Posteado por: lenguajesculturales | agosto 15, 2010

La tierra y sus labores. Aricar, ralbar, bimar. La sementera. Sanabria. Guía Cultural.


1. Lugares de cultivo.

No cabe duda que el pan era el producto agrícola que más esfuerzos requería dentro de la actividad anual de este municipio sanabrés. Con el término pan nos estamos refiriendo al centeno, cereal de tierras pobres y clima frío, tanto cuando estaba en el campo, como cuando estaba sobre la mesa hecho hogazas.

Las tierras eran las fincas donde se cosechaba el pan[1]. Se extendían, por ejemplo, en el antiguo municipio de Terroso y San Martín de Terroso…

“... desde el río hasta las orillas del monte. La mayoría se tenía en la Vea, y en el monte, desde la Torre hasta la Portilla de Escaldón; por eso había mucha caza, mucha perdiz.

El cultivo del centeno se realizaba en el valle y en la falda de la sierra, entre los 900 y los 1000 metros de altitud. También se llegó a cultivar en lo alto de la sierra, como veremos más adelante.

El sistema de cultivo era a doble hoja.

“Se andaba a dos hojas la facera”

“En la Vea había dos hojas. Una con los Cabadales y la Vea de Abajo y otra en la Vea del Medio, la de arriba, con Soluteiro y todo Candejón, los Criguales… Las dos hojas significa que la tierra estaba dividida, un año se sembraba una parte y descansaba la otra, para que la hacienda pudiera ir a esos sitios…” [2]

El sanabrés, como muchos otros labradores de la España rural, aprovechaba la tierra sacándole el máximo rendimiento.

Después de la siega, la tierra descansaba durante el invierno, y, a la vez, podía servir de pasto para el ganado, con el consiguiente abonado de las tierras. As ceibas era la utilización comunal de las tierras después de ser segadas; de este modo  se aprovechaba la espiga perdida, el rastrojo y el pasto de la tierra ya en poullo.

Es significativo que el sistema de doble hoja se hacía considerando el municipio globalmente. Cada propietario no podía trabajar las tierras que quisiera, sino sólo las que correspondían a la hoja de sembradura del municipio. Se lograba así un doble beneficio comunal: Cada año todos sembraban las tierras en la misma hoja, y podían después utilizar el resto de la facera para alimentar el ganado.

  1. La propiedad de la tierra.

En contraposición con esta organización y aprovechamiento comunal de las tierras, los terrosanos eran individualmente propietarios de las fincas.

No se encuentran indicios de que en época cercana hubiese habido reparto de tierras comunales para el cultivo, como ocurría en algunas regiones limítrofes de Sanabria[3].

La propiedad de la tierra se transmitía por la herencia, en las hijuelas. Además, tenían escrituras de muchas fincas. Estas se hacían cuando compraban tierras a otro propietario o intercambiaban una finca o bien patrimonial por otro de valor parecido. Las escrituras, hechas por los mismos vecinos, certificaban la compra o el cambio, y se avalaban por las firmas de testigos. En las escrituras y las hijuelas figuraba el lugar de la finca, las medidas y su valor en dinero, repitiendo siempre un esquema de redacción que, según las escrituras que han caído en nuestras manos, se hacía del mismo modo desde comienzos del siglo XIX.

La facera era el conjunto de todas las tierras de los vecinos del municipio. Estaba dividida en innumenables partes; algunos poseían tres, cuatro y más trozos en ella. Los repartos de herencias creaban  un mosaico minifundista de propietarios en casi todos los pagos dedicados al cultivo del centeno, pese a que procuraban dividir el mínimo número de tierras.

Los que tenían posibilidad de adquirir nuevas tierras intentaban comprar las que lindaban con alguna de su propiedad, haciéndola más grande. En cierta medida colaboraban a paliar el minifundismo. La compra-venta de fincas sólo se daba en casos de emigración o de pago de alguna deuda inaplazable, porque todos sabían que poseer un trozo de tierra era lo más importante: “Casa donde cupieres y bienes los que pudieres”.

Las tierras, al igual que los prados, cortinas u otro tipo de fincas, estaban delimitadas por los marcos, piedras grandes enterradas que señalaban las lindes de la propiedad.

