelga de un alcornoque para tener el vino fresquito, y las zaleas (pieles curtidas) donde extienden las bellotas avellanadas. Éstas últimas no me recuerdan la “Edad Dorada”, anterior a la aparición de la caballería andante, sino las castañas pilongas, uno de los modos de conservar este fruto largo tiempo para matar el hambre de vez en cuando en alguna comarca zamorana. Había diversos modos de conservarlas: “Las castañas que se podían coger, según caen esbagadas, se recogían, y las que iban en el pellizo se traían en el carro a casa, y se guardaban en un sitio que hubiera, en un pajar o donde fuera. Y luego pues se espellizaban cuando se podían, se sacaban para los cerdos o para comerlas. También se conservaban en piladores, que eran artefactos de mimbre, como cestos, se metían allí sin pellizo, en un lugar donde hubiera humo, al pie de la campana de la chimenea, y cada tres o cuatro días le ibas dando vuelta, para que se conservaran y no se enmohecieran, y tiempo andando las desmondaban y las tiraban a cocer, y se comían” (Andrés, Terroso)

La cena debió ser especial, no creo que los pastores comieran todas las noches caldereta de cabra. Y como “de la panza sale la danza” invitan a don Quijote a escuchar las coplas de un pastor muy especial que “sabe leer y escrebir y es músico de un rabel”, pues los demás no debían tener estas habilidades. Antonio, el pastor instruido, canta el romance de sus amores que compuso un tío suyo “beneficiado”, cura, también instruido como él: ellos solían ser los creadores de parte de la literatura popular, loas, romances, comedias, autos de reyes y otras relaciones que los paisanos luego memorizaban y transmitían de generación en generación. Hoy también hay labradores, amantes de su oficio, que se descubren a sí mismos como poetas. Los he conocido en Cañizal, en Guarréate o en Codesal… Sólo destaco cuatro de los últimos versos: “ Coyundas tiene la Iglesia/ que son lazadas de sirgo (seda),/ pon tú el cuello en la gamella,/ verás como pongo el mío.” Esta es una metáfora en la que el amante invita a su amada a casarse por la Iglesia. En el ámbito rural,  el yugo era la mejor metáfora que explicaba el matrimonio. Cada yugo tiene dos gamellas (ondulaciones), donde se acoplan y atan con “las cornales” las cabezas de las dos vacas o bueyes que tiran del arado o el carro. En la misa de boda los novios están unidos por un largo paño que cubre los hombros de ambos, al que llaman yugo. El yugo simboliza la unión necesaria de los amantes para todo, para lo bueno y para lo malo, en el matrimonio. Además, una de las bromas más duras y pesadas que hacían y todavía hacen a algunos recién casados inocentes y desprevenidos es “juñirlos” a un yugo, colocándolo sobre sus pescuezos, y hacerlos tirar de un carro.

Finalmente hacemos mención de uno de los remedios pastoriles para curar heridas que ofrece este capítulo : “ …y tomando algunas hojas de romero… las mascó y las mezcló con un poco de sal, y aplicándosela a la oreja, se la vendó muy bien…”  Son los remedios rurales parecidos a los que todavía aplicamos en casos como tapar una pequeña herida con una hoja de llantén, aplicar barro hecho con saliva a una picadura de abeja o avispa, no respirar cuando tienes que tocar ortigas… Pero lo que quiero destacar es el modo de hacer el remedio, mascar, utilizar la saliva, ya sea para él mismo o para otro, al que, por supuesto, no le debía dar asco. Recordaba un antepasado de mi familia que había sido guardia civil, en los tiempos en que “la pareja” debía recorrer andando pueblo a pueblo, lo que les pasó una noche que tuvieron que pernoctar en una de las aldeas cercanas al Lago de Sanabria. Fueron al alcalde y éste les asignó una casa donde pasar la noche. Le ofrecieron cena y él dijo que con unas sopas de ajo valía. ¿Qué otra cosa podía pedir en aquellos lugares tan aislados y pobres al comenzar el siglo XX?. La mujer puso a cocer agua en un pote, cortó tiras de pan de centeno cocido días atrás y para aderezar las sopas tomó una cabeza de ajo la masticó en su boca y todo “el condimento” lo echó en el pote… Mi bisabuelo no fue capaz de tomar aquellas sopas “espirriás” que nunca olvidaría en su vida.

12.  Capítulo Duodécimo. De lo que contó un cabrero a los que estaban con don Quijote.

“El pastor Pedro comienza entonces el relato de una de las novelas intercaladas en el Quijote, la novela de Grisóstomo y Marcela. Aquél era un hidalgo y estudiante de Salamanca que murió por el amor de Marcela y dispuso que se le enterrara donde la vio por primera vez. Marcela, una belleza afable pero esquiva, que no deseaba casarse aunque nada podía decirse en menoscabo de su honestidad se había entregado a su vez al género pastoril. Finalmente la noche es pasada por don Quijote recordando a Dulcinea y por Sancho durmiendo entre Rocinante y su asno” (Enciclopedia del Quijote, Planeta. César Vidal).

El capítulo describe al estudiante de Salamanca, astrólogo que estudiaría en las aulas de la universidad bajo “el cielo de Salamanca” del maestro Gallego. Va a ser enterrado en el campo “como si fuera moro”, fuera del cementerio cristiano. Dejó su pueblo loco de amor por Marcela. Hacía los villancicos de la Noche del Nacimiento del Señor… la literatura popular que se escribía con ocasión de las fiestas, como dijimos antes, obra de curas y gente letrada, asimilada por la memoria de los paisanos. Su labor de astrólogo era muy apreciada porque pronosticaba el tiempo y sus posibilidades. Siempre hemos supuesto la labor de estos especialistas, como la de los Reyes Magos de Oriente, relacionada con la magia y mirando a las estrellas para predecir la fortuna o desventura que nos esperaba en el futuro, pero aquí en el Quijote se describe su verdadera labor habitual, la que realmente interesaba en el mundo rural: “sembrad este año cebada, no trigo; en éste podéis sembrar garbanzos y no cebada; el que viene será de guilla de aceite; los tres siguientes no se cogerá gota…” Es frecuente en los pueblos la existencia de un experto en predecir el tiempo atmosférico por medio de “las cabañuelas” (la observación de los doce primeros días de enero o de agosto, para luego extrapolarlo a cada uno de los meses del año), así como el conocimiento que los labradores y pastores sacaban de la experiencia diaria o estacional, la entrada de los vientos, la forma de ponerse el sol, el canto o el vuelo de las aves, el croar de las ranas… y tantas otras manifestaciones de la naturaleza. Una publicación de la Diputación de Salamanca de 1987 (El Tiempo. Archivo de Tradiciones Salmantinas.3) ofrece una variadísima casuística sobre este tema.

Destacamos un asunto que en este capítulo y en los dos siguientes late de fondo, y hasta hace pocos años ha sido de capital importancia en la vida social rural: la intervención de los padres en la boda de sus hijos, y en especial el rol de la mujer en esta situación. El texto propone un ideal, algo que todavía no existía y tardaría tres siglos en conseguirse parcialmente: “que no habían de dar los padres a sus hijos estado (hacerlos casar) contra su voluntad”. Y en este contexto es dramática la imagen que se da de Marcela como “altiva y soberbia”, porque no quiere casarse. “¿Quién se ha creído que es ésta?” El rol pasivo y de segundo plano que debía ejercer la mujer socialmente se rompe en Marcela, mujer que decide por sí misma. Contaba una vecina que en las majas sanabresas era costumbre “trinchar (pellizcar)” a las mozas en las nalgas o en los pechos revolcándolas sobre la paja extendida en la era. Los hombres y los mozos interrumpían el duro trabajo de majar echando un trago de vino y bromeando con las mujeres. Una de ellas que no se dejó hacer una de estas bromas fue recriminada por uno de los mozos que le dijo en tono despectivo:”¿ Pero quién te has creído que eres tú?”

Muy interesante es la referencia a la relación de los vecinos y al control social en un pueblo: “…en estos lugares cortos de todo se trata y de todo se murmura… debía de ser demasiadamente bueno el clérigo que obliga a sus feligreses a que digan bien dél, especialmente en las aldeas.”

Aparecen de nuevo algunas contracciones del habla popular que todavía perviven en la conversación de las personas mayores como el “denantes”, antes.

Sancho acaba en el capítulo ejerciendo su rol de criado, porque duerme entre su jumento y Rocinante, como hacían los mozos de mulas zamoranos.

13.  Capítulo Decimotercero. Donde se da fin al cuento de la pastora Marcela, con otros sucesos.

“ Don Quijote y Sancho se dirigen al lugar del entierro de Grisóstomo sumándoseles algunos pastores y dos gentilhombres de los que uno se llama Vivaldo. A éste explica don Quijote la profesión de caballero andante y le hace una descripción de su dama. Finalmente se realiza el entierro de Grisóstomo y se decide leer la Canción desesperada del fallecido.” (Enciclopedia del Quijote. Planeta: César Vidal)

La escena se está desarrollando en un lugar ficticio, como un escenario teatral: hay hayas y acebo (del que se hacen un grueso bastón, un cayato, que dirían en el pueblo) propios de la sierra, y adelfas y cipreses, propios de zonas más cálidas. Don Quijote ha entrado en una novela pastoril y su decoración propia.

Un romance castellano introduce un personaje popular que tiene que ver con el tema tratado en el anterior capítulo: la casamentera. La vecina que ejercía de “correveidile”, de “celestina” para lograr que un mozo y una moza se casaran. En este capítulo los personajes a casar son Lanzarote y la reina Ginebra (de las leyendas sajonas) y la casamentera Doña Quintañona (de la imaginación quijotesca y cervantina).

El entierro del Grisóstomo, aunque colocado en la ficción de una novela pastoril, sigue las pautas de los entierros rurales, traen en “andas” el cuerpo, adornado de guirnaldas de tejo y ciprés, y quieren cumplir su última voluntad. No es dar limosna o pan a los pobres, ni decir un número de misas o aniversarios, sino sólo leer unos versos.

14.  Capítulo Decimocuarto. Donde se ponen los versos desesperados del difunto pastor, con otros no esperados sucesos.

“La canción de Grisóstomo –ocho estancias y un quinteto- es leída, y cuando su amigo Ambrosio ataca a Marcela por sus desdenes, ésta hace acto de presencia. Su defensa es que aquel que es objeto de amor  no está obligado a responder, que es libre y que nunca dio esperanzas a Grisóstomo. Es, por tanto, inocente de su trágica suerte. Don Quijote defiende la tesis de Marcela e impide que sea seguida. Grisóstomo es enterrado constituyendo su epitafio dos redondillas y don Quijote se despide rehusando la invitación de ir a Sevilla. Así concluye la segunda parte en que Cervantes dividió el libro (la novela pastoril metida dentro de la novela del Quijote)” (Enciclopedia del Quijote. Planeta. César Vidal).

Aquí de nuevo se propone el ideal de la mujer libre para dirigir su vida y sus sentimientos: ficción pastoril, porque en la vida real era todo lo contrario. Todavía en el siglo XX la mujer dependía de su familia hasta que se casara, y luego dependía de su marido. La decisiva intervención de los padres en la búsqueda del novio, la pedida de la novia, el depósito de la novia… ¿Cómo una mujer del siglo XVII pretende ser libre?. Esto sólo se da en la ficción, en la novela pastoril. De ahí la actitud del amigo de Grisóstomo, que no concibe su independencia. Pero para eso estaba don Quijote, caballero andante defensor de desvalidos, huérfanos, viudas, y mujeres que quieran vivir su vida libremente.

Lectura etnográfica del Quijote (V).

Juan Manuel Rodríguez Iglesias.

15.  Capítulo Decimoquinto. Donde se cuenta la desgraciada aventura que se topó don Quijote en topar con unos desalmados yangüeses.

“ Cuando don Quijote ha terminado de comer y se encuentran en las horas de la siesta, Rocinante intenta aparearse con una yegua de unos yangüeses que golpean al animal. El intento de don Quijote de defenderlo termina con él mismo y su escudero molidos a estacazos. Cuando el hidalgo se culpa por lo sucedido alegando que sus adversarios no eran caballeros y que era Sancho el que tenía que haber combatido, éste alega que es pacífico y que además tiene que mantener a su mujer y a sus hijos. Mientras se dirigen al camino real, don Quijote señala algo que seguramente expresaba el sentir de Cervantes y es que las “feridas” derivadas de las batallas antes dan honra que la quitan. Finalmente, atravesado en el asno, llega don Quijote con su escudero a una venta distinta de la de su primer salida.” (Enciclopedia del Quijote. Planeta. César Vidal)

Retoma de nuevo la narración el ficticio autor Cide Hamete Benengeli, después de la interpuesta novela pastoril de Marcela y Grisóstomo. Don Quijote y Sancho todavía están en la sierra porque “vinieron a parar a un prado lleno de fresca yerba, junto del cual corría un arroyo apacible y fresco”, allí “dieron saco a las alforjas y, sin cerimonia alguna, en buena paz y compañía, amo y mozo comieron lo que en ellas hallaron”. Esta escena recuerda lo que hacía cualquier pastor, segador o gadañeiro que subía al monte y tenía que hacer una jornada cuidando un rebaño de ovejas, segando un adil de centeno, segando un prao o cortando leña: buscaba una sombra fresca para descansar y comer. Pero Sancho, mal escudero y mal pastor, no ata a Rocinante, “no se había curado de echar(le) sueltas”, ponerle una cuerda a los pies, por ejemplo, para que no se alejara demasiado. Y vino a toparse con una manada de hacas, facas, jacas de Galicia, de unos arrieros gallegos que por allí descansaban. Rocinante no fue a la parada, el lugar donde los paisanos llevan a sus animales para la monta, sobre todo las hembras, y sin permiso de los amos “se fue a comunicar su necesidad con ellas”. Al ver tal atrevimiento, los gallegos “vestidos de sayo de cuero” apalean a Rocinante con estacas “en manos rústicas y enojadas”. Para don Quijote son “gente soez y de baja ralea”. Caballero y escudero lo defienden, pero “son más de veinte y nosotros no más de dos”, dice Sancho temeroso. Así que salen tan malparados como el descontrolado caballo.

Los arrieros siguen su camino y los dos aventureros quedan en el suelo, tan molidos que Sancho pide la “bebida del Feo Blas” (el bálsamo de Fierabrás) que le ha contado su amo que lo cura todo. Reflexiona el escudero, escarmentado por la pelea, que no se meterá nunca con nadie, recorriendo así toda la escala social para explicarse bien y confirmarlo mejor: “perdono cuantos agravios me han hecho y han de hacer… persona alta o baja, rico o pobre, hidalgo o pechero (persona que paga impuestos), sin exceptuar estado ni condición alguna”. Al referirse a Rocinante, causa de sus males presentes,  dice “que le tenía por persona casta y tan pacífica como yo”. El escudero personifica, humaniza al caballo. La constante relación entre los mozos y sus animales generaba el cariño y la cercanía hasta llegar a tratarlos como iguales. En los pueblos esto se reflejaba en los nombres puestos a mulas, vacas y demás animales de trabajo y compañía. Al igual que al referirse a otros animales no domésticos, como “el lobo”, “el jabalí” o “la raposa”, normalmente “malos”, que matan o destrozan. Utilizan el artículo determinado para personalizarlo. De este modo se humaniza también la maldad de estos animales. Pueden ser varios animales los que hacen la fechoría, pero el paisano al referirse a ellos dice: “el lobo me achagó cinco ovejas…”, “el jabalí me ha levantado la cortina de patatas…”, “la raposa me llevó dos gallinas…”

Por último, amo y criado, decididos a volver a la civilización intentan levantarse. Don Quijote no puede montar a Rocinante, por el apaleamiento de ambos, así que el caballero monta el “muy hermosos asno” de Sancho, pero “atravesado como costal de basura”. Cuando mi tía Encarnación me dejaba traer la burra desde el pradico a la cuadra, yo, una criatura de ciudad, no la sabía montar y me ponía encima de ella igual que don Quijote, “como costal de basura”. La basura, el estiércol, el estrume iba de la cuadra al corral, del corral al mudadal, y del mudadal a la finca o el prao. Si no se llevaba en carro iría en cestos a lomos del burro o la mula. “Sancho acomodó a don Quijote sobre el asno y puso de reata a Rocinante”, tomaron al camino real y pronto llegaron a una venta. Donde no hay pueblos hay ventas para descanso de arrieros, comerciantes, peregrinos y caballeros andantes.

16. Capítulo decimosexto. De lo que le sucedió al ingenioso hidalgo en la venta que él imaginaba ser castillo.

“ Llegados a la venta de Juan Palomeque el Zurdo, amo y criado son curados con bizmas y emplastos y alojados en un camaranchón. Por la noche, Maritornes, una moza poco agraciada y poco honesta al servicio del ventero, cruza la habitación en la que está don Quijote para acostarse con un arriero. El hidalgo cree que intenta seducirle y se niega a ello por fidelidad a Dulcinea. El episodio acaba  derivando en una confusa pelea entre el arriero –que ve perder su posibilidad de esparcimiento-, don Quijote y Sancho, refriega a la que se suma un cuadrillero de la Santa Hermandad y que concluye cuando el ventero apaga la luz (del candil)” (Enciclopedia del Quijote. Planeta. César Vidal)

De nuevo la acción se sitúa en una venta. Algo normal si consideramos que don Quijote y Sancho viven de la caballería andante. Cervantes se detiene en describir a una criada de la venta,  una hidalga caída en desgracia o simplemente pobre, como tantos hidalgos, del estado noble, que habían nacido en el norte de la península: Era “ una moza asturiana, ancha de cara, llana de cogote; de nariz roma, del ojo tuerta y del otro no muy sana. Verdad es que la gallardía del cuerpo suplía las demás faltas: no tenía siete palmos de los pies a la cabeza, y las espaldas, que algún tanto le cargaban, la hacían mirar al suelo más de lo que ella quería”. La ventera, su hija y esta “gentil moza” llevan a don Quijote a un camaranchón, algo así como la “cámara” o el “sobrao” del caserón de la venta, el gran pajar que estaba encima de las caballerizas en la venta que describimos en capítulos anteriores. Allí le curan y le preparan una cama similar a lo que los paisanos del noroeste zamorano llaman tarima, “cuatro mal lisas tablas sobre dos no muy iguales bancos…” con un colchón no se sabe si era de lana o de guijarros. Si hubiera sido de paja, un jergón, como en la mayoría de los pueblos, hubiese descansado mejor nuestro héroe. El que tenía buen colchón de lana lo ponía encima del jergón de paja, que le servía de somier de la tarima de madera. Su escudero lo tenía peor: una estera de anea y una manta, o sea, en el suelo. La anea es una planta que se usa para hacer el asiento de las sillas pequeñas. Es un trenzado característico de las sillas que llevan las vecinas a la solana en los días soleados de otoño e invierno, al abrigo de una tapia o una casa. En un pueblo castellano pasaba un sillero arreglando sillas con anea, y “el culo de las viejas”.

Las improvisadas enfermeras usan estopas (lo que sobra del lino cuando se carda) para limpiar y curar las heridas, y las que no utilizaran, las reclama Sancho para hacer lo mismo. En la Mancha la estopa sería de esparto, aunque podemos suponerlas siempre de lino. El cerro de lino era  lo bueno, aquello que se utilizaba para hacer camisas y sábanas, pero la estopa era lo basto, lo que se utilizaba  para hacer sacos o costales. Seguro que algo le rascarían las estopas a don Quijote.

El camaranchón, antiguo pajar de la venta, donde pasarán la noche tiene otro inquilino “uno de los ricos arrieros de Arévalo”, pueblo de Ávila rayando con la provincia de Segovia. Es un arriero tratante, pariente árabe del autor ficticio Cide Hamete Benengeli. Todavía en Olmo de Guareña me informaron de las visitas que antiguamente hacían tratantes de Arévalo para vender mulas. Les llamaban maranchoneros, porque un pueblo de Guadalajara, nada menos que de la sierra Ibérica, Maranchón, dio nombre al oficio de algunos de estos tratantes. Los comentaristas de El Quijote creen que Cervantes pensaba en los vecinos del pueblo extremeño de Hornachuelos, casi todos moriscos y dedicados a la arriería. Pues éste nuevo personaje tenía una cama mejor hecha, con las “enjalmas y de todo adorno de los dos mejores mulos que traía”. Poseía buen género, “doce, lucios, gordos y famosos” mulos, con mejor pinta que el mismo Rocinante. Además los cuidaba bien, pues “visitó el arriero a su recua… dándole el segundo pienso” a los animales antes de acostarse, lo normal en su cuidado, que ya hemos contado anteriormente.

El pariente del árabe escritor, rico de Arévalo, estaba esperando la visita nocturna de Maritornes, la criada asturiana, para refocilarse juntos. Cervantes deja en mal lugar al gremio de tratantes: buscan compañía en mujeres como Maritornes, vestida con camisa de arpillera, oliendo a “ensalada fiambre trasnochada”, vamos, “que el tacto y el aliento pudieran hacer vomitar a otro que no fuera arriero”. No me extraña que un suceso parecido lo oiría contar Cervantes en su época de recaudador de impuestos por el sur de España o cuando vivió en el pueblo toledano de Esquivias.