Entre todos los vecinos había un cierto sentido de igualdad: todos tenían un pedazo de tierra donde sembrar.

“Todo siempre ha estado dividido, todo el mundo tiene algo, poco, pero todo el mundo tenía propiedades.”

Teníamos pocas tierras y estábamos guardándolas nosotros. Cosechábamos poco y eran propias de nosotros, de nuestros padres.

Hay que tener en cuenta otras dos formas de tenencia de la tierra propiciadas por la necesidad de más espacios de cultivo o por la búsqueda de nuevos terrenos cuando se agotaban los lugares habituales. Nos referimos al arrendamiento o a la roturación de terrenos comunales en la montaña.

Había pocos arriendos de tierras entre los vecinos del pueblo. Este tipo de tenencia se daba con propietarios que no vivían en el municipio.

Otro tipo de arrendamiento era la circunstancia paradójica de algunos vecinos que, por endeudamiento con prestamistas de la zona, llegaron a trabajar sus propias tierras como arrendatarios, al tener que ceder la propiedad de las mismas a los usureros con los que estaban endeudados.

A los que tenían, les pedían una hemina de pan para poder sembrar o cocer, y luego al año adelante le tenían que devolver dos. Si el año venía malo, se quedaban con las tierras, y luego se las arrendaban, a lo mejor, al mismo que se las había quitado.

La renta de una tierra se pagaba en grano[4].

La hemina aquí se calculaba 60 pies. Una hemina de centeno por cada hemina de sembradura, por esos 60 pies, esa era la renta. Normalmente a cada hemina de sembradura se le sacaba siempre algo más que una hemina de grano, por supuesto. Si se helaba lo perdía todo.

La segunda forma de tenencia de tierras era la roturación de terrenos comunales en la sierra.

La necesidad de más terrenos cultivables llevó a la utilización de zonas comunales por parte de algunos vecinos. José Luis Martín Galindo (1987) menciona esta práctica como cultivo sobre cenizas en las montañas de Sanabria, subrayando que no eran cultivos colectivos, sino individuales.

En el monte se iba a hacer fuego. Aquí hay sitios donde antes los pobres iban a hacer una bouza grande. Cavaban y allí sembraban pan. Como no lo podían traer en carros, porque se podían caer, que se decía que se apinchaban los carros, pues lo majaban allí, y luego prendían fuego a un lado y a otro, que el fuego llama al aire y allí lo limpiaban.

Los vecinos que realizaban este tipo de cultivos no tenían ningún documento legal que les permitiese utilizar aquellas tierras comunales.

No eran tierras de propiedad esas tierras del monte, eran cogidas. Un cacho que tú veías bien, pues hacías allí un adil o una bouza, y sembrabas pan

Se permitía esta forma de cultivo del pan en el municipio. El vecino que lo necesitaba limpiaba un espacio de monte bajo y, aprovechando que el ganado había pastado en ese lugar y lo había abonado, sembraba centeno para el gasto de su casa.

“Recuerdo que en el monte dejaban roturar un trozo, y no le cobraban nada por eso. Lo hacían porque no tenían suficiente y nadie les arrendaba otras tierras, entonces se dedicaban a hacer un adil.”

“En el Llombo Rapao, en la Gulpilleira, en el Medideiro, en la dormida del ganao, allí sembraban pan aprovechando el abono del ganao, pero tenían que subir todas las noches, porque si no el ganao les estropeaba el sembrao. Tenían mucha familia que alimentar.”

Las razones de la creación de bouzas y adiles en el monte eran obvias…

“… entonces había falta de comida para todos…”

“Tenían muchos hijos, y tenían mucha familia y eran pobres, por eso les dejaban coger ese trozo de monte.”

Cuando llegaba la época en la que los vecinos llevaban las vacas o el ganao (las ovejas) al monte, avanzada la primavera, los que tenían bouzas debían subir a vigilar para que los animales no estropearan el centeno, porque los vecinos no se hacían responsables del daño que ocasionaran: estaban en terreno de pasto comunal.

Lo que ocurría es que los mismos dueños tenían que guardar allí el pan porque la gente echaba las vacas solas al monte. Entonces los dueños de las vacas no se hacían responsables de lo que estropearan en esas fincas.”