Don Quijote, otro caminante, otro andante de los caminos, confunde a Maritornes con una “fermosa doncella”, que sin quererlo ella se acerca a la cama del caballero y éste no la quiere soltar. Se forma el jaleo, la confusión, la “pelaza”, que escribe Cervantes, y aparece el ventero para llevarse a la criada. Todo ocurre a la luz del candil y como en un cuento de retahíla: “el gato al rato, el rato a la cuerda, la cuerda al palo… daba el arriero a Sancho, Sancho a la moza, la moza a él, el ventero a la moza, y todos menudeaban con tanta priesa, que no se daban punto de reposo…” La rocambolesca escena termina con la aparición de un personaje que representa a la justicia, aunque justicia trasnochada, “con media vara en la mano y una caja de lata de sus títulos bajo el brazo”… Una caja de lata como la que tienen muchos paisanos en su casa donde guardan las escrituras de propiedad. Los romeros, peregrinos y caminantes llevaban sus licencias o salvoconductos en cajas, tubos o canutos de lata atados a la cintura.

La pelaza, quimera, que dicen en los pueblos, o riña, concluye esta improvisada historia de amor caballeresco. Por cierto, San Andrés de Pelazasera una ermita de una dehesa de Salce en Sayago, que incluso tuvo rango de parroquia. Así lo tiene documentado Ramón Manuel Carnero en uno de sus libros, y también lo recuerda Francisco Colino. Pelaza significa pelea o riña, pero también paja, la de cebada machacada en las eras con cilindros de piedra en vez de trillos, para que resultase larga y hebrosa, según dice el DRAE. Supongo que el nombre de este lugar sayagués derivará del segundo significado.

17. Capítulo decimoséptimo. Donde se prosiguen los innumerables trabajos que el bravo don Quijote y su buen escudero Sancho Panza pasaron en la venta que, por su mal, pensó que era castillo.

“ El estado maltrecho del hidalgo –que se ve empeorado cuando vuelve a entrar el cuadrillero y le propina un candilazo- le lleva a pensar en la elaboración del bálsamo de Fierabrás. Realizado con aceite, vino, sal y romero, don Quijote lo ingiere y, tras las arcadas, experimenta un alivio pero en Sancho tiene un efecto desastroso. Al llegar el amanecer, el hidalgo abandona la venta sin pagar objetando que resultaría contra las leyes de la caballería. Cuando Sancho intenta hacer lo mismo es manteado por la gente de la venta y el ventero se queda  con sus alforjas. Maritornes compadecida lo socorre con un poco de vino mientras don Quijote le insta –inútilmente- a que beba de nuevo el bálsamo de Fierabrás”. (Enciclopedia del Quijote. Planeta. César Vidal)

Don Quijote y Sancho se intentan sobreponer de la refriega que, como en todas,  han salido malparados. Entra de nuevo el cuadrillero de la Santa Hermandad en el sobrao o pajar donde descansan, y como ve a los dos “en tan sosegada conversación” se interesa por la salud del caballero. No le peta a don Quijote que le llame “buen hombre”, que es como llamarle “pobre hombre”, persona de rango inferior, y le contesta a la atenta autoridad con el exabrupto de “majadero”. El de la Santa Hermandad vuelve a descalabrarle en la cabeza “alzando el candil con todo su aceite”. Hay que pensar que los candiles no eran de hojalata, como los que venden ahora para adornar, sino que eran de hierro. Sancho confirma definitivamente que es un moro encantado que con tanto ahínco les persigue. Para el escudero, como para tantos otros paisanos zamoranos, los moros están detrás de muchos lugares y sucesos extraños: ¿qué pueblo no tiene un lugar, un cerro, una cueva o una leyenda de moros o moras donde hubo encantamientos, tesoros y otros sucesos maravillosos?. Muchos cuentos sanabreses lo atestiguan.

Ante tanta magulladura y herida, el hidalgo se decide a hacer el bálsamo de Fierabrás, y pide a su escudero que le traiga aceite, vino, sal y romero: “tomó sus simples de los cuales hizo un compuesto, mezclándolos todos y cociéndolos un buen espacio, hasta que pareció que estaban a punto”, y emulando el oficio de mago  Merlín cristianizado o de curandero rural completó la preparación con “ochenta paternostres, y otras tantas avemarías, salves y credos, y a cada palabra acompañaba una cruz de bendición”. La Inquisición portuguesa mandó suprimir este conjuro religioso. Tal vez estaban temerosos de que sus feligreses, nuestros vecinos, utilizaran “en serio” este santísimo (así lo adjetiva don Quijote unas páginas más adelante) bálsamo de Fierabrás. Este remedio de don Quijote me recuerda que los paisanos de nuestros pueblos utilizan ya sea juntos o separados los cocimientos de hierbas y las oraciones para curar a sus animales. Carmen, que en paz descanse, me recitó esta oración, seguramente de procedencia gallega, para curar animales: “Traerme tres baretiños/ del monte acebral/ tres coquiños de agua/ de a fonte eternal./ Echarlas en el prado verde/ que no le haga daño a este animal./ (Se dicen unos a otros:) Dios la valga,/ Dios la valga,/ Dios la valga./ En manos de Dios y de la Virgen María/ rezamos un padrenuestro y una avemaría.”

Por cierto, el arriero ya estaba atendiendo a sus animales, “a sus machos”. Cada uno a su obligación.

En fin, que don Quijote tomó el bálsamo, pero creo que se equivocó en la posología: en vez de aplicarlo a las heridas, como un emplasto de aceite, vino, sal y romero, se lo engulló. A pesar de todo, después de vomitar y reposar, este remedio natural parece que le curó.  Sancho hizo lo mismo, pero sus vómitos, ansias y “bascas” le pusieron al borde de la muerte. Don Quijote le explica que el bálsamo le ha sentado mal por no estar armado caballero.

Definitivamente se van de la venta y el ventero les hace las cuentas, “el gasto que esta noche ha hecho en la venta, así de paja y cebada de sus dos bestias, como de la cena y camas”. Pero don Quijote no paga porque los caballeros andantes “jamás pagaron posada ni otra cosa en venta donde estuviesen”. Y se va. Queda Sancho y el ventero le insiste en la cuenta y le dice que si “su señor no había querido pagar, que tampoco él pagaría”. Si los dos aventureros se hubiesen presentado en un pueblo zamorano como peregrinos o pobres de solemnidad no hubieran tenido problemas, porque seguro que la obligación de hospitalidad les hubiese proporcionado techo y comida gratis del vecino que le tocara “por vela”, o, como ocurría en algunos pueblos de Castilla y León, les hubieran llevado a la “pobrera” a pasar la noche, siendo atendidos por el vecino encargado. Pero don Quijote y Sancho van de venta en venta, y eso no es gratis.

Ante esta situación y el enfado del ventero, algunos de los inquilinos, “gente alegre, bienintencionada, maleante y juguetona”, cuatro perailes ( o pelaires, cardadores de lana) segovianos, tres agujeros (vendedores de agujas) cordobeses, y dos feriantes sevillanos metieron a Sancho a la fuerza dentro de una manta y “comenzaron a levantarle en alto y holgarse con él como con perro (o pelele, que era otra modalidad de juego en el carnaval o antruejo) por carnestolendas”, o sea, le mantearon y adelantaron la fiesta de los días anteriores a la cuaresma a su costa.

Lectura etnográfica del Quijote (VI)

Juan Manuel Rodríguez Iglesias.

18. Capítulo Decimoctavo. Donde se cuentan las razones que pasó Sancho Panza con su señor don Quijote, con otras aventuras dignas de ser contadas.

“ Aunque don Quijote intenta explicar el manteamiento como fruto de un encantamiento, Sancho es consciente de que los manteadores eran seres reales cuyos nombres pudo escuchar. A poco de allí tiene lugar la aventura de los rebaños a los que don Quijote toma por dos ejércitos –el de Alifanfarón, furibundo pagano, y el de Pentapolín del arremangado brazo- alanceando a las ovejas. El resultado es que los pastores apedrean a don Quijote, que pierde buena parte de su dentadura. Éste no sólo no se desespera sino que cita del Evangelio para afirmar su fe en la Providencia divina, lo que lleva a Sancho a pensar que podía ser un buen predicador. A continuación vuelven a tomar el camino real. (Enciclopedia del Quijote. Planeta. César Vidal)

Sancho propone a don Quijote lo que haría cualquier vecino que emigraba temporalmente en los difíciles años de principios del siglo pasado a las minas de León o a la recogida de la aceituna en Andalucía: volver en verano “a nuestro lugar, ahora que es tiempo de la siega y de entender en la hacienda” Es el sentido inverso de lo que hacían antiguamente muchos otros jornaleros, por ejemplo los gallegos hacia Castilla León o los extremeños, murcianos y alicantinos hacia Castilla La Mancha,  que buscaban trabajo en la siega por los pueblos castellanos. ¡Contradictorio tiempo de verano! Cuando unos iban otros venían, cruzándose por los mismos intereses: sacar jornal, sacar provecho “del verano”. Sancho, dentro del sentido común ajeno a don Quijote, propone dos refranes para convencer a su amo: No deben andar errantes, buscando aventuras, “de la Ceca a la Meca”, del Zoco o Ceca (lugar de comercio y dinero) a la mezquita, ni “de zoca en colodra”, no confundir el zueco o cholo con la colodra, la vasija de madera decorada y tallada para beber o echar la leche ordeñada de las ovejas, ambos términos aldeanos y pastoriles.

Este capítulo cuenta la historia del ataque de don Quijote a dos rebaños de ovejas y carneros, creyendo que son dos ejércitos enfrentados en batalla. Todavía se puede ver por los campos zamoranos grandes rebaños que hacen trashumancia a pastos estivales de montaña o a rastrojeras otoñales. La polvareda que levantan y el rastro de bolitas negras que dejan les delata. Los pastores se defienden del ataque inesperado de don Quijote con hondas y buena puntería. El pastor en su tiempo libre labraría cuernos de carnero o cabra, trozos de madera, colodras, etc… y el menos habilidoso jugaría con el perro o pasaría el rato haciendo puntería con la honda.

Después de la derrota, y de las mutuas vomitonas, de don Quijote a Sancho y de Sancho a don Quijote, el caballero, ya sin dientes, tiene hambre. Esta vez prefiere lo que cualquier vecino adquiría en la venta “un cuartal de pan o una hogaza y dos sardinas arenques”, en vez de lo que los libros de caballería mencionan sobre la dieta de sus héroes…frutos silvestres y  “cuantas yerbas describe Dioscórides”.

Es muy frecuente en este libro, como así lo estamos demostrando, hacer metáforas con los elementos propios de la actividad rural, en este caso  “…que la boca sin muelas es como un molino sin piedra”, las dos muelas del molino que molturan el grano movidas por la fuerza del agua. O después de recordar su manteo en la venta, humillante experiencia, Sancho afirma que “daré al diablo el hato y el garabato”. El hato ya hemos visto que puede ser muchas cosas: una especie de bolsón improvisado con tela para llevar lo necesario en el camino, el lugar donde los gañanes, mozos de mula o segadores dejan sus cosas y su merienda mientras trabajan, y también una parte de un rebaño de ovejas. El garabato es una vara con un gancho al final. Cuando un labrador o aldeano se quiere referir a enganchar algo o a colgar algo, suelen decir: “haces un garabato así, y ya está”.  También volvemos a encontrarnos con esas contracciones que todavía perduran el lenguaje rural, “esotro”, “estotra”, “desotro”… o “denantes”, que está en el siguiente capítulo. Por último me llama la atención el término “neguijón”, cosa negruzca, para referirse a una caries dental.

Y como siempre vuelven al camino real (¿el camino del reino o el camino de la realidad? ¿a cuál de los dos se refiere Cervantes?),  el camino del que siempre se sale don Quijote en sus desvaríos caballerescos.

19. Capítulo Decimonoveno. De las discretas razones que Sancho pasaba con su amo y de la aventura que le sucedió con un cuerpo muerto, con otros acontecimientos famosos.

“ Al llegar la noche se produce la aventura del cuerpo muerto que unos encamisados trasladan desde Baeza a Segovia. Don Quijote arremete contra tan extraña procesión –posiblemente la que trasladó los restos mortales de san Juan de la Cruz de Úbeda a Segovia en 1593-  y provoca la caída del bachiller Alonso López de Alcobendas que se quiebra una pierna. Don Quijote se disculpa ya que respeta a la Iglesia y es católico y fiel cristiano. A la luz de una hacha, Sancho contempla el aspecto de su amo y piensa que podría llamársele el Caballero de la Triste Figura, apelativo que éste acepta inmediatamente. En un valle escondido almuerzan con la salsa de su hambre aunque se ven obligados a padecer el tormento de la sed”. (Enciclopedia del Quijote. Planeta. César Vidal)

En este capítulo se describe el traslado de un clérigo muerto, acompañado de otros sacerdotes con hachas y velones. Algunos comentaristas creen que está de fondo el secreto traslado de san Juan de la Cruz de Úbeda a Segovia en 1593. La aventura nocturna se presenta como la aparición de “La Santa Compaña”, no sólo gallega sino también sanabresa… “que iban venían hacia ellos gran multitud de lumbres, que no parecían sino estrellas que se movían”. La santa compaña es la procesión de difuntos, almas de vecinos muertos que todavía están en el purgatorio, y recorren su municipio de noche. Si alguien vivo se encuentra con ellos de noche puede ser llevado o simplemente es requerido para que cumpla lo que ellos no pudieron cumplir de vivos: pagar una misa, hacer una romería, cumplir un voto… Esta situación produce gran pavor a Sancho, y el otras veces valiente don Quijote “no las tuvo todas consigo”. Cervantes describe unos “encamisados”, o sea, unos curas con sobrepelliz o roquete sobre su hábito o sotana, camisa especial blanca con puntillas, propia de los clérigos para asistir a determinados actos litúrgicos, como una procesión, una bendición, etc. Sancho tirita tanto de miedo que parece tener frío de “cuartana”, escalofríos que produce una fiebre intensa e intermitente cada cuatro días. Es fácil leer en el Diccionario de Madoz, al describir las enfermedades más frecuentes en los pueblos, que se dan “tercianas y cuartanas”, fiebres producidas por infecciones contagiosas producidas por la falta de salubridad de sus aguas, fuentes, charcas, a veces estancadas y malolientes. Los pueblos que no tenían un arroyo o río al lado debían disponer de una gran charca a la entrada del pueblo donde bebieran los animales, estoy pensando en Villalpando o el foso del Fuerte de Carbajales… Cuando hiciese calor y bajase el nivel del agua sería un foco seguro de infecciones. Precisamente el muerto  que llevan de Baeza a Segovia lo había sido “por unas calenturas pestilentes”

Toda esta situación recuerda las manifestaciones tradicionales alrededor de la muerte, el duelo, el luto y las obligaciones que se contraían para satisfacer el deseo del difunto expresado en vida o escrito en el testamento.

Don Quijote no se detiene y ataca esta visión nocturna aterradora. Cervantes, por medio de su héroe, apalea a algunos eclesiásticos. Uno de ellos le avisa del “sacrilegio” que está cometiendo. Como tantos otros hechos del libro, éste debe ser eco de algún altercado o problema que tuvo el escritor con la Iglesia. Parece ser que fue “descomulgado”, como decía mi abuela, por quitar o exigir comisiones de trigo y cebada a varios canónigos de Úbeda. Cervantes caracteriza la escena de esperpento al semejarla a un carnaval o fiesta nocturna, porque todo “no parecía sino máscaras que en noche de regocijo y fiesta corren”.

Sancho roba las cosas de comer que los eclesiásticos traían en una acémila de repuesto, mula o macho de carga. Les recuerda el cura herido que “queda descomulgado por haber puesto las manos violentamente en cosa sagrada”.  Todo lo que tocaba el sacerdote entraba en contacto con lo sagrado. Sus manos habían sido consagradas: una de las costumbres rurales más llamativas era besar la mano al sacerdote como saludo. La función social del sacerdote estaba determinada por su estatus privilegiado, que si no lo ejercía con prudencia (virtud propia de los que mandan, según los antiguos filósofos), el cura, humano como todos, podía aprovecharse de ellos.

Sancho, impelido por el hambre, no hace caso a las amenazas: “Váyase el muerto a la sepultura y el vivo a la hogaza”. Así, “almorzaron, comieron, merendaron y cenaron  (comidas de una jornada de trabajo en el campo segando o trillando) en un mismo punto” de la fiambrera de los curas “que pocas veces se dejan mal pasar”.

20. Capítulo Vigésimo. De la jamás vista ni oída aventura que con más poco peligro fue acabada de famoso caballero en el mundo, como la que acabó el valeroso don Quijote de la Mancha.

“ Mientras sufren a causa de la sed, don Quijote y Sancho se ven enfrentados con la denominada aventura de los batanes. Un sonido de agua como si cayese de los montes de la Luna unido a golpes acompasados con crujir de hierros y cadenas, provoca en don Quijote el deseo de enfrentarse con la nueva aventura y un pánico espantoso en su escudero. Éste le suplica que espera a la mañana para ir a enfrentarse al peligro y ata las patas de Rocinante para impedir que se vaya. Como entretenimiento comienza a relatarle la historia del pastor Lope Ruiz y la pastora Torralba. Al llegar la mañana, don Quijote se dirige hacia el lugar donde se escuchaba el estruendo para descubrir que el mismo era causado por unos batanes. Semejante circunstancia provoca la risa de Sancho y la cólera de su señor que le reprende por su comportamiento impropio de escudero.” (Enciclopedia del Quijote. Planeta. César Vidal).

Este es uno de los capítulos más graciosos y más interesantes. La aventura del batán y su olorosa consecuencia en Sancho, acaba en una serie de reveladores consejos que da don Quijote a su escudero para que aprenda a ser buen criado, tal cual como ocurrió hasta la mitad del siglo XX en la relación amo-criado en muchos pueblos zamoranos.

Los ruidos del batán, “un cierto crujir de hierros y cadenas, que, acompañados del furioso estruendo del agua”, detienen a nuestros protagonistas. Se producen por “seis mazos de batán, que con sus alternativos golpes aquel estruendo formaban”. Muchas veces el trabajo en molinos y batanes se hacía de noche, sobre todo en verano, porque el agua era escasa y se empleaba para regar durante el día. Esto era motivo en algunos pueblos de picardías y apariciones extrañas y sustos para que nadie desviara el agua que movía estas máquinas. La oscuridad y el ruido constante lo favorecían. El batán es un “instrumento empleado en la elaboración de telas o cueros. Consiste en unos gruesos mazos de madera, recubiertos de cuero, que golpean las telas de lana o las pieles para limpiarlas de grasa y enfurtirlas; sobre el tejido se echa la llamada tierra batán, greda en polvo o en pasta. Los mazos se mueven como en las ferrerías (o los molinos rastreros), por la fuerza del agua encauzada desde algún río por alguna presa…”  (Don Quijote de la Mancha. Crítica. Edición de Francisco Rico). Un batán ha sido descrito con detalle, todavía en pleno siglo XX, por Luis Cortes, el batán de Trefacio en Sanabria. En muchos otros pueblos zamoranos queda el recuerdo o el nombre del pago donde estuvo el batán.

Sancho saca de vez en cuando su saber agrícola y pastoril. En concreto al medir el tiempo durante la noche, sin sol, mirando el movimiento de las estrellas: “no debe de haber desde aquí al alba tres horas, dice, porque la boca de la bocina (una constelación) está encima de la cabeza, y hace la media noche en la línea del brazo izquierdo…”. La bocina es la constelación que tiene la estrella polar, esto es, la Osa menor, que muchos llaman el Carro menor.

Para pasar esta mala noche llena de terror y miedo, el escudero inicia uncuento, una conseja (narración con enseñanzas morales) o patraña (historia que proviene de los padres, pater, patris): “érase que se era, el bien que viniere para todos sea, y el mal para quien lo fuere a buscar.” Es una cantinela típica de abuela, dicha al nieto impertinente que le pide otro cuento cuando ella ya está cansada de contar varios… o del que se quiere burlar de otro que espera que le cuente un cuento. Don Quijote recrimina a Sancho su forma de burlarse y de contar un cuento, como el del cabrero Lope Ruiz, pero “de la misma manera que yo lo cuento… se cuentan en mi tierra todas las consejas, y yo no sé contarlo de otra…”. Cervantes, cliente habitual en ventas y funcionario en trato constante con labradores, debió escuchar muchos de estos cuentos, consejas o patrañas que pone en boca de Sancho.

En este capítulo se hace de nuevo alusión a la mujer en su relación amorosa: “esa es natural condición de mujeres… desdeñar a quien las quiere y amar a quien las aborrece”, cualidad que manifiesta capricho y superficialidad de carácter. La imagen de la mujer era peyorativa y discriminatoria, sobre todo en la presentación de las relaciones amorosas. El ejercicio de amar estaba regido por reglas o leyes de Derecho. La mujer que no se sometía a ellas era para los hombres, como la Marcela de la novela pasada, “¿quién se habrá creído que es esta?”

Se mencionan castaños como árboles propios de la sierra donde han ido a parar los dos aventureros, buena madera para hacer los batanes.