Era una respuesta adaptativa al medio en el que vivían, acuciados y necesitados por llenar el arca de su casa con el suficiente grano que asegurase la supervivencia un año más.

No tenían más remedio que sembrar ahí, en el monte, porque si no, no había qué comer…”

Hoy todavía se pueden ver las paredes de aquellos adiles o bouzas, a unos 1300 metros de altitud. Estos terrenos sólo se podían cultivar cada cinco o diez años porque la escasa lámina de tierra que había sobre el monte impedía un mayor aprovechamiento.

  1. Labores para preparar la tierra.

Una vez que había sido segada la tierra, debían pasar dos años para que esa tierra fuera segada de nuevo.

En el primer año de descanso la tierra era laboriada en primavera y en verano con varias aradas. Al comienzo del otoño se sembraba y después de pasar casi otro año completo era de nuevo segada.

Era un ciclo de trabajo individual, del propietario de cada tierra, aunque tenía algunos momentos de carácter comunal, sobre todo en lo que respecta a la coordinación de actividades que se hacían simultáneamente.[5]

Las labores que necesitaba la tierra también dependían del tipo de terreno en el que se cultivaba el centeno. Las tierras fuertes requerían un cuidado distinto del que había que tener con las tierras sencillas o normales para el cultivo del centeno. Estas últimas eran de peor calidad, con mucha piedra, composición que favorecía, al parecer, la producción de este cereal.

“Entre las piedras tiene el centeno un buen abrigo.”

Dice un refrán que grandes pedregales, buenos centenales”

La forma de preparar las tierras era una tradición transmitida de padres a hijos, y ellos tenían conciencia de ser continuadores de una costumbre muy antigua.

Nuestros padres como se dedicaban a la labranza y de eso es de lo que vivían, luego nos enseñaban a nosotros y después la manera que nos enseñaban lo hacíamos. Primero se ralbaba, luego se bimaba…”

El trabajo se hacía con una pareja de vacas juñidas por el yugo propio del país. A éste se le colgaba el antiguo arado romano, todo madera salvo la reja, pieza de hierro en forma de punta de flecha adaptada al extremo del arado que perezosamente rompía las tierras dormidas desde la anterior siega.

El labrador salía de su casa con el arado apoyado sobre el yugo por la parte de la reja, para luego colocarlo en disposición de arar al llegar a la tierra. El timón del arado iba rozando el suelo al tranquilo caminar de la pareja, mientras el amo la guiaba con su vara, la guijada, hacia la tierra.

“Cuatro vueltas había que darle a las tierras. Se empezaba de que se hacía la sementera. En Octubre aricar, y después ya venía marzo y ya se ralbaba. Después cuando empieza la hierba y hay que madrugar mucho, si no las vacas se amoscaban, para degradar. El cacho que tenía mucha hierba se bimaba y quedaba así para sembrar. Era aricar, ralbar, degradar y bimar. Cuatro vueltas había que darle a la tierra.”

Las labores que requería la tierra antes de volver a sembrarse tenían una denominación concreta que expresaba un trabajo específico en una determinada época.

La arica era una labor que unos la hacían al comenzar el invierno y otros al comenzar la primavera, dependiendo del tipo de tierra que tenía que ser trabajada[6].

“En octubre y noviembre se aricaba en los terrenos que no tenían piedras, húmidos. Se aricaba en los terrenos fuertes para que entrara la fuerza del invierno.”

Cuando la tierra era buena, “que tenía mucho terrón”, se araba al acabar la sementera para que “quedara cociendo todo el invierno”. Las tierras que se aricaban en octubre y noviembre no eran muchas, porque la mayoría de las tierras dedicadas al centeno eran flojas.

La arica del comienzo del invierno no podía ser general: la hoja que había sido cosechada ese año se convertía en esos últimos meses del año en zona comunal de pastos para el ganado, as ceibas.

La mayor parte de los terrosanos aricaban sus tierras en marzo y abril, cuando llegaba la primavera, según viniera el tiempo, y también según las fases de la luna, situación que se tenía en cuenta para muchas actividades.

Tanto la arica del principio del invierno como la de primavera consistía en una arada simple que levantaba la tierra.