Acaba el capítulo con las ideas de don Quijote sobre cómo debe ser la relación entre amo y criado. El amo, por ser caballero, no tiene obligación de saber qué artefacto era el que producía los sonidos que les asustaban, un batán. La nobleza, la aristocracia, estaba muy alejada de la industria y del progreso. Sin embargo, él sí, por ser campesino, “como villano ruin que sois, criado y nacido entre ellos”. El amo debe tratar a su criado según el refrán de todo maestro y superior, “ese te quiere bien, que te hace llorar”. El criado no debe hablar mucho con el amo, sino sólo lo necesario, “jamás he hallado que ningún escudero hablase tanto con su señor como tú con el suyo”, y si habla con él, “siempre hablaba con su señor con la gorra en la mano, inclinada la cabeza y doblado el cuerpo, more turquesco”… Así ocurría hasta el siglo XX. Parece que muchos amos de tierras zamoranas habían leído el Quijote y seguían el protocolo que proponía don Quijote. Hablaban tan poco amo y criado y había por tanto tantos malentendidos que llegaba el caso de que un criado antes de acabar su contrato, su ajuste, ya se había apalabrado con otro amo, porque el que tenía todavía no le había dicho nada días antes de terminarlo.

En fin, “es menester hacer diferencia de amo a mozo, de señor a criado y de caballero a escudero… nos hemos de tratar con más respeto”. Era el modelo social que definía las relaciones cercanas y familiares, un modelo paternalista: “ y porque, después de a los padres, a los amos se ha de respetar como si lo fueren.”

Lectura etnográfica del Quijote (VII).

Juan Manuel Rodríguez Iglesias.

21.  Capítulo Vigésimo primero. Que trata de la alta aventura y rica ganancia del yelmo de Mambrino, con otras cosas sucedidas a nuestro invencible caballero.

“ De nuevo en camino, mientras don Quijote y Sancho conversan sobre los refranes, tiene lugar la aventura del yelmo de Mambrino. La bacía que un barbero lleva en la cabeza es tomada por don Quijote por el yelmo de Mambrino y se apodera de ella. De nuevo en el camino real, amo y escudero reemprenden su conversación hablando de los linajes el primero e insistiendo en su condición de cristiano viejo el segundo.” (Enciclopedia del Quijote. Planeta. César Vidal)

En este capítulo se presenta de nuevo una escena relacionada con la etnografía. Don Quijote ve avanzar hacia ellos a un paisano montado en un caballo rucio (mezcla de blanco y rojo o negro, pardo claro) rodado (con manchas negras u oscuras circulares), que en realidad es un vecino montado en asno pardo. Sancho le insiste en que se fije bien en lo que ve, porque “no todo el campo es orégano” (planta muy apreciada para hacer el mondongo de los chorizos), aunque él utiliza el refrán “quiera Dios que orégano sea, y no batanes”, como en la aventura anterior. El escudero sustituye batanes poralcaravea (planta de cualidades parecidas al orégano) que es el término del refrán original: “A Dios plega que orégano sea y no se nos vuelva alcaravea”. Los refranes, adagios o retraeres (recuerdos, según el Arcipreste de Hita) son lugar común, motivo de reflexión, en los diálogos entre caballero y escudero. Cervantes explica así la circunstancia de la nueva aventura: “En aquel contorno había dos lugares, el uno pequeño, que ni tenía botica ni barbero (sería un caserío, un cortijo, una aldea…), y el otro que estaba junto, sí; y así, el barbero del mayor servía al menor, en el cual tuvo necesidad un enfermo de sangrarse, y otro de hacerse la barba, para lo cual venía el barbero, y traía una bacía de azófar; …comenzó a llover… (y) se puso la bacía sobre la cabeza…” Don Quijote le ataca, y el buen barbero no tiene más remedio que tirarse al suelo y luego salir huyendo, “puso los pies en polvorosa y cogió las de Villadiego”, en palabras de Sancho. La región ficticia donde se mueve don Quijote parece tener pueblos grandes y lugares pequeños. Dice que el lugar pequeño no tiene ni botica ni barbero, una apreciación de cierto desprestigio. En Aliste, Sayago y, sobre todo, Sanabria, casi todos son pueblos o lugares que no tienen botica. Antiguamente había que ir a Puebla, a Bermillo, a Fermoselle o a Carbajales, por ejemplo, para disponer de botica (hoy farmacia). El barbero era un “medio médico”, “medio curandero”, “hacedor de sangrías para echar un mal del cuerpo”. También es el que rasura una vez a la semana la barba de cada vecino que tiene en iguala. Su casa es la casa de la palabra, según un artículo de Rodríguez Pascual, (La Opinión El Correo de Zamora 12, septiembre, 1993).

Después de la gran victoria sobre el barbero, don Quijote se queda con la bacía, que él llama el yelmo de Mambrino. “ La bacía de barbero tenía forma semiesférica, con un reborde en el que se abría una muesca semicircular para que entrase en ella el cuello de quien se remojaba la barba en el agua jabonosa del cuenco. Se empleaba, además, para recoger la sangre, cuando los barberos practicaban sangrías” (Don Quijote de la Mancha. Crítica. Edición de Francisco Rico). Dice Diego Clemencín (1765-1834), famoso comentador del Quijote, que las bacías de barbero de la época de Cervantes se utilizaban para afeitar o arreglar barbas largas, según la moda del XVII, distintas de las del siglo XIX o XX. La bacía tenía, por tanto, la hechura más honda, y así encajaba y se mantenía en la cabeza del caballero andante.

Sancho, que quisiera cambiar de asno, sólo puede “trocar los aparejos”, la manta y la albarda de los animales, porque así lo dictan las leyes de la caballería andante.

Vuelven de nuevo al camino real, sin rumbo, por donde les lleven libremente sus cabalgaduras y hablan de sus futuras hazañas: “no faltará quien ponga en escrito las hazañas de vuestra merced”, dice Sancho, y entonces don Quijote se explaya largamente con un discurso que bien parece el guión de un futuro romance, un cantar de ciego o de un libro de caballerías. En dos ocasiones utiliza el término “acuitarse”, “cuitado”,  típica de las gentes zamoranas y comentada por Rodríguez Pascual en uno de sus interesantes artículos publicado en La Palabra y las palabras (Biblioteca de Cultura Tradicional Zamorana, 1), donde le saca más partido a la escueta significación de “afligido, desventurado, infeliz, miserable… Con el correr del tiempo, el adjetivo diminutivo cuitadico se ha llegado a convertir, en estas tierras, en una expresión de cariño. Quizás en la máxima expresión de ternura y amor…” (página 102).

Al final de esta ensoñación sobre su futuro, el caballero, aludiendo a sus nobles orígenes, se define: “ yo soy hidalgo de solar conocido, de posesión y propiedad y de devengar quinientos sueldos” (valor que debería recibir si alguien le agraviaba). Sancho, que también quiere participar en el ficticio futuro de sus señor, no se queda atrás y también se define: “cristiano viejo soy, y para conde esto me basta”. La incongruencia de ambos que quieren llegar a príncipes  y aristócratas con sus hazañas queda ironizada por Cervantes al poner en boca de don Quijote lo que el genial escritor parece vislumbrar en un futuro, la aparición de la burguesía, aunque no pretenda decir exactamente eso: “Hay dos maneras de linajes en el mundo: unos que traen y derriban su descendencia de príncipes y monarcas, a quien poco a poco el tiempo ha deshecho…; otros tuvieron principio de gente baja, y van subiendo de grado en grado, hasta llegar a ser grandes señores…”. En el desvarío de sus ilusiones, don Quijote afirma que si no se casa con la hija de su futuro suegro emperador con el consentimiento de él, lo hará a la fuerza, a lo que Sancho le responde reforzando su intención con dos refranes que dicen los desalmados: “no pidas de grado lo que puedas tomar por fuerza” y “más vale salto de mata que ruego de hombres buenos”. El último refrán hace alusión a la magnífica función social en el ámbito rural del “hombre bueno”, el paisano de confianza que interviene en un litigio entre vecinos o en una partición de bienes y herencias.

En boca de Sancho aparecen otros dos datos etnográficos interesantes: Primero el oficio o cargo de muñidor de una cofradía. Dice Sancho: “…porque por vida mía que un tiempo fui muñidor de una cofradía, y que me asentaba tan bien la ropa de muñidor, que decían todos que tenía presencia para poder ser prioste (hermano mayor) de la mesma cofradía”. En las ordenanzas de algunas cofradías zamoranas rurales encontramos el cargo de muñidor, “el que va a avisar a los demás de las reuniones, celebraciones, oficios de la cofradía, y de la muerte de un cofrade”. En las constituciones de 1913 de la cofradía del Cristo de la Salud de Castrillo de Guareña se establece que tenga dos mayordomos, cuatro llevadores, cuatro sepultureros, dos secretarios y dos muñidores, a los que avisarán los secretarios cuando fallezca un cofrade para que vayan a dar el aviso con la campana. Y, por último, el prestigio social que daba en un pueblo que el barbero fuera a tu casa a afeitarte. Nuestro escudero, hombre de expectativas sencillas y asequibles se pregunta“¿qué hay más… sino tomar un barbero (para uno solo)?”

22.  Capítulo Vigésimo Segundo. De la libertad que dio don Quijote a muchos desdichados, que, mal de su grado, los llevaban donde no quisieran ir.

“En el camino real don Quijote se topa con una cadena de galeotes que marchan  a su destino. Tras escuchar sus historias el hidalgo decide liberarlos. Lo consigue, pero al pretender que los condenados se pongan en camino al Toboso para rendir homenaje a Dulcinea, uno de ellos, Ginés de Pasamonte, le responde con burlas. Al final don Quijote recibe una lluvia de piedras como signo de gratitud.” (Enciclopedia del Quijote. Planeta. César Vidal)

El capítulo comienza recordando al ficticio autor de esta maravillosa historia,Cide Hamete Benengeli, arábigo y manchego. Clemencín cree que Cervantes ironiza sobre el pasado de muchos manchegos: cristianos nuevos, moriscos convertidos. En la Mancha “abundaban los moriscos, que habían sido expelidos del Reino de Granada a consecuencia del levantamiento del año de 1569. De resultas de esto, la población del Toboso había crecido de modo, que en el año de 1575 tenía setecientas casas, habiendo contado sólo doscientas anteriormente, y los vecinos llegaban a novecientos.  Había también, entre las nueve cofradías fundadas en aquella villa, una con el título de Corpus Christi, compuesta de cristianos viejos; lo que indica que abundaban los nuevos, de quienes querían distinguirse los primeros. El comentario de don Diego Clemencín me recuerda la matización que me hizo un informante zamorano al explicarme las dos cofradías que había en su pueblo: una era “la seria”, a la que pertenecían unos cuantos escogidos, que era “la del Señor”, la cofradía del Corpus Christi, y “la otra”, la de un santo, era más festera y divertida, a la que pertenecía todo el mundo.

Don Quijote y Sancho se cruzan con una cadena de galeotes. Cada uno de los presos tiene un pasado que redimir. Lo extraño de la escena es que la tropa de la Santa Hermandad que conduce a los encadenados permite a don Quijote hablar con ellos. La verdad es que los cuadrilleros no le dan licencia, sino que es el caballero el que se la toma. La historia de alguno de los galeotes nos sirve para hacer el comentario etnográfico.

El primero fue condenado por abrazar fuertemente una canasta de colaratestada de ropa blanca. Poca cosa, la verdad. La canasta de colar era una canasta de mimbre preparada especialmente para echar sobre ella la lejía con que se limpiaba la ropa blanca (Don Quijote de la Mancha. Crítica. Edición de Francisco Rico). Pero en muchos pueblos antiguamente no había lejía ni detergentes especiales para lavar la ropa, sobre todo la blanca. Utilizaban una tinaja grande con un agujero en el fondo. Se metía la ropa dentro, y sobre la boca de la tinaja se extendía un paño con ceniza del hogar. Echaban agua hirviendo, y el efecto del agua y la ceniza blanqueaba la ropa. Eso era la “colada”. En Sanabria utilizaban también la ceniza y el agua hirviendo para blanquear las madejas de lino. Cuando ya hubo jabón se iba al río o al lavadero del pueblo una vez al año y se blanqueaban las sábanas enjabonándolas, sacudiéndolas contra las piedras lisas que servían de lavadero y tendiéndolas al sol de junio en los prados de los alrededores. Durante el año, la ropa sucia se lavaba en el caño, en las fuentes o en los lavaderos. Un maestro jubilado escribía entre sus anotaciones personales allá por 1945 que cambiaba las sábanas una vez al mes. Si esto hacía el maestro ¿qué harían el resto de vecinos?

El cuarto galeote, un hombre de venerable rostro, iba condenado por alcahuete y hechicero. Don Quijote le da una de cal y otra de arena. Alaba el oficio de alcahuete “ …que es oficio de discretos y necesarísimo en la república bien ordenada…” Esta función se podría entender en los pueblos donde los matrimonios eran de conveniencia. Siempre había quien tenía que desvelar las intenciones de una familia que pretendía emparentarse con otra a través de sus hijos, “porque un cachito de él y un cachito de ella…” hacen patrimonio, o sea, hacer “la collera entera”. A don Quijote le disgusta que sea hechicero. “Lo que suelen hacer algunas mujercillas simples y algunos embusteros bellacos es algunas mixturas y venenos con que vuelven locos a los hombres, dando a entender que tienen fuerza para hacer querer bien…” El Fuero Juzgo del siglo XIII ya los condenaba: señala penas “a los proviceros (agoreros), o los que facen caer las piedras en las viñas o en las mieses, o los que fablan con los diablos, e les facen torvar las voluntades a los omnes e a las mujeres”. De igual modo los condenan las Leyes de las Partidas: impone penas “a los que facen imágenes e otros fechizos o dan hierbas para enamoramiento de los homes et de las mujeres”. Don Quijote se refiere a esas brujas y hechiceros que facen filtros y ensalmos de amor, para cautivar al amado o a la amada, un modo perverso de establecer casamientos entre hombres y mujeres. No se refiere a los curanderos, brujos y sanadores o sanadoras de nuestra provincia, preocupados más por sanar enfermedades del cuerpo (incluso el sida), que las de amores. De eso ya se preocupa cada uno. La Biblioteca de Cultura Tradicional Zamorana tiene un libro, el nº 2, Sobre Magia y Brujería, que  trata extensamente el tema (aunque ya no se encuentra en las librerías porque está agotado). Confiamos en que don Quijote, conocedor en su fantasía de caballeros andantes y hechiceros como Merlín o el moro malvado que le persigue, no desprecie al segundo tipo de hechiceros y hechiceras.

Por último, habla con Ginés de Pasamonte, el peor de todos los galeotes, que conoce bien el bizcocho y el corbacho que le espera. El bizcocho es el pan que comían en galeras, un pan dos veces cocido bis-coctus, para que tardara más en enmohecerse, y el corbacho era el látigo con el que el guardián fustigaba a los galeotes. Habiendo escuchado a los encadenados, don Quijote ruega a los guardianes y al comisario que los suelten. Ante tamaña locura, el comisario le dice que no sea majadero, les deje en paz “enderece ese bacín (el yelmo de Mambrino)”y siga su camino. Será que le llama “majadero”, será que hace referencia a su yelmo, la bacía de barbero, llamándole bacín, bacinilla, orinal, o perico (lo que tenía en el pueblo mi abuela debajo de la cama para hacer sus necesidades por la noche), el  caso es que el caballero enfurece y a continuación desbarata, desarma y hace huir a los de la Santa Hermandad con la ayuda de los prisioneros.

En este momento Sancho se da cuenta del despropósito que está haciendo su amo, “porque se le representó que los que iban huyendo habían de dar noticia del caso a la Santa Hermandad, la cual, a campana herida, saldría a buscar a los delincuentes…” Aunque sea cogido por los pelos, la referencia a la “campana herida” (repiqueteo de campana, tocando a rebato)nos hace inmediatamente recordar la importancia de este instrumento en la vida religiosa y social de los pueblos zamoranos. La campana de la parroquia o la campana de la ermita es un signo de lenguaje social y tradicional. La revista de las Fiestas de 2003 de Santa Colomba de Sanabria  publicó un artículo, “El lenguaje de las campanas” donde detalladamente José Antonio García Mostaza enumera los siguientes “toques” de la campana: a la oración, al ángelus, al rosario, al calvario, a vigilia, a confesar, a catequesis,… a las cabras, a la buyada, a fuego, al concejo, al molino,… el repiquete de Jueves Santo, de Sábado Santo, de Resurrección, y, sobre todo, a misa. Por otro lado distingue el toque de difuntos que era incordiar: dos “esposas” si era mujer, tres “esposas” si era hombre, y “cuatro esposas” si era sacerdote. En un pueblecito de Soria el sacristán campanero me canturreó el repiquete que se daba contra las tormentas: “ténterenublo, tente tú/ más vale Dios que ciento tú/ si eres agua vente acá/ si eres piedra vete allá…”. La campana valía para todo.

El capítulo acaba con el pago que don Quijote exige a sus liberados: que se presenten ante la señora Dulcinea del Toboso y le cuenten sus hazañas. Ginés de Pasamonte, consciente del delirio de su liberador intenta “mudar ese servicio y montazgo en alguna cantidad de avemarías y credos”. Vamos, como la penitencia de una confesión. Ante la negativa del caballero, los galeotes apedrean y roban a nuestros protagonistas. El montazgo era un tributo que pagaban los pastores por utilizar las cañadas de la Mesta. Recordamos que un vecino que quisiera llevar al mercado un animal para ser vendido debía solicitar “la guía”, un pequeño billete expedido por el secretario del ayuntamiento para certificar que el animal que transitaba y quería vender era de su propiedad. El portazgo, nombre que todavía tienen muchos pagos de los pueblos y ciudades de España,  era la caseta, la garita, a la entrada de cada ciudad donde se pagaba el tributo, el impuesto por introducir productos y animales del campo.

El final es desolador: “Solos quedaron jumento y Rocinante, Sancho y don Quijote; el jumento, cabizbajo y pensativo, sacudiendo de cuando en cuando las orejas, pensando que aún no había cesado la borrasca de las piedras, que le perseguían los oídos; Rocinante, tendido junto a su amo, que también vino al suelo de otra pedrada; Sancho, en pelota y temeroso de la Santa Hermandad; don Quijote, mohinísimo de verse tan mal parado por los mismos a quien tanto bien había hecho”.

23.  Capítulo Vigésimo Tercero. De lo que sucedió al famoso don Quijote en Sierra Morena, que fue una de las más raras aventuras que en esta verdadera historia se cuenta.

“De nuevo en el camino real don Quijote se lamentan de la ingratitud de los galeotes mientras Sancho sugiere que se escondan por un tiempo para evitar la persecución de la justicia. Así, con la intención de salir al Viso o a Almodóvar del Campo, penetra en Sierra Morena donde, una noche, para gran desconsuelo de Sancho, Ginés de Pasamonte le hurta el asno. Allí también encuentran una maleta –en cuyo interior hay un pañizuelo con más de cien escudos de oro que Sancho se guarda-  y contemplan a un hombre que va saltando de risco en risco. Al ver a un cabrero don Quijote entabla conversación con él y se entera de que el mancebo que han visto saltando lleva en la sierra unos seis meses y que está loco. Lo más lógico parece que es llevarlo a Almodóvar para que se cure. Aparece entonces este personaje y tras saludar a don Quijote se dispone a hablar con él. Da comienzo así la historia de Cardenio… y constituye una de las novelas cortas insertadas en esta primera parte del Quijote.” (Enciclopedia del Quijote. Planeta. César Vidal)

Cervantes ha metido en un lío a don Quijote: le persigue la Santa Hermandad. Hasta que pase la borrasca le esconde en Sierra Morena y le integra en otra ficción: la historia de Luscinda y Cardenio. Es una narración que aparece entreverada (como el tocino en los buenos jamones) en la historia principal que es la de Don Quijote. Al caballero no le va bien en su historia y sale de ella para entrar en otra donde siga cumpliendo su destino y vocación: desfacer entuertos, atender a los necesitados y liberar a doncellas.  Esta nueva historia es de amores entre ricos, nobles y aristócratas, de pasiones y traiciones, como en las telenovelas actuales. Era lo que le gustaba escuchar a la gente del pueblo en sus veladas nocturnas en forma de leyendas, romances e historias noveladas de otros tiempos. Un informante zamorano recuerda:  “En la casa se terminaban los trabajos domésticos… mi tía leía libros que nos entretenían. Ella no compraba libros. Como era muy simpática, tenía muy buenas relaciones con la gente pudiente, de allí llevaba el libro o el poema. Al terminar la velada, cogía el candil, lo encendía sobre otro que quedaba en la cocina para que se alumbrara el abuelo… marchaba a la cama, y apagando el candil nos contaba las oraciones que yo escuchaba hasta quedar dormido.” (Luis Torrecilla. Cañizal. Primera mitad del siglo XX). Más adelante aludiremos de nuevo a esta situación que volverá a salir en otros capítulos del Quijote.

En los primeros párrafos hay un rosario de refranes o expresiones populares que pretenden justificar o reflexionar sobre lo sucedido en el episodio anterior: “Hacer bien a villanos es echar agua en el mar”… “ ya está hecho; paciencia y escarmentar…”, dice don Quijote. “Así escarmentará usted, como yo soy turco”, contesta Sancho. “… que el retirar no es huir, ni el esperar es condena, cuando el peligro sobrepuja a la esperanza”, y “de sabios es guardarse hoy para mañana y no aventurarse todo el día”, sigue reflexionando don Quijote. Pensar con refranes parece que ayuda al hidalgo a alejarse de los peligros permanentes donde se mete. En los refranes está la filosofía de la buena vida.