“Es un suco ralo, nada más tapar, no cruzar la tierra, no que quede movida toda. Nada más que quede la tierra movida de un lado para otro.”

Se le llama arar  “a suco abierto”.

“ Era una labor que se daba más clara, los sucos más distantes unos de otros.”

La segunda labor era la ralba

De que ya se sembraban las cortinas o se araban las patatas, se hacía la ralba en las tierras de secano.”

Era a primeros de mayo.

Entonces ya había que calar la tierra, tenía que quedar toda la tierra movida, que es arar junto.”

Y después…

A mediados de junio se degradaba con un degrade que tenía unas púas, un palo con unas púas de madera o de hierro. Lo que hacía era romper los terrones para pulir la tierra.

De este modo la tierra quedaba allanada, molida y esponjosa con la humedad y las heladas de la primavera.

Por último…

… unas veces antes, otras después de la siega de la hierba, se volvía a arar a suco abierto, era la bima.

La bima consistía en otra arada sencilla para quitarle las hierbas que habían nacido después de la última labor del degrade.

Volvía a ser otro suco ralo, porque como la tierra ya estaba cocida, para que la tierra fuera cogiendo el rocío y tuviera luego gracia para la sementera.

Cuando terminaban las majas y la limpia del grano cosechado en ese año…

“… y ya que empieza septiembre, si venía un poquito de agua, y si no, de madrugada, para coger un poco el rocío, se volvía a degradar.”

Después de aricar, ralbar, degradar, bimar y volver a degradar, la tierra estaba lista para la sementera.

Eran labores calladas, de cada vecino del pueblo. Quien tenía pareja, ya fuese propia o prestada por algún familiar o vecino, salía temprano y pasaba el día en el campo levantando la tierra o rompiendo terrones. El constante tintineo de los chocallos y las voces del amo “…huó, huó Pintora, huó Marinera…” mantenían la rutina inmemorial de estas labores.

En la conciencia de cada labrador estaba la idea de que realizaban un trabajo al modo de quien está al pie de la cocina preparando el pote de cada día. La tierra era ese guiso que había que sazonar y poner a punto: tenía que coger “la fuerza del invierno”, “tomar el rocío”, “cocer”, para que al comenzar el otoño brotase rápidamente el centeno sembrado al final de septiembre.

  1. Siembra y cuidados posteriores.

En el mes de septiembre comenzaban la sementera, la siembra de las tierras[7].

Se empezaba a sembrar las tierras más secas del 10 al 15 de septiembre, porque como había mucha siembra había que terminar para los Remedios, en Octubre”

La sementera estaba encuadrada entre dos fiestas sanabresas: comenzaba el 8 de septiembre, la Virgen de las Victorias (fiesta de Puebla de Sanabria), y acababa el primer domingo de octubre, la Virgen de los Remedios (romería popular de Otero de Sanabria).

La semana de los Remedios es la más fuerte de sementera, porque la gente se apuraba más, creían que era una semana en la que resultaba mejor la siembra. Había mucha gente que tenía creencia en la influencia de la luna. Las siembras procuraban que fuese en luna llena.”

Para sembrar encontraban la tierra degradada después de la bima y preparada para esparcir el estiércol, abono natural originado por los animales domésticos.

Transportar el abono de las cuadras a las tierras era un trabajo costoso y duro, por ello la sementera se alargaba durante casi un mes. El peso del estrumbio, el abono, no permitía llevar grandes cantidades, y, si las tierras estaban alejadas, se hacía más difícil el transporte[8].

El abono que utilizaban para las tierras no se improvisaba. Año a año, preparaban  las cuadras de modo que pudieran aprovechar los prados en invierno, sembrar las cortinas y huertos en primavera, y, por último, sembrar las tierras de centeno.

Para enjugar las cuadras, porque por debajo andaba mucho agua, no estaban empedradas, echabas brezo, y el brezo es lo que da el estrumbio: el brezo, el chaguazo, la escoba, el gatuño… todo el monte bajo que había, que además de hacer de esponja, pues te servía de abono para el año siguiente. Te enjugaba todo, porque luego encima iba la paja, y por debajo el agua. Encima se echaba paja o faleitos, y quedaba la cama de los animales, y luego se iba echando más y más paja hasta que hacía la cuadra una altura grande.”