Se internan en lo más profundo de Sierra Morena. Sancho aprovecha y da cuenta de “los relieves (comida) que del despojo clerical (de una pasada aventura) habían quedado… iba tras su amo sentado a la mujeriega sobre su jumento”, en vez de ir escarranchao, iba con las dos piernas colgando por un lado, a la mujeriega. Es una escena de lo más plácida, que contrasta con la permanente intención del amo de meterse en “desvariadas caballerías” por sus “malandantes pensamientos”.

Caminando sin rumbo se topan con un cojín y una maleta asida a él tirados en el suelo, donde hay ropa estropeada, unas monedas y “un librillo de memoria”. Este es el inicio de la nueva historia: “que por ese hilo que está ahí, se saque el ovillo”. Más adelante, ven de lejos, “por cima de una montañuela… saltando de risco en risco”, malvestido y andrajoso, a Cardenio, el “astroso caballero de la Sierra”. Don Quijote se propone dar con él. En esta tarea, hallaron “en un arroyo, caída muerta y medio comida de perros y picada de grajos, una mula ensillada y enfrenada…”. En el ambiente de pastores y ganaderos es extraño que se deje un animal muerto al aire libre, sin enterrarlo. Nuestros aventureros se han metido en lo más intrincado y desierto de la sierra, “lugar, pocas o ninguna veces pisado sino de pies de cabras o de lobos y otras fieras que por allí andaban”. Por ejemplo, en Sanabria, que tenía gran parte de su sierra y su monte aprovechado para la ganadería durante todo el año, no se dejaba un animal muerto sin enterrar. Hacían concejo los vecinos para este menester. Las vacas y las ovejas podían ser afectadas por la res muerte y morir todas de una peste enfermedad contagiosa como el carbunco, el llérrago, que decían ellos…

A pesar de todo, este lugar de Sierra Morena no debe ser muy olvidado e inhóspito porque pronto se encuentran con un cabrero, y como en el capítulo once, los diálogos y la narración se tiñen de ambiente bucólico y pastoril. Ironiza el comentarista Clemencín diciendo que los pastores de esta historia “eran más semejantes a los de Belén que a los que ahora se usan. Ya no han quedado pastores tiernos, compasivos y amigos de hacer el bien mas que únicamente en las novelas…”. Se menciona la majada, el lugar donde se recogen los pastores y sus ganados, la comida habitual, el pan y el queso, también se hace referencia a la borrica del hato, donde llevan el alimento y las pocas pertenencias necesarias para andar por la sierra con el ganado, y, por último, a la misma cuadrilla de pastores, el cabrero y los zagales.

Por fin don Quijote alcanza al astroso caballero de la Sierra, Cardenio, el loco por amor. “… Y apeándose de Rocinante, con gentil continente y donaire, le fue a abrazar y le tuvo un buen espacio estrechamente entre sus brazos, como si de luengos tiempos le hubiera conocido”… los dos locos se entienden y se comprenden, dirá el comentarista.

Lectura etnográfica del Quijote. (VIII)

Juan Manuel Rodríguez Iglesias.

24.  Capítulo Vigésimo Cuarto. Donde se prosigue la aventura de Sierra Morena.

“ El joven loco accede a relatar su historia a condición de que le den de comer y de que no le interrumpan. Cuenta así que se llama Cardenio, que es de una buena familia de Andalucía y que desde su juventud había estado enamorado de Luscinda.  Antes de hablar con su padre para que le pida a la joven como esposa, éste le ordena emprender un viaje para estar al lado del duque Ricardo. Cardenio traba allí amistad con Fernando, el hijo segundo del duque.  Don Fernando había dado palabra –incumplida- de matrimonio a una labradora vasalla de su padre y se las había arreglado para marchar a la ciudad de Cardenio. Allí conoció a Luscinda… Don Quijote interrumpe entonces el relato al escuchar que la joven lee el Amadís de Gaula. La interrupción provoca un acceso de locura de Cardenio que arremete contra don Quijote y aporrea a Sancho antes de salir huyendo.” (Enciclopedia del Quijote. César Vidal. Planeta)

En los tres capítulos que siguen , primero se inicia la triste historia de Cardenio, y luego se entretienen en la penitencia de don Quijote con ocasión de los “imaginados celos” provocados por un “imaginado engaño” de su amada Dulcinea.

Se mezclan a partir de ahora tres historias entreveradas, la de don Quijote, la de Cardenio y Luscinda, y la de Fernando y Dorotea, como el buen jamón, que no es sólo magro, sino magro y tocino entreverado.

El desgraciado Cardenio satisface su hambre de un modo muy distinto a su origen y educación. Sancho de su costal y el cabrero de su zurrón sacan algo de comer. El loco enamorado “no daba espacio de un bocado a otro, pues antes los engullía que tragaba; y en tanto que comía, ni él ni los que le miraban hablaban palabra…”

Cervantes debió ver a lo largo de su vida a mucha gente hambrienta, quecuando alcanzaba a comer, lo hacía con ansia y desconfianza.,Bien lo sabe describir.

Es frecuente el contexto de esta escena de comida en “un verde pradecillo… a la vuelta de una peña”. Sólo le falta hacer referencia a “un arroyo de aguas cristalinas”, para completar la situación bucólica y apacible que proporciona comer y descansar en el monte con buen tiempo… sobre todo después de haber segado un prado, cortado leña, o guardado un guardado un rebaño en la dormida.

Bien comido y bien sentado, el loco comienza la narración de sus cuitas y desengaños. Todo lo introduce como un cuento, en el que los que lo escuchan entran en él y en sus consecuencias. La palabra en este caso no es sólo comunicación, sino también acción: es la fuerza de la palabra.

Hoy la palabra es fundamentalmente información, y por tanto, juego para mentir, ocultar o decir la verdad. La fuerza no está en la palabra, sino en la intención del que la dice. Pero en la antigüedad, en el mundo bíblico, en el ámbito tradicional cristiano, en nuestro mundo tradicional, la palabra, además de informar, es acción, es fuerza: “Si dices eso, te condenarás…”, “Si dices eso, ocurrirá tal cosa…” Y así comienza el cuento de Cardenio: “Si gustáis, señores, que os diga en breves razones la inmensidad de mis desventuras, habéis de prometer de que con ninguna pregunta, ni otra cosa, no interromperéis el hilo de mi triste historia; porque en el punto que lo hagáis, en ese se quedará lo que fuera contado”.

La verdad es que no hay que darle tanta trascendencia a la condición de un loco. Puede ser simplemente una excusa para referir toda la historia de una vez, sin que tengan que intervenir las reflexiones de don Quijote ni las gracias de Sancho. Clemencín sugiere que es una estrategia de Cervantes para hacer en dos veces la narración de Cardenio: una en este capítulo ante el escudero y el caballero, que la interrumpe, y otra en el capítulo XXVII, la continuación, ante el cura y el barbero que buscan a don Quijote.

Desde el punto de vista etnográfico, en el inicio de la historia de Cardenio y Luscinda, destacamos los pasos que en cualquier relación de pareja o noviazgo había que hacer para llegar al matrimonio en el ámbito rural tradicional.

1. La pareja era del mismo nivel económico: “ (el casarnos era) cosa que casi la concertaba la igualdad de nuestro linaje y riquezas”.

2. La relación era aceptada por los padres, que son los que hacen la boda: “Sabían nuestros padres nuestros intentos, y no les pesaba dello, porque bien veían que, cuando pasaran adelante, no podían tener otro fin que el de casarnos”.

3. Al novio se le impide la entrada en casa mientras no pida a la novia: “Creció la edad, y con ella el amor de entrambos, que al padre de Luscinda le pareció que por buenos respetos estaba obligado a negarme la entrada en casa”.

4. El novio pide a la novia a través de su padre. Es el padre del novio el que pide la novia. La boda es un negocio de familia, no sólo el resultado de un enamoramiento: “…mi alma se consumía con el deseo de verla… y fue el pedírsela a su padre por legítima esposa, como lo hice; a lo que él me respondió que me agradecía la voluntad que mostraba de honralle… pero que, siendo mi padre vivo, a él tocaba de justo derecho hacer aquella demanda… y que mi padre vendría en ello como yo se lo dijese…”

Las consecuencias de este protocolo fijo, con sus implicaciones sociales y morales, se vuelven a suponer más adelante al explicar los problemas amorosos de otro de los protagonistas, Fernando,  mozo aristócrata y más rico que Cardenio, que se salta todos los pasos del protocolo anterior.

En el ámbito tradicional, la relación amorosa, la pasión, debe quedar determinada y en función de la decisión de la familia, de los padres. El amor viene después del matrimonio, haciendo verdad este refrán: “el roce hace el cariño”.

Los mozos y mozas son inmaduros e irresponsables, si se les deja que hagan lo que quieran se desequilibra todo el sistema social. Por eso los mayores, los padres deben ser los reguladores y controladores del negocio: “el amor en los mozos, por la mayor parte no lo es, sino apetito, el cual, como tiene por último fin el deleite, en llegando a alcanzarle, se acaba”.

Y así fue con Fernando, que “quería bien a una labradora, vasalla de su padre…” Falla en el primer paso del protocolo, la pareja debe ser del mismo nivel económico. “…después se supo, había gozado a la labradora con título de esposo…” Falla en los tres siguientes pasos, los padres no intervienen y el novio o pretendiente, no sólo entra en casa, sino que la asalta de noche y se acuesta con la bella Dorotea, la labradora.

Contaban que antiguamente los mozos y mozas ricos tenían problemas para casarse, no encontraban la media collera a la altura de su patrimonio, paso primero del protocolo. Era frecuente que coincidiera mozo viejo o solterona con cierta altura económica, por encima de sus vecinos. Esto no quiere decir que no tuvieran relaciones amorosas a escondidas, ya fuera esporádicas o estables. A veces, se llegaban a hacer oficiales al final de la vida, cuando ya eran viejos.

Don Quijote interrumpe la narración porque se hace referencia a su tema más sensible, los caballeros andantes. Para él es tan propio como que el sol caliente y la luna humedezca.

25.  Capítulo Vigésimo Quinto. Que trata de las extrañas cosas que en Sierra Morena sucedieron al valiente Caballero de la Mancha, y de la imitación que hizo a la penitencia de Beltenebros.

“ Mientras Sancho se inquieta porque su amo se adentra en Sierra Morena, este decide enviarlo al Toboso con una carta para Dulcinea y le extiende una libranza para que le entreguen unos pollinos con fecha de 22 de agosto. Él se quedará mientras tanto en la sierra haciendo penitencia como hizo Amadís por Oriana. Finalmente se despiden.” (Enciclopedia del Quijote. César Vidal. Planeta)

Sancho “iba muerto por razonar con su amo”, se queja y amenaza con irse al pueblo con su mujer y sus hijos, si no puede dialogar con su amo. En la sociedad tradicional todo está dicho, no hay nada que dialogar y negociar, cada uno debe estar en su sitio y a su tarea. Mal visto era el vecino o la vecina que se pasaba el día hablando con unos y con otros, por lo menos, así lo decía mi abuela. Los momentos de hablar, dialogar o contar cosas estaban regulados socialmente: A diario en la solana de las mujeres, los mentirotes de los hombres o los seranos nocturnos de los mozos y las mozas. Y con menos frecuencia, los concejos deliberativos, si no estaban dominados por un cacique, las comidas de los trabajos comunes o los trabajos vueltos entre vecinos, los bailes de las tardes del domingo…

Sancho quiere romper las normas que marcan el rol de amo y el rol de criado, el rol de caballero y el rol de escudero.

Don Quijote cede y “da por alzado” el mandato que le había impuesto de no hablar con él, pero sólo “en cuanto anduviéremos por estas sierras”, alejados del mundo.

Hablan del problema que motivó la recaída de Cardenio en la locura, si la reina Madásima se amancebó o no con el maestro Elisabat (sacerdote y cirujano), tema que a Sancho ni le va ni le viene, y por eso enhila una serie de dichos y refranes que aturden a don Quijote: “Allá se lo hayan; con su pan se lo coman… de mis viñas vengo, no sé nada; no soy amigo de saber vidas ajenas; que el que compra y miente, en su bolsa los siente… desnudo nací, desnudo me hallo; ni pierdo ni gano… muchos piensan que hay tocinos y no hay estacas…” Me detengo en el último, porque hace referencia a algún comentario que me hicieron en un pueblo. Las estacas podríamos entenderlas como los varales donde se cuelgan los chorizos y tocinos para curarse en la cocina o en la bodega, o es una metáfora de los mismos chorizos y los lomos embuchados que, colgados, parecen estacas.

Don Quijote y Sancho se han adentrado en Sierra Morena porque la Santa Hermandad seguramente ya les está buscando. Pero de esto se olvida el caballero. Ahora su interés está en saber quién es el loco con el que se han topado, y ayudarle, como mandan las reglas de la caballería andante. Pero hay una razón más… retirarse y hacer penitencia porque ha sido “desdeñado” por su señora, como lo hizo Amadís de Gaula. Aunque, en realidad, a él nadie le ha despreciado, razona que lo hace para “dar a entender a mi dama que, si en seco hago esto, ¿qué hiciera en mojado?” Vamos, que como no hay aventura, se la inventa.

Ante esta exagerada forma de actuar, Cervantes reflexiona, en boca de don Quijote, que los personajes de las grandes historias, como él, los santos de las hagiografías, los héroes de las epopeyas y las leyendas, se presentan con más virtud de la que en realidad tuvieron. Ejemplos fueron Ulises o Eneas. “No pintándolo y describiéndolo como ellos fueron, sino como habían de ser, para quedar ejemplo a los venideros hombres de sus virtudes”. Este es un concepto antiguo y tradicional del sentido y el valor de la literatura y el arte en general. Son actividades para educar y “edificar el espíritu”, no para gozar y deleitarse. Si el cuento educa, moraliza, es bueno. Si sólo divierte, hay que tener cuidado, es malo, te hace perder el tiempo, “cosas de brincadeira”, que dirían en Sanabria. (Verlo en La Misión Pedagógica a San Martín de Castañeda)

Sancho duda de la cordura de su amo cuando le propone la penitencia que va hacer. Vuelve a recordarle que esto es como lo del  yelmo de Mambrino, que es bacía de barbero, y don Quijote con alguna expresión como las que dicen las viejicas de los pueblos zamoranos le contesta: “Por el mismo (Dios) quedenantes juraste… tienes el más corto entendimiento… andan entre nosotros una caterva de encantadores que todas nuestras cosas mudan y truecan…”

Después de este desencuentro dialéctico, el autor intercaló un pasaje, no escrito en la primera edición, donde se relata lo siguiente: Pasan la noche en el bosque, y mientras duermen, Ginés de Pasamonte roba el asno a Sancho. El disgusto es tan grande que don Quijote se conmueve y le promete dar tres pollinos de su hacienda en cuanto lleguen a su casa. “La libranza pollinesca” va a estar presente en los próximos sucesos.

Con esta nueva situación, Cervantes acentúa el carácter interesado, materialista, desconfiado y pragmático de Sancho, “un villano”, frente al idealismo, la generosidad y la ingenuidad de don Quijote.

Nuestro caballero protagonista escribe una carta para que Dulcinea se entere de su penitencia. La llevará Sancho. Entonces, éste aprovecha para que escriba la cédula donde se confirme que puede recoger los tres pollinos. Primero lo escribirá en el “libro de memoria” de Cardenio, para que luego Sancho la haga escribir “en papel, de buena letra, en el lugar que hallares, donde haya maestro de escuela de muchachos (no de muchachas), o si no, cualquiera sacristán  te la trasladará…”  la recomendación de pasar a limpiola carta nos recuerda el origen de la enseñanza en muchos pueblos, a través del cura o el sacristán, que posiblemente fueron los primeros en poner escuela. Parece que en tiempos de Cervantes había también maestros, pero sólo para los muchachos. El Estado todavía tardará siglos, hasta la segunda mitad del siglo XIX y a través de un ministro zamorano, en obligar por ley que todo pueblo tenga maestro. Claudio Moyano, en la mitad del XIX, y Antonio Álvarez (con su enciclopedia), son dos zamoranos importantes en la historia de la Enseñanza Primaria.

El problema, continuando con nuestra historia, es que Dulcinea no sabe leer ni escribir, condición común entre muchísimas mujeres de pueblo ¡hasta más de la mitad del siglo XX!. Don Quijote sólo la ha visto cuatro veces, y no está seguro de que ella se haya dado cuenta, “y aún podrá ser que de estas cuatro veces no hubiese ella echado de ver la una que la miraba…”

Sancho se da cuenta de que la señora Dulcinea del Toboso es una vecina suya, Aldonza Lorenzo, hija de Lorenzo Corchuelo y Aldonza Nogales. Una moza gallarda, fuerte y salerosa, que participa en los juegos como un mozo más: “tira tan bien una barra como el más forzudo zagal de todo el pueblo…”. Nos la figuramos en uno de nuestros pueblos jugando al arrimar, al jincache…(Mencionar  otros juegos de los pueblos) Con un vozarrón que alcanza media legua, “que se puso un día encima del campanario de la aldea a llamar a unos zagales suyos que andaban en un barbecho de su padre, y aunque estaban de allí a más de media legua, así la oyeron como si estuvieran al pie de la torre…” Los zagales estarían cuidando un rebaño de ovejas que estaría pastando el rastrojo.

Incluso duda Sancho de que su piel joven sea blanca, tersa, el color de piel ideal en las mujeres de antes. Ella trabaja en las labores del campo y de la casa, “rastrillando lino o trillando en las eras”, entonces, “debe estar ya trocada… que ha muchos días que no la veo… porque gasta mucho la faz de las mujeres andar siempre el campo al sol y al aire”. Y qué razón tiene Sancho, que las mujeres de pueblo envejecían aparentemente pronto, del trabajo al sol y al aire. Por eso llevaban (y llevan) pañuelos que cubrían la cabeza y cerraban la cara, hasta el extremo de no reconocerlas cuando estaban segando o trillando… (cita de La Gaznápira de Berlanga)

Para justificar la elección de Aldonza Lorenzo como Dulcinea del Toboso, Cervantes pone en boca de don Quijote un gracioso cuento: la historia de la viuda que se enamoró de un fraile de convento. Preguntada por el abad superior por qué eligió a ese mozo fraile, rollizo y de buen tono, tan soez, tan bajo y tan idiota… y no se enamoró de un maestro o teólogo… Contestó la desenvuelta viuda: “…para lo que yo lo quiero, tanta filosofía sabe, y más que Aristóteles”. Así don Quijote hace ver a Sancho que todas las princesas que existieron en libros, romances, tiendas de los barberos y teatros de las comedias (lugares donde se leían o representaban historias) no eran reales. Sin embargo, Aldonza Lorenzo es real, “y me basta con creer que es hermosa y honesta”. Parece que don Quijote dice como la viuda: “…para lo que yo la quiero… tan honesta y hermosa es como Diana o Galatea”.

El caballero escribe una carta con un estilo antiguo y rebuscado, difícil de memorizar para un villano como Sancho.  Y, por supuesto, a continuación redacta una cédula donde regala tres pollinos a su escudero. Sólo pone la rúbrica, “que es lo mesmo que firma”.

El escudero parte para cumplir con su misión montado en Rocinante. El caballero le insiste en que mira, recuerde y luego cuente alguna de las locuras que va a hacer por su amada, y “en un credo las haré”. En la cultura popular,el credo no sólo es un acto de fe, sino también una medida de tiempo. Mi madre, y antes mi abuela, me hacían un huevo pasado por agua “en lo que se reza un credo”. Es una “oración” muy práctica. Don Quijote queda haciendo el pino, dando zapatetas boca abajo, golpeando la cabeza contra las peñas… Comerá hierbas del prado y frutos de los arbustos, como ya dijo que hacían los caballeros andantes en estos casos.

Sancho, por indicación de su amo, corta retamas (escobas, dicen en Sanabria) de trecho en trecho, para recordar el camino de vuelta, como el hilo que utilizó Teseo en el laberinto (no el Perseo que escribe Cervantes) o las migas de pan del cuento de Pulgarcito: “…que lo más acertado será, para que no me yerres y te pierdas, que cortes algunas retamas de las muchas que por aquí hay, y las vayas poniendo de trecho en trecho, hasta salir a lo raso, las cuales te servirán de mojones y de señales para que me halles cuando vuelvas…”

¿Se comerán las cabras del monte las retamas que va arrojando Sancho, como los pájaros se comieron las migas de Pulgarcito?

26.  Capítulo Vigésimo Sexto. Donde se prosiguen las finezas que de enamorado hizo don Quijote en Sierra Morena.

“Mientras su amo cavila sobre la penitencia que debe realizar, se hace un rosario, escribe versos para Dulcinea (tres quintillas dobles), invoca a los pobladores mitológicos del bosque y busca hierbas con las que sustentarse, Sancho, montado en Rocinante, se encamina hacia El Toboso. Llega así a la venta del manteamiento en la que no se atreve a entrar pero donde es reconocido por el cura y el barbero que han ido a buscar a don Quijote para traerlo de regreso a la aldea. Interrogado, Sancho descubre que ha perdido la carta con la libranza de los pollinos y, desesperado, intenta reconstruirla. Llevado ya de la locura de don Quijote expresa claramente su temor de que desee ser arzobispo en lugar de emperador. El cura tranquiliza a Sancho y urde con el barbero un plan para que, disfrazado uno de ellos de doncella afligida, puedan ir hasta donde se encuentra don Quijote y rogándole su auxilio, lo saquen de Sierra Morena y lleven a su aldea.” (Enciclopedia del Quijote. César Vidal. Planeta)

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