Había una lógica adaptativa en la compostura de una cuadra. Las cortes o cuadras, al parecer siempre húmedas, necesitaban una base de elementos vegetales que las enjuagasen, que aislasen a los animales de la humedad. Encima echaban elementos vegetales más suaves (faleitos, hoja seca de roble, escoba picada…),y, sobre todo, paja de centeno, que servía primero de alimento y después de acomodo a las bestias.

El abono llevado a las tierras durante la sementera se repartía en pequeños montones. En días sucesivos esparcían el abono con tornaderas por toda la tierra, y a continuación sembraban el centeno.

“ …con un caldero en el brazo izquierdo,  y con la mano derecha dándole…”

“Le das dos manos a manta, a puñaos se va repartiendo. Primero bajabas para abajo y luego subías para arriba. Dos manos. Si una finca era muy grande, tenías que ir haciendo partes para ver dónde habías sembrado: hacías unas embelguitas con paja, unas líneas de paja para delimitar lo sembrado.”

La tierra sembrada se araba, se acubría, y con esta labor finalizaban los trabajos de preparación y siembra de las tierras de centeno.

“…se cerraban las entradas de las tierras, ya no podía entrar nadie, ya nadie podía cruzar las tierras. Tú, si tenías una tierra y no habías llevado abono, si cruzabas por la tierra después, te podían denunciar, porque ya estaban sembradas. Se cerraban los portillos de la Vea, y había que respetarlo. Lo cerraban y por ahí ya no podía pasar ningún carro.”

Había un signo que indicaba el acotamiento de las tierras sembradas: colocar en una mata o en una rama de un árbol, que estuviese en la linde de la tierra, un nudo de paja de centeno, un fachón. El propietario de la tierra quería expresar con esta señal que se respetara, que no la atravesara ningún carro ni animal.

El centeno nacía a los ocho días, y el brote no crecía hasta entrada la primavera.

En algunas tierras se practicaba la costumbre de cortar la ferraña. Si la tierra era fuerte, la caña del centeno crecería excesivamente antes de la siega y corría el peligro de que se cayera la espiga al granar.

“ Las tierras fuertes había que pastearlas cuando iba a encañonar la espiga, para que no se cayera después la ferraña al suelo. Otras veces se iba también con una hoz o con un cuchillo y se iba cortando la ferraña por cima y se lo llevabas a las vacas, antes de haber nacido la espiga. La espiga nacía en primavera.”


[1] Para referirse a los terrenos de cultivo de centeno, F. Krüger (1925) recogió los términos leira, faceira, tierra, terra, adil, escubadal, poulo, touza, etc., algunos de los cuales se explican en este trabajo.

[2] J. L. Martín (1987) señala que “sobre las tierras centenales, aun siendo de propiedad individual, pesa la obligación comunal de la derrota…  (ésta) es una institución muy fuerte en el norte de España. Consiste, como es sabido, en el alzamiento del permiso o coro que se da para que entren los ganados en las heredades después de cogidos los frutos.” Página  36.

[3] Esto resulta llamativo, porque en las zonas colindantes de Orense, León, Portugal y Aliste se ha dado la costumbre del reparto anual de tierras comunales, las rozadas, término que también posee un pago del municipio de Terroso. J. Dias (1953) apunta que las tierras de los vecinos de Rio de Onor pertenecían al concejo, y que con el paso del tiempo fueron repartidas en lotes iguales entre los vecinos, convirtiéndose en tierras de propiedad individual. Págs. 187-188. El mismo autor describe brevemente la práctica de las rozadas en Rio de Onor. Pág. 210. Lisón Tolosana (1978) confirma en la página 110 la existencia de cultivos comunales en Sayago, Aliste y La Cabrera. Santiago Méndez (1900) describe también la costumbre de las rozadas en Aliste, página 83. Joaquín Costa (Edición 1983) reseña los cultivos comunales de Sayago y Aliste, páginas 97 y siguientes. N. Tenorio (1983) describe los repartos de tierras comunales en la zona orensana, limítrofe con Sanabria, de Viana del Bollo, páginas 20-21.

[4] En la zona de Viana del Bollo “…es muy general que el precio del arrendamiento se estipule en especie, centeno casi siempre, y también, que el arrendatario pague la contribución de la finca arrendada.” N. Tenorio (1982), págs. 27-28. En Terroso vemos esto mismo en los testimonios de los Cuadernos de Cuentas de Don Genaro de Barrio: “6 de noviembre de 1922. Me entregó cinco heminas de grano, 3 y media renta de las tierras de este año, y hemina y media renta de las tierras que tenía que pagar el año pasado.” (C. T. 59) “7 de agosto de 1917. Recibí 2 heminas y media de grano de la tierra de Palomar y Puente Vieja…” (C.T. 59)

[5] “Hay, es cierto, un determinado número de cultivos que se hacen un poco sin la intervención del concejo. Pero la propiedad individual no está enteramente exenta de la acción del concejo. En los cultivos o actividades agrícolas en los que la colectividad no interviene, el hábito de trabajar en común se traduce en dejarse guiar por proverbios o refranes, que condensan la experiencia de las generaciones, ello hace que en esas mismas actividades haya un cierto sincronismo de movimientos que dan la impresión de estar dirigidos por el concejo.” (traducción personal) J. Dias (1953), pág. 168.

[6] El término aricar se usa en otras zonas de Zamora, por ejemplo en La Guareña, refiriéndose a otro tipo de labor: pasar suavemente el arado por el fondo del surco cuando el trigo está recién nacido en la primavera para arrancar las malas hierbas.

[7] “Las sementeras (en Rio de Onor) comienzan el 20 de septiembre, pero la mejor semana es, según los entendidos, aquella en la que cae el día 29, día de san Miguel. En ésta época hacen la primera labra.” (traducción personal) J. Dias (1953), página 191. Las sementeras podían retrasarse por un tiempo de persistente lluvia: “Nos dicen de Puebla de Sanabria que con motivo de las persistentes lluvias se han suspendido las operaciones de siembra.” El Heraldo de Zamora, 8 de octubre de 1902. “Nos escriben de San Justo (Sanabria) que ha cesado el periodo de lluvias haciendo un tiempo hermoso. Los labradores han comenzado las operaciones de siembra.” El Heraldo de Zamora, 14 de octubre de 1902. “Las operaciones de siembra están paralizadas por la lluvia…” El Heraldo de Zamora,  7 de noviembre de 1902. “… la sementera aún no está terminada (en Sanabria) a causa de las pertinaces lluvias…(esto ocasionará)… grandes pérdidas a los agricultores…” El Heraldo de Zamora 27 de noviembre de 1902. A través de los manuscritos de don Genaro de Barrio constatamos las fechas de la sementera en el municipio de Terroso: “Septiembre de 1921, recibí 16 reales de dos jornales a la sementera.” (C.S.M. 75). “Septiembre de 1922, recibí cuatro jornales a la sementera.” (C.S.M. 120). “18, 19, 20 y 21 de septiembre, recibí cuatro jornales a la sementera, 12 pesetas…” (C.S.M….)

[8] “A finales de agosto, principios de septiembre, después de bimadas las tierras, comienzan a estercar (estrumar, abonar). Este trabajo dura hasta el término de las sementeras.” (traducción personal) J. Dias (1953), página 189. “Cuando llega la época de abonar las tierras los vecinos se juntan de dos en dos, llamados los compañeiros, para poder cuartiar los carros. Esta costumbre nació de unir dos yuntas de bueyes a cada carro. Las tierras están en cuestas muy empinadas, y una sola pareja no podría tirar del carro cargado de estiércol hasta las faceiras. Sólo en las casas principales, que tienen animales y gente suficiente, pueden  prescindir del compañeiro.” (traducción personal) J. Dias  (1953), página 190. Constatamos la costumbre de juntarse los compañeiros en el municipio de Terroso durante el acarreo del pan, y en los días en que se hacían y bajaban las suertes de leña. Aunque los informantes no lo sugieren, no sería extraño que se asociaran los vecinos por parejas de familias o compañeiros para llevar el abono a las tierras en la época de la sementera. El municipio tenía casi toda la faceira en sitios llanos, pero también había tierras en la ladera del monte, por lo que en algunas ocasiones necesitarían cuartiar el carro de abono.

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